13 abril, 2026

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¡Somos la obra de arte!

No la paleta de colores

¡Somos la obra de arte!

Vivimos en una época en la que la palabra felicidad se ha convertido en un reclamo publicitario. Se promete en libros de autoayuda, en experiencias rápidas y en productos que garantizan bienestar inmediato. Pero lo cierto es que, cuánto más la buscamos fuera, más se nos escurre entre los dedos.

Porque la felicidad no se negocia, no se compra ni se trueca. No viaja en business class ni se reserva en un espacio VIP. La felicidad es un camino compartido y un reto personal y, sobre todo, un don que brota de dentro y que nadie puede sustituir por sucedáneos.

Sucedáneos que cansan el alma

Sustituimos -en ocasiones- esa felicidad por sucedáneos de más bajo coste porque pensamos que todo tiene su precio. Y, no sé si por miedo o impotencia imaginada, abandonamos el esfuerzo de alcanzar esa meta, buscándola fuera de nosotros, como un aderezo que pudiera embellecernos; buscamos fuera lo que solo está en nuestro interior como reflejo fiel.

En palabras ajenas

“Por lo que más quieras no dejes que me unte las manos con vaselina… aspirar a ser felices; conformarnos con tener como real el concepto. Diez centímetros más abajo, estar bien. Bueno con divertirme me llega y, al final de la olimpiada entierras el tablón y no quieres sufrir más”

SABE A CHOCOLATE,

PERO NO ES CHOCOLATE

Estamos destinados a la felicidad, pero no a ésa que dice en el folleto de “autoayuda” “con sabor a felicidad”.

Estamos destinados a amar y ser amados.

En palabras ajenas

«El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente.”

(JUAN PABLO II Encíclica Redemptor hominis, n. 10, 4 de marzo de 1979).

El arte de vivir

Cada uno de nosotros es una obra de arte irrepetible. La paleta de colores -los afectos, los sentimientos, los instantes de alegría̶- puede estar al alcance de todos. Pero la obra de arte es única, personal, irrepetible.

Desde nuestra libertad decidimos cada trazo, cada pincelada. Y también aceptamos que, en el cuadro de la vida, habrá luces y sombras.

El dolor no destruye la obra: la profundiza. Cuando se vive desde el amor, el sufrimiento deja de ser absurdo y se convierte en semilla fecunda.

Y esta es la raíz de la felicidad. Felicidad que no se receta en el centro de salud y no se vende en las farmacias. Tampoco luce sus colores en el “mercadillo” veraniego.

Dolor y Felicidad

Y hay que aceptar que el dolor y el amor son “el haz y el envés” de la misma hoja.

Soy capaz de amar, en la medida en que soy capaz de sufrir por ese amor. Y soy capaz de sufrir en la medida que soy capaz de amar.

Cuando no se entiende esto, el dolor retuerce el alma.

En palabras ajenas

“… La vergüenza de sentirme tan inútil y la rabia de morir como un cristo no cristiano”

“Y yo, cansada de amar odio a Dios con todas mis fuerzas, y me asquea hasta la náusea todo lo que me sugiera algo parecido a perfección, bondad, justicia y tanta santidad. Me cansa, me aburre y me enrabia…”

Felicidad y placer

La felicidad es al alma, lo que el placer es al cuerpo.

Felicidad y dolor conviven amistosamente, pero dolor y placer simultaneados, se destruyen mutuamente.

Si rompemos la relación natural jerarquizada, lo sensible, que es bueno en su naturaleza, se convierte en sensual y esta sensualidad se convierte en una caricatura del amor humano, confundiendo medios con fines.

La libertad es la joya que adorna y embellece nuestra vida, pero lleva implícita la responsabilidad de “cargar con nosotros mismos”

En palabras ajenas

“Sé que si soy constante puedo llegar a montarme encima de la felicidad. Pero cuánto cuesta la constancia, el no mirar nunca hacia atrás, el mirar atrás, el mirar atrás y no dolerse…”

Recomenzar cada día

“Hoy es el primer día del resto de tu vida”. Esa frase, tantas veces repetida, es en realidad

profundamente cristiana. Cada jornada es un nuevo inicio.

El pasado es experiencia, nunca residencia.

El verano se termina. Parar, callar y escucharnos puede ayudar a reciclar lo vivido...

El poeta William Ernest Henley

“Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”

¿Qué puedo hacer?

Un poema de Mario Benedetti puede dar pistas

No te rindas, aun estás a tiempo

De alcanzar y comenzar de nuevo,

Aceptar tus sombras, enterrar tus miedos

Liberar el lastre, retomar el vuelo.

No te rindas, por favor no cedas,

Aunque el frio queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se ponga y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma,

Aún hay vida en tus sueños,

Porque cada día es un comienzo,

Porque ésta es la hora y el mejor momento,

Porque no estás sola,

Porque yo te quiero.

Quien tiene un AMIGO está salvado.

Dios es EL AMIGO que siempre te mira con infinita misericordia y no está en la cadena comercial, ni cotiza en bolsa…

Rosa Montenegro

Pedagoga, orientadora familiar (UNAV) y autora del libro “El yo y sus metáforas” libro de antropología para gente sencilla. Con una extensa experiencia internacional en asesoramiento, formación y coaching, acompaña procesos de reconstrucción personal y promueve el fortalecimiento de la identidad desde un enfoque humanista y transformador.