Adiós a Angelo Gugel, al servicio de tres Papas
Fue el Ayudante de Cámara de Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Falleció ayer por la noche en Roma a los 90 años. Hombre fiel y reservado, estuvo junto al Papa Wojtyła el día del atentado en la Plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981
Con discreción y reserva durante medio siglo, entre el final del siglo XX y el amanecer del nuevo milenio, sirvió a tres Papas como Ayudante de Cámara: Angelo Gugel, fallecido ayer por la noche en Roma a los noventa años, acompañado del cariño de su familia. Desde el breve pontificado del veneciano Juan Pablo I, quien lo llamó entre sus colaboradores laicos siendo aún un joven de su misma región, hasta el larguísimo de Juan Pablo II, del que fue testigo silencioso durante casi veintisiete años, y el inicio del de Benedicto XVI, con quien, ya septuagenario, concluyó su servicio.
Nacido el 27 de abril de 1935 en Miane (Treviso), casado con Maria Luisa Dall’Arche desde 1964 y padre de cuatro hijos —Raffaella, Flaviana, Guido y Carla Luciana Maria—, Gugel fue uno de los últimos en haber vivido de cerca —los Ayudantes de Cámara forman parte integrante de la Familia pontificia— la breve etapa de Luciani en el trono del Sucesor de los apóstoles, prestando declaración en el proceso que permitió su beatificación; la mucho más larga con Wojtyła al timón de la barca de Pedro, estando a su lado también en el momento del atentado del 13 de mayo de 1981; y el primer período en que al Papa polaco le sucedió Ratzinger.
De familia campesina y con dos años de experiencia en el seminario a sus espaldas, en 1955 fue reclutado como gendarme en el Vaticano. Tras contraer tuberculosis y una larga convalecencia, fue trasladado al Gobernadorado, hasta que Luciani —su antiguo obispo en Vittorio Veneto, que conocía a su madre y a su esposa, habiendo ordenado sacerdote al hermano de ella, don Mario Dall’Arche— lo quiso a su lado. Por lo demás, ya durante el Concilio Vaticano II había sido su chófer en Roma y había cenado en su casa.
Siempre impecable en el vestir, con esa elegancia sobria que no es ostentación, Angelo Gugel mantuvo la reserva que su delicado rol exigía incluso después de jubilarse. Rara vez concedió entrevistas. Con motivo del centenario del nacimiento de san Juan Pablo II quiso confiar algunos recuerdos al número especial preparado por L’Osservatore Romano para celebrar el aniversario. “Me temblaron las piernas cuando fui llamado al Apartamento tras la muerte de Juan Pablo I”, escribió en esa ocasión, describiendo la llamada al Palacio Apostólico por parte del Papa “venido de muy lejos”. “Pero el clima de confianza instaurado por el Santo Padre” y “también por monseñor Stanislao y las hermanas, me hizo sentir ‘en casa’”, escribió refiriéndose al secretario particular de Wojtyła, hoy cardenal Dziwisz, y a las religiosas polacas que lo asistían.
Al narrar los 27 años transcurridos con Juan Pablo II, llenos de actividad, encuentros y viajes, evocó los internacionales en los cinco continentes, pero también los más íntimos, como los pocos días de vacaciones en Cadore o en el Valle de Aosta, durante los cuales incluso Gugel dejaba el inevitable traje oscuro con corbata y se ponía jerséis y pantalones de montaña. “Mantener la reserva sobre mi trabajo incluso en familia era normal. Cuando salíamos con el Santo Padre de forma privada, mis familiares se enteraban por los periódicos”, añadió. Y del atentado del 13 de mayo de 1981 seguía recordando cada momento: desde el agujero de la bala, al Papa tendido en el suelo a la entrada del edificio de los Servicios de Sanidad en el Vaticano, hasta la larga carrera hacia el policlínico Gemelli.
En una entrevista concedida en 2018 al Corriere della Sera, Gugel contó dos anécdotas: «Dos días después de la elección, el sustituto de la Secretaría de Estado, Giuseppe Caprio, telefoneó a las 11:30 al Gobernadorado diciendo: “El señor Gugel se presente en el apartamento privado del Papa tal como está vestido”. Subí al último piso del Palacio Apostólico. Me temblaban las piernas. Solo había prelados polacos, yo era el único que hablaba italiano». Una característica útil para ayudar al nuevo Papa en la correcta pronunciación de sus primeros discursos. «Me quedé perplejo cuando, la mañana del 22 de octubre de 1978, antes de dirigirse a la plaza de San Pedro para el inicio solemne del pontificado, el Santo Padre me llamó a su estudio y me leyó la homilía que pronunciaría poco después: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo! ¡No tengáis miedo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. ¡Solo Él lo sabe!”. Me pidió que le señalara las pronunciaciones erróneas y con el lápiz anotaba dónde poner los acentos. Dos meses después, al encontrarse con mis excompañeros de la Gendarmería, soltó una frase que me dejó de piedra: “Si me equivoco el acento de alguna palabra, el 50 por ciento es culpa de Angelo”, y me sonrió».
Siempre en esa entrevista, recordó cuando su esposa Maria Luisa esperaba a la cuarta hija, que llamarían Carla Luciana Maria en honor al Papa Luciani y al Papa Wojtyła: durante el embarazo, cuenta, «surgieron gravísimos problemas en el útero. Los ginecólogos del Policlínico Gemelli, Bompiani, Forleo y Villani, descartaban que el embarazo pudiera continuar. Un día Juan Pablo II me dijo: “Hoy he celebrado la misa por tu esposa”. El 9 de abril Maria Luisa fue llevada al quirófano para una cesárea. Al salir, el doctor Villani comentó: “Alguien debe haber rezado mucho”. En el certificado de nacimiento escribió “7:15 horas”, el instante en que la misa matutina del Papa estaba en el Sanctus. En el desayuno, sor Tobiana Sobotka, superiora de las religiosas al servicio en el Palacio Apostólico, informó al Pontífice de que había nacido Carla Luciana Maria. “Deo gratias”, exclamó Wojtyła. Y el 27 de abril quiso ser él quien la bautizara en la capilla privada».
L’Osservatore Romano
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