Se nadie, y que Dios sea todo
Reconocer nuestra pequeñez y descubrir la grandeza de Dios en medio de las pruebas cotidianas
El otro día escuché a un sacerdote decir —no sé si la frase era suya o la había leído—: «En el desierto Moisés aprendió a ser nadie, pero fue también en el desierto donde aprendió que Dios es todo».
Una verdad profunda y sencilla que me encantó. Yo mismo he estado muchas veces en el desierto: he caminado por el Sinaí, he peregrinado por el desierto cerca de Jerusalén, he visitado Petra y el Néguev. Pero no hace falta ir tan lejos. Cada uno, desde su propia vida, puede encontrarse en un desierto interior y hacer esta doble experiencia transformadora.
Porque no solo el desierto físico enseña humildad. La vida, la ciudad, el trabajo, las relaciones humanas… todo nos lleva a comprender que no somos nada por nosotros mismos. Basta con recibir una mala noticia médica, perder un empleo, afrontar una crisis familiar, o vivir la fragilidad del amor humano. La salud, el trabajo, el amor… tantas cosas de las que a veces presumimos o nos sentimos seguros, penden de un hilo.
Aprendemos así, en medio de las dificultades, que somos vulnerables, pequeños, limitados. Que nuestra fuerza no es suficiente. Y que nuestra vida, aunque luchemos por controlarla, está en manos de Otro.
Pero precisamente ahí, cuando uno toca fondo, es donde puede descubrir que Dios es todo. No hace falta ir al desierto: basta con entrar en el desierto del propio corazón.
En la vida cotidiana, en el trabajo, en la oración, en la Eucaristía, en la familia… allí donde sentimos nuestra pequeñez, podemos experimentar que Dios sostiene nuestra vida. Y entonces la peor noticia, la adversidad más grande, no nos derrumba, porque sabemos que Dios está con nosotros.
Como dice el Salmo, «Caerán mil a tu izquierda, diez mil a tu derecha, pero a ti no te alcanzará», y San Pablo recuerda que «todo coopera para el bien de los que aman a Dios».
Qué hermoso es vivir con humildad, reconociendo que por mí mismo no soy nada, pero que con Dios todo es posible. Incluso cuando los planes se derrumban, cuando lo inesperado nos sorprende —como el nacimiento de un hijo con capacidades diferentes, como una enfermedad repentina, como una pérdida dolorosa—, sabemos que no somos dueños de nada, pero Dios es dueño de todo y Él puede sostenernos.
Por eso, no te vayas nunca a la cama sin pedirle a Dios: «Dame, Señor, el don de fortaleza; que, viendo mi pequeñez y mi debilidad, sepa que soy nadie, pero que Tú eres todo y puedes todo.»
En cualquier circunstancia, Él puede darnos ánimo, fuerza y entereza. Incluso si no cambia la situación, puede cambiar nuestro corazón para que sigamos adelante con paz y esperanza.
Como sacerdote, he visto a muchas personas que, en medio del sufrimiento, se mantienen fuertes, firmes, grandes en su pequeñez. Y eso solo es posible porque han aprendido que ellos no son nada, pero que Dios es todo.
Hagamos todo el bien que podamos.

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