13 mayo, 2026

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¿Quieres experimentar a Dios?

El amor de Dios no se puede explicar, solo se puede experimentar

¿Quieres experimentar a Dios?

El amor de Dios trasciende las palabras y las explicaciones racionales. Como él mismo expresa con sencillez y pasión, es algo que no se transmite con argumentos, sino que se vive en el encuentro personal con el Señor.

Esta idea no es nueva ni exclusiva de un predicador contemporáneo; forma parte del corazón mismo de la fe católica. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que Dios es amor (1 Jn 4,8) y que este amor se revela en la entrega total del Hijo (cf. CIC 221). Sin embargo, conocer a Dios no es solo un ejercicio intelectual: «La fe es un acto personal, una respuesta libre a la propuesta de Dios que se revela» (CIC 166). Y esa respuesta se da en la experiencia viva, no en meras definiciones.

El Padre Ángel compara el amor divino con realidades tangibles de la vida cotidiana: podemos explicar cómo funciona un celular, cómo preparar una paella perfecta o incluso describir el amor conyugal a través de detalles concretos —el desayuno preparado, las atenciones diarias, los paseos compartidos—. Pero cuando hablamos del amor de Dios, las palabras se quedan cortas. Dios no nos trae un café por la mañana ni nos invita al cine de manera visible; su presencia es infinitamente más grande, más íntima, más transformadora. Está en lo profundo del corazón, en la vida misma que nos da, en la creación que sostiene, en el milagro de cada nuevo ser humano que nace de un acto de amor humano, pero cuya esencia proviene de Él.

Aquí entra la cita que menciona el sacerdote, atribuida a Rabindranath Tagore —un poeta hindú lleno de sensibilidad espiritual—: «Me busqué a mí mismo y no me encontré. Busqué a Dios y no lo encontré. Busqué a mi hermano y encontré a los tres». Esta expresión, aunque no proviene directamente de la Escritura, encuentra eco profundo en el Evangelio: Jesús se identifica con los hermanos, especialmente con los pequeños y necesitados. «Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). En el servicio al prójimo, en el acto de amor concreto, se experimenta a Dios Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Buscar al hermano en caridad nos lleva a encontrar a los Tres.

La Iglesia siempre ha insistido en que para experimentar a Dios se requiere un camino de entrega: la oración diaria, la adoración eucarística, la lectura meditada de la Palabra, la contemplación, el apostolado y el compromiso con el bien. El Catecismo subraya que la oración es «relación viva de los hijos de Dios con su Padre» (CIC 2565), y que la oración contemplativa es un don que se recibe en el silencio y la apertura del corazón (cf. CIC 2710-2711). No hay una «receta rápida» de quince páginas, como bromea el Padre Ángel; se necesita perseverancia, compromiso y humildad.

Jesús mismo nos lo dijo: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32). Buscar la verdad con sinceridad nos conduce a Él. Y en los santos encontramos testimonios vivos: conversiones como la de san Pablo o san Agustín, o incluso milagros excepcionales como el de André Frossard —el ateo que entró por error en una iglesia y salió creyente—. Pero para la mayoría, el camino es ordinario: la Misa dominical, unos minutos de oración diaria, decir la verdad, hacer el bien, servir en el apostolado. Servir a Jesús en los hermanos, dar un vaso de agua, un consejo, una presencia, una Misa ofrecida, un acompañamiento. Porque «el que de beber, aunque sea solo un vasito de agua a uno de estos pequeños, a mí me lo da» (cf. Mt 10,42).

En resumen, como enseña la fe católica y nos recuerda el Padre Ángel Espinosa de los Monteros: hagamos todo el bien que podamos. Comprometámonos con Él en la oración y en la caridad. Porque el amor de Dios no se explica con palabras; se experimenta en el corazón que se abre a su gracia. Que Él nos conceda esa experiencia viva y transformadora.

Que Dios los bendiga siempre.

P Angel Espinosa de los Monteros

El Padre Ángel Espinosa de los Monteros ha impartido más de 4,000 conferencias sobre matrimonio, valores familiares y espiritualidad en diferentes ciudades de México, Estados Unidos, Francia, Italia, España y Sudamérica. Ha atendido a cientos de matrimonios ofreciendo consejos y programas de crecimiento conyugal y familiar. Es autor del libro «El anillo es para siempre», traducido a diferentes lenguas y a partir de las cuales ha dictado más de 20 títulos de conferencias. Actualmente se dedica de tiempo completo a impartir conferencias y renovaciones matrimoniales en 20 países del mundo.