Aquilino Polaino: una vida al servicio de la persona
Referente de la psiquiatría española, catedrático y hombre de profundas convicciones dedicado al servicio de la persona y la familia
Ha muerto el profesor Aquilino Polaino-Lorente, catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense de Madrid durante tres décadas. Médico, psiquiatra, profesor, investigador y, sobre todo, un hombre profundamente preocupado por la persona.
Su muerte deja un vacío en la psiquiatría española y entre quienes tuvimos la oportunidad de conocerle, escucharle y aprender de él. Pero deja también algo más importante: un testimonio de vida.
Aquilino Polaino fue un hombre de profundas convicciones cristianas, miembro del Opus Dei y defensor de la familia, de la vida y de la dignidad de la persona. Nunca tuvo miedo de expresar lo que pensaba, incluso cuando sus opiniones podían resultar políticamente incorrectas o provocarle incomprensión y fuertes críticas.
No buscaba agradar. Buscaba, según su propia manera de entender la profesión y la vida, servir a la verdad y ayudar a las personas.
La persona por encima de todo
Durante casi cincuenta años ejerció la psiquiatría y durante treinta fue catedrático de Psicopatología en la Universidad Complutense. Su trayectoria académica y científica fue extraordinariamente amplia. Pero quienes le conocieron recuerdan también al profesor cercano, al médico preocupado por sus pacientes y al maestro que no reducía nunca a una persona a su enfermedad.
Una de las frases que mejor explica su manera de entender la medicina la pronunció al hablar de una paciente a la que atendía y cuya situación personal era especialmente difícil.
Se preguntó cómo debía tratarla y surgió en su interior una idea: «Imagínate que esta mujer es Jesucristo. ¿Cómo la tratarías?».
Aquella pregunta cambió su actitud ante ella.
No es una anécdota menor. Es, probablemente, una de las mejores claves para comprender a Aquilino Polaino: ver en cada persona una dignidad que está por encima de sus circunstancias. (Omnes)
Para él, ayudar a una persona no consistía solamente en aplicar conocimientos médicos. Consistía también en escucharla, comprenderla, acompañarla y tratarla con una dignidad que, desde su fe, encontraba su fundamento último en Dios.
La familia, escuela de humanidad
Otra de las grandes preocupaciones de Polaino fue la familia.
A lo largo de décadas observó desde su experiencia clínica cómo las relaciones familiares influían profundamente en la formación de la personalidad y en la salud psicológica. En sus últimos años insistió especialmente en la importancia de los vínculos familiares, de la relación entre padres e hijos y de la necesidad de recuperar una educación basada también en la responsabilidad, el esfuerzo y las virtudes. (Omnes)
Para él, cuidar la familia era también cuidar la salud de la sociedad.
No concebía la familia simplemente como una institución social más, sino como el lugar donde una persona aprende a querer, a ser querida, a asumir responsabilidades y a enfrentarse a las dificultades de la vida.
Por eso le preocupaba especialmente una sociedad que, en su opinión, estaba debilitando los vínculos familiares y dejando a muchos jóvenes sin recursos personales suficientes para afrontar las dificultades. (Omnes)
Un hombre que defendió aquello en lo que creía
Polaino participó también en debates públicos sobre cuestiones relacionadas con la familia, la vida y la bioética. Fue miembro de la Academia Pontificia para la Vida y desarrolló una parte importante de su pensamiento alrededor de la dignidad de la vida humana.
En 2005 compareció ante el Senado de España en un debate que provocó una gran controversia. Algunas de sus afirmaciones fueron duramente cuestionadas y aquel episodio marcó profundamente su presencia en el debate público.
No es necesario compartir todas sus posiciones para reconocer algo que formaba parte de su carácter: no estaba dispuesto a renunciar a sus convicciones para evitar la polémica.
Esa actitud le ocasionó disgustos, pero también explica la coherencia con la que vivió.
La fortaleza ante el dolor
Personalmente, hay otra dimensión de Aquilino Polaino que quisiera destacar.
Fue, probablemente, una de las personas más austeras y con mayor resistencia al dolor que he conocido.
Le vi dar clase en auditorios llenos cuando sufría un dolor casi insoportable. Y, sin embargo, allí estaba: explicando, razonando, enseñando.
Era muy exigente consigo mismo y, al mismo tiempo, extraordinariamente cariñoso con los demás.
Esa combinación resulta difícil de encontrar: dureza consigo mismo y comprensión con los demás.
Trabajó con fortaleza y espíritu crítico prácticamente hasta el final. Incluso en sus últimos años continuó reflexionando y hablando públicamente sobre la persona, la familia, la libertad y los problemas de la sociedad. (Omnes)
Una vida entendida como servicio
Quizá esta sea la palabra que mejor resume su vida: servicio.
Servicio a la medicina.
Servicio a la universidad.
Servicio a sus pacientes.
Servicio a sus alumnos.
Servicio a la familia.
Y, desde su fe, servicio a Dios a través del servicio a los demás.
Su experiencia profesional le llevó a comprender que detrás de cada paciente había una persona irrepetible. Y detrás de esa persona, para él, estaba también Dios.
Por eso aquella pregunta —«¿Cómo tratarías a esta persona si fuera Jesucristo?»— adquiere una fuerza especial.
No se trataba simplemente de una manera de ejercer la psiquiatría.
Era una manera de vivir.
Su legado
Aquilino Polaino deja una extensa obra científica y académica. Pero quizá su legado más importante no esté solamente en sus libros, artículos o clases.
Está en las personas que ayudó.
En sus alumnos.
En sus pacientes.
En quienes aprendieron de él a mirar de otra manera al ser humano.
Y en quienes descubrimos que poner a la persona en el centro no puede ser solamente una frase bonita: tiene que convertirse en una forma de actuar.
Esta idea conecta profundamente con algo que llevo tiempo defendiendo desde Marketing y Servicios: cuando hablamos de poner a la persona en el centro, no hablamos de una estrategia de comunicación. Hablamos de una forma de entender la empresa, el servicio y la sociedad.
Aquilino Polaino lo llevó mucho más lejos: poner a la persona en el centro significaba para él servirla y reconocer en ella una dignidad que merece ser respetada y cuidada.
Hoy, al despedirle, quiero quedarme precisamente con esa imagen.
La del profesor que seguía enseñando a pesar del dolor.
La del médico que veía en su paciente a una persona antes que a un diagnóstico.
La del hombre que defendió sus convicciones, aunque algunas de ellas le trajeran incomprensión.
La del cristiano que intentó descubrir a Dios en las personas a las que servía.
Y la del amigo y maestro que nos recuerda algo que nunca deberíamos olvidar:
Cuidar a la persona es cuidar a la familia.
Cuidar a la familia es cuidar a la sociedad.
Y servir a los demás es, también, una manera de acercarnos a Dios.
Descanse en paz, profesor Polaino.
Gracias por su vida, por su ejemplo y por su actitud de servicio.
Conocí a Aquilino hace muchos años en Sevilla. Después hemos coincido en numerosas ocasiones en distintas universidades, en las reuniones periódicas de AEDOS (laboratorio español de la moderna Doctrina Social de la Iglesia) en las que participó activamente con ponencias y con sus intervenciones en los coloquios. También tuve la ocasión de pasear y charlar de todo. Estas reflexiones han tenido presente esas conversaciones.
Pero no quiero terminar sin pedir oraciones por Aquilino, ya que él también lo hizo por otros difuntos y tenia mucha confianza en los sufragios que hacemos los católicos, especialmente cuando fallece alguien de la familia.

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