28 agosto, 2026

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Células iPS: veinte años después. Del laboratorio al paciente

Una revolución que empieza a llegar a la clínica

Células iPS: veinte años después. Del laboratorio al paciente

Hay descubrimientos científicos que aportan un nuevo conocimiento y otros que cambian la manera de imaginar el futuro de la medicina. El descubrimiento de las células madre pluripotentes inducidas, conocidas como células iPS, pertenece claramente al segundo grupo.

En 2006, Shinya Yamanaka y Kazutoshi Takahashi demostraron que era posible tomar células adultas de un ratón y devolverlas a un estado semejante al embrionario mediante la activación de tan solo cuatro genes. Un año después, consiguieron reproducir el proceso en células humanas. Aquella investigación, que posteriormente llevó a Yamanaka a compartir el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 2012, abrió una posibilidad extraordinaria: una célula adulta podía ser reprogramada y adquirir nuevamente una enorme capacidad de transformación.

Veinte años después, aquella promesa empieza a adquirir una dimensión clínica real.

Japón se encuentra en el centro de esta nueva etapa. En 2026 se han producido avances decisivos hacia la comercialización de dos terapias basadas en células iPS, una destinada a la insuficiencia cardíaca y otra a la enfermedad de Parkinson. Al mismo tiempo, existen decenas de terapias potenciales basadas en células pluripotentes en diferentes fases de investigación clínica.

Pero el verdadero significado de este momento no consiste únicamente en que las células iPS hayan llegado a los pacientes. Es también la culminación de un proceso mucho más largo en el que estas células han servido para comprender enfermedades, reproducirlas en el laboratorio y buscar nuevos medicamentos.

La historia de las iPS es, por tanto, una historia de transición: de la reprogramación celular al modelado de enfermedades; del modelado de enfermedades al descubrimiento de fármacos; y del laboratorio a la terapia celular.

El descubrimiento que cambió las reglas

Las células de nuestro organismo contienen esencialmente la misma información genética, pero cada tipo celular utiliza una parte diferente de esa información. Una neurona, un cardiomiocito o una célula hepática poseen características muy distintas porque expresan conjuntos diferentes de genes.

Durante mucho tiempo se consideró que, una vez especializada, una célula adulta había recorrido un camino prácticamente irreversible.

El trabajo de Yamanaka cambió esta concepción.

La introducción de cuatro genes podía «rebobinar» una célula adulta y llevarla a un estado pluripotente. A partir de ahí, los investigadores podían intentar dirigirla nuevamente hacia distintos tipos celulares: neuronas, células cardíacas, células pancreáticas o muchas otras.

El descubrimiento tenía además una particularidad de gran importancia ética. A diferencia de las células madre embrionarias, cuya obtención implica la destrucción del embrión del que proceden, las células iPS pueden obtenerse mediante la reprogramación de células adultas.  

En teoría, parecía haberse abierto el camino hacia una medicina capaz de generar células nuevas para sustituir aquellas que una enfermedad había destruido.

Pero había un problema: convertir una posibilidad biológica en una terapia segura era mucho más complicado de lo que inicialmente se pensaba.

Antes de tratar enfermedades, las iPS nos enseñaron a conocerlas

Una de las grandes aportaciones de esta tecnología se produjo mucho antes de que las células iPS pudieran utilizarse directamente como tratamiento.

Los investigadores descubrieron que podían obtener células iPS de personas con determinadas enfermedades, diferenciarlas después en el tipo celular afectado y estudiar allí las alteraciones características de la enfermedad.

Esto cambió radicalmente las posibilidades experimentales.

En enfermedades neurodegenerativas, por ejemplo, resulta extraordinariamente difícil obtener neuronas vivas de un paciente y estudiarlas directamente. Las células iPS ofrecen una alternativa: una célula adulta del paciente puede reprogramarse y posteriormente convertirse en una neurona en el laboratorio.

Así fue posible empezar a construir modelos de enfermedades humanas en una placa de cultivo.

Uno de los primeros ejemplos relevantes fue la enfermedad de Alzheimer. En 2012, investigadores consiguieron generar neuronas a partir de células iPS de pacientes con Alzheimer familiar y esporádico. Estas neuronas mostraron características bioquímicas relacionadas con la enfermedad y permitieron comprobar, por ejemplo, que un inhibidor de la γ-secretasa podía disminuir determinados marcadores asociados a la patología de Alzheimer. Israel et al., Nature (2012)

La importancia de estos modelos no reside solamente en que permitan observar una enfermedad. Permiten algo mucho más interesante desde el punto de vista farmacológico:

utilizar células humanas relevantes para buscar medicamentos.

En lugar de comenzar siempre con un compuesto y preguntarse si puede funcionar en una enfermedad, es posible partir de células que presentan características de esa enfermedad y buscar qué sustancias consiguen modificarlas.

De las células del paciente a la búsqueda de medicamentos

Este enfoque ha permitido desarrollar una nueva modalidad de descubrimiento farmacológico.

Las células iPS pueden diferenciarse en neuronas, cardiomiocitos u otros tipos celulares y utilizarse como plataformas para probar numerosos compuestos. Algunas estrategias permiten incluso analizar bibliotecas completas de medicamentos ya conocidos para descubrir nuevos usos terapéuticos.

La esclerosis lateral amiotrófica (ELA) constituye uno de los ejemplos más interesantes.

Investigadores japoneses obtuvieron células iPS de pacientes con ELA esporádica y las transformaron en neuronas motoras. Estas células conservaron características genéticas del paciente y permitieron reproducir diferentes aspectos de la enfermedad en el laboratorio.

Posteriormente se utilizó este sistema para examinar numerosos compuestos y se identificó ropinirol, un medicamento ya conocido y utilizado en la enfermedad de Parkinson, como candidato potencial para la ELA. El estudio mostró que el fármaco podía actuar sobre diferentes alteraciones observadas en las neuronas motoras derivadas de pacientes. Fujimori et al., Nature Medicine (2018)

Lo verdaderamente llamativo es que la historia no terminó en el laboratorio.

El descubrimiento condujo al desarrollo de un ensayo clínico fase 1/2a de ropinirol en pacientes con ELA. En el periodo doble ciego participaron 20 pacientes; el tratamiento mostró un perfil de seguridad aceptable, aunque el resultado principal durante esa fase no demostró una diferencia significativa frente al placebo en la progresión funcional. En la extensión abierta aparecieron señales favorables que requieren, sin embargo, confirmación en estudios posteriores. Morimoto et al., Cell Stem Cell (2023)

Este caso es particularmente revelador porque muestra el potencial y, al mismo tiempo, los límites de la investigación basada en iPS.

Una célula derivada de un paciente puede ayudar a descubrir un medicamento, pero el resultado obtenido en el laboratorio no equivale todavía a demostrar eficacia clínica.

Entre ambos extremos sigue siendo imprescindible recorrer el camino de los ensayos clínicos.

Una medicina que empieza a utilizar las células como medicamento

La nueva etapa es diferente.

Hasta ahora, las células iPS habían servido principalmente como herramientas para estudiar enfermedades y descubrir tratamientos. Ahora comienzan a utilizarse como origen de productos celulares destinados directamente a los pacientes.

En Japón, una de las terapias está dirigida a la insuficiencia cardíaca.

El procedimiento desarrollado por investigadores de la Universidad de Kioto y la Universidad de Osaka utiliza células musculares cardíacas derivadas de iPS, organizadas en pequeños parches que se colocan sobre la superficie de un corazón enfermo. Estos parches no solo pueden contribuir a la contracción cardíaca, sino que también liberan citocinas capaces de favorecer la formación de vasos sanguíneos. Ocho pacientes habían recibido los parches RiHEART y, según los datos comunicados por sus desarrolladores, no se habían observado problemas graves de seguridad y se había producido una mejoría de la función cardíaca.

La otra terapia se dirige a la enfermedad de Parkinson.

En este caso, las células iPS se diferencian para producir neuronas capaces de reemplazar las células productoras de dopamina que se pierden en la enfermedad. En un pequeño estudio piloto, seis pacientes recibieron las células mediante una intervención neuroquirúrgica. No se observaron problemas de seguridad y cuatro pacientes mostraron mejoría a los 24 meses, según los resultados comunicados por el equipo investigador.

Estos resultados son todavía muy diferentes de la evidencia que se exigiría para afirmar definitivamente que una terapia es eficaz. Pero constituyen un paso extraordinariamente significativo: por primera vez, la reprogramación celular de Yamanaka está desembocando en tratamientos que pretenden reparar tejidos humanos enfermos.

El gran desafío: seguridad y eficacia

Precisamente porque las células iPS son tan versátiles, su utilización terapéutica plantea importantes problemas de seguridad.

Una célula que todavía conserve características pluripotentes puede proliferar de forma incontrolada y contribuir a la formación de tumores. Por ello, uno de los grandes obstáculos que hubo que superar, consistió en garantizar que las células administradas hubieran adquirido correctamente la identidad celular deseada y que no quedaran células pluripotentes residuales capaces de generar tumores.

La experiencia acumulada parece tranquilizadora, pero no permite prescindir de la prudencia.

Un artículo de Science señala que una revisión publicada en Cell Stem Cell en 2025 contabilizó unos 1.200 pacientes que habían recibido productos derivados de células madre pluripotentes humanas en ensayos clínicos hasta diciembre de 2024, sin que se hubieran identificado hasta ese momento problemas de seguridad generalizables.

Eso constituye una noticia positiva, pero seguridad no significa todavía eficacia demostrada.

Y aquí aparece uno de los aspectos más controvertidos del modelo japonés.

Japón apuesta por acelerar la llegada a los pacientes

Japón ha desarrollado un sistema regulatorio específico para la medicina regenerativa que permite determinadas aprobaciones condicionales cuando los primeros ensayos proporcionan evidencia suficiente de seguridad y existen indicios de eficacia.

Según el sistema descrito por Science, estas autorizaciones pueden concederse por un periodo de hasta siete años, durante el cual deben continuar los estudios destinados a demostrar la eficacia. Para obtener posteriormente una aprobación definitiva es necesario demostrarla con significación estadística.

El modelo pretende resolver un problema real: los ensayos tradicionales, especialmente los de fase 3, pueden requerir muchos años y enormes recursos antes de que una terapia innovadora pueda llegar a los pacientes.

Pero también genera una pregunta legítima:

¿cuánto podemos acelerar la investigación clínica sin debilitar las garantías que protegen al paciente?

Los críticos del procedimiento japonés han expresado preocupación por la posibilidad de que un proceso de aprobación simplificado pase por alto riesgos todavía desconocidos, entre ellos la formación de teratomas.

La discusión no es meramente regulatoria. Es profundamente ética.

El paciente no puede convertirse en el precio de la velocidad

El entusiasmo por una nueva tecnología médica es comprensible.

Después de veinte años de investigación, resulta natural que científicos, empresas y pacientes quieran ver cuanto antes sus resultados. Pero la historia de la medicina enseña que el deseo de ser los primeros puede convertirse en un peligro cuando sustituye a la prudencia.

Un reciente editorial de Nature formula esta advertencia con claridad: las terapias con células iPS se encuentran en un momento emocionante, pero también delicado. Estas terapias podrían beneficiar a un número enorme de personas; sin embargo, avanzar demasiado deprisa sin las directrices adecuadas aumenta el riesgo de daño y un ensayo clínico que cause perjuicios graves podría comprometer la confianza en todo el campo.

Esta consideración tiene especial relevancia en las terapias celulares.

Cuando se administra un medicamento convencional, es posible suspender su administración y, dependiendo de sus características farmacocinéticas, esperar que su efecto disminuya.

Cuando se introducen células vivas en un organismo, la situación es diferente. Las células pueden sobrevivir, migrar, proliferar, interactuar con los tejidos circundantes y comportarse de maneras que no siempre pueden predecirse completamente.

Por eso, el desarrollo de la medicina regenerativa exige un nivel particularmente elevado de caracterización celular, control de calidad, seguimiento a largo plazo y vigilancia de seguridad.

¿Células personalizadas para cada paciente o terapias «listas para usar»?

Otra de las grandes cuestiones que determinarán el futuro de esta tecnología es su accesibilidad.

Una de las grandes ventajas teóricas de las células iPS es que pueden obtenerse a partir del propio paciente. En principio, esto podría disminuir el riesgo de rechazo inmunitario.

Sin embargo, fabricar una terapia personalizada para cada persona es lento, complejo y costoso. Por ello, muchas de las terapias actualmente en desarrollo se basan en células iPS obtenidas de donantes y posteriormente modificadas para reducir la respuesta inmunitaria.

Esta estrategia puede ser mucho más eficiente.

En lugar de fabricar un producto diferente para cada paciente, se puede desarrollar una línea celular cuidadosamente caracterizada y producir a partir de ella grandes cantidades de células terapéuticas.

El editorial de Nature destaca precisamente el esfuerzo por desarrollar alternativas «listas para usar», capaces de tratar a muchos pacientes a partir de células procedentes de un único donante. Si las mejoras en la fabricación permiten reducir los costes, estas terapias podrían resultar mucho más accesibles y favorecer además la entrada de nuevas empresas en el sector.

Pero la cuestión de fondo vuelve a ser la misma: el progreso biomédico no puede medirse únicamente por lo que la tecnología es capaz de hacer, sino también por quién puede beneficiarse de ella.

Del modelo de enfermedad al paciente: una nueva manera de hacer medicina

Quizá la característica más fascinante de toda esta historia sea la continuidad entre sus distintas etapas.

Primero se descubrió que una célula adulta podía ser reprogramada.

Después se aprendió a convertir esas células en tipos celulares concretos.

Posteriormente, los investigadores pudieron obtener células de pacientes con enfermedades y convertirlas en modelos experimentales.

Esos modelos permitieron estudiar los mecanismos de determinadas enfermedades y probar medicamentos.

En algunos casos, como el de la ELA y el ropinirol, los resultados obtenidos mediante iPS llegaron a convertirse en ensayos clínicos.

Y ahora estamos entrando en una fase en la que las propias células derivadas de iPS comienzan a utilizarse como productos terapéuticos.

La secuencia podría resumirse así:

reprogramar → modelar → descubrir → probar → tratar.

Este recorrido convierte a las células iPS en mucho más que una nueva modalidad de células madre. Representan una plataforma tecnológica que puede conectar diferentes etapas de la investigación biomédica.

La ética de una tecnología extraordinariamente poderosa

Existe una diferencia importante entre preguntarnos si una tecnología es científicamente posible y preguntarnos si su utilización está justificada.

Las células iPS plantean cuestiones éticas en varios niveles.

En primer lugar, su origen evita el problema asociado a la destrucción de embriones humanos que acompaña a la obtención de células madre embrionarias. Esta característica fue una de las razones por las que las iPS despertaron desde el principio un interés particular.

En segundo lugar, la investigación clínica plantea las cuestiones habituales de toda investigación en seres humanos: consentimiento informado, evaluación de riesgos y beneficios, selección adecuada de participantes, transparencia y seguimiento.

En tercer lugar, aparece una cuestión particularmente importante: la velocidad.

La presión por ser pionero puede resultar especialmente intensa cuando una tecnología lleva veinte años desarrollándose y existe la posibilidad de ofrecer una alternativa terapéutica a pacientes con enfermedades graves.

Pero la innovación no debería confundirse con precipitación.

El editorial de Nature ofrece una imagen especialmente acertada: la investigación traslacional es una maratón, no una carrera de velocidad. Y Yamanaka añade una orientación que debería presidir todo este proceso: mantener el beneficio del paciente como «norte».

Veinte años después, comienza otra etapa

En 2006, cuatro genes bastaron para cambiar nuestra concepción de lo que una célula adulta podía llegar a ser.

Veinte años después, las consecuencias de aquel descubrimiento comienzan a alcanzar la práctica clínica.

Pero quizá lo más importante no sea solamente que las células iPS puedan llegar a reparar un corazón enfermo o sustituir neuronas productoras de dopamina.

Lo verdaderamente transformador es que, durante estos veinte años, las iPS han ido modificando progresivamente todo el proceso de investigación biomédica: han permitido estudiar enfermedades humanas en células derivadas de pacientes, crear modelos celulares y organoides, buscar medicamentos, identificar candidatos terapéuticos y, finalmente, comenzar a desarrollar productos celulares destinados directamente al tratamiento.

El paso del laboratorio al paciente es, sin embargo, el más exigente de todos.

Los próximos años serán decisivos. Habrá resultados positivos y probablemente también decepciones. Algunas terapias demostrarán eficacia; otras tendrán que modificarse o abandonarse. Los ensayos clínicos deberán determinar qué beneficios son reales, cuáles son sus riesgos y qué pacientes pueden beneficiarse de ellos.

La medicina regenerativa podría convertirse en una de las grandes transformaciones de la medicina del siglo XXI. Pero su éxito dependerá no solo de la capacidad de generar células, sino de la capacidad de hacer ciencia rigurosa, regular con prudencia, informar con honestidad y poner al paciente en el centro.

Después de veinte años de espera, las células iPS parecen estar entrando finalmente en la medicina.

Ahora empieza la parte más difícil: demostrar que pueden cumplir su promesa sin perder por el camino aquello que debe orientar todo progreso médico: el bien de la persona enferma.

Yamanaka ha demostrado con hechos que se puede hacer investigación científica de la mejor calidad sin dejar de lado la bioética. De hecho, buscó y encontró un camino para conseguir los resultados terapéuticos que se pretendían lograr a partir de las células madre embrionarias, sin necesidad de poner fin a la vida de estos pequeños organismos humanos. Confiamos en que, los trabajos que ahora se desarrollan, alcancen los mejores resultados siguiendo la misma ruta de respeto a la vida y a la dignidad de la persona.

Referencias seleccionadas

  1. Normile D. Las terapias con células madre «alcanzan la madurez» con dos aprobaciones condicionales en Japón. Science. 2026;391(6789). doi:10.1126/science.zrpsqrg.
  2. Nature Editorial. Stem-cell therapies must proceed with caution to deliver on their promise. Nature. 2026;656:539. doi:10.1038/d41586-026-02524-2.
  3. Israel MA, Yuan SH, Bardy C, et al. Probing sporadic and familial Alzheimer’s disease using induced pluripotent stem cells. Nature. 2012;482:216-220. doi:10.1038/nature10821. Artículo en Nature
  4. Fujimori K, Ishikawa M, Otomo A, et al. Modeling sporadic ALS in iPSC-derived motor neurons identifies a potential therapeutic agent. Nat Med. 2018;24:1579-1589. doi:10.1038/s41591-018-0140-5. Artículo en Nature Medicine
  5. Morimoto S, Takahashi S, Ito D, et al. Phase 1/2a clinical trial in ALS with ropinirole, a drug candidate identified by iPSC drug discovery. Cell Stem Cell. 2023;30:766-780.e9. doi:10.1016/j.stem.2023.04.017. Artículo en Cell Stem Cell

Jaime Millás

Licenciado en Ciencias Biológicas, por la Universidad de Valencia (España), ciudad donde nació en 1953, es licenciado en Ciencias de la Educación por la Universidad de Piura (Perú) y Máster en Dirección de Instituciones Educativas por el Centro Universitario Villanueva, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid. También es Máster en Bioética por la Universidad de Murcia (España) y Doctor en Bioética por la Universidad Católica de Valencia (España) con una tesis sobre “Reflexión bioética sobre la opinión de los médicos peruanos acerca de la aplicación de la terapia con células madre en clínicas de Latinoamérica” (Sobresaliente Cum Laude). En Valencia fue subdirector del Colegio Mayor “Albalat” y, tras fijar su residencia en el Perú, en 1977, director de varios Centros Culturales de Lima y del Colegio Alpamayo desde 1988 hasta 2004. Ha sido vicepresidente del Centro de Orientación Familiar (COFAM) y trabajó en la oficina de proyectos de la Asociación para el Desarrollo de la Enseñanza Universitaria (ADEU), entidad promotora de la Universidad de Piura. Asimismo ha sido secretario de la Asociación Civil “Piura 450”, promotora de colegios en Chiclayo y Piura. También ha sido director del Colegio “Turicará” de Piura entre los años 2005 y 2012. Actualmente se desempeña como presidente del Comité Institucional de Ética en Investigación de la Universidad de Piura. Director del Departamento de Ciencias Básicas y Bioética, y director de Estudios de la Facultad de Medicina de la Universidad de Piura. Coautor del libro “Bioética en Investigación. Fundamentos, principios, aplicaciones”. Y autor de otros libros de Bioética y educación, así como artículos de Bioética en revistas indexadas.