Brisas frescas para el alma
El diálogo entre los grandes libros y la serenidad de la lectura amable
Lecturas y lectores, una simbiosis llena de matices. Unos libros están a la espera del lector que se ha tomado en serio el consejo de Joubert: “si solo lees lo que te gusta, difícilmente serás culto”. Se trata de hacerse de los grandes libros para mejorar la educación literaria y adentrarse en las venas de la condición humana. Lectura, muchas veces, ardua, no sin un saldo favorable de calidad literaria y sabiduría sobre las luces y sombras de la aventura humana. Jon Fosse -premio Nobel de Literatura-, con conocimiento de causa, aconseja este camino.
Están, asimismo, aquellos textos, de lectura amable, distendida. Son aire fresco para el alma. Resaltan detalles, iluminan rendijas de la realidad. Cada línea deja estelas de serenidad, sonrisas cómplices del lector. Poesía limpia expresada en prosa o verso. Así he leído La felicidad de los pececillos. Cartas desde las antípodas (Acantilado, 2019, Kindle) de Simon Leys, uno de mis escritores preferidos. Se trata de pequeñas crónicas con observaciones agudas, anécdotas de viajes, opiniones personales sobre escritores y escritos. Nada convencional, sin dejar de ser educado, como cuando critica la opinión de Harold Bloom sobre el cuento El estudiante de Chéjov.
En el acápite dedicado a La verdad del novelista, Leys escribe que “no son las hazañas de la vida activa las que producen las grandes obras, sino más bien el fracaso, las penas oscuras, el hastío, la árida insignificancia de los días (p. 26)”. Lleva bastante razón en este tema y pensaba en esta copla de Antonio Machado: “¡Ay de nuestro ruiseñor, / si en una noche serena/ se cura del mal de amor/ que llora y canta sin pena!”. ¡Las penas!, cuánta belleza han arrancado de los corazones enamorados y dolidos.
En cambio, cuan negativa es la envidia. Destila tinieblas y se retuerce ante la belleza ajena. Al respecto, señala Leys que “el talento inspirado siempre es un insulto a la mediocridad. Y si esto es cierto en el orden estético, aún lo es más en el moral. Más que la belleza artística, la belleza moral parece tener el don de exasperar a nuestra triste especie. La necesidad de rebajarlo todo a nuestro miserable nivel, de mancillar, burlarse y degradar todo cuanto nos domina por su esplendor es probablemente uno de los rasgos más desoladores de la naturaleza humana (p. 36)”. La envidia se retuerce ante la grandeza de ánimo del prójimo. Niega la gloria a quien la tiene. Paradójicamente, ni las burlas o desdenes arrojados con el fin de dañar la honra ajena consiguen su propósito, antes bien regresan al interior del envidioso causándole mayor tristeza.
Cuenta, asimismo, Leys que cuando realizaba estudios de filosofía, uno de sus profesores, después de recomendarle algunas lecturas esenciales para su formación, le sugirió que no deje de leer novelas. El consejo le desconcertó al inicio, pero con el tiempo atisbó a ver la pertinencia de esa recomendación, corroborada por Claudel: “la fuente primera de la ciencia no es, pues, el razonamiento, sino la comprobación detallada de una asociación propuesta por la imaginación (p. 89)”. Así suele ser el acceso a la realidad la cual no se agota en la comprensión racional del hecho empírico. La racionalidad misma ha de ampliarse con los aportes de la sabiduría humanística.
La realidad, en su riqueza veritativa, requiere de una sinfonía de conocimientos, en donde el silogismo apodíctico, la poesía, la historia, la literatura, la pintura cooperan en el diálogo entre el tiempo y la Eternidad. Simon Leys sabe de esta riqueza sinfónica de la vida.

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