15 de agosto de 1920, milagro en el Vístula
El aniversario de la batalla que salvó a Europa de la ocupación comunista
Para los historiadores es una de las dieciocho batallas más importantes de la historia del mundo; en cambio, para la Europa cristiana es la batalla cuya importancia solo es comparable a las victorias de Lepanto (1571) y de Viena (1683), que salvaron entonces a nuestro continente de la invasión musulmana. Este año, el 15 de agosto, celebramos el 106.º aniversario de la batalla de Varsovia, que ha pasado a la historia como «el milagro en el Vístula»: la victoria del ejército polaco que salvó a Europa de la invasión de la Rusia comunista.
Para Polonia fueron los años de la independencia reconquistada. A raíz de las tres particiones ocurridas entre 1772 y 1795 a manos de los tres poderosos imperios vecinos (ruso, prusiano y austrohúngaro), Polonia desapareció del mapa de Europa durante más de un siglo. El país reconquistó la soberanía nacional el 18 de noviembre de 1918, pero la independencia recobrada tras la Primera Guerra Mundial se vio amenazada de inmediato, siempre desde el Este, pero esta vez por la Rusia ya no zarista, sino bolchevique. Ya en noviembre de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo (el gobierno bolchevique) tomó la decisión de formar, en el seno del Ejército Rojo, el llamado Ejército Occidental, que debía servir para realizar el gran proyecto de los comunistas soviéticos: la revolución comunista mundial. El 10 de marzo de 1920 tuvo lugar en Smolensk una reunión de los jefes del Ejército Rojo y de los comisarios comunistas, entre los cuales se encontraba Stalin, que tomaron las decisiones del ataque a Polonia y a Europa. En el verano de 1920, el Ejército Rojo avanzaba amenazadoramente hacia el río Vístula hasta las puertas de Varsovia.
En esta dramática situación, los obispos polacos, para conmover las conciencias de todos, enviaron cartas a la nación, a los Episcopados del mundo entero y al Papa, pidiendo a Benedicto XV oraciones y bendiciones para la Polonia amenazada por los bolcheviques. La carta de los obispos es de gran importancia y resulta de actualidad porque analiza la ideología comunista que los bolcheviques querían imponer a Europa y al mundo con las armas. Los obispos aclaran que:
«Para el enemigo que nos combate, Polonia no es la última meta de su marcha; es más bien una etapa y una plataforma de lanzamiento hacia la conquista del mundo (…); el bolchevismo ha envuelto con una red subversiva, como una araña, a naciones lejanísimas de Rusia (…). Y hoy todo está listo para esta conquista del mundo. En todos los países hay huestes ya organizadas que solo esperan la señal de batalla; mecen los preparativos de continuas huelgas que deberán paralizar la vida normal de las naciones. La discordia entre las diversas clases sociales se está transformando en un odio exasperado, e influencias internacionales bloquean astutamente todo juicio y autodefensa de las naciones».
En aquel momento, los obispos querían concienciar a todos de que, en esta situación:
«Polonia es la última barrera situada en el camino del bolchevismo hacia la conquista del mundo: si llegara a caer, el bolchevismo se extendería por el mundo entero con toda su potencia destructora. Y la ola que hoy amenaza con invadir el mundo es verdaderamente terrible».
Las preocupaciones de los obispos polacos estaban fundadas porque los líderes bolcheviques en Moscú estaban cada vez más convencidos de la posibilidad de conquistar Europa. Lenin, durante el II Congreso del Comintern (la Internacional Comunista, la organización internacional de los partidos comunistas) a principios de agosto de 1920, afirmaba con decisión: «Sí, las tropas soviéticas están en Varsovia. Dentro de poco tendremos también Alemania. Reconquistaremos Hungría, y los Balcanes se levantarán contra el capitalismo. Italia temblará. La Europa burguesa cruje por todas partes en medio de esta tempestad». También los militares alardeaban de seguridad: el mariscal Mijaíl Tujachevski decía a los jefes de las brigadas de la caballería cosaca: «Antes de que termine el verano, se oirán los cascos de vuestros caballos por las calles de París».
Por desgracia, a pesar de las alarmas lanzadas por Polonia, el mundo permaneció sordo a las peticiones de ayuda de los polacos. Parecía que todos, incluso las cancillerías occidentales, estaban resignados a la victoria comunista y, paralizados, no hacían nada. En cambio, en las diversas Iglesias comenzaron las oraciones por Polonia, solicitadas por el propio Pontífice.

(El mariscal Pilsudski, artífice de la victoria de la batalla de Varsovia, con el estado mayor polaco).
La masiva campaña de oraciones de toda la Iglesia era objeto de burla por parte de los ambientes socialistas y comunistas en Occidente. El periódico socialista Avanti! ridiculizaba así la iniciativa del Pontífice: «El Papa confía en la intercesión de la Virgen. (…) ¡Apañado está el Romano Pontífice si cree en la eficacia de la Virgen! Tres millones de soldados visten el uniforme ruso. (…) Estos soldados y sus cañones valdrán mucho más que todos los Rosarios del mundo. En pocos días tendremos la prueba». Pero la realidad habría de desmentir las despreciativas palabras de los revolucionarios italianos.
En aquellos meses terribles, con los bolcheviques a pocos kilómetros de Varsovia, desempeñó un papel importantísimo mons. Achille Ratti, el primer nuncio apostólico en la renacida Polonia. El Nuncio vaticano fue el único diplomático, junto con el embajador turco, que en agosto de 1920 no abandonó la capital mientras todo el cuerpo diplomático huía asustado. Mons. Ratti participaba en las oraciones organizadas durante la batalla del Vístula. Hizo también un gesto muy valiente y simbólico que elevó la moral de los combatientes: se desplazó a Radzymin, en la línea del frente, en plena batalla, para hacer sentir su cercanía a los soldados. El futuro papa Pío XI sabía bien cuál era la verdadera apuesta en juego de la guerra, diciendo que «un ángel de las tinieblas libraba una gigantesca batalla con el ángel de la luz»: para el papa Ratti, Polonia siempre sería el «bastión (antemurale) de Europa y del cristianismo».
Obviamente, el papel capital lo desempeñaba la Iglesia de la propia Polonia, que movilizaba a la gente para la defensa de la Patria. Gracias a estos llamamientos, la gente se alistaba masivamente en el ejército. Quien no podía luchar y se quedaba en casa rezaba porque era grande el temor a la ocupación de los bolcheviques, un temor alimentado por las noticias de las crueldades cometidas en las zonas ya ocupadas. Los sacerdotes también estaban al lado de los soldados polacos. A la historia ha pasado sobre todo uno de ellos, el padre Ignacy Skorupka, capellán del 236.º regimiento de infantería compuesto por voluntarios. El P. Skorupka participó en la batalla de Varsovia vestido siempre con la sotana. Su regimiento combatía cerca de la localidad de Wołomin y sufrió importantes pérdidas. En un momento dado, el capellán se dio cuenta de que se había quedado como el único oficial con vida y que debía tomar sobre sus hombros la responsabilidad de los 250 soldados: con la cruz en la mano como única arma, guio a los jóvenes voluntarios al contraataque sobre las líneas enemigas y murió.
No se puede hablar de la batalla de Varsovia sin mencionar a los heroicos combatientes polacos y al principal artífice de la victoria, el mariscal Józef Piłsudski. Este gran estadista polaco era consciente del peligro mortal que el comunismo representaba para Europa. Pero, por otro lado, era consciente de que Europa no se movería para defenderse contra este peligro ni para conceder ayudas a Polonia. Así pues, defendiendo a la Patria defendía la civilización europea, que corría un gravísimo riesgo porque el joven ejército polaco se encontraba en una situación dificilísima: se retiraba en un frente de 500 kilómetros ante el avance de los rusos. Sus consejeros le sugerían organizar la línea de defensa a lo largo del Vístula, alrededor de Varsovia, para mantener a toda costa la capital. Pero el mariscal se daba cuenta de que para detener a casi dos millones de soldados bolcheviques se necesitaban muchísimos soldados con los que él no contaba. En la noche del 5 al 6 de agosto se le ocurrió otro plan, tan arriesgado como genial por no estar previsto por los comandantes rusos: con los restos del ejército formó 6 divisiones que atacaron el flanco al descubierto del Ejército bolchevique al sur de Varsovia. Para realizar esta maniobra tuvo que privar a la capital de defensa, pero la maniobra triunfó plenamente: los soldados rusos, sorprendidos por completo por este ataque audaz, comenzaron a perder terreno y fueron derrotados antes de poder reorganizarse.

(Mons. Achille Ratti [futuro papa Pío XI], nuncio en Polonia, permaneció en Varsovia durante la batalla).
Cuando Achille Ratti se convirtió en papa, quiso construir en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo una nueva Capilla privada e hizo colocar en ella, junto al cuadro de la Virgen de Częstochowa, dos pinturas del pintor polaco Jan Henryk Rosen de Leopolis con dos hechos de la historia de Polonia: por un lado, la defensa del monasterio de Jasna Góra de Częstochowa en 1655 contra los suecos y, por otro, la batalla de Varsovia —precisamente «El milagro en el Vístula»— con el valeroso p. Skorupka guiando a los soldados al ataque con la cruz en la mano. Este homenaje del papa Ratti a los defensores de Varsovia nos recuerda que todos somos sus deudores y que no debemos olvidarlo.
Durante la audiencia general del 12 de agosto, al saludar a los polacos, León XIV habló de la batalla de Varsovia:
«¡Saludo cordialmente a los polacos! Agosto es para vosotros un mes rico en importantes aniversarios. Por intercesión de María, el 15 de agosto de 1920 se consumó la victoria en la Batalla de Varsovia, que cambió el curso de la historia de Polonia y de Europa».
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