¡Su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Aún nos atrae?
El Papa León XIV interpela a los fieles en el Ángelus del segundo domingo de Cuaresma: el rostro transfigurado de Cristo ilumina las heridas del mundo y llama a una mirada de admiración y amor ante Dios
El Papa León XIV presidió este domingo la oración del Ángelus ante una multitud de fieles y peregrinos. En su reflexión, centrada en el Evangelio de la Transfiguración del Señor (Mt 17,1-9), el pontífice presentó este misterio como un «icono lleno de luz» que revela el verdadero rostro de Dios en Jesucristo.
El Santo Padre describió cómo Jesús, acompañado por Pedro, Santiago y Juan en el monte alto, se transfigura: su rostro brilla «como el sol» y sus vestiduras se vuelven «blancas como la luz». Moisés y Elías aparecen junto a él, simbolizando que Cristo cumple la Ley y los Profetas. La voz del Padre desde la nube luminosa proclama: «Este es mi Hijo muy querido», mientras una nube cubre la escena, manifestando el estilo humilde y confidencial de la revelación divina.
León XIV subrayó que esta gloria no es un espectáculo grandioso, sino una anticipación de la Pascua: la luz que surge de la muerte y resurrección de Cristo. Esta luz se derrama especialmente sobre «los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria». Mientras el mal deshumaniza convirtiendo la carne en mercancía o masa anónima, «precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios». El Redentor, afirmó, transfigura las llagas de la historia e ilumina la mente y el corazón del hombre.
En el clímax de su alocución, el Papa lanzó una interpelación directa y conmovedora: «¡Su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Aún nos atrae? El verdadero rostro de Dios, ¿encuentra en nosotros una mirada de admiración y de amor?». Recordó que Dios responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador, rescata de la soledad agnóstica mediante la comunión del Espíritu Santo y fortalece la fe débil con la promesa de la resurrección.
Invitó a los fieles a aprovechar el tiempo cuaresmal para el silencio que escucha la Palabra y la conversión que gusta de la compañía del Señor. Pidió a María, «Maestra de oración y Estrella de la mañana», que custodie los pasos en la fe.
Tras el rezo del Ángelus, el pontífice expresó su «profunda preocupación» por la escalada de tensiones en Oriente Medio e Irán, donde amenazas mutuas y armas ponen en riesgo una «tragedia de enormes proporciones». Hizo un «llamamiento encarecido» a detener la espiral de violencia mediante «un diálogo razonable, auténtico y responsable», y a que la diplomacia promueva el bien común basado en la justicia.
También mencionó los enfrentamientos entre Pakistán y Afganistán, urgiendo un retorno urgente al diálogo, y rezó por la paz en todos los conflictos: «Solo la paz, don de Dios, puede sanar las heridas entre los pueblos».
El Papa mostró cercanía a las víctimas de las inundaciones en Minas Gerais (Brasil), orando por ellas, sus familias y los rescatistas.
Finalmente, saludó con calidez a grupos de fieles de Camerún, Rumanía, Eslovaquia, Estados Unidos, España (destacando la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte de Jaén) y diversas comunidades italianas, deseándoles un feliz domingo en este camino cuaresmal.
Texto completo del Ángelus:
PAPA LEÓN XIV
ÁNGELUS
Plaza de San Pedro
Domingo, 1 de marzo de 2026
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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
El Evangelio de la liturgia de hoy compone para todos nosotros un icono lleno de luz, narrando la Transfiguración del Señor (cf. Mt 17,1-9). Para representarlo, el evangelista sumerge su pluma en la memoria de los apóstoles, pintando a Cristo entre Moisés y Elías. El Verbo hecho hombre se encuentra entre la Ley y la Profecía; él es la Sabiduría viviente, que lleva a cumplimiento cada palabra divina. Todo lo que Dios ha mandado e inspirado a los hombres encuentra en Jesús su manifestación plena y definitiva.
Como en el día del bautismo en el Jordán, también hoy escuchamos la voz del Padre en el monte, que proclama: «Este es mi Hijo muy querido», mientras el Espíritu Santo cubre a Jesús con una «nube luminosa» (Mt 17,5). Con esta expresión, realmente singular, el Evangelio describe el estilo de la revelación de Dios. El Señor, cuando se manifiesta, nos revela su magnificencia; frente a Jesús, cuyo rostro brilla «como el sol» y cuyas vestiduras se vuelven «blancas como la luz» (cf. v. 2), los discípulos admiran el esplendor humano de Dios. Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una confidencia solemne.
La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua, acontecimiento de muerte y de resurrección, de tinieblas y de luz nueva que Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria. En efecto, mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios. El Redentor transfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón. ¡Su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Aún nos atrae? El verdadero rostro de Dios, ¿encuentra en nosotros una mirada de admiración y de amor?
El Padre responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador; el Espíritu Santo nos rescata de la soledad agnóstica ofreciéndonos una comunión eterna de vida y de gracia; frente a nuestra fe débil, se encuentra el anuncio de la resurrección futura. Esto es lo que los discípulos habían visto en el fulgor de Cristo, pero para comprenderlo se necesita tiempo (cf. Mt 17,9). Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor.
Mientras experimentamos todo esto durante la Cuaresma, pidamos a María, Maestra de oración y Estrella de la mañana, que custodie nuestros pasos en la fe.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Sigo con profunda preocupación lo que está sucediendo en Oriente Medio y en Irán en estas horas dramáticas. La estabilidad y la paz no se construyen con amenazas mutuas, ni con armas, que siembran destrucción, dolor y muerte, sino solo a través de un diálogo razonable, auténtico y responsable.
Ante la posibilidad de una tragedia de enormes proporciones, hago un llamamiento encarecido a las partes implicadas para que asuman la responsabilidad moral de detener la espiral de violencia antes de que se convierta en un abismo irreparable. Que la diplomacia recupere su papel y se promueva el bien de los pueblos, que anhelan una convivencia pacífica, basada en la justicia.
En estos días llegan además noticias preocupantes de enfrentamientos entre Pakistán y Afganistán. Elevo mi súplica por un urgente retorno al diálogo. Recemos juntos para que prevalezca la concordia en todos los conflictos del mundo. Solo la paz, don de Dios, puede sanar las heridas entre los pueblos.
Estoy cerca de la población del estado brasileño de Minas Gerais, afectada por violentas inundaciones. Rezo por las víctimas, por las familias que han perdido sus hogares y por todos los que participan en las operaciones de socorro.
Saludo con afecto a todos ustedes, romanos y peregrinos de diversos países, en particular al grupo de cameruneses que viven en Roma, acompañados por el presidente de la Conferencia Episcopal de ese país, que, si Dios quiere, tendré la alegría de visitar en el mes de abril.
Doy la bienvenida a los fieles de la diócesis de Iaşi, en Rumanía; a los de Budimir cerca de Košice, en Eslovaquia; a los de Massachusetts, en Estados Unidos; y a la Cofradía del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, de Jaén, en España.
Saludo a los fieles de Nápoles, Torre del Greco y Afragola, de Caraglio y Valle Grana, de Comitini, Crotone, Silvi Marina y de la parroquia de San Luigi Gonzaga en Roma; así como a los jefes scouts del grupo “Val d’Illasi”, cerca de Verona, y a los jóvenes de Faenza que han recibido la Confirmación.
¡A todos les deseo un buen domingo!
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