Reflexión de Monseñor Enrique Díaz: Alégrense y salten de alegría…
IV Domingo Ordinario
Monseñor Enrique Díaz Díaz comparte con los lectores de Exaudi su reflexión sobre el Evangelio de este domingo 1 de febrero de 2026 titulado: “Los que andaban en tinieblas vieron una gran luz”.
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Sofonías 2, 3; 3, 12-13: “Dejaré en medio de ti, un puñado de gente pobre y humilde”
Salmo 145: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”
Corintios 1, 26-31: “Dios ha elegido a los débiles del mundo”
San Mateo 5, 1-12: “Dichosos los pobres de espíritu”
“Sean felices y santos” podríamos resumir en estas palabras la Exhortación “Gaudete et exulltate” donde Papa Francisco nos propone las bienaventuranzas como la esencia del hombre cristiano. Las bienaventuranzas quizás sean el pasaje más conocido y comentado de todos los evangelios. Pero también son uno de los más difíciles de vivir y de practicar. Son sin duda las palabras que van más al fondo del corazón de la persona y le procuran el cumplimiento del mayor de sus deseos: la felicidad. Desde la antigüedad el hombre busca ser feliz y procura por todos los medios alcanzar su plena realización. Durante siglos se había imaginado que teniendo más riqueza, comodidades, poder y fuerza, podría ser feliz; pero entre más tiene y se esfuerza, se encuentra más vacio e incompleto. Aún en el antiguo testamento se relaciona con frecuencia la riqueza y la multiplicación de los bienes y de los años, con la bendición de Dios. Por eso las bienaventuranzas proclamadas por Jesús dan un vuelco y trastornan todos los conceptos en la búsqueda de la verdadera felicidad. Con sus palabras Jesús declara felices a los que por siglos habían sido considerados como perdedores y llenos de desgracias. En cada una de las bienaventuranzas podemos descubrir una tensión entre el momento presente y el que está a punto de brotar, pero lo que llama más la atención es que Jesús no dice que algún día serán felices ni tampoco invita a que se soporte estoicamente la situación con la esperanza del cambio, sino que les dice claramente que son felices en ese momento.
La primera bienaventuranza parece resumir en sí misma todas las demás y abre como un pórtico para comprender todo su significado: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. No se es feliz cuando se tienen muchas cosas, se es feliz cuando el corazón está en paz y armonía y no necesita cosas externas para saciarse. ¿Cuándo nos hemos sentido más desgraciados? Cuando hemos perdido lo que teníamos, cuando nos llenamos de odio o de envidia, cuando nuestro corazón tiende sin sosiego hacia los bienes materiales. ¿Nos aterra ser pobres, la inseguridad y el sufrimiento? ¿Cristo con sus palabras nos condena a la miseria? De ninguna manera quiere Cristo una situación provocada por la injusticia, lo que Cristo proclama es su presencia y su acompañamiento para todos y cada uno de los que están sufriendo. Jesucristo mismo es el Reino de Dios que se hace presente e irrumpe con su fuerza transformadora en el mundo y en la sociedad. Cristo se hace cercano y retoma las promesas mesiánicas manifestando que los pobres, los hambrientos, los perseguidos, los despreciados, son los portadores de esa Buena Nueva que interesa a toda la humanidad.
Vivimos en un mundo que a fuerza de proclamarlo ha creído que se puede ser feliz de una manera fácil y superficial, pero ha creado una nueva generación de individuos apáticos ante el sufrimiento y dolor de los hermanos. Jesucristo nos viene a enseñar que Dios es el Dios de los pobres, de los que tienen hambre y sed, de los que lloran… Jesús llora y sufre con ellos, comparte su dolor, pero también da sentido a ese dolor y nos enseña que en el dolor y en el sufrimiento puede haber paz y felicidad. ¿No sufren los enamorados? ¿Y no son las personas más felices? Jesús es un enamorado del hombre sencillo y pobre y viene a transmitirle su felicidad. Jesús no es apático, sufre donde sufre el amor. Por eso el proyecto de Dios se liga íntimamente a todos esos hombres y mujeres que hacen posible la presencia del Reino; se realiza en todos aquellos que llevan paz y alegría al corazón de los hermanos y hermanas en cualquier lugar que se encuentren.
Podríamos decir que las Bienaventuranzas son al mismo tiempo un programa y una constatación. Un programa porque nos muestra el camino para hacer realidad el Reino: tener hambre y sed de justicia; abrigar unas entrañas llenas de misericordia para recibir a los otros; buscar la paz con ansiedad; poseer un corazón libre y limpio, capaz del verdadero amor. Son los rasgos propios de los seguidores de Jesús cuando se lanzan decididamente en la construcción del Reino, dejando de lado las ambiciones mundanas. Pero al mismo tiempo son la constatación de la presencia del Reino: cuando encontramos personas capaces de vivir el evangelio como lo ha vivido Jesús, la felicidad les brota por todos sus poros y transmiten una alegría difícil de explicar. Es la experiencia de la presencia de Jesús en sus vidas e iluminan también con su testimonio las oscuridades que nos presenta nuestro mundo. Hoy, hay quienes viven a plenitud las bienaventuranzas y son un faro que irradia y sostiene nuestra humanidad. Hoy, hay quienes, desde su pobreza, miseria y dolor, han hecho suyo el mismo programa de Jesús. Al mismo tiempo nos llevan a cuestionarnos si nuestra vida está bien planteada y tiene claros sus objetivos, si los caminos que estamos siguiendo nos llevan a la verdadera felicidad. Jesús es el mejor ejemplo de una persona feliz y realizada, y era pobre. Hoy debemos dejar que las bienaventuranzas arraiguen en nosotros y dar crédito a las palabras de Jesús. ¿Qué respondo a Jesús cuando me propone las bienaventuranzas como único camino de felicidad?
Padre Bueno, que en la vida y la palabra de tu Hijo Jesús nos has mostrado el verdadero camino hacia la felicidad, concédenos que, destrabando nuestro corazón de los intereses mezquinos y viviendo las bienaventuranzas, nos entreguemos con generosidad a la búsqueda del Reino que traiga felicidad a toda la humanidad. Amén
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