Celebrando la Epifanía del Señor
Un comentario sobre el poema «Viaje de los Magos» de T. S. Eliot
A propósito de la celebración de la Epifanía del Señor, recuerdo algunas reflexiones que me acompañan y que tuve la oportunidad de pronunciar en un discurso en la Academia Venezolana de la Lengua hace algo más de un año. Con algunas adaptaciones, ahora comparto parte de estas breves líneas que nos llevan a meditar sobre el retorno de los Magos a su lugar de origen luego de la visita al pesebre en Belén.
En ambientes donde la religión es vista con prejuicio, fastidio, extrañeza y aun suspicacia, siempre parece conveniente examinarnos para apreciar la particular carga deseada y aceptada que implica tener una fe que anhela vivirse con coherencia en cada espacio de la vida y a veces en contextos adversos y proclives a cerrarse en la incomprensión. Pero el asunto es aún más complejo porque habría que añadir que para quien no cree es imposible suponer la vivencia de la fe: constituye un punto de partida equívoco pretender pensar o sentir la fe como si esta fuera un dato adicional de hipotéticas circunstancias a considerar en un análisis; tal presunción resulta un sinsentido. Para aquel que es creyente, aunque sea de un modo soterrado, la fe se vive de forma inevitable, a pesar de las dudas, los altibajos, los eventuales alejamientos o rebeldías; los destellos refulgen y acaso siempre busquen encender lo íntimo. El poeta venezolano Armando Rojas Guardia señala con perspicacia en uno de sus libros de ensayos cómo «la oración es una vivencia intransferible (…) Habría que hacer la experiencia –gozarla, padecerla– para poder empezar a descifrar, siquiera un poco, los códigos verbales que la aluden». Difícilmente la más respetuosa y empática homología alcanzaría a entender en forma cabal el vivir la fe y su expresión orante sin esa llama encendida que vuelve factible este mirar enamorado. En el intercambio intelectual y aun social entre las dos posiciones tan diferentes, para el no creyente hay como una distancia infranqueable que le impide acceder a entender este fundamento vital de aquella persona que aspira a ser cristiana en este caso, lo que deviene muchas veces en que se opte por establecer convencionalmente el paréntesis de indiferencia u omisión sobre el asunto, quizás elaborar rápidas o toscas simplificaciones de incomprensivo reduccionismo; y es verdad que asimismo se suscite una situación análoga si algún creyente con poco acierto y menos juicio tienda atropelladamente a generalizar su visión sin la atención debida al otro en su carencia de la fe. ¿Cómo propiciar entonces un diálogo a partir de la fe que redunde frutos provechosos? En el fragmento 40 de su libro El calidoscopio de Hermes (1989), Rojas Guardia registra una inquietud semejante, o mejor, los efectos de una inevitable experiencia al describir en su propio vivir la convicción cristiana en la «masa polvorienta de la cotidianidad», en lo ordinario y en lo mínimo; aunque «invisible para los ojos desatentos», la «gloria de Dios se epifaniza, / menuda, como una hoja de árbol, una simple brisa…» nos dice en su poema «Dios es pequeño», que entona devoto como «salmo arrodillado». Y ese habitual transcurrir consecuentemente lo lleva con su peso en cada acto, sin sucesos extáticos o deslumbrantes, mas, al mismo tiempo, tiene que escuchar el amistoso pero reiterado coro, sin duda lleno de afecto, «con las voces que cantaban en nuestros oídos, diciendo que / todo eso era locura». Sigo justo en esta última cita la versión en español de las líneas de un «viejo poema» de T. S. Eliot («Viaje de los Magos», 1927) que relata el lejano recuerdo de los míticos Magos que vinieron del Oriente en su jornada hacia Belén y que toma como punto de partida de su inspiración el segundo capítulo del Evangelio de San Mateo. Precisamente Rojas Guardia en su ensayo nos cuenta sobre la gustosa relectura de ese texto y su identificación con el «mensaje espiritual» de aquellos versos del escritor de lengua inglesa, en los que la imaginación poética recrea la memoria del itinerario del difícil viaje a través de los nevados caminos desérticos, casi siempre en la oscuridad de la noche y no exento de obstáculos y hostilidades, y cómo los sabios peregrinos del Oriente descubren la verdad del Nacimiento, revelación que trastoca por completo la existencia. Comenta Rojas Guardia en su lectura que, a partir de entonces, «el Nacimiento significó para ellos un diario morir, opaco, prolongado en el tiempo»; pero el Mago que presta su voz en el poema no se lamenta, ya que tiene presente el constante añorar algo diferente en grado sumo: la plenitud siempre deseada. Y en esa sed de plenitud piensa con alegría y anhelo que quizás volvería a repetir «otro viaje similar a aquel, aun a costa de los padecimientos que supondría, o simplemente la muerte física, como liberación definitiva, como último y verdadero nacimiento». Ciertamente, como fruto de la jornada testimonial y su iluminación, aquella conversión, la metanoia, lleva a ver las cosas del mundo de una manera distinta por completo: cuando los Magos retornaron a sus Reinos ya no se sentían cómodos, «ya no más a gusto (…) en el viejo estado de cosas» («in the old dispensation»); no podían encajar en la inconmovible inercia de convencionales creencias, de acostumbradas y aun endiosadas formas de ver y pensar. Casi como una glosa inspirada en los versos finales del «Viaje de los Magos» que resuenan con ecos en su vivencia personal, nuestro poeta escribe en su ensayo:
«Y, sin embargo, frente a la multitud que transita por las calles de una época que reprime tan absurdamente lo sagrado; ante tantos amigos que, por momentos, son extraños por estar aferrados a «sus dioses» sin saberlo, uno escoge, vuelve a elegir, a conciencia, como la experiencia básica de su vida, esta aventura solitaria e incómoda que es la apuesta por Jesús».
Continuamos entonces en la adoración a la que nos llama sonrientes con incontenible alegría la Epifanía, y asimismo en esa consecuente apuesta a la que somos invitados.

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