Una invitación a renovar la esperanza y el servicio pastoral
Jubileo de los Obispos 2025
En el marco del Jubileo de los Obispos celebrado en Roma el 25 de junio de 2025, el Papa León XIV ofreció una profunda meditación sobre el rol fundamental de los obispos como pastores y testigos de esperanza para la Iglesia y el mundo. En su mensaje, el Santo Padre destacó la importancia de la fe, la esperanza y la caridad pastoral en el ministerio episcopal, invitando a los pastores a renovarse interiormente para guiar a sus comunidades con el corazón de Cristo Buen Pastor. A continuación, compartimos íntegramente el texto de esta inspiradora reflexión.
Meditación del Papa León XIV en la Basílica de San Pedro – 25 de junio de 2025
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡La paz esté con ustedes!
Queridos hermanos en el episcopado, buenos días y bienvenidos.
Aprecio y admiro su empeño por venir como peregrinos a Roma, sabiendo cuán apremiantes son las exigencias del ministerio. Pero cada uno de ustedes, al igual que yo, antes de ser pastor, es oveja del rebaño del Señor. Por ello, también nosotros, y en primer lugar nosotros, estamos invitados a atravesar la Puerta Santa, símbolo de Cristo Salvador. Para guiar la Iglesia que se nos ha confiado, debemos dejarnos renovar profundamente por Él, el Buen Pastor, para conformarnos plenamente a su corazón y a su misterio de amor.
«Spes non confundit», «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5). Cuántas veces el Papa Francisco ha repetido estas palabras de San Pablo. Se habían convertido en su lema, tanto que las eligió como inicio de la Bula de convocatoria de este Año Jubilar.
Nosotros, los obispos, somos los primeros herederos de este profético encargo, y debemos custodiarlo y transmitirlo al Pueblo de Dios, con la palabra y el testimonio. A veces, anunciar que la esperanza no defrauda significa ir contra corriente, incluso contra la evidencia de situaciones dolorosas que parecen no tener salida. Pero es precisamente en esos momentos cuando puede manifestarse mejor que nuestra fe y nuestra esperanza no vienen de nosotros, sino de Dios. Y entonces, si estamos verdaderamente cerca, solidarios con quienes sufren, el Espíritu Santo puede reavivar en los corazones incluso la llama que ya casi se había apagado (cf. Bula Spes non confundit, 3).
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Queridos, el pastor es testigo de esperanza con el ejemplo de una vida firmemente anclada en Dios y completamente entregada al servicio de la Iglesia. Y esto ocurre en la medida en que él se identifica con Cristo en su vida personal y en su ministerio apostólico: entonces el Espíritu del Señor da forma a su manera de pensar, a sus sentimientos, a sus comportamientos. Detengámonos juntos en algunos rasgos que caracterizan este testimonio.
En primer lugar, el obispo es el principio visible de unidad en la Iglesia particular que se le ha confiado. Es su tarea asegurarse de que ella se edifique en la comunión entre todos sus miembros y con la Iglesia universal, valorando la contribución de los diferentes dones y ministerios para el crecimiento común y para la difusión del Evangelio. En este servicio, como en toda su misión, el obispo puede contar con la especial gracia divina que se le confiere en la Ordenación episcopal: ella lo sostiene como maestro de fe, como santificador y guía espiritual; anima su dedicación al Reino de Dios, a la salvación eterna de las personas, a transformar la historia con la fuerza del Evangelio.
El segundo aspecto que quisiera considerar, siempre partiendo de Cristo como forma de la vida del Pastor, lo definiría así: el obispo como hombre de vida teologal. Lo que equivale a decir: hombre plenamente dócil a la acción del Espíritu Santo, que suscita en él la fe, la esperanza y la caridad y las alimenta, como la llama del fuego, en las diferentes situaciones existenciales.
El obispo es hombre de fe. Y aquí me viene a la mente esa maravillosa página de la Carta a los Hebreos (cf. cap. 11), donde el Autor, comenzando desde Abel, hace una larga lista de «testigos» de la fe; y en particular pienso en Moisés, quien, llamado por Dios a guiar al pueblo a la tierra prometida, «permaneció firme – dice el texto – como si viera lo invisible» (Hb 11,27). Qué hermoso este retrato del hombre de fe: uno que, por la gracia de Dios, ve más allá, ve la meta, y se mantiene firme en la prueba. Pensemos en las veces en que Moisés intercede por el pueblo ante Dios. He aquí: el obispo en su Iglesia es el intercesor, porque el Espíritu mantiene viva en su corazón la llama de la fe.
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En esta misma perspectiva, el obispo es hombre de esperanza, porque «la fe es fundamento de lo que se espera y prueba de lo que no se ve» (Hb 11,1). Especialmente cuando el camino del pueblo se hace más arduo, el pastor, por virtud teologal, ayuda a no desesperar: no con palabras, sino con la cercanía. Cuando las familias llevan cargas excesivas y las instituciones públicas no las apoyan adecuadamente; cuando los jóvenes están decepcionados y hartos de mensajes ilusorios; cuando los ancianos y las personas con discapacidades graves se sienten abandonados, el obispo está cerca y no ofrece recetas, sino la experiencia de comunidad que buscan vivir el Evangelio en sencillez y en compartir.
Y así, su fe y su esperanza se funden en él como hombre de caridad pastoral. Toda la vida del obispo, todo su ministerio, tan diversificado y multiforme, es expresión de una caridad que se hace cercana, que se hace servicio, que se hace entrega. Es una caridad que no se limita a palabras, sino que se traduce en gestos concretos de cercanía, de acompañamiento, de consuelo, de escucha. Es una caridad que se hace vida en la comunidad, que se hace presencia de Dios en medio de su pueblo.
Queridos hermanos, en este Jubileo de los Obispos, se nos invita a renovar nuestra vocación y nuestro compromiso pastoral, a dejarnos transformar por el Espíritu Santo para ser verdaderos testigos de esperanza en el mundo de hoy. Que la Virgen María, Madre de la Iglesia, nos acompañe y nos guíe en este camino de fidelidad y servicio.
Amén.
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