Cardenal Arizmendi: Vacunas para la vida

Cuidar la salud propia y de los demás

Cardenal Arizmendi vacunas
Vacunación © Pexels Gustavi Fring

El cardenal Felipe Arizmendi Esquivel, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas, y responsable de la Doctrina de la Fe en la Conferencia del Episcopado Mexicano, ofrece a los lectores de Exaudi su artículo titulado “Vacunas para la vida”. En él reflexiona sobre la moralidad de las vacunas contra la COVID-19.

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Hace dos semanas, recibí la primera dosis de la vacuna Pfizer contra el COVID-19, como ya lo hicieron también el Papa Francisco, el emérito Benedicto XVI y tantos miles de personas en México y en el mundo. Cuando me formé en la fila para recibirla, me llamó la atención la gran afluencia de solicitantes. Es lo mismo que está pasando en muchas partes del mundo, a pesar de opiniones contrarias. Hasta la fecha, no faltan quienes sigan insistiendo en teorías de conspiración, que consideran las vacunas como una forma de control de la humanidad, o como una forma de eliminar a las personas mayores. Son teorías, y cada quien es libre de pensar y de hacer lo que considere oportuno. Sin embargo, la ciencia y la experiencia aconsejan recibir este tipo de vacunas, que nos ayudan a librarnos de un virus, que no sabemos por dónde anda y cómo nos llega.

Tuve oportunidad de recibir la vacuna AstraZéneca, porque en mi pueblo, hace más de un mes, se empezó a aplicar a los adultos mayores, y mis documentos me lo permitían; sin embargo, no la pude recibir por otros compromisos previos en la ciudad de Toluca. La habría recibido, si no hubiera otra oportunidad, a pesar de que, en sus orígenes, esta marca usó elementos de abortos provocados hace muchos años. Hay varias vacunas de otras marcas que son igualmente confiables, una vez que las autoridades sanitarias las han aprobado. Yo recibí la Pfizer porque esa me tocó. Hubiera recibido otra, si la distribución que hace la autoridad me hubiera aplicado una diferente.

Ojalá lleguen las vacunas a todos los países, sobre todo a los más pobres y hasta las poblaciones más remotas, por el bien de la humanidad. Porque es lamentable que los países ricos las acaparen, priorizando su población, sin considerar que el virus no respeta fronteras ni razas. Pensar en los demás y ayudarles, redunda en vida propia.

Pensar

La Congregación para la Doctrina de la Fe, que es la institución que ayuda al Papa a clarificar cuestiones que tienen que ver con la fe y las costumbres, ya se ha pronunciado sobre la moralidad de estas vacunas, lo que nos da confianza para recomendarlas. El 21 de diciembre pasado, declaró lo siguiente:

“En los casos en los que se utilicen células de fetos abortados para crear líneas celulares para su uso en la investigación científica, existen diferentes grados de responsabilidad en la cooperación al mal. Por ejemplo, en las empresas que utilizan líneas celulares de origen ilícito no es idéntica la responsabilidad de quienes deciden la orientación de la producción y la de aquellos que no tienen poder de decisión.


En este sentido, cuando no estén disponibles vacunas COVID-19 éticamente irreprochables (por ejemplo, en países en los que no se ponen a disposición de médicos y pacientes vacunas sin problemas éticos o en los que su distribución es más difícil debido a las condiciones especiales de almacenamiento y transporte, o cuando se distribuyen varios tipos de vacunas en el mismo país pero, por parte de las autoridades sanitarias, no se permite a los ciudadanos elegir la vacuna que se va a inocular) es moralmente aceptable utilizar las vacunas contra la COVID-19 que han utilizado líneas celulares de fetos abortados en su proceso de investigación y producción.

La razón fundamental para considerar moralmente lícito el uso de estas vacunas es que el tipo de cooperación al mal (cooperación material pasiva) del aborto provocado del que proceden estas mismas líneas celulares, por parte quienes utilizan las vacunas resultantes, es remota. El deber moral de evitar esa cooperación material pasiva no es vinculante si existe un peligro grave, como la propagación, por los demás incontenible, de un agente patógeno grave: en este caso, la propagación pandémica del virus SARS-CoV-2 que causa la COVID-19. Por consiguiente, debe considerarse que, en este caso, pueden utilizarse las vacunas reconocidas como clínicamente seguras y eficaces con conciencia cierta que el recurso a tales vacunas no significa una cooperación formal con el aborto del que se obtuvieron las células con las que las vacunas han sido producidas. Sin embargo, se debe subrayar que el uso moralmente lícito de este tipo de vacunas, debido a las condiciones especiales que los posibilitan, no pueden constituir en sí mismo una legitimación, ni siquiera indirecta, de la práctica del aborto, y presupone la oposición a esta práctica por parte de quienes recurren a estas vacunas.

De hecho, el uso lícito de esas vacunas no implica, no debe implicar en modo alguno, la aprobación moral del uso de líneas celulares procedentes de fetos abortados. Por lo tanto, se pide tanto a las empresas farmacéuticas como a los organismos sanitarios gubernamentales, que produzcan, aprueben, distribuyan y ofrezcan vacunas éticamente aceptables que no creen problemas de conciencia, ni al personal sanitario ni a los propios vacunados.

Al mismo tiempo, es evidente para la razón práctica que la vacunación no es, por regla general, una obligación moral y que, por tanto, la vacunación debe ser voluntaria. En cualquier caso, desde un punto de vista ético, la moralidad de la vacunación depende no sólo del deber de proteger la propia salud, sino también del deber perseguir el bien común. Bien que, a falta de otros medios para detener o incluso prevenir la epidemia, puede hacer recomendable la vacunación, especialmente para proteger a los más débiles y más expuestos. Sin embargo, quienes, por razones de conciencia, rechazan las vacunas producidas a partir de líneas celulares procedentes de fetos abortados, deben tomar las medidas, con otros medios profilácticos y con un comportamiento adecuado, para evitar que se conviertan en vehículos de transmisión del agente infeccioso. En particular, deben evitar cualquier riesgo para la salud de quienes no pueden ser vacunados por razones médicas o de otro tipo y que son los más vulnerables.

Por último, existe también un imperativo moral para la industria farmacéutica, los gobiernos y las organizaciones internacionales, garantizar que las vacunas, eficaces y seguras desde el punto de vista sanitario, y éticamente aceptables, sean también accesibles a los países más pobres y sin un coste excesivo para ellos. La falta de acceso a las vacunas se convertiría, de algún modo, en otra forma de discriminación e injusticia que condenaría a los países pobres a seguir viviendo en la indigencia sanitaria, económica y social”.

Actuar

Cuidemos la propia salud y la de los demás, como hacía Jesús. Y si un medio para ello son las vacunas, dispongámonos a recibirlas. Si no quieres recibirlas, cuida tu salud y la de los demás.