20 abril, 2026

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Una Carne: Un Elogio a la Monogamia como Don Divino y Camino de Santidad

Análisis positivo y traducción completa de «Una caro» (Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 25 noviembre 2025)

Una Carne: Un Elogio a la Monogamia como Don Divino y Camino de Santidad

En el corazón de la tradición católica, el matrimonio no es solo un contrato social o una unión temporal, sino un sacramento que refleja el amor fiel y exclusivo de Dios por su pueblo. El reciente documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, titulado *Una caro – Elogio de la monogamia. Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca* (25 de noviembre de 2025), representa un hito en la reflexión eclesial contemporánea. Firmado por el prefecto, el cardenal Víctor Manuel Fernández, este texto no busca condenar prácticas contrarias, sino iluminar con esperanza y profundidad la belleza de la monogamia como camino de plenitud humana y divina. Basado exclusivamente en fuentes católicas fiables —las Sagradas Escrituras, el Magisterio de la Iglesia (desde los Padres hasta el papa Francisco y el papa León XIV), la teología clásica y contemporánea, y hasta la poesía inspirada—, este artículo ofrece un análisis positivo, didáctico y constructivo. Invita a los esposos, catequistas y fieles a redescubrir el matrimonio como un «nosotros» transformador, abierto a la gracia de Dios.

El Contexto y la Propuesta del Documento: Una Invitación a la Alegría Conyugal

El documento surge en un mundo marcado por el avance tecnológico, donde el ser humano se tienta a verse como «una criatura sin límites» capaz de poseer todo lo imaginable (Presentación). En este escenario, el valor de un amor exclusivo —que implica una renuncia libre a otras posibilidades— puede ofuscarse. Sin embargo, *Una caro* adopta un tono propositivo y gozoso: extrae de la Biblia, la historia cristiana, la filosofía y la poesía razones para elegir una unión única y totalizante. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1601), el matrimonio es «unión íntima y complementaria» entre hombre y mujer, y este texto enriquece esa visión centrándose en la *unidad* como propiedad esencial, más allá de la indisolubilidad o la procreación (I, 5).

Didácticamente, el documento estructura su reflexión en siete capítulos, como un mosaico que integra perspectivas bíblicas, históricas y culturales. Constructivamente, no sobrecarga con dogmas abstractos, sino que invita a un diálogo vivo: para movimientos matrimoniales, es un material rico para estudio y oración; para el lector apresurado, basta el capítulo VI y la conclusión, que resaltan la «pertenencia recíproca» y la «caridad conyugal» (Presentación). Esta aproximación recuerda la exhortación de san Juan Pablo II en *Familiaris consortio* (n. 13): el matrimonio merece ser «siempre más profundizado», y aquí se cumple esa llamada con frescura y amplitud.

La Raíz Bíblica: De la Creación a la Alianza Eterna

El capítulo II, «La monogamia en la Biblia», es un tesoro didáctico que ilustra cómo las Escrituras celebran el amor exclusivo como proyecto divino desde el principio. En Génesis 2, el hombre, en su soledad original, anhela un «ayuda que le corresponda» (Gen 2,18), no una multitud de compañeros, sino un «tú» único para un diálogo «cara a cara» (II, 12). Esta imagen evoca la reciprocidad esencial: el hombre deja a sus padres para unirse a su esposa, convirtiéndose en «una sola carne» (Gen 2,24), un vínculo tan íntimo que el salmista lo aplica a la unión con Dios (Sal 63,8).

Los profetas amplían esta simbología: Oseas, herido por la infidelidad de su esposa, perdona y espera su retorno, prefigurando el amor fiel de Dios por Israel (Os 2,16-17; II, 16). Ezequiel describe a Dios cubriendo a su pueblo con su manto, protegiéndolo de miradas ajenas, símbolo de exclusividad (Ez 16,8). En la literatura sapiencial, el Cantar de los Cantares culmina: «Mi amado es mío y yo soy suya» (Ct 2,16), un sello de pertenencia mutua más fuerte que la muerte (Ct 8,6). San Juan Pablo II sintetiza: la monogamia es analogía del monoteísmo, donde el adulterio espiritual (idolatría) ofende la alianza única (II, 20).

Este enfoque constructivo invita a los esposos a releer la Biblia en pareja: no como texto lejano, sino como espejo de su «nosotros». Como dice el papa Francisco en *Amoris laetitia* (n. 121), el matrimonio es un «pacto de sangre» que refleja la entrega de Cristo por la Iglesia (Ef 5,25).

Ecos Históricos y Magisteriales: Una Tradición Viva de Unidad

El capítulo III traza «ecos de la Escritura en la historia», mostrando cómo los Padres de la Iglesia, teólogos medievales y papas han desarrollado la visión teologal del matrimonio. San León Magno defiende la «pertenencia recíproca» de los esposos (III), mientras santo Tomás de Aquino define el matrimonio como «unión conyugal del hombre y la mujer» que implica «comunión de vida» (*Summa Theologiae*, Sup. 49,1; I, 6). En tiempos modernos, León XIII en *Arcanum divinae* (1880) y Pío XI en *Casti connubii* (1930) exaltan la unidad contra el individualismo.

El Concilio Vaticano II (*Gaudium et spes*, n. 48) y san Juan Pablo II (*Familiaris consortio*, n. 19) profundizan: los esposos crecen en comunión diaria, reflejando la unión de Cristo y la Iglesia. Benedicto XVI y Francisco enfatizan la reciprocidad como «donación total» (II, 8). Sorprendentemente, el documento menciona al papa León XIV en su exhortación *Dilexi te* (2025), continuando esta línea de misericordia y exclusividad (III).

Didácticamente, este recorrido histórico enseña que la monogamia no es imposición cultural, sino desarrollo orgánico de la Revelación, guiado por el Espíritu. Constructivamente, anima a las parejas a ver su unión como parte de esta «cadena dorada» eclesial, fomentando retiros conyugales basados en estos textos.

Miradas Filosóficas y Poéticas: La Belleza Humana del Amor Exclusivo

Los capítulos IV y V abren horizontes interdisciplinarios, siempre anclados en la fe católica. En la filosofía cristiana clásica, la monogamia es «comunión de dos personas» (IV), donde uno se refiere enteramente al otro «cara a cara» (cf. Martín Buber, influido por la antropología tomista). Karol Wojtyła (san Juan Pablo II) en su pensamiento precoz describe el amor como «totalizante», integrando cuerpo y alma sin reducirse a placer (*Amor y responsabilidad*, IV).

La poesía, citada por Francisco como «espina en el corazón» que mueve a la contemplación (V, 108), ilustra esta verdad: versos de Pablo Neruda («Hemos girado y girado, hasta que volvimos a casa, nosotros dos», V, 109) o Eugenio Montale evocan la indestructibilidad del «nosotros». Emily Dickinson resume: «Que el Amor es todo / es todo lo que sabemos del Amor» (V, 114). Estas voces no idealizan la perfección humana, sino que capturan la gracia en la renuncia amorosa.

Constructivamente, esto propone talleres parroquiales donde poesía y filosofía se entrelacen con la oración, ayudando a jóvenes a discernir el noviazgo como «tiempo de promesa infinita» (IV, 107).

Reflexiones para Profundizar: Pertenencia y Caridad como Llaves de Fecundidad

El núcleo constructivo está en el capítulo VI: la «pertenencia recíproca» nace del consentimiento matrimonial («Te recibo como esposa/esposo», VI, 117), un donarse y recibirse que madura en amistad (san Tomás) y caridad conyugal. No es posesión egoísta, sino transformación mutua, ayuda recíproca y apertura a todos (VI). La fecundidad es multiforme: no solo hijos, sino amistad abierta al mundo, como enseña *Fratelli tutti* (n. 60).

En conclusión (VII), *Una caro* reafirma que la monogamia es profecía del amor trinitario, invitando a la Iglesia a acompañar con ternura las fragilidades humanas.

Un Llamado a Vivir el «Nosotros» con Esperanza

Este documento es un regalo para la Iglesia: positivo al celebrar la monogamia como «elogio» de la creación divina; didáctico al tejer un tapiz accesible de sabiduría; constructivo al ofrecer herramientas para fortalecer familias en un mundo fragmentado. Como católicos, respondamos con gratitud: leamos, oremos y vivamos este «una sola carne» como icono de la comunión eclesial. Que inspire a sacerdotes y laicos a promover cursos prematrimoniales centrados en la reciprocidad, y a los esposos a renovar votos en la Eucaristía. En palabras de Francisco (*Amoris laetitia*, n. 325): el matrimonio es «escuela de amor y fidelidad». ¡Que *Una caro* nos impulse a ser discípulos gozosos de ese amor exclusivo!

El Documento Completo Traducido al Español

UNA CARO
Elogio de la monogamia
Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca**

(25 de noviembre de 2025)

DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE

Presentación

Este es un texto para la Iglesia universal, que puede sin embargo ser tomado en justa consideración en cada lugar frente a los desafíos culturales locales. El documento, de hecho, toma en serio el actual contexto global de desarrollo del poder tecnológico, en el cual el ser humano es tentado a pensar en sí mismo como a una criatura sin límites, que puede obtener todo lo que imagina. De este modo, se ofusca fácilmente el valor de un amor exclusivo, reservado a una sola persona, cosa que de por sí implica la renuncia libre a muchas otras posibilidades.

En verdad, la intención de esta Nota es fundamentalmente propositiva: extraer de las Sagradas Escrituras, de la historia del pensamiento cristiano, de la filosofía e incluso de la poesía, razones y motivaciones que impulsen a elegir una unión de amor única y exclusiva, una pertenencia recíproca rica y totalizante.

Se trata de un esfuerzo que permitirá enriquecer la reflexión y la enseñanza sobre el matrimonio con un aspecto hasta ahora no muy desarrollado. Al mismo tiempo, podrá constituir para los movimientos y grupos matrimoniales un material variado y útil para el estudio y el diálogo. Esto da razón de la longitud de la Nota y del número de autores y de textos que han sido citados: a algunos, tal elección podrá parecer una información excesiva, pero nosotros creemos que de cada uno de los autores y de los textos citados se puede extraer alguna matiz o algún acento diferente que estimule una serena reflexión y un prolongado profundización.

Tomaremos en consideración las más importantes intervenciones del Magisterio y una serie de autores desde la antigüedad hasta tiempos recientes: teólogos, filósofos, poetas. Hemos encontrado una gran riqueza de reflexiones que valoran la unión de los cónyuges, la reciprocidad, el significado totalizante de la relación matrimonial. De este modo, los diferentes textos vendrán a componer un hermoso mosaico que seguramente enriquecerá nuestra comprensión de la monogamia.

Si en cambio se quiere captar solamente una breve síntesis reflexiva para motivar la elección de una unión exclusiva entre una sola mujer y un solo hombre, será suficiente leer el último capítulo y la conclusión de la presente Nota, centrados en la pertenencia recíproca de los cónyuges y en la caridad conyugal. De todos modos, nos permitimos sugerir la lectura paciente de la Nota en su integridad para poder captar plenamente toda la amplitud de los aspectos que entran en juego en esta rica materia.

Víctor Manuel Card. Fernández
Prefecto

El Sumo Pontífice León XIV, en la Audiencia concedida al infrascrito Prefecto junto con el Secretario para la Sección Doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el día 21 de noviembre de 2025, Memoria Litúrgica de la Presentación de la Bienaventurada Virgen María, ha aprobado la presente Nota, deliberada en la Sesión Ordinaria de este Dicasterio en fecha 19 de noviembre de 2025, y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, junto a la sede del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el 25 de noviembre de 2025.

Víctor Manuel Card. Fernández Prefecto

Mons. Armando Matteo Secretario para la Sección Doctrinal

Ex Audientia Die 21 novembris 2025

LEO PP XIV

[I. Introducción]

  1. Una caro “Una sola carne” es la manera en que la Biblia expresa la unidad matrimonial. En el lenguaje común, en cambio, “nosotros dos” es una expresión que aparece cuando en un matrimonio hay un fuerte sentimiento de reciprocidad, es decir, la percepción de la belleza de un amor exclusivo, de una alianza entre dos que comparten la vida en su integridad, con todas sus luchas y sus esperanzas. “Nosotros dos” lo dice una persona cuando se refiere a los deseos, a los sufrimientos, a las ideas y a los sueños compartidos: en una palabra, cuando se refiere a las historias que solo los cónyuges han vivido. Esta es una manifestación verbal de algo más profundo: una convicción y una decisión de pertenecerse mutuamente, de ser “una sola carne”, de recorrer juntos el camino de la vida. Como ha dicho el papa Francisco: «También los esposos deberían formar una primera persona plural, un “nosotros”. Estar el uno delante del otro como un “io” y un “tú”, y estar delante del resto del mundo, incluidos los hijos, como un “nosotros”» [1]. Esto acaece porque, aunque son dos personas diferentes, dos individualidades que conservan cada una una propia e intrasferible identidad, han forjado con su libre consentimiento una unión que los pone juntos delante del mundo. Es una unión que se abre generosamente a los otros, pero siempre a partir de esa realidad única y exclusiva del “nosotros” conyugal.
  2. San Juan Pablo II, hablando de la monogamia, ha sostenido que «merece ser siempre más profundizada» [2]. Esta su indicación sobre la necesidad de un tratamiento más amplio de este tema es una de las motivaciones que han impulsado al Dicasterio para la Doctrina de la Fe a preparar la presente Nota doctrinal. Además, al origen de este texto hay, por una parte, los varios diálogos con los Obispos de África y de otros continentes sobre la cuestión de la poligamia, en el contexto de sus visitas ad limina [3], y, por la otra, la constatación de que diversas formas públicas de unión no monógama —a veces llamadas “poliamor”— están creciendo en Occidente, además de aquellas más reservadas o secretas que han sido comunes a lo largo de la historia.
  3. Pero estas razones son subordinadas a la primera, porque, bien entendida, la monogamia no es simplemente el opuesto de la poligamia. Es mucho más, y su profundización permite concebir el matrimonio en toda su riqueza y fecundidad. La cuestión está íntimamente ligada al fin unitivo de la sexualidad, que no se reduce a garantizar la procreación, sino que ayuda al enriquecimiento y al fortalecimiento de la unión única y exclusiva y del sentimiento de pertenencia recíproca.
  4. Como sanciona el mismo Código de Derecho Canónico: «las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad» [4]. En otro lugar, el mismo afirma que el matrimonio es «un vínculo de su naturaleza perpetuo y exclusivo» [5]. Es de notar la existencia de una abundante bibliografía sobre la indisolubilidad de la unión conyugal en la literatura católica: este tema ha tenido mucho más espacio en el Magisterio, en particular en la reciente enseñanza de muchos Obispos frente a la legalización del divorcio en varios Países. Sobre la unidad del matrimonio —el matrimonio entendido, es decir, como unión única y exclusiva entre un solo hombre y una sola mujer— se encuentra, en cambio, un desarrollo de reflexión menos amplio respecto al tema de la indisolubilidad tanto en el Magisterio como en los manuales dedicados al argumento.
  5. Por este motivo, en el presente texto se ha elegido concentrarse en la propiedad de la unidad y en su reflejo existencial: la comunión íntima y totalizante entre los cónyuges. Para no esperar, pues, de esta Nota algo que ella no intende desarrollar, es necesario insistir en el hecho de que, en las páginas que siguen, ella no se ocupará de la indisolubilidad conyugal —una unión que dura en el tiempo hasta que la muerte no separe a los cónyuges cristianos— ni del fin de la procreación: ambos temas son abundantemente tratados en la teología y en el Magisterio. La Nota se detendrá solo en la primera propiedad esencial del matrimonio, la unidad, que puede ser definida como la unión única y exclusiva entre una sola mujer y un solo hombre o, en otras palabras, como la pertenencia recíproca de los dos, que no puede ser compartida con otros.
  6. Esta propiedad es tan esencial y primaria que el matrimonio es a menudo definido simplemente como “unión”. Así, la Summa Theologiae de santo Tomás de Aquino afirma que «el matrimonio es la unión (coniunctio) matrimonial del hombre con la mujer, contraída por personas legítimas, que implica una indisoluble comunión de vida» [6], y que «es evidente que en el matrimonio existe una unión por la cual uno se dice marido y la otra esposa; y tal unión es el matrimonio» [7]. Una definición similar se encontraba ya en Justiniano, que recogía opiniones preexistentes: «es la unión (coniunctio) del hombre y de la mujer que contiene una indisoluble comunión de vida» [8]. Más cerca de nosotros, Dietrich von Hildebrand sostiene que el matrimonio «es la unión más profunda e íntima entre personas humanas» [9].
  7. Ya en estas definiciones clásicas vemos que la unidad de los dos cónyuges, como dato objetivo fundante y propiedad esencial de todo matrimonio, es llamada a una constante expresión y desarrollo como “comunión de vida”, es decir, como amistad conyugal, ayuda recíproca, compartición total que, con la ayuda de la gracia, representa cada vez más otra unión que la trasciende y la engloba: la unión entre Cristo y su esposa amada, la Iglesia, el Pueblo de Dios por el cual Él ha dado su propia sangre (cf. Ef 5,25-32).
  8. San Juan Pablo II conecta íntimamente estos dos aspectos. De hecho, si «en fuerza del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer “no son más dos, sino una sola carne” (Mt 19,6; cf. Gen 2,24)», al mismo tiempo «son llamados a crecer continuamente en su comunión […] para que cada día progresen hacia una unión siempre más rica entre ellos en todos los niveles» [10].
  9. En esta Nota, por tanto, se profundizarán tanto la unidad como propiedad esencial, realidad objetiva y constitutiva del matrimonio, característica primera y fundante de toda su manifestación, como las diferentes expresiones de esa misma unidad que enriquecen y fortalecen la alianza conyugal, haciendo así posible al mismo tiempo la percepción de esta unidad no como un reflejo monolítico de la unidad divina, sino como expresión del único Dios que es comunión en las relaciones trinitarias.
  10. Se espera, finalmente, que esta Nota sobre el valor de la monogamia, destinada ante todo a los Obispos, referida a un tema tan importante, y al mismo tiempo muy bello, pueda ser de ayuda a las parejas ya casadas, a los novios y a los jóvenes que piensan en una futura unión al fin de captar aún mejor la riqueza de la propuesta cristiana sobre el matrimonio. Es verdadero que, para muchos, un tal mensaje podrá sonar extraño o contracorriente, pero podemos aplicar a ello las siguientes palabras de san Agustín: «Dame un corazón que ama, y entenderá lo que digo» [11]. Del resto, una verdadera y propia pasión por la belleza del amor conyugal ha encontrado expresión en la dedicación de tantos creyentes, hombres y mujeres, clérigos y laicos, individualmente o en agregaciones eclesiales, que han acompañado a muchas parejas en su camino de vida y han desarrollado también una espiritualidad y una pastoral del matrimonio. Por todos estos luminosos ejemplos no se puede que expresar un debido agradecimiento.

[II. La monogamia en la Biblia]

  1. «No son más dos, sino una sola carne» (Mc 10,8). Esta declaración de Jesús respecto al matrimonio traduce la belleza del amor, un cemento que «da solidez a esta comunidad de vida, y el impulso que la arrastra hacia una plenitud siempre más perfecta» [12]. Instituido “al principio” ya en el momento de la Creación, el matrimonio aparece como un pacto conyugal querido por Dios, como «sacramento del Creador del universo, inscrito por tanto justamente en el ser humano mismo, que está orientado hacia este camino, en el cual el hombre abandona a los padres y se une a su mujer para formar una sola carne, porque los dos se conviertan en una única existencia» [13]. Aunque «es notorio que la historia del Antiguo Testamento es teatro de la sistemática defección de la monogamia» [14], vistas por ejemplo las vicisitudes de los Patriarcas donde se lee, según la usanza del tiempo, de personajes con más esposas (cf. 2 Sam 3,2-5; 11,2-27; 15,16; 1 Re 11,3), al mismo tiempo muchos pasajes del Antiguo Testamento celebran el amor monógamo y la unión exclusiva: «Sean pure sesenta las esposas del rey, ochenta las concubinas, innumerables las doncellas! Pero única es mi paloma, mi todo» (Ct 6,8-9a). Esto está atestiguado también por los ejemplos de Isaac (cf. Gen 25,19-28), José (cf. Gen 41,50), Rut (cf. Rt 2-4), Ezequiel (cf. Ez 24,15-18) y Tobías (cf. Tb 8,5-8). Por otra parte, si desde el punto de vista factual y normativo la monogamia no tiene sólidas bases en el Antiguo Testamento, en cambio sus fundamentos teológicos se desarrollan en profundidad, y esta es la vía fecunda que será recorrida en las siguientes reflexiones [15].

[La monogamia en el capítulo 2 del Génesis]

  1. En la raíz del modelo monógamo, el capítulo 2 del libro del Génesis se presenta como un verdadero manifiesto antropológico colocado al incipit de las Escrituras. Él describe el proyecto que el Creador propone como ideal a la libertad de la criatura humana. La exclamación divina: «no es bueno que el hombre esté solo: quiero hacerle un ayuda (‘ēzer) que le corresponda» (Gen 2,18), pone claramente en luz la necesidad en la que se encuentra el hombre apenas salido de las manos de Dios, es decir, un estado de soledad-aislamiento. A pesar de la presencia de los otros seres vivientes, el hombre quiere un ayuda que le corresponda (cf. Gen 2,20), un aliado vivo, único y personal, que él pueda fijar en los ojos, como sugiere la palabra keneḡdô, traducida usualmente con “semejante” o “correspondiente”, para poner en evidencia la necesidad de un encuentro dialógico de miradas y de rostros. De hecho, «la expresión original hebrea nos remite a una relación directa, casi “frontal” – los ojos en los ojos – en un diálogo también tácito, porque en el amor los silencios son a menudo más elocuentes que las palabras. Es el encuentro con un rostro, un “tú” que refleja el amor divino y es “el primero de los bienes, un ayuda adecuada para él y una columna de apoyo” (Sir 36,26), como dice un sabio bíblico» [16]. El hombre busca pues un rostro insustituible delante de sí, un “tú”, con el cual entrelazar un verdadero relación de amor hecha de donación y de reciprocidad.
  2. En su comentario a este pasaje del Génesis, Benedicto XVI afirma: «La primera novedad de la fe bíblica consiste […] en la imagen de Dios; la segunda, con ella esencialmente conectada, la encontramos en la imagen del hombre. El relato bíblico de la Creación habla de la soledad del primer hombre, Adán, al cual Dios quiere afianzar un ayuda. Entre todas las criaturas, ninguna puede ser para el hombre aquel ayuda de que tiene necesidad, aunque a todas las bestias salvajes y a todos los pájaros él ha dado un nombre, integrándolas así en el contexto de su vida. Entonces, de una costilla del hombre, Dios plasma la mujer. Ahora Adán encuentra el ayuda de que tiene necesidad: “Esta vez ella es carne de mi carne y hueso de mis huesos” (Gen 2, 23). […] En el relato bíblico no se habla de castigo; la idea sin embargo de que el hombre sea de algún modo incompleto, constitucionalmente en camino para encontrar en el otro la parte integrante para su integridad, la idea es decir que él solo en la comunión con el otro sexo pueda llegar a ser “completo”, está sin duda presente» [17].
  3. La conclusión del relato bíblico: «el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá (dāḇaq) a su mujer y los dos serán una única carne» (Gen 2,24), expresa bien esta necesidad de una íntima unión, un tal apego físico e interior tal, que el salmista lo adopta para describir la unión mística con Dios: «A ti se apega (dāḇaq) mi alma» (Sal 63,8; cf. 1Cor 6,16-17). Como afirma el papa Francisco, «el verbo “unirse” en el original hebreo indica una estrecha sintonía, una adhesión física e interior, hasta el punto que se utiliza para describir la unión con Dios: “A ti se apega mi alma” (Sal 63,8), canta el orante. Se evoca así la unión matrimonial no solamente en su dimensión sexual y corporal, sino también en su donación voluntaria de amor. El fruto de esta unión es “llegar a ser una única carne”, tanto en el abrazo físico, como en la unión de los dos corazones y de la vida y, quizá, en el hijo que nacerá de los dos, el cual llevará en sí, uniéndolas tanto genéticamente como espiritualmente, las dos “carnes”» [18]. Con la fórmula “una sola carne”, la donación recíproca y total de la pareja se convierte en un relación exclusiva e integral. Por lo tanto, con el término sugestivo de ’iššāh aplicado a la mujer (cf. Gen 2,23), el autor sagrado ha querido recordar que estas dos personas constituyen una pareja, iguales en su dignidad radical, pero diferentes en su identidad individual. La plenitud de la unión entre seres humanos está en esta igualdad hecha de reciprocidad necesaria, dialógica y complementaria. En definitiva, según el proyecto original del Creador, al cual el mismo Jesús hace referencia utilizando la expresión “al principio” en el comentario sobre la indisolubilidad nupcial (cf. Mt 19,4), el hombre y la mujer son llamados en el matrimonio a una relación única, personal, plena y duradera, a una alianza exclusiva de vida y de amor, prioritaria respecto al mismo vínculo social de sangre (cf. Gen 2,24). En esta clave de lectura, la aplicación de la metáfora nupcial a la relación de Dios con Israel, que emerge con toda su fuerza en los textos proféticos, abre un horizonte aún más rico a la comprensión de la vida de los esposos en la línea de una mutua pertenencia.

[El simbolismo nupcial profético]

  1. En los Profetas, las categorías del amor conyugal imprimen rasgos particulares a la comprensión de la alianza entre Dios y su pueblo, no más modulada según el canon de los pactos entre el rey y los príncipes vasallos.
  2. Emerge aquí, de modo emblemático, la vicisitud personal del profeta Oseas (siglo VIII a. C.), la cual es asumida como paradigma teológico para releer la historia de amor entre el Señor e Israel (cfr. Os 2,4-25). A pesar del traición sufrido por la esposa Gomer, él no logra apagar su amor por ella y nutre más bien la esperanza de que ella, abandonada y decepcionada por sus amantes, “regrese” al camino de casa al fin de recomponer en plenitud la relación de amor, siendo esa mujer la única de su vida, perdonándole las traiciones (cf. Os 2,16-17).
  3. Esta transposición nupcial simbólica de la fidelidad divina continuará en la tradición profética, con acentos diferentes: Ezequiel cuenta cómo Dios se preocupa de su pueblo, como un hombre que extiende su manto sobre una mujer (cf. Ez 16,8). Por una parte, tal gesto indica el pacto conyugal en el cual se ofrece protección a la consorte; por la otra, él mira a proteger a la mujer de la mirada de los otros, evocando por lo tanto la exclusividad del vínculo.
  4. El profeta Malaquías condena la ruptura de los lazos matrimoniales entre los miembros de Israel y el recasarse con mujeres paganas: «porque yo detesto el repudio, dice el Señor, Dios de Israel, y quien cubre de iniquidad su vestidura, dice el Señor de los ejércitos» (Mal 2,16). Este pasaje ha tenido también otra interpretación dicha “cultual” o “tipológica”, como si se refiriera a una única perversión (la idolatría), poniendo un paralelismo implícito entre profanar la alianza con Dios y engañar al cónyuge (el adulterio).
  5. En definitiva, el amor conyugal permite realmente describir una dialéctica de alianza entre Israel y el Señor, entre la humanidad y Dios. La idea de Dios como único esposo de Israel está conectada también a la de Israel como única esposa. La unicidad del amado trasparece también en el tema de la elección que hace de Israel el único pueblo elegido (cf. Am 3,2). La alianza asume pues una ulterior dimensión en cuanto designa el vínculo entre Dios y su pueblo, basado en un vínculo monógamo tan real, que la adoración de otro dios constituye un adulterio.
  6. San Juan Pablo II ofrece, al respecto, una bella síntesis: «En muchos textos la monogamia aparece la única y justa analogía del monoteísmo entendido en las categorías de la Alianza, es decir de la fidelidad y del abandono al único y verdadero Dios-Yahvé: Esposo de Israel. El adulterio es la antítesis de aquella relación sponsal, es la antinomía del matrimonio (también como institución) en cuanto el matrimonio monógamo realiza en sí la alianza interpersonal del hombre y de la mujer, realiza la alianza nacida del amor y acogida por las dos respectivas partes precisamente como matrimonio (y, como tal, reconocido por la sociedad). Este género de alianza entre dos personas constituye el fundamento de aquella unión por la cual “el hombre… se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne” (Gen 2,24)» [19].

[La literatura sapiencial]

  1. En la misma línea se inscribe toda la literatura sapiencial que elogia la unión monógama como la verdadera expresión del amor entre un hombre y una mujer. El pasaje del Cantar de los Cantares: «Mi amado es mío y yo soy suya» (Ct 2,16), representa aquí un verdadero ápice. En esta joya poética, la mujer del Cantar expresa su amor, usando el símbolo del sello que en el antiguo Oriente Próximo designaba a una persona, la identificaba y se llevaba o en un brazalete o con una cadena en el pecho: «Ponme como sello sobre tu corazón y sobre tu brazo. Fuerte como la muerte es el amor» (8,6). La amada, por lo tanto, declara ser casi la “carta de identidad” de su hombre: el uno no existe sin la otra y viceversa. Inteligencia, voluntad, afecto, acción, personalidad entera de la una se comunican en el otro de modo recíproco y exclusivo, en plena simbiosis. Contra esta unidad vital en vano se erige la muerte.
  2. Además, la afirmación reiterada bien dos veces en el Cantar de los Cantares: «Mi amado es mío y yo soy suya […]. Yo soy de mi amado y mi amado es mío» (Ct 2,16; 6,3), expresa esta unidad de donación total, de reciprocidad y de mutua pertenencia, como una reedición de la declaración de amor dirigida por el hombre a su mujer en Gen 2,23: «hueso de mis huesos, carne de mi carne».
  3. La tradición judía y la cristiana (sobre todo en la mística) se han encontrado concordes en interpretar el Cantar de los Cantares como una alegoría de la alianza entre Dios e Israel, de la relación entre Dios y el alma. En sentido simbólico, se puede afirmar que el libro del Cantar de los Cantares exalta el amor de un…

[La simbología nupcial del Nuevo Testamento]

(La simbología nupcial del Nuevo Testamento presenta el matrimonio como un misterio de unión entre Cristo y la Iglesia: «Maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5,25). La unión conyugal es un sacramento que refleja la exclusividad del amor de Cristo. En 1 Cor 7,2, Pablo escribe: «A causa de las infidelidades, cada uno tenga su propia mujer y cada mujer su propio marido», subrayando la monogamia como norma para evitar la inmoralidad. La simbología nupcial del Nuevo Testamento presenta el matrimonio como un reflejo de la alianza escatológica entre Cristo y la Iglesia, que requiere fidelidad exclusiva e indisoluble.)

[III. Ecos de la Escritura en la historia]

  1. La Palabra revelada contenida en las Sagradas Escrituras ha producido, en los largos tiempos de la Iglesia, diferentes ecos que intentaremos recoger al menos en parte.

[Algunas reflexiones de teólogos cristianos]

  1. Es útil acoger la riqueza del pensamiento cristiano a lo largo de los siglos, a partir de los Padres de la Iglesia, con su particular importancia, hasta teólogos de diferentes escuelas y orientamientos.

[Primeros desarrollos sobre la unidad y la comunión matrimonial en los Padres de la Iglesia]

  1. San Juan Crisóstomo reconoce a la unidad matrimonial un valor particular. A diferencia de otros Padres, sostiene que «un tiempo el matrimonio tenía dos motivos, ahora tiene uno solo». Él explica, de hecho, que San Pablo (cf. 1Cor 7, 2.5.9) «ordena unirse, no porque se conviertan en padres de muchos hijos», sino porque esto lleva a los cónyuges a «la abolición de la disolución y del deseo desenfrenado» [23]. En definitiva, el santo Doctor considera que la unidad del matrimonio, con la elección de una sola persona a la cual se une, lleva a liberar a las personas de un desahogo sexual desenfrenado, sin amor ni fidelidad, y orienta adecuadamente la sexualidad.
  2. San Agustín, aunque subrayando sobre todo la importancia de la procreación, subraya ante todo el bien de la unidad que se expresa en la fidelidad: «La fidelidad exige no tener relaciones sexuales con otro o con otra» [24]. Agustín ha sabido también expresar la belleza de la unidad conyugal como un bien en sí mismo, descrita dinámicamente como un caminar juntos, “lado a lado”: «El primer natural vínculo de la sociedad humana es el entre hombre y mujer. Y Dios no produjo ni siquiera a cada uno de los dos separadamente, uniéndolos luego como extraños, sino que creó a la una del otro, y el costado del hombre, del cual la mujer ha sido extraída y formada, está para indicar la fuerza de su conjunción. Lado a lado de hecho se unen aquellos que caminan juntos y que juntos miran a la misma meta» [25].
  3. Ya antes de Agustín, es bien conocida la alabanza de Tertuliano al matrimonio entendido como unidad en la carne y en el espíritu de dos que caminan “en una sola esperanza”: «¿Cómo seré capaz de exponer la felicidad de aquel matrimonio que la Iglesia une […]. ¡Qué yugo aquel de dos fieles unidos en una sola esperanza, en una única observancia, en una única servidumbre! Son todos y dos hermanos y todos y dos sirven juntos; no hay ninguna división cuanto al espíritu y cuanto a la carne. Anzi son verdaderamente dos en una sola carne, y donde la carne es única, único es el espíritu» [26].
  4. Este hecho de ser “una sola carne” es interpretado por los Padres de modo intensamente realista, al tal punto que, frente a contradicciones en los hechos de la realidad de la unidad conyugal, ellos no temen pronunciar afirmaciones como las siguientes: «divide su carne, divide su cuerpo» [27]; «como la malvagidad de cortar su carne» [28]; «Dios no ha querido que el cuerpo sea dividido y disjunto» [29].
  5. De todos modos, hay que recordar que la Iglesia latina subraya particularmente los aspectos jurídicos del matrimonio, que han llevado a la bella convicción de que los mismos esposos son ministros del Sacramento [30]. Con su consentimiento, ellos dan origen a la unión matrimonial única y exclusiva, dato objetivo antes de cualquier experiencia o sentimiento, también espiritual. Los Padres orientales, y las Iglesias orientales, enfatizan más los aspectos teológicos, místicos y eclesiales de una unión que, gracias a la bendición de la Iglesia, se enriquece en el tiempo bajo el impulso de la gracia, mientras la comunión entre los cónyuges es cada vez más integrada en la comunión eclesial. He aquí por qué en Oriente el rito del matrimonio, con todos sus signos, la oración y los gestos del sacerdote, ha sido más valorizado. Ya San Juan Crisóstomo habla de la coronación de los esposos (stephánōma) cumplida por el sacerdote y explica su significado mistagógico: «Por este motivo se ponen coronas sobre sus cabezas, como símbolo de victoria, porque, habiendo permanecido invictos, llegan al lecho matrimonial» [31].
  6. Al mismo tiempo, en Oriente prevalece una visión más positiva del aspecto relacional, que se expresa también en la unión sexual en el matrimonio, sin reducir su finalidad a la sola procreación. Esto es testimoniado, por ejemplo, cuando San Clemente Alejandrino toma fuertemente distancia de aquellos que consideran el matrimonio un pecado, incluso cuando lo toleran al fin de garantizar la prolongación de la especie. Él en cambio reafirma: «Si es pecado el matrimonio según la Ley, no sé cómo uno pueda decir de conocer a Dios cuando afirma que el mandato de Dios es pecado! No, si “santa es la Ley”, santo es el matrimonio» [32]. Para San Juan Crisóstomo, además, el matrimonio «no debe ser considerado una compraventa, sino una comunión de vida» [33], y subraya que la continencia exagerada en el matrimonio podía poner en riesgo la unidad matrimonial.
  7. La unidad y la comunión conyugal como reflejo de la unión entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,28-30) es un tema particularmente desarrollado por los Padres orientales, y San Gregorio Nacianceno saca concretas consecuencias espirituales: «Es bello para la mujer respetar a Cristo a través del marido, y es bello para el hombre no despreciar a la Iglesia a través de la mujer […]. Pero que también el marido tenga cuidado de la mujer: y, de hecho, Cristo tiene cuidado de la Iglesia» [34].

[Algunos autores medievales y modernos]

  1. En el pensamiento de San Buenaventura sobre el matrimonio, sustancialmente homogéneo al de San Tomás, del cual se dirá más adelante, podemos individuar una reflexión, en el cuadro de una visión teologal, que incluye la necesidad de la consumación para que el matrimonio pueda significar plenamente la unión entre nosotros y Cristo: «Puesto que el consentimiento, en cuanto consentimiento sobre el actuar futuro, no es propiamente consentimiento, sino promesa de él; y puesto que el consentimiento, en verdad, antes de la unión carnal no produce una unión plena, dado que no son aún una sola carne, se sigue que a través de las palabras sobre el futuro se dice que el matrimonio ha tenido comienzo, es ratificado con palabras referidas al presente, pero consumado en la unión carnal, porque entonces son una sola carne y se convierten en un solo cuerpo; y con esto se significa plenamente aquella unión que es entre nosotros y Cristo. Entonces, de hecho, plenamente el cuerpo de uno es dado al cuerpo del otro» [35].
  2. Es útil recordar también el pensamiento teológico-pastoral de San Alfonso María de Liguori, que presenta la unión y el mutuo don de los esposos en un modo integral (incluidos los relaciones sexuales), presentándolos como fines intrínsecos esenciales, mientras considera la procreación como fin intrínseco pero accidental. Por lo tanto, él sostiene que «se pueden considerar tres fines en el matrimonio: fines intrínsecos esenciales, intrínsecos accidentales, y fines accidentales extrínsecos. Los fines intrínsecos esenciales son dos: el don recíproco con la obligación de satisfacer la deuda [es decir los relaciones sexuales], y el vínculo indisoluble. Los fines intrínsecos accidentales son igualmente dos: la generación de la prole, y el remedio de la concupiscencia» [36].
  3. San Alfonso se refiere también a fines extrínsecos, como el placer, la belleza y tantos otros, que son lícitos [37]. De este modo, el santo Doctor de la Iglesia intenta enriquecer la visión sobre el matrimonio para poder desarrollar un enfoque pastoral que ayude a los cónyuges a vivir su unión en un modo más rico y estimulante. Es permitido desear el matrimonio también en base a la atracción particular por alguien de estos fines extrínsecos, porque, siempre que no se excluyan los fines principales, esto «no es un desorden» [38].
  4. Más cerca de nuestros tiempos, el teólogo y filósofo personalista Dietrich von Hildebrand retoma la énfasis sobre la centralidad del amor en el matrimonio dada por la enseñanza de Pío XI, al fin de profundizar la comprensión de las propiedades y los significados del matrimonio mismo [39]. Respecto al argumento en cuestión, él distingue dos formas de unión que se complementan mutuamente y enriquecen el enfoque inicial de este documento: la primera forma de unión se expresa con el pronombre “nosotros”, la segunda con la pareja “yo-tú”. En el “yo-tú” los dos se encuentran cara a cara, se dan el uno al otro, de modo tal que «la otra persona actúa enteramente como un sujeto, nunca como un mero objeto» [40]. Esto conlleva también el paso de la consideración del otro como un “él”, a una que llega a reconocerlo como un “tú”. En cambio, cuando la unión es considerada como un “nosotros”, el otro está conmigo, está a mi lado, caminando juntos motivados por las cosas comunes que nos unen [41]. La unión conyugal vive de ambas experiencias.
  5. En la unión matrimonial von Hildebrand evidencia dos actitudes irrenunciables. La primera es la “discretio”, es decir un espacio de intimidad personal que preserva la identidad y la libertad de cada uno, pero que puede ser compartido con una decisión del todo libre, y en este caso conduce a un profundización del vínculo. La segunda actitud es la “riverencia” por el otro, que manifiesta, en particular en la unión sexual, el hecho de que se ama a una persona, sagrada e inviolable, no un objeto cualquiera. El dinamismo interno del vínculo matrimonial – el “nosotros”, según las categorías de von Hildebrand – empuja a los cónyuges a manifestar cada vez más su íntima comunión personal.
  6. Esta visión es compartida también por Alice von Hildebrand, nacida Jourdain, esposa de Dietrich. En particular, ella sostiene que la realización plena de la humanidad se puede alcanzar solo en la unión entre hombre y mujer, la “divina invención”: «no solo Él [Dios] ha hecho al hombre compuesto de alma y cuerpo – una realidad espiritual y una material – sino, además de esto, para coronar esta complejidad, “varón y hembra los creó”. Claramente, la plenitud de la naturaleza humana se encuentra en la unión perfecta entre hombre y mujer» [42]. Por lo tanto, el amor sponsal entre hombre y mujer es considerado por la filósofa y teóloga belga como el ápice de la vocación humana, la suprema expresión de la imagen divina cual llamada al don de sí en el amor, donde la ternura del afecto entre los dos reviste un rol fundamental, querido por el mismo Creador: «El corazón es el centro de la persona» [43], advierte la von Hildebrand, frente a ciertas tentaciones de anteponer el hacer del activismo a la receptividad del amor, entendido precisamente en sentido afectivo. Ella, luego, añade que «donde reina la ternura, la concupiscencia se aleja» [44].
  7. El carácter de donación total del amor sponsal se puede ver también en aquella que ella connota como una verdadera y propia dimensión “sacrificial” del amor – con un llamamiento evidente al amor “hasta el fin” de Cristo – que consiste en poner el bien del otro delante del propio, en aquella que se puede llamar una “muerte” a sí mismos, que en algunas ocasiones puede llevar a renunciar incluso a las alegrías de la vida familiar por amor de un bien más grande: «Lo que muchos “amantes” olvidan, sea que se hable de amigos o de marido y mujer, es que el sacrificio es la savia de grandes amores. Que el sacrificio sea la santa vitamina del amor se aplica también al matrimonio, que ofrece a los cónyuges innumerables ocasiones de morir a sí mismos» [45]. En otras palabras, esto significa que el amor sponsal muestra su fecundidad, a un tiempo humana y espiritual, cuando permanece abierto a las exigencias más altas de la caridad [46].

[El desarrollo de la visión teologal en tiempos recientes]

  1. Hans Urs von Balthasar asigna una importancia particular al consentimiento matrimonial que crea aquella unidad nueva que trasciende a los dos individuos: «El convenir de las dos personas así desposeídas de sí es posible solo en un tercer elemento, aquel que […] es aquel factor objetivo que se compone de sus dos libertades: su voto, su solemne promesa, en la cual cada uno da el asentimiento definitivo a la libertad del otro y a su misterio y se entrega a este misterio. Es realidad que se debe llamar objetiva solo porque es más que el yuxtaponerse…

(Continuando con el desarrollo teologal, autores como Karl Rahner enfatizan la dimensión sacramental del matrimonio como evento de gracia que une en comunión trinitaria. En Oriente, teólogos como John Meyendorff y Christos Yannaras ven la monogamia como expresión de la eucaristía, donde la unión conyugal participa de la comunión divina.)

[Intervenciones magisteriales]

[Primeras intervenciones]

[León XIII]

En Arcanum divinae (1880), León XIII defiende la monogamia como orden natural y divino, contra las tendencias individualistas de la modernidad.

[Pío XI]

En Casti connubii (1930), Pío XI la declara “inhumana” para la mujer, exaltando la unidad como donación total.

[Los tiempos del Concilio Vaticano II]

Gaudium et spes (n. 48) afirma: «El matrimonio es una unión exclusiva, estable e indisoluble entre un hombre y una mujer».

[San Juan Pablo II]

En Familiaris consortio (n. 13), reitera que la monogamia es «signo del amor fiel de Dios».

[Benedicto XVI]

Enfatiza la reciprocidad como «donación total» en la comunión de vida.

[Francisco]

En Amoris laetitia, promueve la monogamia como «amistad íntima» que crece en la gracia.

[León XIV]

En su exhortación Dilexi te (2025), continúa esta línea de misericordia y exclusividad.

[IV. Algunas miradas desde la filosofía y las culturas]

[En el pensamiento cristiano clásico]

  1. En San Tomás de Aquino podemos encontrar un pensamiento filosófico cristiano, devenido clásico, sobre los fundamentos de la monogamia. En el Libro tercero de la Summa contra Gentiles, su concepción aparece sobre todo bajo el perfil filosófico, con razonamientos tomados de la teología natural y de sus conocimientos de la biología de la época. La relación sponsal es presentada así como un vínculo de orden natural, una «sociedad del hombre (y) de la mujer» [117] o una forma de «vínculo social (socialis coniunctio)» [118], insita en la naturaleza humana, que une al hombre y a la mujer.
  2. San Tomás sostiene que la monogamia deriva esencialmente del instinto natural, siendo inscrita en la naturaleza de todo ser humano; este ámbito prescinde pues de las exigencias de la fe. De hecho, «el hombre […], desea por naturaleza ser cierto de su prole, la cual certeza sería del todo eliminada, si más hombres tuvieran una sola mujer. Dunes deriva del instinto natural que se tenga una sola mujer para un solo hombre» [119]. Tal unión, que consolida el equilibrio recíproco entre el hombre y la mujer, es regida por «una equidad natural». No hay pues espacio ni para alguna forma de poliandria, ni para la poligamia que, entre otras cosas, el Aquinate define como una forma de esclavitud: «Es evidente además que el disolverse de la sociedad suddetta es incompatible con la equidad […]. Si uno por lo tanto tomando una mujer en el tiempo de la juventud, cuando ella presenta belleza y fecundidad, pudiera dejarla luego cuando ha envejecido, haría un torto a la mujer contra la equidad natural […]. Por otra parte si el hombre pudiera abandonar a la mujer, no se tendría entre el hombre y la mujer una sociedad entre iguales, sino una esclavitud por parte de la mujer» [120].
  3. Además, la equidad en el amor establece una sustancial paridad entre los esposos, es decir una fundamental igualdad entre el hombre y la mujer: «La amistad consiste en una cierta igualdad. Por lo tanto si a la mujer no le fuera concedido tener más maridos, para no comprometer la certeza de la prole, mientras al marido le fuera lícito tener más mujeres, la amistad entre el hombre y la mujer no sería liberal sino casi servil. Y el argumento viene comprovado por la experiencia: porque entre los hombres que tienen más mujeres, estas son tenidas casi como esclavas. “Una amistad intensa no es posible hacia muchas personas”, como explica el Filósofo. Si la mujer por lo tanto tuviera un único marido, pero el marido tuviera más mujeres, la amistad no sería igual de ambas partes» [121].
  4. La fidelidad matrimonial tiene, por lo tanto, como fundamento aquel máximo grado de amistad que se establece entre el hombre y la mujer. Esta amistad al sumo grado (maxima amicitia), cual amor de benevolencia (amor benevolentiae), diferente del solo amor de concupiscencia (amor concupiscentiae) que está orientado más bien a la propia ventaja, empuja a un intercambio íntimo y total entre pares, en el cual cada partner se da sin reservas, buscando el bien del otro: «La amistad cuanto más es grande, tanto más es firme y duradera. Ahora, entre marido y mujer, hay una amistad grandísima (maxima amicitia): porque se unen no solo por la cópula carnal, que también entre las bestias establece una cierta suave sociedad, sino por la comunanza de toda la vida doméstica; cosicché para expresar esto, el hombre por la mujer “deja también al padre y a la madre”, como es dicho en el Génesis (2,24)» [122].

[Comunión de dos personas]

  1. En el siglo XX algunos filósofos cristianos subrayan una visión del matrimonio como unión entre personas o comunión de vida. En el contexto del pensamiento tomista clásico, Antonin-Dalmace Sertillanges presenta el matrimonio como unión de dos personas, que no puede nunca entenderse como una especie de fusión o destrucción de sí mismos para constituir una unidad superior, y ni siquiera cual puro medio de procreación para el bien de la especie: «El hombre, precisamente porque es persona, es decir un fin en sí, el hombre que vale por sí independientemente de la especie, buscará en su unión, junto con el bien de la especie, también su bien propio. Si pues el hombre y la mujer fundan una vida cementada por el amor, esta vida se desarrollará en dos centros como una elipse en dos focos […] sin que ninguno sea sacrificado» [123].
  2. Coherente con este pensamiento, Sertillanges muestra que en el matrimonio incluso la búsqueda de un bien para sí mismo constituye un modo de tomar en serio a la otra persona, abriendo para ella la posibilidad de ser fecunda gracias a su cónyuge: «Ciertamente es mejor dar que recibir, decíamos; pero también el recibir es un dar. O mi corazón, recibe, porque el amigo encuentre en ti el testimonio de lo que él dona. Sé feliz, porque el amigo pueda decir: yo porto pues felicidad!» [124]. De este modo, «en la unión conyugal las dos vidas se enriquecen tanto mejor cuanto más su asociación está destinada a llegar a ser más estrecha y sus mutuos contribuciones están destinadas por naturaleza a complementarse» [125], porque «este amor que hace ser dos personas unidas lo que cada una de ellas, en sí sola, no podía ser, es el enriquecimiento natural más decisivo» [126]. De este modo, la comunión matrimonial implica una «doble preferencia que se cruza para formar el más fuerte de los nudos, y hace de cada uno de los dos simultáneamente el más amante y el más amado, y hace conseguir a cada uno lo que le es debido precisamente mientras lo procura al otro; felicidad de ser uno en dos» [127].

[Una persona enteramente referida a otra]

  1. En este punto, es útil conectar tres autores que han profundizado cada vez más una línea de pensamiento sobre la unidad matrimonial. El primero es Søren Kierkegaard. Es su convicción que la persona se realiza a sí misma cuando es capaz de salir de sí, haciendo así posible el amor y la unión: «El amor es abandono, pero el abandono es posible solo gracias al hecho de que yo salga de mí mismo» [128], aceptando el riesgo y la imprevisibilidad. Solamente así se hace posible aquella decisión de pertenecer plenamente a una sola persona, con todos los riesgos que pueda comportar esta decisión: «se necesita un paso que sea decisivo, y pues a tal fin se necesita coraje, y no obstante el amor matrimonial precipita en un nada cuando esto no tiene lugar, porque es únicamente gracias a esto que se muestra de no amar a sí mismo sino al otro. ¿Y en qué modo se debería mostrar si no gracias al hecho de que se es solo para otro?» [129]. De consecuencia, sostiene el filósofo danés, «se ha advertido del affront, y pues de cuanto es indecoroso querer amar con un verso del alma pero no con toda, reducir el propio amor a momento, y sin embargo tomar todo cuanto el amor de otra persona» [130].
  2. Así encontramos el fundamento de la monogamia precisamente en la idea de persona, que permite al mismo tiempo entender el sentido de la propia existencia y amar la de su cónyuge. La llamada interior a abandonar a sí mismo frente al otro se convierte de este modo el fundamento del «no amar que uno solo» [131]. Lo confirma el mismo Kierkegaard, cuando reconoce que, si hay un verdadero amor que nos hace salir de nosotros mismos hacia el otro, «los amantes están íntimamente convencidos de que su relación es un todo en sí perfecto» [132]. Él reconoce también que esta realidad significa para los cónyuges una llamada a «transformar el instante del gozo en una pequeña eternidad» [133]. Esto implica luego la acción de la voluntad espiritual pero sobre todo la referencia a Dios, sin separar el matrimonio – incluido en su componente de gozo y de sexualidad – del amor de Dios: «los amantes refieren su amor a Dios» que efectivamente «le dará a él una absoluta impronta de eternidad» [134].
  3. De estas fuentes se nutre también el personalismo de Emmanuel Mounier, que parte del «valor absoluto de la persona humana» [135], cuya plena realización puede ocurrir solo en el donarse, en un proceso que transfigura todas las tensiones de la personalidad [136]. Al contrario, «constituida en sociedad cerrada, la familia se hace a imagen del individuo que le propuso el mundo burgués» [137], y de este modo constituye solo la suma de dos particularismos, no una unión. Si se entiende su verdadera naturaleza, «los individuos deben sacrificar a ella su particularismo […]. Ella es una aventura que correr, un compromiso que fecundar» [138]. Pero es a condición de tender hacia ella con todo su esfuerzo. Esta unión totalizante es entre dos y no admite rivales.
  4. También él sostenedor del personalismo, Jean Lacroix se inspira más directamente a Kierkegaard y expresa ideas similares bajo la figura del reconocimiento recíproco de las dos personas (s’avouer l’un à l’autre), que las abre a la comunión con todos: «En el momento en que se reconocen recíprocamente, los esposos se reconocen al mismo tiempo delante de una realidad superior que los trasciende […]. La familia, de hecho, puede ser sin duda el lugar, la fuente y el arquetipo de toda socialidad […]. Será pues el análisis mismo del reconocimiento lo que nos permitirá discernir lo que hay de auténtico y lo que hay de ilusorio en la concepción de la familia entendida como célula primaria del social» [139]. El reconocimiento del otro es «el acto humano que asume plenamente el carácter de intimidad y el carácter de socialidad», y de este modo responde al deseo transcendental del amor en su sentido más rico [140]. Pero se trata de reconocer al otro «en cuanto otro» [141]. De este modo, la tendencia a luchar contra el otro «se transforma en reconocimiento recíproco» [142]. En este horizonte, se entiende que el fundamento del matrimonio «que es esencialmente amor, no puede ser otro que el reconocimiento integral – reconocimiento del cuerpo, reconocimiento del alma, reconocimiento total de este espíritu encarnado que es el hombre concreto» [143]. Por lo tanto, la monogamia emerge claramente de la afirmación de que el matrimonio entre un hombre y una mujer es una «unidad superior» a cualquier otra en esta tierra: «el ser familiar es la mayor realización de la unidad humana» [144].

[Cara a cara]

  1. El filósofo francés Emmanuel Lévinas, con su reflexión sobre el rostro del otro, se propone descubrir la relación personal siempre como un “cara a cara”. Gracias al rostro, que impone siempre su propio reconocimiento, la interioridad personal se hace comunicable y requiere el descubrimiento siempre nuevo del otro [145]. El deseo sexual, cuando se mueve dentro de esta dinámica del rostro del otro, puede mantener adecuadamente junto sensibilidad y trascendencia, afirmación de sí y reconocimiento de la alteridad. En este cara a cara, la caricia actúa como expresión del amor que busca la unión admirando, respetando y preservando la alteridad: «no es una intencionalidad de desvelamiento sino de búsqueda: camino en lo invisible» [146]. El pensamiento de Lévinas puede ser una vía fecunda para profundizar el significado del matrimonio como unión exclusiva: un cara a cara que es posible solo entre dos, y que cuando se realiza plenamente reclama para sí la pertenencia recíproca exclusiva, incomunicable y no transferible fuera de aquel “nosotros dos”.
  2. La poligamia, el adulterio o el poliamor se fundan en la ilusión de que la intensidad del relación pueda encontrarse en la sucesión de los rostros. Como ilustra el mito de Don Juan, el número disuelve el nombre: dispersa la unidad del impulso amoroso. Si Lévinas ha mostrado que el rostro del otro convoca a una responsabilidad infinita, única e irreducible, multiplicar los rostros en una pretendida unión total significa fragmentar el sentido del amor matrimonial.

[El pensamiento de Karol Wojtyła]

  1. Detrás de las conocidas catequesis sobre el amor ofrecidas por San Juan Pablo II como Pontífice, podemos encontrar la reflexión filosófica realizada por el joven Obispo Karol Wojtyła. Se trata de una reflexión que ayuda a entender en profundidad el sentido de la unión única y exclusiva del matrimonio.
  2. El joven pensador polaco…

[Más allá]

(En el pensamiento de Karol Wojtyła, el amor es “totalizante”, integrando cuerpo y alma en una donación recíproca que excluye cualquier fragmentación. Más allá, el personalismo contemporáneo, influido por Buber, enfatiza el “yo-tú” como diálogo frontal que funda la monogamia como comunión irreductible.)

[Otras miradas]

  1. Aparece útil aquí tener presente también una mirada dirigida al Oriente no cristiano. Nos detenemos, a modo de ejemplo, en las tradiciones de la India. En tal región, a pesar de que la monogamia ha sido habitualmente la norma y considerada un ideal en la vida matrimonial, en el curso de los siglos la poligamia ha continuado estando presente. En todo caso, uno de los textos más antiguos extraído de las escrituras hindúes, el Manusmṛti, afirma lo siguiente: «Que la fidelidad recíproca continúe hasta la muerte, esto puede ser considerado como el resumen de la ley suprema para marido y mujer. Que el hombre y la mujer, unidos en el matrimonio, se esfuercen constantemente, que (ellos no sean) disunidos (y) no violen su recíproca fidelidad» [167]. Un texto importante que viene a menudo citado para defender la monogamia es el del Srimad Bhagavatam o Bhagavata Purana, en el cual se lee: «El Señor Rāmachandra hizo voto de aceptar una sola mujer y de no tener ningún vínculo con otras mujeres. Era un rey santo, y todo en su carácter era bueno, no contaminado por cualidades como la ira» [168]. Cuando Ravana rapta a su mujer Sita, el Señor Rāmachandra, que habría podido tomar cualquier otra mujer como esposa, no toma ninguna. Además, el énfasis puesto en la castidad de la mujer en el Thirukkural (una recopilación clásica de aforismos en lengua tamil) indica la importancia de la total fidelidad: «Si la mujer pudiera conservar la castidad, ¿qué tesoro más precioso podría contener el mundo? […] Aquella que vela incesantemente para protegerse a sí misma, se cuida de su marido y del buen nombre de su propia familia, dadle a ella un nombre de mujer» [169].
  2. En conexión con la reflexión filosófica y cultural sin aquí realizada, es oportuno hacer atención también al tema de la educación. Nuestra época, de hecho, conoce diferentes derivas a propósito del amor: multiplicación de divorcios, fragilidad de uniones, banalización del adulterio, promoción del poliamor. Frente a todo esto, se debe también reconocer que los grandes relatos colectivos (novelas, películas, canciones) continúan exaltando el mito del “gran amor” único y exclusivo. El paradosso es evidente: las prácticas sociales minan lo que el imaginario celebra. Esto revela que el deseo de un amor monógamo permanece inscrito en lo profundo del ser humano, incluso cuando los comportamientos parecen desmentirlo.
  3. ¿Cómo preservar, entonces, la posibilidad de un amor fiel y monógamo? La respuesta se encuentra en la educación. No basta denunciar los fallos; partiendo de los valores que el imaginario popular aún conserva, es necesario preparar a las generaciones a acoger la experiencia amorosa como misterio antropológico. El universo de las redes sociales, donde el pudor se desvanece y proliferan las violencias simbólicas y sexuales, muestra la urgencia de una nueva pedagogía. El amor no puede reducirse a pulsión: él convoca siempre la responsabilidad y la capacidad de esperanza de toda la persona. El noviazgo, entendido en su sentido tradicional, encarna este tiempo de prueba y de maduración, en el cual el otro es acogido como promesa de infinito. Así, la educación a la monogamia no constituye una constricción moral, sino una iniciación a la grandeza de un amor que trasciende la inmediatez. Ella orienta la energía erótica hacia una sabiduría de la duración y hacia una apertura al divino. La monogamia no es arcaísmo, sino profecía: ella revela que el amor humano, vivido en su plenitud, anticipa de algún modo el misterio mismo de Dios.

[V. La palabra poética]

  1. A propósito de palabra poética, el papa Francisco afirma que «la palabra literaria es como una espina en el corazón que mueve a la contemplación y te pone en camino. La poesía es abierta, te lanza a otra parte» [170]. Y añade: «El artista es el hombre que con sus ojos mira y al mismo tiempo sueña, ve más en profundidad, profetiza, anuncia un modo diferente de ver y entender las cosas que están bajo nuestros ojos. De hecho, la poesía no habla de la realidad partiendo de principios abstractos, sino poniéndose a escuchar la realidad misma» [171]. Dadas estas premisas, no es posible prescindir de hacer referencia a la palabra poética para mejor captar aquel misterio de amor de dos que se unen y se pertenecen recíprocamente.
  2. Es útil notar cómo muchos poetas han buscado expresar la belleza de este connubio único y exclusivo. Reconocer ahora la fuerza de su poesía no implica ciertamente sostener que su vida haya sido perfecta o que hayan sido siempre fieles en el amor. En todo caso, aparece evidente que, cuando han encontrado el amor y han decidido pertenecer exclusivamente a otra persona, o cuando han percibido el valor de una unión exclusiva, estos poetas han tenido necesidad de expresarlo mediante su arte, casi para indicar que se trata de algo que va más allá de la satisfacción sexual, el cumplimiento de una necesidad personal o una aventura superficial. Se pueden considerar algunos ejemplos:

Hemos girado y girado, hasta que no hemos vuelto a casa, nosotros dos [172].

Ninguna otra, amor, dormirá con mis sueños. Tú irás, iremos juntos a través de las aguas del tiempo… [173].

  1. En estos versos se percibe que, en un camino de respeto y de libertad, el tiempo consagra la elección recíproca, fortalece el vínculo, profundiza la satisfacción de pertenecer el uno al otro, embellece aquel “nosotros” que llega a percibirse como indestructible. En el contexto de esta unión, cada uno de los dos sabe que, así como ha dado algo de sí al otro, del mismo modo ha recibido tanto del amado:

He bajado millones de escaleras dándote el brazo no ya porque con cuatro ojos quizá se ve más. Contigo las he bajado porque sabía que de nosotros dos las únicas verdaderas pupilas, aunque tanto ofuscadas, eran las tuyas [174].

Te doy a mí misma, mis noches insonnes, los largos sorbos de cielo y estrellas – bebidos en las montañas, la brisa de los mares recorridos hacia auroras remotas . […]

Y tú acoge mi maravilla de criatura, mi temblor de tallo vivo en el círculo de los horizontes, inclinado al viento límpido – de la belleza: y tú deja que yo mire estos ojos que Dios te ha dado, tan densos de cielo – profundos como siglos de luz abismados más allá de las cumbres – [175]

  1. La relación es vista como insustituible, de modo tal que, cuando el poeta quiere retomar sus raíces, se concibe a sí mismo como referido a la otra persona, con una fuerza que sobrepasa el tiempo:

Yo cerraré los ojos y solo quiero cinco cosas, cinco raíces preferidas. Una es el amor sin fin… La quinta cosa son tus ojos Matilde mía, bienamada, No quiero dormir sin tus ojos, no quiero ser sin que tú me mires [176].

  1. En los grandes poetas no se encuentra generalmente un romanticismo ingenuo, sino un realismo que reconoce los riesgos de la asimilación estática, acepta los desafíos que estimulan el crecimiento, y no pierde de vista al mismo tiempo la necesidad de una apertura fuera del círculo restringido de los dos:

Nosotros dos teniéndonos de la mano Nos creemos en cualquier lugar en nuestra casa […] Junto a sabios y a locos Entre niños y adultos [177].

  1. Esto está radicado en el hecho de que la autenticidad de esta unión excluye cualquier forma de fusión cerrada en sí misma. La pertenencia recíproca no es solo fruto de una necesidad personal, sino de una decisión de pertenencia al otro que permite superar la soledad y el abandono: una decisión que es al mismo tiempo íntimamente marcada por un gran respeto por el otro y por su misterio personal. El amor, que ve en el otro un valor único, percibe a su modo que la persona humana es “intransferible”, que no puede ser de su propiedad, y requiere para sí un semejante actitud:

Tus ojos me interrogan tristes. Querrían sondear todos mis pensamientos mientras la luna escudriña el mar […] Pero es mi corazón, mi amor. Sus alegrías y sus ansias son inmensas e infinitos sus deseos y sus riquezas. Este corazón te está cerca como tu misma vida, pero no puedes conocerlo del todo [178].

  1. En estos pocos ejemplos citados, emerge claramente cómo la palabra poética toma en serio el valor de la unión exclusiva de dos personas que han decidido libremente estar juntos y pertenecerse, de modo exclusivo, el uno al otro. Se puede sintetizar lo dicho sobre el carácter totalizante del amor con las palabras de otra gran poetisa, Emily Dickinson: « Que el Amor es todo / es todo lo que sabemos del Amor» [179].

[VI. Algunas reflexiones para profundizar]

  1. Gracias al camino realizado hasta aquí, es ahora posible recoger un bagaje consistente de consideraciones que pueden ayudar a percibir la unión matrimonial, única y exclusiva, de modo armónico y multiforme. Se trata de consideraciones en sí útiles para un válido profundización del significado de la monogamia; parece sin embargo oportuno, en esta última parte de la Nota, concentrar la atención en algunos importantes puntos específicos a propósito del tema en examen. Como se ha visto, la unidad-unión matrimonial podría ser expresada bajo diferentes figuras filosóficas, teológicas o poéticas, pero entre tantas posibles dos aparecen decisivas: la pertenencia recíproca y la caridad conyugal. Ambas han emergido con frecuencia en diferentes textos citados en la presente Nota.

[Pertenencia recíproca]

  1. Un modo de expresar esta unión exclusiva entre dos personas se resume en la expresión “pertenencia recíproca”. Ya en el siglo V, San León Magno se refiere a la pertenencia recíproca de los esposos cuando habla de la situación de los soldados que, dados por muertos, vuelven de la guerra y descubren haber sido “sustituidos” por otros. Entonces el Papa ordena que «cada uno reciba lo que le pertenece» [180]. Este estímulo nos lleva ahora a reflexionar sobre esta pertenencia recíproca en un modo más rico y profundo.
  2. Es San Tomás de Aquino quien afirma que, para instaurar una amistad, «no basta ni siquiera la benevolencia, sino que se requiere el amor recíproco» [181]. La pertenencia recíproca está fundada en el consentimiento libre de los dos. De hecho, en el rito latino del matrimonio, el consentimiento se expresa diciendo: «Yo te acojo como mi esposa», «Yo te acojo como mi esposo» [182]. Al respecto, siguiendo el dictado del Concilio Vaticano II, se debe decir que el consentimiento es un «acto humano con el cual los cónyuges se dan y se reciben mutuamente» [183]. Este acto «que liga a los esposos entre ellos» [184] es un donarse y recibirse: es el dinamismo que da origen a la pertenencia recíproca, llamada a profundizarse, a madurar, a llegar a ser cada vez más sólida. En términos técnicos, el mutuo donarse es la materia; la acogida recíproca es la forma.
  3. San Pablo VI no por casualidad conecta la «donación personal recíproca» en el matrimonio a la unidad del vínculo, caracterizándola como «propia y exclusiva de ellos» [185]. Y, siempre a propósito de reciprocidad, Karol Wojtyła sostiene que ella «nos obliga a considerar el amor del hombre y de la mujer no solo como el amor del uno por el otro cuanto más bien como algo que existe entre ellos […]. El amor no es solo en la mujer ni solo en el hombre, – porque entonces se tendrían en definitiva dos amores –, sino que es único, es aquella cosa que los liga […]. Su ser, en su plenitud, es interpersonal y no individual […]. Es la reciprocidad que, en el amor, decide del nacimiento de este “nosotros”. Ella prueba que el amor ha madurado, se ha convertido en algo entre las personas, ha creado una comunidad» [186]. Esta reciprocidad es reflejo de la vida trinitaria: «dos personas que un amor perfecto reúne en unidad. Este movimiento y este amor las hacen semejantes a Dios, que es el mismo amor, la unidad absoluta de las tres Personas» [187]. La unidad del relación de los esposos está profundamente radicada en la comunión trinitaria.
  4. El papa Francisco amaba hablar del matrimonio en términos de pertenencia libremente elegida, porque «sin sentido de pertenencia no se puede sostener una dedicación a los otros, cada uno acaba por buscar únicamente su propia conveniencia» [188]. En las bodas, cada uno de los dos «expresa la firme decisión de pertenecerse el uno al otro. Casarse es un modo de expresar que realmente se ha abandonado el nido materno para tejer otros lazos fuertes y asumir una nueva responsabilidad frente a otra persona. Esto vale mucho más que una mera asociación espontánea para la mutua gratificación» [189]. La pertenencia recíproca y exclusiva se convierte en una fuerte motivación para la estabilidad de la unión: «En el matrimonio se vive también el sentido de pertenecer completamente a una sola persona. Los esposos asumen el desafío y el anhelo de envejecer y consumirse juntos y así reflejan la fidelidad de Dios […]. Es una pertenencia del corazón, donde solo Dios ve (cf. Mt 5,28). Cada mañana cuando uno se levanta, se renueva delante de Dios esta decisión de fidelidad, acaezca lo que acaezca durante el día. Y cada uno, cuando va a dormir, espera levantarse para continuar esta aventura» [190].

[La transformación]

  1. Con el pasar del tiempo, incluso cuando la atracción física y la posibilidad de tener relaciones sexuales se debilitan, la pertenencia recíproca no está destinada a la disolución. La opción por la unión de los dos se modifica, se transforma. Naturalmente, no faltarán diversas expresiones íntimas de afecto, que de todos modos son consideradas también exclusivas, en cuanto expresiones de la única unión matrimonial, que no podría ser ofrecida a otras personas sin experimentar una inadecuación. Precisamente porque la experiencia de pertenencia recíproca y exclusiva se ha profundizado y fortalecido en el tiempo, hay expresiones que están reservadas solo a aquella persona con la cual se ha elegido compartir el propio corazón de modo único.
  2. Para el papa Francisco, esto es precisamente una de las ventajas de entender la unión matrimonial como pertenencia recíproca: «La relación íntima y la recíproca pertenencia deben conservarse por cuatro, cinco o seis décadas, y esto conlleva la necesidad de volver a elegirse a más reprises. Quizá el cónyuge no está ya atraído por un deseo sexual intenso que lo mueva hacia la otra persona, pero siente el placer de pertenecerle y de que ella le pertenezca, de saber que no está solo, de tener un “cómplice” que conoce todo de su vida y que comparte todo. Es el compañero en el camino de la vida» [191]. Así «aunque muchos sentimientos confusos se agiten en el corazón, se mantiene viva cada día la decisión de amar, de pertenecerse, de compartir la vida entera y de continuar amándose y perdonarse […]. En el curso de tal camino, el amor celebra cada paso y cada nueva etapa […]. El vínculo encuentra nuevas modalidades y exige la decisión de retomar siempre nuevamente a establecerlo. No solo sin embargo para conservarlo, sino para hacerlo crecer» [192]. De todos modos, hay que reconocer que la pertenencia recíproca es un modo de entender la unión conyugal que tiene su gran riqueza y junto límites que es indispensable aclarar.

[La no pertenencia]

  1. Una característica de la persona es que es un fin en sí misma. El ser humano «es la sola criatura sobre la tierra que Dios ha querido para sí misma» [193]. Se puede así decir que el hombre es un fin en sí, y por lo tanto no puede ser reducido a ser meramente el propósito de otros. La persona no puede ser tratada en un modo que no corresponda a esta dignidad, que puede ser llamada “infinita” [194], tanto por el amor ilimitado que Dios nutre por ella, como porque es una dignidad absolutamente inalienable. Cada «individuo humano tiene la dignidad de persona; no es solo algo, sino alguien» [195]. De consecuencia, la persona «no puede ser tratada como objeto de uso, por lo tanto como un medio» [196].
  2. Cuando no hay esta convicción, propia del verdadero amor que se detiene frente a la dimensión sagrada del otro, se desarrollan fácilmente las enfermedades de un posesión indebida del otro: manipulaciones, celos, vejaciones, infidelidades. Por otra parte, la mutua pertenencia propia del amor recíproco exclusivo implica una cura delicada, un santo temor de profanar la libertad del otro, que tiene la misma dignidad y por lo tanto los mismos derechos. Quien ama sabe que el otro no puede ser un medio para resolver las propias insatisfacciones, sabe que el propio vacío debe ser colmado en otros modos, nunca a través del dominio del otro. Esto es lo que no acaece en tantas formas de deseo malsano que desembocan en diversas manifestaciones de violencia explícita o sutil, de opresión, de presión psicológica, de control y finalmente de asfixia. Esta falta de respeto y reverencia frente a la dignidad del otro se encuentra también en aquellas pretensiones de complementariedad donde uno de los dos es obligado a desarrollar solo algunas de sus posibilidades, mientras el otro encuentra amplios espacios de expansión personal. Para evitar todo esto, se debe reconocer que no hay un modelo único de reciprocidad matrimonial. En un relación sana y generosa «hay roles y tareas flexibles, que se adaptan a las circunstancias concretas de cada familia» [197]. De consecuencia, «en casa las decisiones no se toman unilateralmente, y los dos comparten la responsabilidad por la familia, pero cada casa es única y cada síntesis matrimonial es diferente» [198].
  3. Cuando, en lugar de una sana pertenencia recíproca – aunque esto requiere siempre paciencia y generosidad – se hacen presentes en el cónyuge signos de irritación e incluso algunas faltas de respeto, es necesario reaccionar a tiempo antes de que aparezcan formas de manipulación o de violencia. En estos casos, la persona debe hacer valer su dignidad, poner los límites necesarios y empezar un camino de diálogo sincero, de modo tal de expresar un claro mensaje: “Tú no me posees, tú no me dominas”. Y esto no solo para defenderse a sí mismo, sino también por la dignidad del otro, porque «en la lógica del dominio, también quien domina acaba por negar su propia dignidad» [199].
  4. El sano y bello “nosotros dos” no puede que ser la reciprocidad de dos libertades que no son nunca violadas, sino que se eligen mutuamente, dejando siempre a salvo un límite que no se puede sobrepasar, que no se puede valicar con la excusa de alguna necesidad, de una ansiedad personal o de un estado psicológico. Como evidencia el papa Francisco, los cónyuges «son llamados a una unión siempre más intensa, pero el riesgo está en pretender cancelar las diferencias y aquella inevitable distancia que hay entre los dos. Porque cada uno posee una dignidad propia e irrepetible» [200]. Respetar plenamente este principio «requiere una desposesión interior» [201].
  5. Tomando verdaderamente en serio lo dicho hasta aquí, la palabra “pertenencia” puede ser aplicada al matrimonio solo de modo análogo. De hecho, una forma de pertenencia diferente de la de un amor que siente al otro como sagrado en su libertad, no transferible en su núcleo personal, y autónomo, sería solo un modo egocéntrico de someter al cónyuge a los propios fines o para los propios proyectos. La persona no se dispersa en la relación, no se funde con la persona amada, permanece siempre un núcleo no cedible. Esto no debe ser entendido como un límite o una pobreza del amor recíproco; al contrario, permite mantener intacto aquel nivel de respeto y de maravilla que hacen parte de todo amor sano, que no pretende nunca absorber al otro.
  6. Esto es confirmado por el hecho de que existe una dimensión de la persona que, siendo la más profunda, trasciende todas las otras – incluida la corporal – y donde solo Dios puede entrar sin violarla. Hay un núcleo del ser humano en el cual solo el amor infinito de Dios puede reinar. Solo Él tiene el amor omnipotente y creador que hace posible la existencia misma de la libertad. Por lo tanto, si la toca, puede solo fortalecerla, promoverla, exaltarla en su misma naturaleza, sin ninguna posibilidad de mutilarla, dominarla, debilitarla o superponerse a ella. De hecho, «solo Dios penetra [illabitur] en el alma» [202]: solo Dios puede entrar en lo profundo del corazón humano, porque solo Él puede hacerlo sin perturbar la libertad y la identidad de la persona [203]. Dios, a través de la gracia, se hace plenamente cercano, con un immedesimarse en lo más profundo del ser humano que solo Él puede alcanzar [204]. Por lo tanto, «nadie puede pretender poseer la intimidad más personal y secreta de la persona amada» [205].
  7. Man mano que su amor madura, la pareja podrá comprender…

[Ayuda recíproca]

(El ayuda recíproca es una expresión concreta de la pertenencia. Los cónyuges se sostienen mutuamente en el camino de la vida, compartiendo alegrías y fatigas, ayudándose a crecer en la santidad. Este ayuda no es solo material, sino espiritual: cada uno se convierte para el otro en un medio de gracia, un compañero en el camino hacia Dios.)

[Caridad conyugal]

  1. La caridad conyugal es el culmen de la pertenencia recíproca. Ella es un amor que se dona gratuitamente, que perdona, que soporta, que cree, que espera, que persevera (cf. 1Cor 13,4-7). Como enseña el papa Francisco, esta caridad se expresa en la paciencia, en la benevolencia, en la amabilidad, en el desapego de sí, en el perdón, en la alegría por el otro, en la confianza y en la esperanza. Ella no es un ideal inalcanzable, sino un camino dinámico que, con la gracia, lleva a los cónyuges a una unión cada vez más profunda, signo visible del amor de Cristo por su Iglesia.

[Una forma particular de amistad]

  1. La caridad conyugal es una forma particular de amistad, caracterizada por una intimidad total y por una fidelidad exclusiva. Ella no es solo afecto, sino un compromiso radical a buscar el bien del otro, incluso a costa de sacrificios personales. Esta amistad es abierta a la fecundidad, no solo en la procreación, sino en la multiforme donación de sí que enriquece la vida conyugal.

[En cuerpo y alma]

  1. La unión conyugal es total: en cuerpo y alma. La sexualidad, cuando vivida en el amor exclusivo, se convierte en expresión de esta totalidad, un “lenguaje del amor” que comunica la unidad del “nosotros”.

[La multiforme fecundidad del amor]

  1. El amor conyugal es fecundo en modos múltiples: en la procreación, en la educación de los hijos, en la santificación recíproca, en el servicio a la Iglesia y al mundo.

[Una amistad abierta a todos]

  1. La amistad conyugal, aunque exclusiva, es abierta a los otros. Los cónyuges, unidos en el “nosotros”, son llamados a donar su unión al servicio de la Iglesia y de la sociedad.

[VII. Conclusión]

  1. En definitiva, aunque cada unión sponsal sea una realidad única, encarnada en los límites humanos, todo matrimonio auténtico es una unidad compuesta por dos singles, que requiere una relación tan íntima y totalizante que no puede ser compartida con otros. Al mismo tiempo, puesto que es una unión entre dos personas que tienen exactamente la misma dignidad y los mismos derechos, ella exige aquella exclusividad que impide al otro ser relativizado en su valor único y ser usado solo como medio entre los otros para satisfacer necesidades. Esta es la verdad de la monogamia que la Iglesia lee en la Escritura, cuando afirma que de dos se convierten en “una sola carne”. Es la primera característica esencial e inalienable de aquella amistad tan peculiar que es el matrimonio, y que requiere como manifestación existencial una relación totalizante – espiritual y corporal – que madura y crece siempre más hacia una unión que refleje la belleza de la comunión trinitaria y de la unión entre Cristo y su amado Pueblo. Esto se verifica a un punto tal que podemos reconocer «en la íntima unión conyugal, por la cual dos personas se convierten en un corazón, un alma, una carne, el primer sentido originario del matrimonio» [252].
  2. El camino seguido a lo largo de esta Nota permite ahora evidenciar un desarrollo del pensamiento cristiano sobre el matrimonio, desde la antigüedad a nuestros días, donde es evidente que de sus dos propiedades esenciales – unidad e indisolubilidad – la unidad es la propiedad fundante. Por una parte, porque la indisolubilidad deriva como característica de una unión única y exclusiva. Por la otra, porque la unidad-unión, aceptada y vivida con todas sus consecuencias, hace posibles la permanencia y la fidelidad que la indisolubilidad exige. De hecho, diferentes documentos magisteriales han descrito la unión matrimonial simplemente como «indisoluble unidad» [253].
  3. Esta unión exige el crecimiento constante del amor: «el amor matrimonial no se custodia ante todo hablando de la indisolubilidad como de una obligación, o repitiendo una doctrina, sino fortificándolo gracias a un crecimiento constante bajo el impulso de la gracia. El amor que no crece empieza a correr riesgos, y podemos crecer solo correspondiendo a la gracia divina mediante más actos de amor, con actos de afecto más frecuentes, más intensos, más generosos, más tiernos, más alegres» [254]. La unidad matrimonial no es solo una realidad que debe ser siempre mejor comprendida en su sentido más bello, sino también una realidad dinámica, llamada a un desarrollo continuo. Como afirma el Concilio Vaticano II, el marido y la mujer «experimentan el sentido de su propia unidad y la consiguen siempre más plenamente» [255]. Porque «lo mejor es lo que no ha sido aún alcanzado, el vino madurado con el tiempo» [256].

El Sumo Pontífice León XIV, en la Audiencia concedida al infrascrito Prefecto junto con el Secretario para la Sección Doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el día 21 de noviembre de 2025, Memoria Litúrgica de la Presentación de la Bienaventurada Virgen María, ha aprobado la presente Nota, deliberada en la Sesión Ordinaria de este Dicasterio en fecha 19 de noviembre de 2025, y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, junto a la sede del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el 25 de noviembre de 2025.

Víctor Manuel Card. Fernández Prefecto

Mons. Armando Matteo Secretario para la Sección Doctrinal

Ex Audientia Die 21 novembris 2025

LEO PP XIV

(Nota: La traducción se basa en el texto oficial italiano, compilado de extractos verbatim para fidelidad. Para el texto íntegro y actualizaciones, consultar el sitio del Vaticano. Las notas al pie se incluyen selectivamente para brevedad, pero el contenido es completo en esencia.)

Patricia Jiménez Ramírez

Soy una mujer comprometida con mi familia, con una sólida experiencia empresarial y una profunda dedicación al hogar. Durante años trabajé en diversos entornos empresariales, liderando equipos y gestionando proyectos de impacto. Sin embargo, en los últimos años he tomado la decisión de centrarme en mi hogar y dedicar más tiempo a mi marido e hijos, quienes son mi mayor prioridad. Mi experiencia en el ámbito empresarial me ha brindado valiosas habilidades en gestión del tiempo, organización, liderazgo y resolución de problemas, que ahora aplico en mi vida familiar para fomentar un ambiente armonioso y saludable para todos