Venid y vamos todos
Recuerdos de una juventud bajo el manto de la "Purísima Doncella"
Llegó mayo. ¡Cuántos recuerdos se agolpan en mi cabeza!
Aquel ejercicio de las “Flores a María” en el colegio… Nos entregaban un papelito -media octavilla- con unas palabras impresas: OBSEQUIO A MARÍA. Y debajo, OS OFREZCO…. Y después, OS PIDO….
Cada uno rellenaba a bolígrafo los puntos suspensivos con su ofrenda o su petición. Por si había alguno falto de imaginación, en la pared de las aulas había colocado una pequeña ruleta. La hacíamos girar con fuerza y, después de un suspense, el puntero se detenía sobre un número del 1 al 25. Debajo había un papel numerado con los detalles o pequeños sacrificios u oraciones que te podían tocar para ofrecer a la Virgen en ese día: recoger algún papel del suelo, asear tu carpeta, ayudar en la tarea a un compañero, rezar una Salve, hacer una visita al Santísimo…. ¡Un divertido entretenimiento!
A las 5 de la tarde, el “Ejercicio de las Flores”. Formábamos en dos filas en el pasillo de la capilla, que tenía una hermosa imagen de la Inmaculada. A la puerta había dos grandes bandejas. Éramos unos 120 alumnos. Un chiquillo de segundo, que tenía voz de ángel, entonaba una canción desde dentro del templo. Era un diálogo:
SOLISTA :“Venid, venid”
TODOS: “Venid y vamos todos”
SOLISTA: “Venid, Venid”
TODOS: “que Madre nuestra es”
SOLISTA Y TODOS: “De nuevo aquí nos tienes, Purísima Doncella…”
Y, según entrábamos, dejábamos el papelito doblado dentro de la bandeja. Luego, ocupábamos los bancos y, con cantos y oraciones, hacíamos el Ejercicio de las Flores. Diez o quince minutos.
El capellán nos aconsejaba poner en nuestra habitación un cuadrito o estampa de María y que le pusiéramos cada día una florcita del campo. Eso sí: si no habíamos cumplido nuestro ofrecimiento o flor espiritual del día, ese día no debíamos poner tampoco la flor del jardín.
El último día de mayo, lo hacíamos al aire libre ante una estatua de la Inmaculada aposentada en una peana también de granito. Delante, en el suelo, había un gran brasero en el que se quemaban todos los papelitos que llevaban escritos nuestros detalles en honor de María acumulados en el mes. Mientras ardían cantábamos y rezábamos con entusiasmo juvenil. La fumata bianca subía hacia el cielo por delante del rostro sonriente de la Virgen.
Sí. Ya llovió desde entonces. Y mucho, entre otras cosas porque hace más de 50 años y era en Galicia donde “sabe llover”, como dicen acá en América.
Sí. Era la católica España. No sé si ahora se podría decir que “vamos todos”, pero seguro que, al menos, podemos ir muchos, muchos: los que son niños y los que nos hacemos niños, que valer, vale la pena.
Quizá en vez de cantar “Purísima Doncella más que la luna bella”, tenemos bellísimas canciones más modernas, pero con el mismo cariño a la Madre de Dios y Madre nuestra.
Tal vez, entre los sacrificios ofrecidos, podríamos hacer algunos más modernos también: unos minutos menos de redes sociales o escribir en ellas algo simpático sobre la Virgen.
Lo que nunca pasa de moda es saltar de cama puntualmente cuando sea la hora y besar una estampa o imagencita de la Virgen para darle los buenos días, o mirarla con cariño diciéndole algo por dentro, o rezarle las tres avemaría -quizá de rodillas- antes de meterse en cama por la noche.
Bienvenido mes de mayo, mes de María. Ella sí que nos mira con compasión y no nos abandona nunca.

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