Rosa y Verbo: El proyecto que nació de soltar el perfeccionismo para dejar espacio a la gracia
La comunicadora Paulina Castillo comparte en 'Rebeldes Podcast' su camino de conversión cotidiana, la importancia de dejar de ser la "solucionadora" de todo y cómo el sacramento del matrimonio transforma la rutina cuando Dios es el centro.
Durante mucho tiempo, Paulina pensó que para tener una historia de conversión hacía falta venir de un pasado dramático o atravesar una tragedia monumental. Sin embargo, su camino hacia un encuentro profundo con la fe no ocurrió de golpe, sino a través de un proceso gradual de sanación interior y del descubrimiento de una libertad insospechada: la de no tener que ser perfecta.
En una sincera conversación en Rebeldes Podcast, conducido junto a Fray Marcos, la comunicadora mexicana afincada en Panamá desgranó cómo nació Rosa y Verbo, una iniciativa en redes sociales que busca acercar a las personas a Jesús a través de María, y cómo la fe ha transformado su vida personal y matrimonial.
Ni «Rosa» por ella, ni «Verbo» por el ego: Un proyecto con dos protagonistas
El nombre del espacio en Instagram no fue una elección casual ni un intento de construir una marca personal. «Tenía muy claro que no quería que fuera mi nombre; quería que se centrara en lo que para mí era importante: ir a Jesús por María», explica Paulina. Así, la rosa evoca a la Rosa Mística, la Virgen María, mientras que el Verbo remite al Verbo Encarnado, Jesucristo.
Cuando le preguntan por el equipo detrás de las publicaciones y el contenido que comparte con miles de personas, la respuesta de Paulina es tan sencilla como contundente: «Mi equipo son ellos dos y yo, no tenemos más personas».
La trampa de la «hermana mayor» y el peso de querer salvar a todos
Criada en una familia católica en San Luis Potosí (México), Paulina creció acudiendo a misa y estudiando en colegios confesionales. Sin embargo, reconoce que durante la adolescencia y los años universitarios dio las cosas por sentado. No fue hasta años después, cuando enfrentó dinámicas de autoexigencia y heridas familiares, que la fe cobró un sentido completamente distinto.
Como hermana mayor, Paulina asumió durante mucho tiempo el rol de «la solucionadora» de la casa. «Siempre le atribuyo a ser la hermana mayor mi perfeccionismo y las ganas de demostrar. Sentía la responsabilidad de salvar a todos», confiesa. Si sacaba una nota alta pero no perfecta, o si las cosas no salían según lo planeado, la frustración era inmediata.
El cambio de perspectiva llegó al adentrarse en la formación sobre sanación y la Teología del Cuerpo. Aunque inicialmente buscaba herramientas para ayudar a otros, el mensaje terminó transformándola a ella:
«Salí entendiendo que no tenía que salvar a nadie, que me tocaba hacer mi propio trabajo y que el camino de cada uno es su responsabilidad. Saber que Dios no esperaba que fuera perfecta me liberó de una carga pesada. Entendí que no somos solo nuestros fracasos, pero tampoco únicamente nuestros éxitos.»
El matrimonio como un sacramento que sostiene, no que exige
Ese mismo redescubrimiento de la gracia redefinió su relación con su esposo, Luis Enrique, de origen brasileño. Para Paulina, el matrimonio cristiano dista mucho del mito del «príncipe azul» o de la búsqueda de una pareja perfecta que satisfaga todas las necesidades afectivas e intelectuales.
«Desde que me casé en la iglesia sabía que el Señor nos iba a dar unas gracias en el sacramento. No era solo ponerme el vestido blanco e intercambiar anillos; es sentirte sostenido por algo más allá», señala.
La convivencia diaria, asegura, se convierte en un ejercicio constante de paciencia y perdón mutuo:
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Mirar al otro con la paciencia de Cristo: Aprender a no reaccionar con dureza ante los pequeños despistes cotidianos, recordando cómo Dios acoge la fragilidad humana.
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Saber ceder e ir juntos: Entender que la pareja no es un complemento idealizado, sino dos personas necesitadas de la gracia que se ayudan a caminar en la misma dirección.
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Vivir la fe en comunidad: Apoyarse en grupos de oración y en la vida sacramental para evitar que la rutina o el cansancio apaguen la vida espiritual.
Una santidad en lo cotidiano
La historia de Paulina en Rosa y Verbo recuerda que la conversión no es un evento único, sino una decisión diaria de dejarse hacer por Dios, soltando el control y los esquemas rígidos.
Frente a un mundo que exige rendimientos impecables y vidas de escaparate, la propuesta que transmite es la de ser «custodias ambulantes»: personas imperfectas que, al saberse amadas y perdonadas, reflejan en su día a día la belleza, la verdad y la bondad de Dios.
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