Ser posada
Aprender a ser hogar para Dios y para los demás
El pasado fin de semana he estado de mercadillo en mercadillo. Y lo he hecho sin ánimo de imbuirme en el ambiente del Black Friday, simplemente se me acumularon varios a lo que quería ir en esos dos días. Iniciativas solidarias por una buena causa que, cada año, marcan el inicio del periodo navideño.
Una buena ocasión de ayudar y, también, de compartir encuentros. He podido estar con personas que hacía mucho que no veía, aunque el propósito desde hace tiempo era hacerlo. Y es que es una realidad que el tiempo es el mayor bien que tenemos por lo limitado y escaso que es.
He aprovechado y hecho algunas compras. Cosas bonitas para regalar a personas muy bonitas. Entre ellas, una muy especial, una balconera con la imagen de la Sagrada Familia en la que se puede leer: Aquí sí hay posada.
Al verla fue como un flechazo directo al corazón, pero sabiendo que ese amor tendría que ser platónico puesto que yo no tengo terraza ni balcón. Sin embargo, enseguida me vino un nombre muy claro. Parecía que esa flecha lo llevaba inscrito en ella: era el nombre de una amiga muy especial.
En ese momento supe que era el regalo que estaba buscando para esta persona concreta. Y es que tengo clarísimo que en su hogar sí que hay posada para Jesús, María y José.
Envolviéndola miraba a San José, a la Virgen y al Niño Jesús y descubrí el deseo tan grande que tenía de poder ser también yo su posada. Y pensaba en cómo me gustaría que mi corazón pudiera ser para los tres un pesebre calentito y mullidito, siempre, no solo ahora durante el Adviento y la Navidad.
Ser posada…
Una posada es ese lugar de paso donde el peregrino puede descansar de su caminar. Un espacio donde recargar fuerzas, calentarse, comer bien y dormir. Donde encontrarse con otros viajeros de muy diferentes lugares que caminan hacia sus destinos. Un lugar donde dialogar con otros o donde simplemente descansar.
Y pensaba en esas personas que son posada para mí. Me las imagino tipo esas llamadas vitamina y de las que tanto se habla. No son muchas ni muy numerosas, pero todas tienen un rostro con un nombre y algo en común: me quieren tal y como soy, sin exigirme algo a cambio. Me acogen siendo esta Marta vulnerable y limitada. Esta mujer que no llega a todo y que tropieza mil veces. Esta persona con una historia propia en la que se entremezclan aciertos y errores, y que no siempre sabe todo. Es más, que sabe muy poco.
Con ellas y junto a ellas me siento como en casa, pudiendo descalzarme para ponerme en ropa cómoda y quitarme el maquillaje del día. Una verdadera gozada.
Me venían sus nombres. Sus caras. Muchos momentos. Risas, lloros, largas conversaciones y silencios, de esos que lo llenan todo y que no molestan.
Mirando a mi alrededor y escuchando a muchas personas me doy cuenta de que a lo mejor últimamente hemos cambiado número de relaciones por calidad de estas, y de que nos falta algo muy importante que nos hace sufrir mucho: la humildad para poder andar en verdad. Ese poder reconocernos imperfectos y, aun así, amables, dignos de ser amados. Y es que ¿Cómo podré ser posada para alguien si no me miro con verdad y serenidad a mí misma? ¿si no me acepto?
Sin esto, es difícil que podamos ser lugar de descanso para otros porque nunca lo habremos sido para nosotros mismos. Y es que es aquí, quizá, donde comience todo: en permitirnos ser posada para nosotros mismos.
El poder vernos con agrado y con ternura. Con verdad. El reconocernos valiosos tal y como somos sin que tenga que venir alguien a valorarnos o a dar like. El poder mirarnos como nos mira Dios.
Hoy en día, el mundo nos habla de una perfección que no es realista y esto nos lleva a una autoexigencia que lejos de ayudarnos a crecer nos hunde en las profundidades del subsuelo, impidiendo que podamos caminar erguidos. Todo parece que nos lleva a tener que ser super perfectos en todo: como profesional, como madre, como pareja, como amiga, como cocinera, como deportista… en todo lo que hacemos.
Una exigencia centrada en el YO narcisista que nos convierte en acumuladores de experiencias, de éxitos, de planes, de viajes… incluso de relaciones, cosificando a ese otro que tengo a mi lado para también convertirlo en un algo que acumular.
Y siempre resonando expresiones como “si quieres puedes” o “si lo sueñas, puedes lograrlo”, cuando la vida te enseña una y otra vez que no lo puedes todo. Que somos frágiles y finitos, y que controlamos mucho menos de lo que nos gustaría.
Así, nuestro corazón frustrado puede terminar levantando muros, haciendo que esa posada a la que está llamado a ser se vuelva un lugar frío y poco acogedor o, incluso, llegando a colgar el cartel de cerrado al encuentro con los demás para evitar amar.
Y mientras terminaba de envolver la balconera, mirando a ese Niño Jesús que busca posada, en ti y en mí, supe que quería ser de esas personas posada que a pesar de no llegar a todo siempre tienen el corazón encendido para dar calor.

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