Verdad y palabra en San Agustín
Del pensamiento a la fe
Dice San Agustín al final del Libro I de sus Confesiones: “en los pensamientos sobre cosas pequeñas me deleitaba con la verdad. No quería ser engañado, gozaba de buena memoria, se me instruía en el habla, me dulcificaba con la amistad, rehuía el dolor, la exclusión, la ignorancia. ¿Qué había en un ser de esta naturaleza que no fuese admirable y loable? Ahora bien, todo eso son dones de mi querido Dios. Yo no me los he otorgado (I, 20, 31; Gredos, 2010)”. Una síntesis precisa y preciosa al estilo agustiniano de decir las cosas.
San Agustín, en sus trotes intelectuales continuos (maniqueísmo, el Hortensio de Cicerón, los neoplatónicos y académicos, las Sagradas Escrituras), no paraba hasta encontrar la verdad en la que se deleitaba. Lo que hallaba en el camino le quedaba corto. Tanto en el Hortensio como en los escritos de los académicos faltaba el nombre saludable de Cristo. Durante un tiempo, comenta González Niño (San Agustín, peregrino de Dios; San Pablo, 2018), la idea maniquea del cuerpo como oscuridad y el alma como luz le sirve para eludir su responsabilidad respecto a los desarreglos morales de su vida.
Su encuentro con San Ambrosio en Milán le pone en la ruta del encuentro con el Dios cristiano. Al principio, admira en Ambrosio solo su retórica: “por mi parte, comencé a estimarle, pero inicialmente no lo hice como a un maestro de la verdad, pues no tenía la más mínima esperanza de hallarla en tu Iglesia. Le apreciaba especialmente por su amabilidad conmigo […]. Por mi interés profesional escuchaba sus debates públicos, pero sin la disposición apropiada. Yo quería comprobar si su elocuencia era tan brillante como la gente comentaba, o era acaso más o también menos. Estaba pendiente de sus palabras, pero tenía muy poco interés en su contenido, que en realidad desdeñaba, mientras estaba allí de pie escuchando la fluidez de su discurso (V, 13, 23) (p. 39)”. Se fija en las palabras y no en la realidad que manifiestan, un paso pequeño, pero esencial para configurar la verdad como adecuación de la cosa con la palabra.
“Será el evangelio de san Mateo el que más le impresione -escribe González Niño-, con su parabólica invitación a buscar, llamar, preguntar (Mt 7,7; I, 1, 1). Esta tríada será el lema que enmarque su historia desde el principio al final. La lectura, motivada antes por la satisfacción de su vanagloria o insaciable curiosidad, se convierte en un intenso deseo de descubrir el significado del texto sagrado y reorientar su vida en una dirección nueva. Y lo que parece como un pequeño progreso es en realidad el principio de una ansiada certeza (p. 47)”. Hablar ya no es para San Agustín una gimnasia intelectual, su palabra y sus escritos tocan ahora carne. Comprende que cada persona es una unidad de ser, conocer y querer. Pone, ahora, al servicio de Dios su experiencia de vida jalonada de luces y sombras. Su palabra aguda y certera secciona los yerros de pelagianos y donatistas. Tocado por el fuego del amor a Dios, pondrá en juego los dones recibidos para transmitir, en sus innumerables sermones y cartas, la Verdad que le fue dada tocar.
Pienso en la existencia personal y colectiva de la aventura humana, transitada entre la ciudad terrena y la ciudad de Dios. Pareciera que la primera de ellas, labrada por el amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios, lleva por mucho la delantera. Un olvido de Dios y un goce de todo lo que se pueda aquí y ahora, pues no habría después. Sin embargo, justo en este mismo río revuelto, está también la ciudad de Dios, silenciosa y esperanzada, nutrida de las buenas obras de tantísimas personas que trabajan por la felicidad de la tierra para gozar de la felicidad del Cielo. La vida de San Agustín nos recuerda que todos somos caminantes y nos anima, a poner el hombro en la configuración de la ciudad de Dios.

Related
(EN)
(ES)
(IT)
