Tiempo para vislumbrar quién eres
Por qué la prisa y la digitalización amenazan nuestras relaciones y cómo recuperar el valor de detenernos para conocer verdaderamente al otro
Ante el misterio de la personalidad humana, suelo acudir a estos versos de Pedro Salinas: “¿Quién te va a ti a conocer/ en lo que callas, o en esas/ palabras con que lo callas?” Saber del prójimo, conocerlo en su singularidad es una tarea deseable y, a la vez, es un afán arduo. Para hilar fino en este empeño, requerimos de tiempo. Un recurso, el tiempo, muy escaso para nuestra cultura del divertimento, marcada por lo pasajero, lo instantáneo y el utilitarismo. Conocerse toma mucho tiempo de exposición, tanto en las relaciones interpersonales, como en aquellas otras relaciones funcionales. Los algoritmos dan bastante predictibilidad de las preferencias de los clientes, pero no dan conocimiento de la persona que está detrás de la lógica del mercado. La persona es más que el consumidor.
Para descubrir a la persona en su mismo aparecer y no como un mero instrumento que me beneficie, hemos de instalarnos en la relación buberiana YO – TÚ. Una posición de respeto frente al prójimo para que éste se muestre, abiertamente, en sus idas y vueltas. Esta actitud inicial nos compromete a esforzarnos para permanecer orientados al otro en un primer movimiento de acercamiento a la biografía de nuestro interlocutor. En este encuentro, requerimos de una buena dosis de tacto, para estar atentos a las particularidades del otro, y evitar esa otra tendencia que nos empuja a apabullar al acompañante, en un afán de tomar el control de la situación. Para conocernos, empecemos por estar, sin agenda ni encuesta final de satisfacción del cliente.
Byug-Chul Han, en su libro Sin respeto: Una crisis social (Paidos, 2026), insiste en la importancia de demorarse en el otro, “sin apropiarse inmediatamente de él, sin retirarse a toda prisa” (p. 32). Tratar al otro es demorarse con él. No es cuestión de cumplir el protocolo: te atendí, estuve cinco minutos contigo: tarea resuelta. Michael Ende, en su novela Momo, lo describe agudamente: “- Querido amigo –contestó el agente, alzando las cejas-, usted sabrá cómo se ahorra tiempo. Se trata, simplemente, de trabajar más de prisa, y de dejar de lado todo lo inútil. En lugar de media hora, dedique un cuarto de hora a cada cliente. Evite las charlas innecesarias. La hora que pasa con su madre la reduce a media. Lo mejor sería que la dejara en un buen asilo, pero barato, donde cuidaran de ella, y con eso ya habrá ahorrado una hora. Quítese de encima el periquito”. Son estos tiempos personales los que hacen humana la vida. Para enriquecer nuestras relaciones interpersonales, una vez más, tiempo.
Más adelante, Byung- Chul Han señala que “el consumo y el respeto son incompatibles entre sí. La puesta a disposición total del mundo, que se recrudece a medida que avanza la digitalización, destruye los espacios del respeto como espacios de la indisponibilidad (p. 49)”. Las nuevas tecnologías hacen disponibles las cosas exteriores. Sobre las cosas y la misma persona humana rondan las ideologías del transhumanismo y el poshumanismo: para la técnica no hay nada que sea intocable. Hemos olvidado, lo comentaba el Papa León XIV en Magnificia Humanitas, la idea del límite, de aquello que no se debe tocar ni desnaturalizar. El respeto, ciertamente, supone detenerse frente a la condición indisponible que tiene la realidad en el núcleo más profundo de su ser, llámense cosas o personas.
Para conocer en profundidad, hemos de correr menos y detenernos más para contemplar con admiración, asombro y agradecimiento el misterio del ser.

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