26 junio, 2026

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¡Tú vales la Sangre de Cristo!

Testimonios de la verdad: Albert Cortina conversa con Jeffry Chinchilla Madrigal. Dr. en Derecho por la Universidad de Navarra. Director de la Oficina Jurídica de la Universidad de Costa Rica. Casado con Meryan y padre de los gemelos Tomás y Mateo

¡Tú vales la Sangre de Cristo!

Recuerdo que un día en que quise elogiar tus éxitos futbolísticos y el de tu equipo de Nuestra Señora del Carmen en Costa Rica, yo te dije: “¡Cuánto vales! Y tu respuesta inmediata fue: “¡valgo la Sangre de Cristo!”. ¿Cómo contemplas la Redención de Jesucristo en tu persona concreta y en tu vida? ¿Cómo crees que hay que vivir la virtud de la humildad?

Bueno, bueno, eso de mis “éxitos futbolísticos” qué va. A mí sólo me encanta, en mis ratos libres, jugar un rato al fútbol. O bien, como dirían en mi pueblo: «Correr detrás de un balón». Éxitos en el fútbol los han cosechado los grandes futbolistas dedicados a ello.

Aunque, pensándolo bien, sí que he tenido algunos éxitos de vida corriente gracias a este deporte: he logrado hacer muchos amigos; y esto creo que es algo que me ha ayudado mucho para, por un lado, estar más cerca de la gente, y, por otro, echar mano de un medio, como lo es el deporte, para enganchar con las personas, conocerlos en su cotidianeidad y, de una u otra manera, pasar un rato agradable con ellos en full amistad.

Lo de mi equipo de fútbol es algo muy bonito y especial: llevamos, mis amigos y yo, cerca de unos 25 años jugando al fútbol juntos. Hemos tenido vivencias espectaculares, como el haber jugado y ganado en varias ocasiones algún campeonato deportivo; nos vemos más como una familia que nada. Y, lo de “Nuestra Señora del Carmen”, es debido a que, el pueblo en el que crecí –en el que aún vivo–, se llama así: El Carmen de Mora, y está dedicado a la advocación de Nuestra Señora del Carmen. Entonces, claro, como puedes suponer, nuestro cuadro está más que encomendado a nuestra queridísima Madre.

Hombre, aterrizando en el valor de la Sangre de Nuestro Señor, claro; es que, fíjate: nada más –y nada menos– valemos eso: ¡La Sangre de Cristo! Como diría mi abuela materna, doña Irma: «¡Para qué más!» Y es verdad, no nos falta nada, ni nos sobra nada. Porque somos hijos del (único) Dios-Padre, que hace llover bondad plena sobre buenos y malos. Es decir, a pesar de los pesares, de mis grandes errores, él me ama con una locura sin igual.

Sin la Redención de nuestro Señor nada tendría sentido. A la vez que regalo divino, es herencia; una herencia que no me la puedo dejar para mí solito, sino que la debo pasar de generación en generación, como un gesto –un hecho– vivo del amor de Dios. Y digo herencia, no porque nadie, como hijo suyo, no la posea; todo lo contrario. Sino porque, en mi filiación de hijo de Dios, no estoy para guardarme nada. Todo lo contrario: ¡ay de mí si no testifico la buena nueva de Jesucristo! Y en este sentido, pues, es que, como portador de una realidad –la de hijo de Dios–, me mueve hablar a otros de su verdad.

Respecto a la virtud de la humildad, ¡caray!, qué buena pregunta. Pienso que, a la vez que con mucha naturalidad, vivirla con un sentido sobrenatural. La anterior idea parece un contrasentido, una especie de oxímoron. Pero no. Estamos llamados a vivir teniendo muy afincados los pies en la tierra, pero la mirada fija o puesta en el Cielo. Eso es. Luego, y muy importante, no desalentarnos; pues, de ordinario, perfecto solo Dios. Y esta es la que yo llamo así “la tercera pata del banco” de aquella virtud: si me equivoco, si yerro, si la pifio, pues, ya está; me levanto, me sacudo el polvo y, luego, me pongo en camino.

Jeffry, el número 20 del equipo La Fila F.C. – Nuestra Señora del Carmen de Costa Rica (Foto: cedida por la familia Chinchilla)

Tu vocación académica te llevó en su día a realizar un doctorado en Derecho en la Universidad de Navarra. Tu estancia en Pamplona la recuerdas siempre con mucho cariño. ¿Qué valores cristianos destacarías que adquiriste en esa etapa académica y que han impregnado tu labor posterior como investigador y docente? 

Sí, así es. Mira, la recuerdo con mucho cariño por muchísimas cosas. En especial, dos me mueven, a la vez que me conmueven mucho (y con esto puede que te conteste algo de la pregunta que me planteas): una es que, estando allá, conocí más y mejor el espíritu del Opus Dei; lo cual me llevó, después de algún tiempo de maduración y reflexión –en realidad, ya todo estaba escrito desde la eternidad en el camino de mi vocación– a pedir mi admisión a la Obra. Y claro, lo otro es que, en la Universidad de Navarra, se respira un no sé qué de amor próximo (de amor al prójimo). Tú, cuando transitas por la Universidad, denotas, hueles, percibes, un aire de santidad; te sientes, a la vez que acogido, amado por el más desconocido. Mira, es una sensación muy potente. Porque, quieras o no, más tarde que temprano, terminas contagiándote, en el buen sentido de la palabra, de ese cariño que no se impone, sino que se ofrece gratis. Es algo muy bonito, verdaderamente.

Y entonces, aquello (tú sabes que, cuando eres amado de verdad, deseas transmitir o hacer lo mismo con los demás) caló en mí, al punto que, repito, sabiéndome imperfecto y lleno de mil contrariedades, como lo soy, a hoy en día, me ayuda a, en todo momento, ver en los demás, un vaso no medio vacío, sino lleno. Es decir, a saber que, en los demás, se trate de quien se trate, pulula la sangre de Cristo. En esta medida, a buscar siempre ayudar y nunca desbaratar; conciliar y no desunir; excusar y no juzgar. Esto, sea en la academia o en cualquier faceta de la vida ordinaria, es fundamental. Es un principio básico, además, de convivencia social, sin el cual difícilmente podríamos salir avante. Como decía San Josemaría: «saber ir del brazo de los que no piensan como nosotros».

Lo segundo, y que se relaciona en un sentido más, digámoslo así: ‘puro-directo’ con la labor académica o universitaria, es la pasión por la búsqueda de la verdad; y, cómo no, del conocimiento. A mí me parece que, la búsqueda de la verdad, nos acerca más y mejor al logos divino por excelencia: Jesucristo. Es que no hay de otra. Esto es así. Él es LA verdad. Y bueno, esta infatigable tarea siempre impacta en los demás. Y los impactará en la medida de mi trabajo, en el cómo yo haga (bien o mal) ese trabajo diariamente.

Como expresaría San Pablo en la I Carta a los de Corinto –13,1–: «La caridad sin la verdad sería ciega; la verdad sin la caridad sería como un “címbalo que retiñe”». O como bien diría Benedicto XVI en aquella preciosa Carta encíclica suya Caritas in veritatis del 29 de junio del 2009: «(…) no existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor». Por eso es que, a mí me parece, verdad y bien, verdad y caridad, ágape y logos, caminan tomados de la mano; inseparablemente.

Lección inaugural de la Escuela de Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica (Foto: UCR)

Jeffry, tú eres fiel del Opus Dei (la “Obra”) de San Josemaría Escrivá de Balaguer. Explícanos que representa para ti esa vocación en tu ámbito personal y familiar. ¿Cómo entiendes la santificación del trabajo y la vida ordinaria? 

Pienso que dicha vocación, en mi ámbito personal y familiar, me ha ayudado mucho a saber que, en todo tiempo, el hogar es una pequeña iglesia doméstica. En este sentido, “no se vale ser candil en la calle y oscuridad en la casa”; como si lleváramos una vida doble. En otras palabras, la vivencia del amor, y la puesta en práctica de nuestros valores cristianos, empiezan en la familia. Esta es la primera escuelita de vida. Si aquí, teniendo a nuestro prójimo más inmediato, no soy capaz de ofrecer el modelo de vida con el que nos redimió nuestro Señor, he fracasado. Y, por supuesto, esto es inseparable del ámbito personal, que, creo yo, es el primer punto de referencia para estar bien con los demás. Si no puedo estar bien conmigo mismo, menos podría ofrecer algo bueno a los demás.

Mira, con respecto a la santificación en el trabajo y en la vida ordinaria, ya San Josemaría había orientado el camino de lo que Dios le hizo ver a él por aquel año de 1928: hacer con sumo amor (santificar en todo tiempo y lugar) nuestra vida ordinaria; o, si se quiere de manera más concreta: nuestras tareas diarias: el trabajo, el estudio, etc. Al interiorizar cumplir adecuadamente lo anterior, podré recrearme y compenetrarme con Dios como Padre amoroso y creador que es (santificarme y santificar aquello que busco hacer de la mejor manera posible). Y, sin duda alguna, con lo anterior –creo que ya lo decía arriba– impactar de manera positiva en la vida de los demás. Es que, sin duda, al hacer bien mi trabajo, mi estudio, mis actividades, ayudo (beneficio) a los demás y a la sociedad en sí.

San Josemaría en el año 1972 (Foto: Opus Dei)

En Costa Rica, los ticos (como así os denomináis entre vosotros) tenéis un lema: “Pura vida”. ¿Cómo podríamos traducir ese lema al ámbito cristiano? ¿Es Jesucristo fuente de agua viva, es decir, el camino, la verdad y la vida? 

Sí, los ticos somos “pura vida”. En Costa Rica la gente es muy alegre y simpática. La gente, en general, es muy buena. Ese “pura vida” lo usamos para muchas cosas: «¿Cómo estás?: “pura vida”»; «Esa persona sí que es pura vida»; «¡qué clima más pura vida hay en Costa Rica!» etc. Es decir, en el fondo de todo, el “pura vida” es algo muy bueno, se trata de una posición de bienestar, de estar-bien conmigo mismo, pero también con lo(s) demás.

El cristiano es eso: una persona muy “pura vida”, que, en medio del mundo, sin ser mundano, decide convidar la vida de Cristo. Subido en la barca que navega en el mar del tiempo que nos ha tocado vivir (con todo y su individualidad, relativismo, con el culto al “yo” como criterio de primacía, el vértigo de las dinámicas sociales, etc.) aquel se siente llamado, como decía el Papa León, a alzar la mirada y a hacer que otros alcen esa mirada.

Debemos alzar la mirada del móvil para, por ejemplo, vivir, por un lado, la verdadera vida –recordemos que: Tempus breve est–, y, por otro, para devolverme la identidad humana que me hace, por amor divino, ser criatura con dignidad, llamada a la santidad en Cristo.

Hombre Albert, claro que así lo es. Ayer, hoy y siempre, Jesucristo es inmutable. No hay forma de perderse: el es el camino, la Verdad y la vida; es el fuente de agua viva; es, por excelencia, el soplo divino, la fuerza motora, causa primera, detrás de aquel “pura vida” que, trasladado al ámbito cristiano, nos lleva a «ser sembradores de paz y de alegría».

La Patrona de Costa Rica es Nuestra Señora de los Ángeles (“La Negrita”). ¿Cómo vives tu esa devoción? ¿Cómo transmites a tus hijos ese amor por Nuestra Madre?

Bueno, “La Negrita” de los Ángeles, como le decimos de cariño a nuestra Madre, aquí en Costa Rica, es la patrona del país. El pueblo costarricense es muy católico, le tiene mucho cariño a “La Negrita”. En prácticamente todos los hogares, la gente ampara mucho la protección de su casa y de su vida a la Virgen. Me gusta pensar, con el clamor popular y piadoso del pueblo tico que, la Virgen, como dice una canción muy nuestra, apareció en nuestro país, allá en el siglo XVII –1635, si no fallo el dato–, «más bella que el sol, la luna y la aurora, para ser de Costa Rica, Reina y Madre defensora”. Con eso te resumo el cómo vivo yo mi devoción hacia ella y, en general, por descontado, en relación con la Virgen.

En mi casa –pero esto es algo que, tanto mi esposa como yo, también, traemos arraigado desde casa de nuestros padres y abuelos–, somos muy marianos. Nos gusta, allende la costumbre que se tiene en la Obra de hacer una peregrinación en el mes de mayo, hacer más romerías anuales a algún santuario de la Virgen. Esto lo hemos inculcado a nuestros hijos, quienes muy felizmente comparten con nosotros esa caminata tan especial.

Tú sabes, porque has estado en Costa Rica, que, el 2 de agosto, que es la fiesta que celebra a “La Negrita”, días previos, días posteriores, se movilizan, a su encuentro, entre 1.5 – 2 millones de personas; ello en un país como el nuestro que cuenta con poco más de 5 millones de habitantes. Es decir, si notas, el cariño y la devoción son potentes.

Meryan, mi esposa, y yo, tenemos en casa, imágenes de la Virgen por doquier. En el salón poseemos un pequeño altar, que los gemelos frecuentan –en realidad, todos en casa tenemos arraigada esta piedad–, para llevarle flores frescas a una talla de la Virgen.

Es una imagen muy “sui generis”. Al inicio, debo confesar que la talla me parecía poco habitual; y quizá por eso –¿cómo decirlo para que no parezca banal o nada piadoso?– “prefería” otras imágenes de nuestra Madre (¡mira qué tonto y vulgar es uno!) a esa. Sin embargo, luego de un descubrimiento, la empecé a mimar y a querer muchísimo.

¿Qué fue lo qué paso? Bueno, fíjate que esa imagen de la Virgen nos la había obsequiado una hermana de un queridísimo amigo de Pamplona (Agregado de La Obra, Fernando Larumbe). Para entonces nosotros éramos vecinos de doña Asun; vivíamos en Iturrama de Pamplona; un barrio muy tranquilo, estudiantil, cercano a la Universidad de Navarra.

La imagen había pertenecido a unos sacerdotes de origen polaco que estudiaban en la Universidad de Navarra, a los cuales ella, doña Asun, la hermana de mi amigo, ayudaba de vez en cuando con las labores domésticas de casa (de hecho, ellos vivían cerquita nuestro; sobre la Calle Esquiroz, en Pamplona). Cuando se fueron de Navarra, al terminar sus estudios, tuvieron que dejar varios enseres. Entre estos estaba la talla de esta Virgen.

Con el pasar del tiempo, y ya contando con la imagen de la Virgen a la vuelta de los años (una vez regresados a Costa Rica), llegó a mis manos una imagen, en papel, de Nuestra Señora Madre del Amor Hermoso; yo no sabía su historia ni nada semejante.

Mi sorpresa fue descubrir que nuestra Virgen, la Virgen que ahora está en el salón de casa, era –es– la de Nuestra Madre del Amor Hermoso. ¡Mira qué vueltas da la vida!

No sé si sabes, esa imagen de la Virgen se corresponde con aquella que San Josemaría obsequió a la Prelatura de Cañete-Yauyos-Huarochirí (Perú) en el año de 1964.

Tema aparte, ¿has notado ya algunas coincidencias que se allegan con mi vocación desde la Obra?: ‘Mariano’; el nombre de ‘Carmen’, por vía de la Virgen en mi pueblo; mi paso, sin haberlo proyectado adrede o intencionalmente, por la Universidad de Navarra; la imagen de Nuestra Madre del Amor Hermoso; etc. Luego te puedo contar más cosas.

Total que, volviendo al hilo de la cuestión, creo que la Virgen, como Madre de Jesús, siempre invita a amarle de manera natural. Los niños no son ajenos a esta realidad.

El sentido materno es, quizá, de todos los sentidos humanos, el más fuerte entre padres e hijos. De esto no me cabe duda. Siendo la Virgen, como fue con el Niñito Jesús, creo que las cosas caen por su propio peso: cualquiera, incluidos los niños, se vuelca en favor suyo. Qué decir ya de su papel especialísimo como corredentora del género humano.

Nuestra Señora de los Ángeles (“La Negrita”) Patrona de Costa Rica (Foto: Internet)

Costa Rica es un país mimado por el Creador con una naturaleza exuberante y una belleza extraordinaria. ¿Qué te sugiere el concepto “custodia de la creación”? ¿Cómo interpretas lo que Benedicto XVI denominaba la auténtica “ecología humana” que nos lleva a la única adoración que le debemos a nuestro Creador?

Sí, lo sabes. Costa Rica es un paraíso terrenal. Gracias por lo de «mimado por el Creador».

Bueno, «custodio de la creación» me evoca dos cosas: por un lado, que, lo que ha salido de las manos de Dios, “no se tira a los cerdos”, sino que se respeta y se preserva. Se trata de un hecho creativo, genial, salido del amor de un Creador que, desde siempre, pensó en nosotros. De modo que el hábitat que nos circunda nos envuelve y nos reclama.

Lo otro es que, nosotros también somos criaturas suyas; seres con dignidad, claro. Por lo cual, sería un despropósito proseguir una ruta de flagelo o destrucción de un espacio que, por mera vitalidad, nos impone y nos demanda atenderlo. En esto, pienso que Costa Rica ha sido potencia mundial. No hemos ganado un mundial de futbol, pero hemos sido como el que más ha volcado su mirada en el cuidado y preservación de la “casa común”.

La segunda parte de tu pregunta me hace aterrizar en parte de lo dicho en el párrafo anterior; y es que, una auténtica ecología humana mira el respeto del environment junto con el cuidado personal y los demás. Pero, y muy importante, nunca dejando de lado que, a quien únicamente se rinde adoración y gloria, es a Dios.

Por estos lados de América se suele hablar de la tierra como “la madre tierra”. Recuerdo que, desde que uno estaba en el colegio, se hablaba así respecto de la tierra en los libros de estudio. Bueno, eso está muy bien, pues incluso existe una especie de paralelismo con el hecho de que, de aquella, de la tierra, brota la vida; la tierra como dadora de vida, en parangón, aunque asimétricamente, claro –por las distancias existenciales entre una y otras–, con las madres. No obstante, basta; hasta allí el cuento. A ninguno de nosotros se nos pudo ocurrir, ni tampoco se nos inculcó cosa diferente, que, a la tierra, in se, se le tuviera que dar culto, cual diosa pagana se tratara. Nada de eso. Y en esto es menester que, incluso dentro de la Iglesia no nos confundamos. La Tradición, La Palabra Santa, la Iglesia, los Padres de la Iglesia… son sumamente claros al respecto. No nos perdamos.

Creo que en Mateo y en Lucas 4 y 4 –la coincidencia numérica hace que uno recuerde bien el asunto–, se recoge el suceso de las tentaciones de Jesús en el desierto. Bueno, recordemos la respuesta que el Señor da al diablo cuando este, desde su bajeza, le “promete” regalarle los reinos del mundo y su ‘gloria’: «Sólo al Señor tu Dios adorarás y solamente a él darás culto». Bueno, y ya está; no hay nada que agregar de más: in claris non fit interpretatio; la claridad del texto es de una fuerza irrebatible.

Paisaje natural de Costa Rica (Foto: Internet)

La familia y las amistades son muy importantes en tu vida. ¿Cómo cultivas tu amistad con Jesús? ¿Crees que la Santa Misa y la Adoración Eucarística son dos momentos centrales en la vida de un cristiano?

Hombre, sí que lo son. Imagina. Es que, vamos, después de Dios, la familia y los amigos ocupan un lugar especialísimo –como el que más– en el corazón del hombre.

Ahora bien, en esto no te voy a ser hipócrita. Mira, no hay fórmulas más allá que esta: si quieres hacerte amigo de Jesús, como pasa con cualquier amigo de colegio, de barrio, de vida… debes tratarle. Si no le tratas, ¿cómo vas a escucharle?; o bien, a conocerle. Para saber qué hace feliz a mis amigos, debo conocerlos intuitu personae. Y así pasa con Jesús: debo tratarlo con frecuencia. Una forma muy eficaz es, desde luego, la oración y/o la meditación que yo pueda tener de manera quedita y tranquila con él. Saber que este espacio (y momento) no puede competir con las prisas del ahora. De lo contrario, poco o nada podré saber de mi gran amigo. Así pasa con los amigos terrenos: sólo in situ, estando con ellos, podré saber qué cosas los agobian, qué sabor de helado es su favorito, qué temas puedo hablar en su presencia y de qué temas no puedo hablar, etc.

Y, cómo no, porque no puede ser de otra manera, la Santa Misa, la Adoración Eucarística, son, por antonomasia, el espacio perfecto –más aún el primero, como sabes– para mirar, gustar, amar (y ser correspondido en el amor) a Jesús. De allí que, no es que crea, sé, por experiencia propia, que, aquellos dos momentos, son centrales en la vida cristiana. La Eucaristía, lo sabes, se yergue, se levanta, como el «centro y raíz de la vida cristiana»; de esto hablaba San Josemaría como uno de los pilares basilares de la vida de todo cristiano.

Una cuestión que me pasa mucho con mi esposa es que, al día de hoy, como cuando de novios, me despierta mucho regocijo el salir a su encuentro. Me explico: a veces, por ejemplo, si los dos andamos en la calle haciendo recados, o bien, cuando he estado fuera de casa, y regreso a la tarde-noche, me alegra, me emociona, poder reencontrarme con ella para saludarla, estrecharla en mis brazos y poder preguntarle sobre cada cosa del día. La chispa del encuentro nunca ha desfallecido. Pues, como la llama viva, el fuego requiere, como la hoguera del amor, de ese oxígeno vitalísimo entre los esposos que nace del trato diario y constante. Así, con el respeto debido por la distancia que existe, así pasa también –así nos debería pasar, y me incluyo– con el Señor. Es decir, que, al ir a su encuentro, en la Sagrada Eucaristía, en la Adoración Eucarística, pueda uno sentir esas “maripositas” en el estómago de saber que, no sólo le veremos y escucharemos, sino que le pregustaremos, en el caso de la primera, como pan vivo bajado del Cielo.

Es impresionante, Albert. ¿No te parece? Ahora soy yo quien te interroga. Saber que el propio Dios se me hace asequible después de que las especies accidentales del pan y del vino se convierten en su cuerpo y su sangre. A mí es que este acontecimiento-milagro, este –para decirlo en términos de un autor– «rumor inmortal», no deja de inquietarme.

Además que, si notas, ya no es sólo un rumor, es que él mismo, Jesucristo Hostia Santa, se abaja para entregarse, siempre que le queramos recibir con un corazón dispuesto.

¡Qué maravilla, qué misterio, amigo mío! Esto me perturba, a la vez que me conmueve.

Parroquia de San Pedro Apóstol en el cantón de Montes de Oca – Costa Rica (Foto: Jeffry Chinchilla)

La formación es muy importante en el Opus Dei. Con algunos amigos y familias “de Casa” habéis impulsado un Club de la Obra en el municipio de Santa Ana, San José ¿Qué función tiene ese centro en relación a la misión que los laicos están llamados a desarrollar en la Iglesia?

Bueno, es que, a ver… hoy en día, el mundo está ayuno de muchas cosas que, a lo mejor, por sencillas, han dejado de ser práctico-importantes: necesitamos que nuestros niños, nuestra juventud, “alce la mirada” de las pantallas y salga al encuentro de los demás.

El Club del Oste, así le hemos llamado, es un espacio de convivencia en el que los chicos –Tomás y Mateo, mis hijos, están allí– pueden hacer deporte, crecer culturalmente (por ejemplo, mediante el comentario o lectura de buena literatura) en hermandad y armonía con otros amiguitos suyos. Se trata de volver a las formas de siempre: la convivencia.

Le hemos llamado del “Oeste” debido a que el único club de su especie que existía en Costa Rica está ubicado en la zona Este de la Capital. Este otro club se llama Club Kamuk.

Y, pues, conversando con otros padres de familia de La Obra que vivimos por este sector de la capital, sector que además ha crecido mucho en cuanto a desarrollo inmobiliario, vimos la necesidad de fomentar una obra de labor social importante, con un contenido cristiano, que permitiera a las familias robustecer la forja de los valores y principios que tanta falta hacen hoy en día en la sociedad. A decir verdad ha sido una experiencia muy buena. Cada vez más se acercan nuevos chicos al club.

Lo otro es que el club no funciona como una guardería. Es decir, como un lugar de mero cuido al cual, papá y mamá, llegan y depositan al niño mientras se hacen las compras. Nada de esto. Más bien, la idea es que papá venga al club y se forme también en doctrina cristiana, social, moral… en cuestiones de vital relevancia para una convivencia social. De modo que, mientras los chicos están en su actividad deportivo-cultural-cristiana, papá también se encuentra creciendo interiormente en la forja de buenas virtudes cristianas.

Si ves, querido Albert, la tarea de la “buena nueva”, la tarea de llevar el Evangelio a los demás, como lo sabes, no es asunto de religiosos únicamente. Al ser la santidad una tarea diaria de todos, como laicos nos compele o nos mueve a coadyuvar en esta acción.

Costa Rica es un país constitucionalmente católico. En España actualmente se habla de un “despertar” católico, es decir, de un renacimiento de la fe entre los jóvenes y también entre los adultos. ¿Cómo percibes ese giro católico en nuestro país y si ves algo parecido en Costa Rica?

Bueno, siento que este giro o “despertar” del que me hablas, se observa más en Europa. Y no porque aquí no esté pasando; más bien, lo que creo es que, quizá, por la tradición tan arraigada de la religión católica en nuestro país, el fenómeno discurre de modo más sereno o llano (plano) que en otros países europeos. Antes bien, lo anterior no significa que, a la vuelta de los años, uno sí note que, fenómenos como la saturación de la vida misma derivada del exacerbado uso de las redes sociales –desconexión de la realidad–, el consumismo, el hedonismo, las adicciones, los disparadores de ansiedad, depresión y otros trastornos que aquejan principalmente a los más jóvenes, etc., haya hecho que muchas personas busquen en la religión católica una respuesta; una tabla de salvación.

Lo anterior no es ajeno a Costa Rica. Uno lo ve a nivel de grupos en las parroquias y en los conversatorios ordinarios de calle entre amigos y conocidos. Parece que la quietud intra-muros de las catedrales y templos, y la presencia de Jesús Sacramentado, hace que muchas personas se pregunten si el ser humano lo que necesita es más silencio y diálogo con Dios, que otra cosa. Creo que el subidón de “lo vertiginoso” está mutando la línea del fenómeno hacia una parábola; poco a poco se tiende al descenso. Te lo decía antes: es que, es necesario tener muy aplomados los pies en la tierra –como quiera que sea, de barro fuimos creados para que no se nos olvide–, pero la mirada muy puesta en el Cielo.

Los distintos modelos de conducta humana, ideologizados por una vana moral mundana, sin una base ni un verdadero arraigo antropológico-existencial, se han desmoronado.

Te lo decía arriba en otro apartado: Sólo una persona (perfectus Deus, perfectus homo) es, desde todo punto de vista, inmutable: Jesucristo. Él no es una idea arenosa que se mueve al compás de los tiempos y lugares. Él es un ejemplo de vida coherente y real. Y creo que la gente está buscando esto: menos palabras, más acciones y ejemplos de vida. La gente está cansada de lo artificial, de lo “líquido”, diría un polaco de grata memoria.

Así que, entre pensar para vivir, o vivir para pensar, yo prefiero lo segundo, en la medida en que, si ves, el itinerario vital ya está trazado; y lo que nos queda, al menos a quienes creemos en una persona que, por su redención, cambió la historia de la humanidad, es poner en práctica, aún con nuestra miseria o naturaleza caída, sus enseñanzas de vida. Lo anterior, no es, ni por asomo, un determinismo, sino una cartilla de vida moral para no perderse. Al final, Dios no nos hurta, no nos quita, nuestra libertad. Esta siempre está predispuesta como anclaje de amor suyo por excelencia. Pero, a través de la Redención de su Hijo amado, nos muestra el camino; es que, bien lo decías: Él es el camino a seguir.

Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles en Cartago – Costa Rica (Foto: Albert Cortina)

¿Cómo crees que debe actuar un testimonio de la Verdad en estos tiempos tan convulsos donde parece que la esperanza deja paso a una cierta desesperanza y nihilismo? ¿Cómo ejerces tu personalmente el apostolado de la amistad para ser luz del mundo y faro de esperanza para tu entorno?

Mira, el ejemplo, que es lo más difícil de materializar –sabes que es muy sencillo ‘parlar’ y ‘parlar’, y quedarse, sin más, en el discursillo– es lo que, creo yo, mueve mucho. Una vida coherente, repito, siendo conscientes de nuestras flaquezas y debilidades, dice más que mil palabras. Para bien o para mal, la gente todo lo ve, sabes, no se les pasa nada.

Pienso que son inseparables, además, lo comentaba antes, la verdad y la caridad. Nada hago yo, nada gano, siendo una persona en extremo caritativa si falseo el mensaje del Señor. O, por otro lado, de nada me sirve elevarme sobre los altares de la razón, si por otro lado maltrato a –o me impongo sobre– los demás de manera arrogante y cínica.

Luego, la desesperanza, el nihilismo, el caminar por la vida sin un rumbo claro y definido, son secuelas directas de aquel vértigo exacerbado de lo superfluo, de lo banal, de todo aquello que busca adormecer las conciencias lúcidas de las personas para hacerles creer que sólo esto de aquí abajo existe y nada más. Pero, a la larga, querido Albert, todo eso cansa y llega a explotar en el ser humano. De allí que, más tarde que temprano, por ese religare trascendental que habita en el corazón del hombre, la persona, como quien después de un largo camino no puede más, busca la fuente del agua viva: Jesucristo.

Ahora bien, sí que es verdad que, en esta frondosidad de cosas, muchos otros puede ser que no se alleguen. Bueno, nadie dijo que todo podía ser “color de rosas”. Pero entonces es allí donde, con más fuerza, entra nuestro llamado a la evangelización. Proponiendo, nunca imponiendo, como decían, si mal no estoy, tanto San Juan Pablo II como el mismo Benedicto XVI –recogiendo esta idea de su antecesor–, la fe cristiana por todo el mundo.

Respecto al ejercicio del apostolado de la amistad, fíjate que algo que me ha ayudado mucho, por sencillo que parezca, es la naturalidad en el trato y en las experiencias que suelo compartir con mis amigos. Me explico: a veces se ha creído en algunos espacios que ser cristiano es para ‘raritos’; para personas que se pasan golpeando el pecho en las iglesias o dentro de los templos. Y nada más alejado de la realidad. Mis amigos saben de mis creencias y mi condición; y esto más bien les reafirma en el hecho de que, el cristiano es una persona que, en medio del mundo, con sus flaquezas y errores, trata de hacer el bien a todos sin distingo alguno, y de dar a conocer el mensaje de nuestro Señor. Eso es.

El “face to face” con los demás es fundamental. Nosotros, los cristianos, no nos regimos por números o cuotas de cumplimiento (¡en este mes, le hable de Jesús a 20 personas!). No, no, nada de eso. Lo nuestro es vivir la caridad en todo tiempo y lugar con la persona que lo necesita. Pero es que, ¡también nosotros necesitamos de esa caridad compartida! Es decir, lo nuestro es vivir el mensaje de Cristo en hermanda, en amistad, perennes. Los unos con los otros, dándonos apoyo y haciendo de este mundo un mejor espacio de vida.

Jeffry ejerce el apostolado de la amistad (Foto: cedida por la familia Chinchilla)

La educación que junto a tu esposa Meryan estáis fomentando en vuestros hijos Mateo y Tomás, es una educación católica. ¿Qué virtudes te gustaría que adquiriesen vuestros hijos y que desarrollasen a lo largo de su vida?

Sí, así es. Bueno, cuando me hablas de virtudes, lo primero que me viene a la cabeza es, cómo no, la forja en ellos, en mis hijos, Tomás y Mateo, de las virtudes teologales y, desde luego, de las cardinales. No sé si es una reminiscencia que obedece a un asunto de mera formación cristiana que hace que, indefectiblemente, tu pregunta me lo evoque así.

Pero vamos que, por sencillo que nos parezca, la fe, la esperanza y el amor o la caridad, y de estas tres, la última, es algo que me gustaría ellos siempre tuvieran muy presente. Bien sabes que, sin amor, no podríamos transitar por la vida. Por supuesto que esto no me lleva a desdeñar de las anteriores. Como bien dice San Josemaría en Camino –punto No. 667–: «Los actos de Fe, Esperanza y Amor son válvulas por donde se expansiona el fuego de las almas que viven vida de Dios». Yo creo que, teniendo ellos bien clarito este panorama de cosas, ya tendrán avanzado, para la vida, un buen equipamiento de salva.

Lo otro es que, aunque técnicamente no se trate de una virtud, algo que he tratado de inculcarles en todo momento es el respeto por la libertad; la personal y la ajena. Pienso que, en el discurrir de la vida, el respeto por la libertad, que no es libertinaje, pasa por el tamiz mismo que Dios ha querido ejercer sobre nosotros como hijos suyos. Allende la filiación divina que nos une con el Creador, si algo respeta Dios es la libertad personal.

Una libertad responsable, como sugiere el Catecismo de la Iglesia Católica, hace que el ser humano, la persona, al hacer cada vez más el bien, se convierta en un ser más libre; lo contrario esclaviza. Este documento, en su punto No. 1733, es bastante claro: «No hay verdadera libertad sino en el servicio del bien y de la justicia». Y esto es algo que como padres, Meryan y yo, hemos tratado de ir profundizando con ellos con sentido responsable.

Jeffry Chinchilla junto a su esposa Meryan y sus hijos Mateo y Tomás el día en que le concedieron el reconocimiento del Grado de Doctor Académico en la Universidad de Costa Rica (Foto: cedida por la familia Chinchilla)

Este año 2026 se cumplen los 100 años de la muerte del arquitecto Antonio Gaudí. Por este motivo, y para celebrar dicha efeméride, el papa León XIV en días pasados la torre de Jesucristo que corona la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. ¿Qué te sugiere la culminación en pleno siglo XXI de la mayor catedral de Europa? ¿No te parece que es un grandísimo signo de esperanza?

Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona (Foto: Internet)

Jeffry, muchísimas gracias por abrir tu corazón en esta conversación que une dos continentes y dos países de profundas raíces católicas: Costa Rica y España.

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“Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz”. Como proclamó Juan el Bautista, Jesús es el Cordero de Dios -el único y verdadero sacrificio que se ofrece por nuestro amor para el perdón de los pecados-.

Albert Cortina

Albert Cortina es abogado y urbanista. Director del Estudio DTUM, impulsa un humanismo avanzado para una sociedad donde las biotecnologías exponenciales estén al servicio de las personas y de la vida. Promueve la integración entre ciencia, ética y espiritualidad. Actualmente focaliza su atención en la preservación de la naturaleza y condición humana desde una antropología adecuada que priorice el desarrollo integral de la persona. Cree en unos principios basados en una ética universal que tenga su fundamento en la ley natural y en la espiritualidad del corazón. Desde su vocación profesional gestiona ideas, valores y proyectos a favor del bien común.