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José Félix Merladet

Voces

01 noviembre, 2026

25 min

Señales de la vida, señales de la muerte

Providencia, casualidades y el tiempo interior de nuestra existencia

Señales de la vida, señales de la muerte

La muerte inesperada de una persona cercana puede suscitar una pregunta inquietante: ¿tenemos una edad interior distinta de la que marca el calendario? Entre coincidencias que parecen advertencias, personas que nos transforman sin proponérselo y el misterio del sufrimiento, este ensayo se atreve a plantear una intuición polémica: que nuestra existencia posee un tiempo propio de maduración espiritual y que, en ocasiones, algo en nosotros puede presentir su final antes de que la razón lo comprenda.

I. La decisión de mi primo

Hace pocos días murió un primo mío. Tenía setenta y pocos años, vivía en una residencia y sus facultades mentales se habían deteriorado considerablemente. Estaba bajo tutela.

Me han contado que, ante la sospecha de un linfoma, los médicos quisieron practicarle una biopsia, pero él se negó. Su situación complicó la decisión y la autorización judicial que se planteó no llegó a tiempo. Finalmente falleció a consecuencia de aquella enfermedad, según me han referido. No sé si la biopsia y un eventual tratamiento habrían cambiado el desenlace.

No tengo derecho a atribuirle una voluntad que desconozco. Hay muchas razones para rechazar una prueba, especialmente cuando la lucidez está comprometida. Tampoco confundo esa negativa con un deseo de suicidio. Pero su muerte despertó una pregunta que ya me rondaba desde hacía años: ¿y si a veces, cuando nos acercamos al final, algo muy profundo de nosotros mismos intuyera que ha llegado el momento de partir?

Hablo de una disposición interior que quizá no aflore a nuestra conciencia ordinaria: una inclinación a despedirnos de este cuerpo quejumbroso y concluir esta etapa de nuestro viaje cósmico. Aceptar la muerte no equivale a provocarla. Y una intuición semejante no exime de ofrecer a una persona enferma los cuidados y la protección que necesita.

No quiero convertir el silencio de mi primo en un testimonio que nunca me dio. Pero su muerte ha avivado dos intuiciones que me acompañan desde hace años: que la vida nos habla a través de señales, a veces para corregirnos, y que cada existencia posee, además del tiempo visible del organismo, un tiempo interior cuya maduración acaso tenga algo que ver con la despedida.

II. Las señales que no queremos ver

Hay cosas que nunca contamos, que ni siquiera nos contamos a nosotros mismos. No porque sean vergonzosas, sino porque sospechamos que nadie nos creería. O, peor aún, nos escucharían con esa sonrisa comprensiva que reservamos para quienes parecen haber perdido el juicio.

Son experiencias que nos hacen sospechar que el azar no siempre es tan azaroso como parece. Encuentros improbables, contrariedades que llegan en un momento preciso y parecen ser correlativas a alguna acción nuestra, frases escuchadas por casualidad que parecen interpelarnos directamente. Muchos hemos sentido la inquietante impresión de que alguien —o algo— nos enviaba una advertencia, una corrección, a veces incluso una reprimenda. Como si Dios, la Providencia o alguna inteligencia oculta hubiera decidido darnos un pequeño tirón de orejas.

Por supuesto, existe una explicación más sencilla: tenemos tendencia a encontrar conexiones donde solo hay acontecimientos independientes. Recordamos las coincidencias extraordinarias y olvidamos las innumerables que no significaron nada. Esa explicación es razonable y, en muchos casos, suficiente.

Pero ¿y si no siempre lo fuera? ¿Y si algunas casualidades fueran precisamente las señales que no sabemos interpretar? ¿O, más inquietante todavía, las que comprendemos pero no queremos reconocer porque nos obligarían a cambiar?

No me basta despachar todas esas experiencias como simples trampas de la memoria. Creo que, a veces, lo que llamamos casualidad puede ser una forma discreta de la Providencia: no una voz que dicta órdenes, sino una llamada que corrige el rumbo. A fuerza de considerar muda a la realidad, quizá hemos dejado de escucharla.

También hace falta educar la mirada. Muchas cosas estaban ahí desde siempre y tardamos años en descubrirlas, no porque estuvieran escondidas, sino porque aún no habíamos aprendido a verlas. Quizá algunas señales de la vida y algunos indicios de su final no aparecen de repente; quizá lo que cambia, a veces, es nuestra capacidad de prestar atención. No todo lo invisible está oculto y hay cosas a la vista que todavía no sabemos mirar.

III. Las casualidades y la Providencia

Aristóteles distinguió en su Física los acontecimientos necesarios de los encuentros accidentales entre distintas cadenas de causas. Podemos salir a comprar pan y encontrarnos con alguien cuya conversación transforme nuestra vida. El encuentro tiene causas perfectamente naturales, pero eso no agota lo que acabará significando para nosotros.

Santo Tomás de Aquino sostuvo que la existencia de causas contingentes no excluye el gobierno providencial de la creación. Desde esa perspectiva, una coincidencia puede tener causas naturales sin quedar necesariamente fuera del orden de la Providencia.

Pero creer que nuestra vida posee un sentido es distinto de pretender conocer el sentido particular de todo cuanto nos sucede.

El psicólogo Carl Gustav Jung llamó sincronicidad a ciertas coincidencias significativas sin relación causal conocida. Muchas podrían explicarse por la selección de nuestros recuerdos. Pero otras conservan, incluso cuando las examinamos con espíritu crítico, una extraña capacidad de interpelarnos.

Y ahí está, para mí, lo decisivo: cuando una coincidencia nos obliga a reconocer una falta, reparar un daño o cambiar de vida, deja de ser irrelevante. Ignoro de dónde procede esa llamada, pero sus frutos importan. El Evangelio propone reconocer el árbol por sus frutos: las interpretaciones que alimentan nuestra vanidad merecen desconfianza; las que nos exigen comprender mejor y amar más merecen atención.

No propongo perseguir presagios ni creernos intérpretes privilegiados de los designios divinos. Propongo algo más exigente: vivir atentos a la posibilidad de que algunos acontecimientos nos estén hablando y nos pidan una respuesta moral.

IV. Señales con rostro humano: los maestros insoportables

El domingo siguiente a la muerte de mi primo asistí a una misa en la que mi buen amigo el padre Koldo rezó por él. En su homilía recordó los preceptos bíblicos de proteger a las viudas, a los huérfanos y a los extranjeros, y el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo.

Después dijo algo especialmente incómodo: también debemos amar a las personas desagradables. No solamente a los amigos o a quienes despiertan simpatía, sino a esos individuos que son, sencillamente, un callo en el pie o algo peor.

Aquello me hizo pensar que, si las señales existen, algunas pueden tener rostro humano. ¿Y si ciertas personas insoportables fueran nuestros mejores maestros? Quien nos contradice puede obligarnos a revisar nuestras certezas. El vanidoso que nos irrita quizá refleja una vanidad que también poseemos. Quien agota nuestra paciencia nos revela cuánto nos falta de ella.

No se trata de tolerar abusos: a veces la lección consiste precisamente en aprender a poner límites. Pero hay encuentros difíciles que nos transforman sin que sus protagonistas se lo propongan. Nuestros enemigos más acérrimos pueden convertirse, involuntariamente, en maestros de algo que no queríamos aprender.

Quizá algunas personas difíciles sean precisamente quienes interrumpen nuestras distracciones y nos obligan a mirarnos de frente.
Es extraño pensarlo: a veces aprendemos tanto de aquellos a quienes amamos como de aquellos a quienes odiamos.

V. El escándalo del sufrimiento

Si las contrariedades pueden enseñarnos, surge una pregunta mucho más grave: ¿qué ocurre con el sufrimiento verdadero? Una enfermedad o una pérdida pueden hacernos más generosos, más humildes o más atentos a lo esencial. Pero también existen dolores que destruyen.

Y aparece entonces una objeción terrible: si Dios es Padre, ¿por qué permite sufrimientos que un buen padre humano no querría para sus hijos? No basta responder que el dolor nos educa. Que alguien extraiga un bien de una desgracia no demuestra que esa desgracia fuera necesaria ni que se le enviara para producirlo.

El libro de Job cuestiona la explicación del sufrimiento como castigo. Jesús rechaza que la ceguera de nacimiento de un hombre se deba a sus pecados o a los de sus padres (Juan 9, 1-3). Y, al recordar a las dieciocho víctimas del derrumbe de la torre de Siloé, niega que fueran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén (Lucas 13, 4-5). Dostoievski, en Los hermanos Karamázov, hace del sufrimiento de los niños inocentes una objeción formidable contra cualquier armonía universal que pretenda justificarlas.

Aquí conviene una distinción moral fundamental: puedo preguntarme qué me ha enseñado mi propio dolor; no tengo derecho a asegurar por qué tenía que sufrir otra persona. Una cosa es decir «Dios le ha enviado esta desgracia» y otra «en esta desgracia he descubierto algo que antes no quería escuchar». La primera presume pretenciosamente conocer el designio divino; la segunda reconoce una experiencia.

La cruz de Cristo añade a esta reflexión un horizonte singularmente cristiano: Dios no contempla desde lejos el sufrimiento humano, sino que en Jesús lo comparte. La fe no convierte el dolor en algo deseable, ni resuelve fácilmente el problema del mal. Pero invita a acompañar a quienes sufren antes que a explicarles por qué deben sufrir.

VI. ¿Tiene cada vida una edad interior?

Llegamos al centro de estas reflexiones. Estamos acostumbrados a medir una vida por los años transcurridos desde el nacimiento. Pero el calendario no explica por sí solo la madurez de una persona. Conocemos ancianos de entusiasmo juvenil y personas mucho más jóvenes que parecen haber agotado prematuramente su capacidad de asombro.

Me atrevo a sostener que vivimos, en cierto sentido, tres edades: la cronológica, que cuenta los años vividos; la biológica, que refleja el envejecimiento del organismo; y la espiritual, que mide, si cabe hablar de medida, nuestra capacidad de comprender, amar, perdonar y desprendernos de aquello que antes nos dominaba.

Cada existencia podría poseer su propio tiempo de maduración, un reloj interior que no marcha al mismo ritmo que el calendario. Un hombre puede cumplir noventa años y continuar prisionero de rivalidades infantiles; otro puede alcanzar mucho antes una serenidad singular. Y me atrevo a ir más lejos: ¿y si ese reloj interior pudiera, llegado el final, saber algo que la razón todavía ignora?

Confucio describió las etapas de su aprendizaje en las Analectas (II, 4): a los quince años se consagró al estudio; a los treinta se afirmó; a los cuarenta dejó atrás las dudas; a los cincuenta comprendió el mandato del Cielo; a los sesenta aprendió a escuchar; y a los setenta podía seguir los deseos de su corazón sin apartarse de la rectitud. Es una autobiografía de maduración, no una tabla de edades obligatorias.

El libro de la Sabiduría ofrece una distinción afín: la edad venerable no depende solo del número de años, sino de la inteligencia y de una vida recta (Sabiduría 4, 8-9). Esto no significa que las muertes tempranas sean vidas necesariamente «cumplidas». Significa que duración y hondura moral no son lo mismo. Y nadie puede conocer lo que hay en la piel de otro.
El filósofo Plotino se preguntó si la felicidad aumenta por el mero hecho de prolongarse una vida (Enéadas, I, 5). Su planteamiento ayuda a separar plenitud de longevidad.

Estos autores no explican por qué se detiene un corazón. Pero tampoco nos obligan a creer que la vida interior sea enteramente ajena a la proximidad de nuestro final. Mi intuición va un poco más lejos: sospecho que, en algunos casos, presentimos la despedida antes de que nuestra conciencia consiga siquiera nombrarla.

VII. Los dos tiempos: san Agustín y Bergson

San Agustín se preguntó en el libro XI de sus Confesiones qué es el tiempo. El pasado ya no existe, el futuro todavía no ha llegado y el presente se desvanece. Sin embargo, vivimos el pasado en la memoria, el presente en la atención y el futuro en la expectativa. El tiempo humano no se limita al que mide el reloj: también es una experiencia interior.

Muchos siglos después, Henri Bergson llamó duración (durée) al fluir de la conciencia, que no se deja dividir sin pérdida en instantes homogéneos. Una hora de espera angustiosa y una hora de felicidad duran lo mismo para el cronómetro, pero no para quien las vive. Cada experiencia transforma el modo de recordar las anteriores.

La hipótesis de una edad espiritual encuentra aquí un fundamento filosófico sobrio: no porque Agustín o Bergson hayan descubierto un mecanismo que anuncie la muerte, sino porque muestran que existe un tiempo vivido distinto de la sucesión de fechas.

Tal vez nuestra vida transcurra bajo dos relojes: uno que cuenta los años que pasan y otro que registra —si puede decirse así— cuánto hemos aprendido a ser. El primero tiene calendario. El segundo no dispone de esfera ni de agujas.

VIII. Shakespeare: preparación y madurez

Quizá Shakespeare haya expresado mejor que nadie la diferencia entre la hora que llega y la disposición con la que la recibimos.

En Hamlet, poco antes del duelo fatal, Horacio advierte que el príncipe tiene un mal presentimiento y le propone aplazarlo. Hamlet responde rechazando los augurios y recuerda una providencia especial incluso en la caída de un gorrión —imagen que evoca a Mateo 10, 29— y concluye: «Estar preparado lo es todo». No afirma que sepa cuándo morirá. Acepta, más bien, que no puede gobernar ese momento pero puede prepararse para él.

En El rey Lear encontramos una frase sorprendentemente próxima: «La madurez lo es todo». Readiness y ripeness: preparación y madurez no son palabras equivalentes. Estar preparado puede significar asumir serenamente algo inevitable; haber madurado remite a un proceso anterior, a una transformación.

¿Pero, y si la preparación para morir fuese al cabo algo más que resignación: la señal de que una vida ha alcanzado una forma secreta de madurez? ¿Y si, sin determinar la fecha de nuestra muerte, esa madurez nos permitiera reconocer de algún modo su proximidad?

Marco Aurelio ofrece una imagen que parece reunirlas: la aceituna madura que cae del árbol agradecida a la tierra y a la rama que la sostuvieron. El fruto no desprecia el árbol ni se rebela contra él; simplemente se desprende. Es una metáfora muy bella para algunas despedidas serenas, aunque insuficiente para explicar tantas muertes prematuras que pensamos injustas.

IX. ¿Nos cambia saber que vamos a morir?

Martin Heidegger, en Ser y tiempo, llamó ser-para-la-muerte a una dimensión esencial de la existencia humana: vivimos atravesados por la posibilidad de nuestro final, aunque habitualmente la olvidemos entre obligaciones, proyectos y distracciones. Anticipar nuestra muerte, en este sentido, no significa conocer su fecha ni desearla. Significa aceptar nuestra condición finita y responder por las posibilidades que todavía tenemos.

La pregunta de Heidegger ilumina la idea de una edad interior: quizá madurar sea dejar de vivir como si dispusiéramos de un tiempo ilimitado. Podemos llegar a esa comprensión muy jóvenes o eludirla hasta una edad avanzada.

Kant introduce, sin embargo, una objeción complementaria. En la Crítica de la razón práctica, la perfección moral aparece como una tarea que no cabe dar por terminada durante nuestra vida terrena. ¿Quién podría declarar que ya ha aprendido todo lo necesario sobre el amor, la justicia o el perdón? La conciencia de nuestros límites puede ser precisamente una señal de madurez.

Ambos filósofos nos obligan a distinguir algo decisivo: sentir que una etapa de nuestra vida —acaso la última— ha concluido no significa que nuestra tarea en el mundo haya terminado. Podemos estar reconciliados con nuestra trayectoria y seguir siendo necesarios para otros. Incluso aceptar cuidados, agradecer y acompañar puede constituir un aprendizaje espiritual.

X. La tentación de morir a tiempo

Nietzsche ofrece el contrapunto más provocador. En Así habló Zaratustra, «De la muerte voluntaria», hace reflexionar a su personaje sobre morir en el momento apropiado, como si el final de la vida pudiera elegirse atendiendo a su plenitud.

Es una provocación especialmente próxima a nuestra pregunta, pero también una diferencia decisiva. La intuición de una madurez interior no puede servir para justificar que alguien provoque su propia muerte o que la existencia de una persona vulnerable valga menos. Para el cristianismo, la dignidad de la persona no depende de su productividad, lucidez o vigor. Aceptar la muerte cuando llega y precipitarla voluntariamente no son lo mismo.

Nietzsche nos obliga, precisamente, a revisar una expresión tentadora: ¿qué significa estar «listo para morir»? Quizá la madurez no consista en morir a tiempo, sino en vivir el tiempo que nos corresponda sin aferrarnos a él desesperadamente. Pero no cabe descartar que, en ocasiones, ese desprendimiento interior preceda de un modo misterioso a la muerte, sin que por ello la provoque.

XI. La supraconciencia y los presentimientos

Llegamos a la hipótesis más arriesgada. Solemos hablar del subconsciente: procesos que influyen en nuestra conducta sin acceder a la conciencia. Pero ¿podría existir algo que, a falta de mejor palabra, llamaríamos supraconciencia: una forma de sabiduría integradora, una perspectiva interior más amplia que nuestras preocupaciones ordinarias?

No sé si esa supraconciencia corresponde a una facultad autónoma, a una dimensión del alma o a algo de la mente que todavía no comprendemos. Pero me resisto a reducirla de antemano a una simple metáfora. Hay momentos en que uno sabe, sin poder explicar cómo, que sus antiguas prioridades han cambiado. Dejamos de necesitar un triunfo, perdonamos una ofensa o encontramos paz ante una realidad que antes nos aterrorizaba.

Varias personas me han relatado casos de familiares y amigos que, encontrándose aparentemente sanos, anunciaron con sorprendente precisión la proximidad de su propia muerte. Quizá algunos testimonios se expliquen por la memoria selectiva o por señales corporales apenas percibidas. Pero ¿por qué dar por sentado que todos obedecen a esas causas? ¿Y si algunas personas percibieran, de una manera que aún no comprendemos, la cercanía de su final? No hablo de relojes biológicos infalibles ni de supuestas demostraciones cuánticas, sino de una posibilidad que merece ser pensada.

Me intriga una idea todavía más extraña: que alguien pueda estar interiormente dispuesto a partir mientras su conciencia continúa aferrándose a la vida. Estar preparado para la muerte y querer morir son dos cosas muy distintas.

XII. Las señales a ambos lados de la muerte

Pero quizá las señales no circulen en una sola dirección. Del mismo modo que algunos vivos creen presentir la proximidad de su muerte, ¿no habrán imaginado los seres humanos, desde tiempos remotos, que también los muertos podían percibir de alguna manera la vida que dejaban atrás?

Esta reflexión me vino al visitar recientemente, junto a Manuel Pimentel, Fernando López Mirones y otros compañeros de viaje, el impresionante dolmen de Soto, en Trigueros (Huelva), levantado hace unos cinco mil años. En su enorme i6hnterior se documentaron ocho enterramientos, con cadáveres dispuestos en cuclillas junto a grandes piedras grabadas con signos identificadores. Pero quizá lo más conmovedor sea su orientación: al amanecer de los equinoccios, la luz del sol penetra por el largo corredor  alcanzando esos cuerpos,uno por uno, en la cámara funeraria.

Aunque no sabemos con certeza qué significado atribuían a esa luz los constructores del dolmen, nos gusta imaginar que aquellos hombres quisieron hacer llegar a sus difuntos, siquiera simbólicamente, la luz y la energía del sol: un contacto fugaz con el mundo de los vivos, que seguía amaneciendo más allá de la tumba.

Ese empeño por mantener algún vínculo entre los dos mundos reaparece de formas diversas. Los antiguos egipcios depositaban alimentos y objetos cotidianos en las tumbas, dentro de sus creencias sobre la existencia de ultratumba. En Madagascar, mediante el rito del famadihana, algunas comunidades desentierran periódicamente a sus antepasados, envuelven de nuevo sus restos y celebran su memoria en familia. Ni todos estos ritos tienen el mismo significado ni podemos atribuirles una única concepción del más allá. Pero sugieren hasta qué punto la humanidad se resiste a aceptar que la muerte cierre por completo nuestra relación con quienes partieron. Para el cristianismo, esa relación adquiere otra expresión en la comunión de los santos y la esperanza de la resurrección que celebramos a principios de noviembre.

Los vivos buscando señales de la muerte. Y los muertos, acaso, recibiendo señales de la vida. Dos caras de un mismo misterio; y quizá el sentido más profundo del título de estas páginas.

XIII. Un joven que preguntó a la Muerte

Hay un relato oriental que resulta especialmente apropiado para esta cuestión. En la Katha Upanishad, el joven Nachiketa se encuentra con Yama, señor de la muerte, y le pregunta por el destino del ser humano después de morir. Yama intenta apartarlo del misterio ofreciéndole riqueza, poder, placeres y una vida larguísima. Pero el muchacho no se deja distraer: sabe que todos esos dones son pasajeros y prefiere conocer la verdad sobre la muerte.

La escena es extraordinaria: quien pregunta por la muerte no es un anciano agotado, sino un joven. La lucidez sobre la finitud no coincide necesariamente con la edad cronológica. Y la cuestión que le importa no es cómo prolongar indefinidamente el tiempo, sino qué significado posee.

Ese encuentro literario con la Muerte sirve para iluminar la pregunta que atraviesa este ensayo: ¿cuándo empezamos a comprender que nuestra existencia no se mide solo por su duración?

XIV. Tolstói y la muerte como revelación

Tolstói exploró esta frontera con una penetración excepcional. En La muerte de Iván Ilich, un hombre enfermo descubre que gran parte de su existencia socialmente respetable transcurrió lejos de lo esencial. Su sufrimiento no queda por ello justificado, pero lo enfrenta con una pregunta que había evitado: ¿ha vivido de verdad como debía?

En el desenlace, la compasión hacia los suyos transforma su relación con la muerte. No es que la transformación cause su fallecimiento, sino que cambia el significado que este adquiere para él.

En Guerra y paz, el príncipe Andréi sueña que intenta mantener cerrada una puerta tras la cual se encuentra la muerte. Cuando la puerta se abre, experimenta la revelación de que morir es despertar. Tolstói no proporciona una prueba sobre el más allá; imagina literariamente el tránsito del terror a una aceptación distinta de todo lo anterior.

Ambas escenas nos recuerdan que hay dos preguntas que no deben confundirse: por qué muere un organismo y cómo vive una persona el acercamiento de su muerte. La medicina busca responder a la primera. La literatura, la filosofía y la fe pueden explorar la segunda.

XV. El cansancio, el desprendimiento y la libertad

Existe un cansancio de vivir que procede de la enfermedad, la soledad, la depresión o la desesperanza. Requiere escucha, cuidados y, cuando es posible, tratamiento. No demuestra que alguien haya cumplido una misión ni que deba desaparecer.

Pero existe también algo distinto del cansancio: el desprendimiento. Una persona puede conservar su interés por el mundo, disfrutar de la belleza y amar profundamente a los suyos sin exigir que su existencia dure para siempre. Puede dejar de buscar reconocimiento y dedicar sus últimos años a la reconciliación, la gratitud y el afecto.

La antigua idea de que aprender a vivir incluye aprender a morir no convierte el final en un bien que debamos adelantar: invita a reconocer los límites de nuestra existencia.

Quizá la preparación para morir no sea enemiga del deseo de vivir. Al contrario: quien deja de exigirse una permanencia ilimitada, como ansían hoy los transhumanistas, puede descubrir una libertad desconocida para disfrutar el tiempo que todavía tiene.

XVI. ¿Y si ambas intuiciones fueran una sola?

He llegado a sospechar que mis dos intuiciones son inseparables: la vida nos corrige, a veces con una precisión que asombra, y la proximidad de la muerte nos enfrenta a cuanto hemos llegado a ser. ¿Y si las señales del camino y la disposición a dejarlo formaran parte de una misma pedagogía?

Tal vez la existencia sea una educación de la libertad. Algunas experiencias llegan con tal oportunidad que cuesta reducirlas a meros accidentes: desenmascaran nuestra vanidad, nos fuerzan a reconocer errores y nos enseñan a amar con menos egoísmo. Llamarlas señales no demuestra su origen, pero expresa la huella profunda que han dejado en nosotros.

Sospecho que madurar consiste en escuchar esas llamadas cada vez con menos resistencia. Primero nos desprendemos de ciertas equivocaciones; después, de ambiciones que considerábamos indispensables; finalmente, de la ilusión de poseer para siempre aquello que hemos recibido solo temporalmente.

Pero obviamente el proceso nunca puede convertirse en una explicación de todas las muertes. La maduración moral quizá no termine nunca; la conciencia de nuestra mortalidad debería ayudarnos a vivir el presente; y el deseo de encontrar sentido no nos autoriza a elegir o justificar el final de otra persona.

Mi conjetura es más audaz: quizá exista una edad espiritual, invisible en el calendario, que en ciertos momentos nos permita presentir que una etapa esencial se ha cumplido. No sé si ese presentimiento anuncia la muerte o transforma nuestra manera de recibirla. Pero sospecho que nunca es una experiencia trivial.

XVII. La última señal

Vuelvo a mi primo. Ignoro qué entendió él de su enfermedad y por qué rechazó la biopsia; no puedo apropiarme de su silencio para demostrar una idea mía. Pero tampoco tengo por qué renunciar a la pregunta que su muerte despertó: ¿puede haber en nosotros una aceptación del final más profunda que el miedo al dolor de un tratamiento, más honda que la voluntad consciente?

Probablemente esta pregunta nace, en gran parte, de mi propia necesidad de encontrar sentido. Pero tampoco creo que debamos desechar una intuición solo porque no sepamos demostrarla.

Hay misterios que merecen ser explorados sin convertirlos en certezas, y personas cuyo silencio nos obliga a meditar con humildad, nunca a hablar en su nombre.

Sin embargo, su muerte tuvo una consecuencia real: me obligó a reflexionar. Y aquella misa, la oración del padre Koldo y sus palabras sobre las personas difíciles me hicieron pensar en los vulnerables, en quienes han perdido lucidez y en nuestra facilidad para interpretar desde fuera una vida ajena.
Mi primo no me dejó una respuesta, y sería injusto inventársela. Me dejó algo más difícil: la sospecha de que conocemos muy poco de cuanto sucede en el interior de quienes se acercan a la muerte, y la obligación de mirarlos con mayor atención mientras viven.

Si Dios nos habla a través de acontecimientos cotidianos, acaso no lo haga para convertirnos en intérpretes privilegiados de sus designios, sino para despertar nuestra responsabilidad ante los demás. Hay una profunda diferencia entre creer que todo puede tener sentido y pretender conocer el sentido de todo.

En el horizonte cristiano, además, la muerte no es la última palabra: la esperanza de la resurrección impide reducir al ser humano a un cuerpo que se desgasta o a un espíritu que desea escapar de él. La vida corporal conserva su dignidad hasta el final. Y retorna en plenitud después.

No puedo probar que exista ese reloj interior que acaso nos haga presentir nuestra última hora. Pero cada vez me cuesta más creer que una vida se reduzca al tiempo que marca el calendario o al desgaste del organismo. Me atrevo a pensar que  aprender a morir consiste, ante todo, en escuchar cuanto la vida lleva años intentando decirnos, sin la arrogancia de creernos propietarios absolutos de nuestra existencia.
Quizá las señales más importantes no sean las que nos revelan cuándo llegará la muerte, sino las que nos recuerdan, mientras todavía estamos aquí, cómo merece la pena vivir.

Las que no sabemos ver. O, más inquietante todavía, las que siempre estuvieron ante nuestros ojos y solo un relámpago inesperado nos obliga por fin a mirar.

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Referencias principales: Aristóteles, Física, II; Tomás de Aquino, Suma teológica, I, q. 22; Hume, Investigación sobre el entendimiento humano; Jung, Sincronicidad; Confucio, Analectas, II, 4; Katha Upanishad, I, 1, 20-29; Plotino, Enéadas, I, 5; san Agustín, Confesiones, XI; Bergson, Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia; Shakespeare, Hamlet, V, 2 y El rey Lear, V, 2; Marco Aurelio, Meditaciones, IV, 48; Heidegger, Ser y tiempo, §§46-53; Kant, Crítica de la razón práctica; Nietzsche, Así habló Zaratustra, I, «De la muerte voluntaria»; Tolstói, Guerra y paz y La muerte de Iván Ilich; Job; Evangelios de Juan y Lucas; libro de la Sabiduría; Catecismo de la Iglesia Católica.

José Félix Merladet

Escritor. Antiguo funcionario del servicio exterior de la Comisión Europea, estuvo destinado como diplomático europeo en Uruguay, India y Mozambique. Ha sido profesor de las universidades de Navarra y de Deusto sobre cooperación internacional al desarrollo y sobre la India. Fue también Vicesecretario general del Partido Demócrata Europeo.