10 julio, 2026

Síguenos en

Cuando el gesto del Papa se convierte en Magisterio

La mesa compartida como expresión profética del servicio y la fraternidad en el pontificado

Cuando el gesto del Papa se convierte en Magisterio

«Cuando des un convite, llama a los pobres, a los lisiados, cojos y ciegos» (Lc 14, 13). Las palabras de Jesús encuentran una elocuente actualización en el almuerzo que el papa León XIV compartirá el próximo sábado 11 de julio con personas en situación de vulnerabilidad en el Borgo Laudato Si’, ubicado en Castel Gandolfo. Esta invitación de Jesús no surge en el vacío. Ya aparecía en la tradición sapiencial judía atribuida al rabino de Jerusalén José ben Yohanán, quien decía: «Esté abierta tu casa de par en par; que los pobres sean los familiares de tu casa» (Abot 1, 5). Jesús presenta la casa compartida con los más desfavorecidos como anticipación del banquete mesiánico anunciado por el profeta Isaías: «Preparará Yahvé Sebaot para todos los pueblos en este monte un convite de manjares enjundiosos, un convite de vinos generosos; manjares sustanciosos y gustosos» (Is 25, 6). Desde esta perspectiva, el almuerzo compartido por el papa León XIV puede entenderse como un signo histórico de esperanza escatológica: una anticipación visible del banquete universal del Reino.

Por tanto, este encuentro no se trata de un gesto protocolario ni de una iniciativa de carácter meramente asistencial. Constituye una expresión de ese magisterio de los gestos mediante el cual los sucesores de Pedro hacen visible el Evangelio antes incluso de pronunciar una enseñanza de viva voz. A lo largo de la historia de la Iglesia, los gestos han acompañado siempre a la palabra. La autoridad del ministerio petrino no se manifiesta únicamente en encíclicas, exhortaciones o discursos, sino también en signos capaces de revelar el corazón mismo del mensaje cristiano. Jesús enseñó con parábolas, pero también con acciones: tocó a los leprosos, acogió a los pecadores, lavó los pies de sus discípulos y compartió la mesa con quienes eran considerados indignos por la sociedad de su tiempo. El gesto precedía con frecuencia a la explicación y hacía creíble el anuncio del Reino. Desde los Padres de la Iglesia hasta Santo Tomás de Aquino, desde Henri de Lubac hasta Benedicto XVI o el papa Francisco, la mesa compartida ha sido comprendida como un lugar de comunión, de misericordia y de anuncio del Evangelio.

En el Concilio Vaticano II se definió a la Iglesia como «sacramento universal de salvación» (Lumen gentium, 1), es decir, como signo visible de la acción de Dios en la historia. La misión de la Iglesia no consiste únicamente en proclamar una verdad doctrinal, sino en hacerla perceptible mediante una vida configurada por el servicio y la caridad. En este horizonte debe comprenderse el gesto de León XIV: compartir la mesa con los pobres no añade un elemento decorativo a su pontificado, sino que expresa de forma concreta el contenido mismo de su ministerio. La mesa ocupa un lugar privilegiado en la historia de la salvación. Buena parte de la actividad pública de Jesús transcurre alrededor de ella. En las comidas con publicanos y pecadores manifiesta la misericordia del Padre; en la multiplicación de los panes anticipa la abundancia del Reino; en Emaús se da a conocer al partir el pan; y en la Última Cena instituye la Eucaristía como memorial permanente de su entrega. La mesa deja de ser únicamente un lugar para alimentarse y se convierte en espacio de reconciliación, comunión y esperanza.

Por ello, la tradición cristiana ha visto siempre una profunda continuidad entre el altar y la mesa compartida con quienes más sufren. San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías sobre el Evangelio de San Mateo, advertía: «Da primero de comer al hambriento y luego, con lo que te sobre, adorna también su altar» (Homilía 50, 3-4). Exhortaba así a los fieles a no adornar el altar con riquezas mientras el necesitado permanece abandonado a la puerta del templo. No se trataba de oponer culto y caridad, sino de afirmar que ambos forman una única realidad.

La misma intuición aparece en San Agustín de Hipona, quien, en uno de sus sermones, predicado en el día de Pentecostés a los recién bautizados o infantes, decía: «Si vosotros, pues, sois el cuerpo y los miembros de Cristo, vuestro misterio está colocado en la mesa del Señor: recibís vuestro propio misterio» (Sermón 272; PL 38, 1246-1248). Con esta afirmación recordaba que la comunión eucarística convierte a los creyentes en el Cuerpo de Cristo y los compromete a vivir esa unidad en la vida cotidiana. Recibir el mismo pan exige reconocer la misma dignidad en todos los hermanos.

De igual modo, San Basilio de Cesarea en una de sus homilías decía: «Al hambriento pertenece el pan que tú retienes; al hombre desnudo, la capa que guardas en tus arcones; al descalzo, el calzado que se pudre en tu casa; al menesteroso, el dinero que mantienes enterrado» (Homilía 6, 7: Sobre las palabras del Evangelio: Destruiré mis graneros, PG 31, 261-277). Así denunció con firmeza la acumulación egoísta de bienes mientras otros carecían de lo necesario, recordando que los bienes de la creación poseen un destino universal.

Por su parte, Santo Tomás de Aquino comentaba el pasaje evangélico que relaciona el banquete con el Reino de Dios. A través de la Glosa introductoria de la Catena Aurea y de los comentarios patrísticos que compila —como los de San Cirilo y San Gregorio Magno—, el Aquinate aclara que, mientras el ser humano tiende a buscar un banquete puramente material y egoísta, Cristo propone un banquete espiritual. De esta mesa divina se autoexcluyen los poderosos cegados por sus ambiciones terrenales, abriendo las puertas a los pobres y lisiados. El banquete del Reino, anticipado en la Eucaristía, es por definición un espacio de inclusión y gratuidad absoluta.

La mesa puede entenderse como un locus theologicus dentro de un sentido hermenéutico que proyectos el servicio de caridad. Esta continuidad teológica se prolonga y consolida en el Magisterio de los últimos pontífices. El papa Benedicto XVI, en su encíclica Deus caritas est (25), recordó que la caridad (diakonia) pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia, compartiendo el mismo rango de centralidad que el anuncio de la Palabra (kerygma) y la celebración de los sacramentos (leitourgia). Estas tres tareas se implican mutuamente y son indisolubles. Por consiguiente, no existe una auténtica vida eucarística que pueda permanecer indiferente o anestesiada ante el sufrimiento humano; la caridad no es una asistencia social opcional, sino una dimensión constitutiva de la esencia eclesial.

Finalmente, el papa Francisco, apoyado en la teología de Henri de Lubac sobre la intrínseca “vocación de unidad” del catolicismo, llevó este principio a su máxima expresión social en la encíclica Fratelli tutti. Francisco insiste en que la fraternidad no puede reducirse a un sentimentales abstracto o romántico, sino que exige la edificación de una auténtica cultura del encuentro. En un mundo marcado por la cultura del descarte, el pontífice recordaba que nadie puede quedar excluido de la mesa común de la humanidad. Compartir el pan —tanto en el altar de la iglesia como en la mesa del mundo— significa reconocer de manera efectiva que cada persona posee una dignidad inalienable, con total independencia de su condición económica, social, cultural o geográfica.

Por otro lado, destacar la importancia del lugar elegido para este encuentro reviste también un profundo significado. El Borgo Laudato Si’ constituye una realización concreta de la ecología integral propuesta por Francisco en Laudato si’. Allí se hace visible que el cuidado de la creación y el cuidado de las personas forman parte de una misma responsabilidad moral. «Todo está conectado» (Laudato si’, 91): la degradación ambiental y la exclusión social responden con frecuencia a una misma lógica utilitarista que olvida la dignidad de la persona y el valor de la creación.

Desde esta perspectiva, el almuerzo de León XIV constituye una expresión concreta de la Doctrina Social de la Iglesia. La dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la opción preferencial por los pobres dejan de ser principios teóricos para convertirse en experiencia vivida. El Papa no aparece simplemente como quien distribuye ayuda, sino como quien comparte la mesa con hermanos. Esa diferencia resulta decisiva. La caridad cristiana no crea relaciones de dependencia, sino vínculos de comunión.

Vivimos en una sociedad marcada por profundas desigualdades, pero también por una creciente soledad. Muchas personas experimentan el descarte no solo por carecer de recursos materiales, sino porque nadie parece interesarse por su historia. Frente a esta realidad, el Evangelio propone una revolución silenciosa: mirar el rostro del otro, escucharlo y reconocer en él la presencia de Cristo. «Tuve hambre y me disteis de comer» (Mt 25, 35) no constituye una simple exhortación moral, sino un criterio decisivo para comprender la autenticidad de la vida cristiana.

Manuel Ortuño Arregui

Doctor en filología latina e historia medieval por la Universidad de Alicante. Máster en teología por la Universidad de Murcia. Licenciado en historia y en humanidades por la Universidad de Alicante. Actualmente pertenece al Instituto Veritatis Gaudium de la Universidad Católica de Valencia «San Vicente Mártir» (UCV), donde imparte la asignatura de «Ciencia, Razón y Fe» en la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud. Es miembro ordinario del Istituto Internazionale di Neurobioetica (IINBE) con sede en Roma y miembro del comité científico del «Institut Isabel de Villena d'Estudis Medievals i Renaixentistes» (IVEMIR-UCV). Asimismo, es miembro colaborador del grupo de investigación «Antigüedad y Cristianismo» de la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia, miembro de la Asociación Bíblica Española, de la Asociación Internacional de Estudios Patrísticos y, por último, miembro numerario de la Sección Española de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino (SITAE).