20 junio, 2026

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Berlín: Los alemanes no quieren que se recuerden sus crímenes

Brutal ataque policial contra polacos que querían conmemorar a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial

Berlín: Los alemanes no quieren que se recuerden sus crímenes

En Berlín, agentes de la policía alemana agredieron a activistas polacos del Movimiento para la Defensa de las Fronteras (ROG), desatando una ola de indignación en Polonia. La agresión estuvo motivada únicamente por el hecho de que los activistas del ROG querían rezar y colocar una cruz de madera junto a una piedra conmemorativa dedicada a las víctimas polacas de la Segunda Guerra Mundial. Según la policía, los polacos no tenían autorización para hacerlo.

Un impactante vídeo documenta toda la brutalidad deliberada de los agentes, que atacaron a una docena de personas indefensas que transportaban pacíficamente una gran cruz, las arrojaron al suelo, las esposaron y las golpearon.

https://x.com/Poland_Based/status/2066934102406688872/video/1

El Estado responsable de la Segunda Guerra Mundial demuestra una vez más ser incapaz de mostrar el más mínimo respeto por la memoria de sus víctimas. La represión contra los polacos que querían conmemorar a esas víctimas desacredita a las autoridades alemanas. Si en la capital alemana se impide a los polacos rendir homenaje a sus compatriotas asesinados, entonces nos encontramos ante algo que debería preocupar no solo a Polonia, sino a toda Europa.

Para comprender mejor lo ocurrido en Berlín el pasado 16 de junio, es necesario recordar algunos antecedentes.

Hace exactamente un año se erigió, cerca del Bundestag, la “Piedra de la Memoria para Polonia 1939-1945”. La enorme roca, acompañada de una placa en tres idiomas, tenía como objetivo conmemorar a las víctimas polacas del nazismo y de la ocupación alemana. Debía ser un gesto de reconciliación de las autoridades alemanas hacia Polonia, pero provocó la indignación de muchos polacos. Alemania, el país que destruyó Polonia durante la guerra causando millones de muertes y que nunca ha pagado reparaciones de guerra —como sí hizo con muchos otros países— parecía querer “limpiar su conciencia” con una simple piedra.

Como consecuencia de la ocupación alemana, Polonia perdió casi seis millones de ciudadanos, la mitad de ellos judíos. Solo durante el primer año de ocupación, las SS, la Selbstschutz y la policía alemana asesinaron a más de 100.000 representantes de la intelectualidad polaca. Durante toda la ocupación, que se prolongó entre 1939 y 1945, exterminaron al 55 % de los abogados, al 30 % de los científicos, al 40 % de los médicos, al 20 % de los profesores y al 20 % del clero. En conjunto, Polonia perdió al 37,5 % de sus graduados universitarios y artistas.

Las fuerzas de ocupación alemanas mataron a 1,5 millones de niños y dejaron huérfanos al 20 % de los supervivientes. Además, deportaron a Alemania a aproximadamente 200.000 menores para someterlos a procesos de germanización forzosa. También asesinaron a casi todos los pacientes de los hospitales psiquiátricos. Incendiaron más de 800 aldeas, total o parcialmente, matando a sus habitantes.

Dos millones y medio de polacos, la mayoría de ellos con edades comprendidas entre los 15 y los 24 años, fueron obligados a realizar trabajos forzados para enriquecer a empresas alemanas como Hugo Boss, Thyssen Krupp, Daimler-Benz, BMW, Audi, Bayer, AGFA, Siemens, Dr. Oetker, Zeiss, Bosch, Maggi, BASF, IG Farben y miles de agricultores alemanes. El 15 % de estos trabajadores forzados no sobrevivió.

La ocupación alemana dejó alrededor de 590.000 polacos con discapacidades permanentes. Un millón de personas padecieron tuberculosis tras la guerra debido a la desnutrición y al exceso de trabajo, y miles murieron pocos años después. A ello se sumaron la devastación de la economía, la destrucción de infraestructuras industriales, energéticas, de transporte y de servicios, el saqueo y desmontaje de fábricas y talleres enteros, la confiscación de productos agrícolas y ganado, así como el robo de activos bancarios y ahorros personales.

Tampoco puede olvidarse la enorme pérdida del patrimonio cultural. Los alemanes se llevaron 516.000 obras de arte, vaciando galerías y colecciones privadas. Demolieron 25 museos, destruyeron el 43 % de los edificios históricos y de las iglesias, y saquearon o quemaron 15 millones de libros. La inmensa mayoría de estas obras de arte aún no ha sido devuelta a sus legítimos propietarios, en muchos casos debido a leyes alemanas que dificultan o impiden dicha restitución.

Cada 1 de septiembre, aniversario de la invasión alemana de Polonia en 1939, el mundo debería recordar estas cifras que muchos en la Alemania actual parecen querer olvidar.

También debe subrayarse con firmeza que Polonia nunca ha sido compensada por estas terribles pérdidas humanas y económicas. Además, desde hace décadas el gobierno alemán desarrolla una política histórica destinada a minimizar la responsabilidad alemana en los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial y, aún peor, a intentar atribuir a las víctimas responsabilidades de colaboración.

Por ello, los acontecimientos de Berlín adquieren una gravedad aún mayor.

Igualmente inquietante es un detalle que aparece en las grabaciones: un agente alemán parece introducir algo en el bolsillo de Robert Bąkiewicz, líder del Movimiento para la Defensa de las Fronteras, antes de introducirlo en un vehículo policial. ¿Intentaba la policía alemana crear un pretexto para justificar el trato brutal dispensado a Bąkiewicz?

Las imágenes difundidas en internet muestran al líder del ROG inmovilizado en el suelo por cinco agentes, con el rostro presionado contra el pavimento. Los vídeos también muestran a la policía actuando contra personas que portaban una cruz, arrancándolas de ella, tirándolas al suelo y esposándolas. Se trata además de personas de cierta edad. La cruz confiscada puede verse abandonada en el suelo.

Quizá la imagen más impactante muestra a un hombre sosteniendo un rosario entre sus manos esposadas. No resulta extraño, por tanto, que en las redes sociales polacas aparezcan comentarios bajo estas fotografías y vídeos como: «¡La policía alemana es como la Gestapo!».

¿Qué ocurriría si una intervención policial alemana de semejante brutalidad estuviera dirigida contra musulmanes que se manifestaran en apoyo a Palestina? ¿Qué sucedería si la policía polaca actuara con violencia contra judíos que portaran banderas israelíes en Auschwitz durante una manifestación pacífica, aunque no autorizada, en memoria de las víctimas judías de los campos de concentración?

Sin duda habría una condena internacional contra las autoridades polacas, acompañada de críticas y acusaciones difundidas por los grandes medios de comunicación. Sin embargo, cuando la policía alemana interviene brutalmente contra polacos que desean conmemorar a las víctimas de los crímenes alemanes, no hay reacción mediática, no existe indignación generalizada y las vergonzosas imágenes no aparecen en televisión.

Los acontecimientos de Berlín constituyen también una prueba para Donald Tusk y Radosław Sikorski, políticos conocidos por su subordinación a las oligarquías de Bruselas y a la Cancillería alemana. ¿Reaccionarán ante el vergonzoso comportamiento de la policía alemana hacia los polacos o guardarán silencio para no incomodar a sus “protectores”?

Nos encontramos ante algo más importante que un simple caso de mantenimiento del orden público (aunque, como sostienen las autoridades alemanas, pudiera haberse infringido alguna normativa local). Se trata de una cuestión que afecta a una de las heridas más sensibles de la política histórica alemana: sus crímenes durante la Segunda Guerra Mundial.

Artículo original publicado en italiano por La Nuova Bussola Quotidiana:

https://lanuovabq.it/it/onoravano-le-vittime-di-guerra-la-polizia-tedesca-picchia-i-polacchi

Wlodzimierz Redzioch

Wlodzimierz Redzioch è nato a Czestochowa (Polonia), si è laureato in Ingegneria nel Politecnico. Dopo aver continuato gli studi nell’Università di Varsavia, presso l’Istituto degli Studi africani, nel 1980 ha lavorato presso il Centro per i pellegrini polacchi a Roma. Dal 1981 al 2012 ha lavorato presso L’Osservatore romano. Dal 1995 collabora con il settimanale cattolico polacco Niedziela come corrispondente dal Vaticano e dall’Italia. Per la sua attività di vaticanista il 23 settembre 2000 ha ricevuto in Polonia il premio cattolico per il giornalismo «Mater Verbi»; mentre il 14 luglio 2006 Sua Santità Benedetto XVI gli ha conferito il titolo di commendatore dell’Ordine di San Silvestro papa. Autore prolifico, ha scritto diversi volumi sul Vaticano e guide ai due principali santuari mariani: Lourdes e Fatima. Promotore in Polonia del pellegrinaggio a Santiago de Compostela. In occasione della canonizzazione di Giovanni Paolo II ha pubblicato il libro “Accanto a Giovanni Paolo II. Gli amici e i collaboratori raccontano” (Edizioni Ares, Milano 2014), con 22 interviste, compresa la testimonianza d’eccezione di Papa emerito Benedetto XVI. Nel 2024, per commemorare il 40mo anniversario dell’assassinio di don Jerzy Popiełuszko, ha pubblicato la sua biografia “Jerzy Popiełuszko. Martire del comunismo” (Edizioni Ares Milano 2024).