San John Henry Newman y el espíritu universitario
Lecciones para recuperar la fineza y la calidez académica
San John Henry Newman (1801-1890), doctor de la Iglesia, fue un universitario a carta cabal. Vivió el espíritu universitario de Oxford, Rector de la Universidad Católica de Irlanda, dedicó varios de sus escritos a la idea de la universidad. Sabía de lo que escribía. No habla como el funcionario que mira a lo universitario como un objeto al que hay que controlar y supervisar. Así como su lema episcopal fue “el corazón le habla al corazón”, del mismo modo, Newman escribe, desde su experiencia y ciencia, de un universitario a otro universitario.
En Auge y progreso de las universidades (Encuentro, 2024, Kindle edition) se puede apreciar, entre otros asuntos, el espíritu universitario rastreable desde los albores de la cultura helénica. “La educación que proporcionaba Atenas -señala Newman- era lo que el estudiante observaba, oía y captaba mediante la magia de la empatía, no lo que leía (p. 68)”. Al maestro se le escucha, se dialoga con él; después, se le lee. Son esos momentos estelares de la docencia universitaria en los que se encuentran la exposición de las ideas y el deseo de conocimiento. Espacios en los que se ilumina un poquito de la realidad, como cuando uno dice “ya lo vi”.
Los años que llevo en la vida universitaria me llevan a enfatizar la importancia de la presencialidad en la formación del universitario. “Los principios generales de cualquier disciplina puede aprenderlos uno mediante libros en casa; pero el detalle, el color, el tono, el espíritu, la vida que hace que esa disciplina viva en nosotros…, todo eso debe uno recibirlo de aquellos en los que ya vive (p. 39)”. En la docencia se transmite vida, se enseña desde la pasión -recordaba otro gran maestro, George Steiner-. Cuando en un aula se consigue estar en la misma longitud de onda, se produce afinidad entre espíritus. Todo aporta e importa: el tono de voz, los gestos, las miradas, los énfasis. Recuerdo, en este sentido, la facilidad con la que el maestro Carlos Llano -profesor de la Universidad Panamericana de México- se manejaba ante un auditorio grande, un aula mediana o la conversación personal a la distancia de un café. Había conexión, la misma que se cuenta de las clases del gran Romano Guardini.
Carlos Cardona, otro gran universitario, metafísico con alma de poeta, indicaba que se aprende de quien se ama. Sí, la docencia fluye mejor cuando hay sintonía entre el profesor y los participantes: cercanía y calidez, talento y sencillez, confianza y respeto. Qué importante es la simpatía, la afinidad; las relaciones personales en el aula, en los entreactos, en los pasillos, en la cafetería, en los patios, en la riquísima vida universitaria en la que se devela la singularidad de todos y cada uno.
¿Qué sucede cuando esta fineza de espíritu tan propia de la universidad se diluye? Lo que queda es bien pobre. La “institución” sigue funcionando, pero sólo a base de procesos. Los profesores se acartonan dedicados a dictar enlatados de conocimientos, siempre iguales, anodinos, ayunos de creatividad. Los procesos han congelado el espíritu y lo han convertido en una gélida estatua, atrapado en papeles e idearios sin vida. A falta de espíritu, sólo queda la materialidad de las estructuras, edificios, sistemas académicos. Necesarios, ciertamente, pero al precio de convertir a profesores y alumnos en los “hombres grises” de la novela Momo de Michael Ende: magníficos ahorradores de tiempos sin alma.
Los estudios universitarios-insiste Newman- han de ayudar a la formación del carácter, en su dimensión intelectual y moral. De ahí que la universidad alcance su plenitud cuando proporciona a sus miembros los medios idóneos para dar respuesta a la necesidad humana de conocer, acompañando a todos los miembros de la comunidad universitaria en la búsqueda incesante de la verdad. Estas razones intemporales no deben ser opacadas por la urgencia de formar profesionales. Sigue vigente el objetivo primario de formar mejores personas, para cuyo fin el cultivo de las Humanidades fomenta el florecimiento de lo humano. Lo meramente utilitario -aun cuando solucione problemas- es insuficiente para la sostenibilidad de la sociedad. El faro de la sabiduría humanística proporciona hondura y altura al saber hacer profesional, facilitando las prácticas valorativas propias de las buenas personas.

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