21 abril, 2026

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Cuando decir «Para Siempre» se vuelve subversivo

Cronica de la profesion solemne de una monja de clausura en el siglo XXI

Cuando decir «Para Siempre» se vuelve subversivo

Una estética que ya no pide perdón

El 13 de diciembre de 2025, festividad de Santa Lucía, habia mucha luz en el Monasterio de Santa Clara de Medina de Pomar. Alli se celebraba la profesion de votos solemnes de una monja.

Entré en la iglesia con un prejuicio muy contemporánea: el de estar a punto de asistir a algo curioso pero innecesario. Largo, solemne, cargado de símbolos que ya no manejamos con soltura. Y, sin embargo, bastaron unos minutos para comprender que aquello no era un vestigio arqueológico del pasado, sino una interpelación cultural directa, incómoda y sorprendentemente actual.

El retablo barroco dominaba el espacio con una voluntad que hoy resulta casi provocadora. Oro por todas partes. Columnas, relieves, imágenes superpuestas hasta rozar el exceso. Para mi gran amigo agnóstico: una decoración “purpurinesca”, una estética pasada de moda, incluso kitsch. Pero el barroco no es decorativo: es afirmativo. Surge cuando Europa empieza a dudar de sí misma y responde no con sutileza, sino con abundancia. Frente al vaciamiento iconoclasta protestante, _horror vacui_ . Frente a la sospecha, plenitud. Frente a la fragmentación, totalidad. No explica: se impone.

En el centro, Santa Clara, inmóvil, austera dentro del exceso. Arriba, San Miguel Arcángel, derrotando al diablo. Nada de ambigüedad moral ni estética. El bien y el mal existen, la lucha es real, y merece ser representada sin complejos. En una cultura que ha convertido el minimalismo en una forma de neutralidad moral, esta estética resulta casi ofensiva. Precisamente por eso sigue diciendo algo.

Una ceremonia que desmiente tópicos

En ese marco, Sor María Esclava de Jesús, 29 años, iba a pronunciar sus votos solemnes como monja de clausura clarisa.

La iglesia estaba llena. Cientos de personas, autobuses llegados desde Baracaldo, una veintena de sacerdotes, D. Mario Iceta, arzobispo de Burgos, y otras tantas monjas de la comunidad. Nada de marginalidad ni clandestinidad. La escena desmentía de entrada otro prejuicio habitual: la vida contemplativa como fenómeno residual, propio de minorías excéntricas. Aquello era un acto socialmente visible, compartido, incluso festivo.

Nueve años para poder decir sí

Uno de los argumentos más repetidos contra este tipo de decisiones es que nacen de la inmadurez, de elecciones forzadas o precipitadas. Pero la biografía de Sor María que me narró su madre desmonta ese tópico con la paciencia de los hechos: nueve años de proceso. Año y medio de postulantado, cuatro de noviciado, tres de votos temporales. Nueve años antes de poder decir “para siempre”.

En una cultura que apenas tolera compromisos duraderos, esta lentitud resulta casi subversiva.

Postrarse: el gesto que incomoda a la modernidad

El momento más desconcertante para el lego llegó cuando Sor María se postró en tierra, completamente tendida en el suelo. Un gesto antiguo que hoy incomoda. Desde fuera puede interpretarse como anulación del individuo. Pero quizá diga justo lo contrario.

Como señalaba Romano Guardini, solo quien se pertenece puede entregarse. La libertad moderna tiende a identificarse con la ausencia de vínculos; aquí se proponía otra definición: la libertad como capacidad de comprometerse sin reservas.

¿Y para qué sirve esto?

Sor María Esclava de Jesús ingresaba definitivamente en una comunidad de monjas de clausura. Y es aquí donde suele aparecer la pregunta final, formulada con mayor o menor ironía: ¿para qué sirve esto?

Vivimos inmersos en una lógica de utilidad permanente. Todo debe justificar su existencia por su rendimiento, su impacto, su productividad. Lo que no produce resultados visibles parece sospechoso. Desde ese marco mental, la vida contemplativa resulta incomprensible, cuando no irritante.

Y, sin embargo, quizá por eso mismo es relevante.

Alguien me dijo una vez que las monjas y monjes de clausura “no sirven para nada”. Mi respuesta fue simple: yo agradezco que exista todavía alguien que piense en los demás y ore por nosotros sin esperar nada a cambio. En un mundo organizado casi exclusivamente en torno al intercambio, la gratuidad resulta profundamente gratificante aunque sea incómoda para otros.

La vieja división medieval en estamentos de la sociedad — _oratores, bellatores y laboratores_ — puede parecer desfasada hoy, aunque aún perviva de algún modo en la India. Pero quizá en una época en la que parecía que todos éramos ya _homo economicus_ y descubrimos, sin embargo, que resurgen peligrosamente los guerreros, seguimos necesitando a los orantes.

Como ha señalado Charles Taylor, las sociedades que pierden sus fuentes de sentido acaban agotándose o destruyéndose, incluso cuando parece que funcionan técnicamente. No todo lo que sostiene una cultura es visible ni cuantificable.

Clausura no es huida

Las Clarisas de Medina de Pomar no viven al margen de la realidad. Trabajan, hacen pasteles —las famosas herraduras—, mantienen una pequeña hospedería y abren su iglesia a las visitas. Pero su lógica no es la de la eficiencia, sino la de la permanencia.

Byung-Chul Han diría que representan una resistencia silenciosa frente a la sociedad del rendimiento, del cansancio y de la autoexplotación constante.

Una normalidad que desconcierta al incrédul

La familia de Sor María Esclava de Jesús estaba allí, serena. Padres creyentes, cinco hijos, varios de ellos encaminados a la vida religiosa. Ningún conflicto dramático, ninguna ruptura generacional, sólo la broma del padre de que a este paso quizás tendrían que adoptar los nietos… A veces la fe no produce enfrentamiento, sino continuidad. Y esa normalidad resulta casi más desconcertante que la rebeldía.

La fiesta de boda

Tras la solemnidad llegó la fiesta. Canciones actuales con letras ad hoc hablando de Sor María y su vocación, risas, abrazos. Nada lúgubre. Nada rancio. Nada intocable. Muchas y alegres monjas dominicanas en una especie de tornaviaje evangelizador. Una clausura, para mí desconocida, que me sorprendió porque no huye del mundo, sino que lo mira sin ansiedad.

Elegir durar: la nueva contraculturalidad

Salí de la iglesia con la sensación de haber asistido a algo profundamente contracultural. En una época que glorifica lo provisional, alguien había dicho “para siempre”. En una sociedad que idolatra la utilidad, alguien había elegido lo aparentemente inútil. En un tiempo que sospecha de la belleza excesiva, el oro seguía brillando en honor de lo más sagrado, sin pedir perdón.

Quizá por eso estas decisiones perduran. No porque sean fáciles, sino porque no se sostienen solo en la emoción voluble ni únicamente en el frío cálculo. Se fundamentan en una convicción que hoy escasea: que aún hay cosas que merecen toda una vida, porque aspiran a ser espejo de eternidad.

José Félix Merladet

Escritor. Antiguo funcionario del servicio exterior de la Comisión Europea, estuvo destinado como diplomático europeo en Uruguay, India y Mozambique. Ha sido profesor de las universidades de Navarra y de Deusto sobre cooperación internacional al desarrollo y sobre la India. Fue también Vicesecretario general del Partido Demócrata Europeo.