18 junio, 2026

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Una Iglesia en primera línea: El Papa León XIV redefine el papel de los laicos desde las Islas Canarias

Ante la crisis migratoria y los desafíos pastorales en las fronteras de España, el Pontífice llama a una transformación profunda donde el compromiso de los bautizados sea el verdadero motor comunitario

Una Iglesia en primera línea: El Papa León XIV redefine el papel de los laicos desde las Islas Canarias

Las Islas Canarias no son solo un destino de geografía idílica; hoy se consolidan como el laboratorio pastoral y social de la Iglesia contemporánea. En el marco de la reciente atención eclesial sobre el archipiélago, el Papa León XIV ha lanzado un mensaje contundente que resuena con fuerza en toda España: la Iglesia del futuro se construye desde la frontera, y su sostenibilidad depende de la corresponsabilidad real de los laicos.

Lejos de una visión meramente administrativa, el Santo Padre ha puesto el foco en la necesidad de revitalizar la atención pastoral en territorios sometidos a una intensa presión social, humana y migratoria. En este escenario, el modelo tradicional de gestión clerical resulta insuficiente. La llamada del Pontífice no es un simple recurso ante la escasez de vocaciones sacerdotales, sino una exigencia teológica y humana: los fieles laicos deben asumir su papel protagonista en la acogida, el acompañamiento y la evangelización.

El laboratorio canario: Acogida y misión

El contexto particular de Canarias sitúa a sus diócesis en la vanguardia de los dramas más complejos de nuestro tiempo. La gestión de las realidades migratorias y la atención a la vulnerabilidad en los márgenes de Europa exigen una estructura eclesial ágiles, compasivas y profundamente incardinadas en el tejido civil.

Para León XIV, el compromiso de los bautizados en estas regiones es el termómetro de la autenticidad del Evangelio. Los laicos están llamados a desplegar una pastoral de proximidad, capaces de transformar las parroquias y centros de acogida en espacios de dignidad y esperanza compartida. Esta implicación directa no solo alivia las estructuras internas de la Iglesia, sino que tiende puentes sólidos con la sociedad civil e institucional en la búsqueda de soluciones comunes.

Hacia una corresponsabilidad real

El núcleo de la propuesta pontificia radica en superar definitivamente el viejo modelo del laicado pasivo. El Papa insiste en que el bautismo confiere una dignidad y una misión que no pueden delegarse. En la España actual, este planteamiento exige una renovación formativa y espiritual que capacite a hombres y mujeres para liderar procesos comunitarios, gestionar realidades asistenciales complejos y encarnar los valores humanistas en la vida pública.

La mirada de Roma hacia el archipiélago canario deja una lección nítida para toda la Iglesia en la península: las soluciones a los retos del siglo XXI no vendrán de la autorreferencialidad o de la melancolía por estructuras del pasado, sino de una comunidad en salida, valiente, donde cada miembro asuma su corresponsabilidad en el altar y en la calle.

Discruso del Santo Padre:

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
ESPAÑA
(6-12 DE JUNIO DE 2026)

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS, LOS SACERDOTES, LOS DIÁCONOS,
LOS RELIGIOSOS, LAS RELIGIOSAS, LOS SEMINARISTAS Y LOS AGENTES PASTORALES

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Catedral de Santa Ana (Las Palmas de Gran Canaria)
Jueves, 11 de junio de 2026

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Queridos hermanos obispos,
queridos sacerdotes y diáconos,
religiosos y religiosas,
seminaristas,
hermanos y hermanas todos en Cristo Jesús:

Es una gran alegría para mí poder compartir este encuentro con ustedes. Gracias por la cálida bienvenida, por su presencia afable y sus testimonios, que son el reflejo de una Iglesia viva, en cuyo corazón resuenan «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (Gaudium et spes, 1).

Vengo a estas islas como Padre y hermano en la fe: “con ustedes soy cristiano y para ustedes, Obispo” (cf. Primera Bendición “Urbi et Orbi, 8 mayo 2025). Cada uno de nosotros ha recibido diversos dones y ministerios para la edificación del cuerpo de Cristo, como hemos escuchado en la lectura de la Carta a los Efesios. Y esta es la llamada del Señor que hoy vibra nuevamente en nuestros corazones y confirma nuestra vocación y misión: construir juntos la Iglesia cimentados en Cristo, la “piedra angular” (cf. 1 P 2,6-8), edificar en el bien, armonizar nuestras diferencias y trabajar unidos en favor de todos (cf. Magnifica humanitas, 11-14).

Quisiera que reflexionemos juntos sobre dos actitudes de nuestra vida cristiana que hemos de tener en cuenta para ser “arquitectos sabios” en la construcción de la civilización del amor (cf. ibíd., 236).

Ustedes, canarios nativos o por adopción, Pueblo de Dios que peregrina en tierras rodeadas por el Atlántico, tienen el privilegio de gozar cada día de la presencia majestuosa del mar. Dicen que en los ojos de un isleño esa imagen —que tiene sabor a patria y a hogar— permanece grabada en sus pupilas de manera perenne, y que se echa mucho de menos al estar lejos, “tierra adentro”. Este sentimiento corresponde a una sana nostalgia de inmensidad, de cielo y de mar abiertos que se extienden en el horizonte, sin límites ni fronteras; y a un corazón sensible dispuesto a despedir con una lágrima a los que se van y a recibir con los brazos abiertos a los que llegan. En este sentido, el mar a veces puede ser también sinónimo de distancia y de separación, de desafío y de camino por recorrer.

A este propósito, nos dice san Agustín: «Si alguien divisara desde lejos su patria, pero un mar se interpusiera entre los dos: ve a dónde ir, pero ignora el camino. Así nos ocurre a nosotros: anhelamos alcanzar nuestra condición estable, […] pero está por medio el mar de este mundo […] para enseñarnos el camino, vino el mismo a quien queríamos ir. ¿Y qué hizo? Nos puso el leño con el que poder atravesar el mar. Nadie es capaz de pasar el mar de este mundo si no lo lleva la cruz de Cristo» (Comentario al Evangelio de San Juan, 2, 2). Esta es la primera actitud que nos orienta para navegar en las aguas de la vida y llegar al destino, a la patria celestial: abrazar la cruz de Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, los santos experimentaron la nostalgia de Dios y, al tener que afrontar las tempestades de la existencia, supieron llevar a Jesús en sus barcas, confiaron en Él, abrazaron la cruz y calmaron así las olas de la incertidumbre y el temor (cf. Mt 8,23-27). Ejemplo de ello en estas benditas tierras, entre tantos otros, es el venerable Antonio Vicente González, sacerdote diocesano, también conocido como “el buen pastor canario”. Su vida, transfigurada por la gracia divina, nos estimula a cargar la cruz de Cristo y a seguirlo (cf. Mt 16,24), siendo testigos fieles del Evangelio en este nuevo tiempo de la historia, no exento de turbulencias y contradicciones, para llegar así a la meta prometida (cf. Jn 12,32).

La primera “pauta de navegación”, por tanto, es abrazar la cruz de Cristo; y ustedes lo hacen cotidianamente, por ejemplo, como cireneos, acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida. Les agradezco esta generosa labor de caridad y misericordia.

Quisiera destacar además otra actitud: cultivar una espiritualidad eucarística. Esto tiene relación con la antigua tradición que se conserva en esta hermosa catedral: la lluvia de pétalos de flores ante el Santísimo Sacramento que se realiza el día de la Ascensión, como signo de los bienes espirituales y celestiales que derrama el Señor al subir al cielo. Ese gesto de devoción de tantas generaciones a lo largo del tiempo posee un significado profundo: en nuestro peregrinar, la meta es el encuentro con Cristo; que es el centro de la vida cristiana, hacia quien se inclinan nuestras rodillas en adoración, en torno a quien nos reunimos formando un solo cuerpo y junto a quien nos ofrecemos como «sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» (Rm 12,1).

Nos lo dice el Concilio: los fieles, «participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, […] muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios» (Lumen gentium, 11). Por tanto, cultivar una espiritualidad eucarística es ahondar en «una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor» (Magnifica humanitas, 234). Hagamos de nuestra vida una respuesta al deseo de Jesús: «Que todos sean uno […] para que el mundo crea» (Jn 17,21).

Una forma concreta para manifestar esta espiritualidad de comunión es la solidaridad cristiana, porque la «unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega» (Deus caritas est, 14). Por eso, los animo a seguir ofreciendo a todos el amor que ustedes, a su vez, han recibido del Señor (cf. 1 Jn 4,19), amor que se hace alimento en la acogida, en la escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36).

Querida Iglesia que peregrina en Canarias, siguiendo la estela de santidad de tantos hombres y mujeres que los han precedido, que han ofrecido sus vidas en comunión con el sacrificio de Cristo en la cruz y en el altar, les animo a seguir adelante fuertemente arraigados en Él, para seguir navegando con valentía en este nuevo tiempo de la historia. Cuando encuentren dificultades, alcen la mirada, y pidan al Espíritu Santo la gracia de vivir unidos en la fe, la esperanza y la caridad, virtudes que «son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios» (S. Juan Pablo IIAudiencia, 22 noviembre 2000).

Que la Bienaventurada Virgen María, Stella maris, nos oriente en nuestra travesía, nos ayude a “remar mar adentro” (cf. Lc 5,1-11) y así lleguemos al puerto seguro del encuentro definitivo con su Hijo Jesucristo. Gracias!

Exaudi Redacción

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