¿Quieres de verdad ser santo?
La verdadera revolución no pasa por cambiar el mundo, sino por dejarnos transformar: una llamada urgente a la santidad en tiempos de crisis
Comentamos en un capítulo anterior la expresión de Santa Teresa: “Estos tiempos son recios y requieren amigos fuertes de Dios”. O, como decía San Josemaría: “Las crisis mundiales son crisis de santos”. No es un lema decorativo: es el diagnóstico más certero de nuestra época.
Por eso, en este capítulo —y en otro posterior— vamos a detenernos en un punto del libro Camino que suele pasar desapercibido: el número 815. No es el más llamativo, pero quizá sea el más radical. En él resuena la pregunta definitiva: “¿Quieres de verdad ser santo?”
Parece sencilla, pero no lo es. La mayoría de las personas ni siquiera se la han planteado. Y muchos cristianos practicantes, aunque van a misa y cumplen con sus deberes religiosos, tampoco se la hacen con seriedad. La santidad parece algo reservado para unos pocos excepcionales, o incluso algo poco atractivo.
Pero no se es santo por casualidad. San Josemaría lo dijo con claridad: “No es fácil, pero tampoco es difícil”. Eso sí: hay que quererlo de verdad. No basta con un “sí” tibio o resignado, como aquel del novio que respondió en una boda: “Bueno… si no hay otra cosa”. Si no hay otra cosa, no. La santidad exige un querer decidido, radical, total.
En otro punto de Camino (n. 316), el fundador del Opus Dei concreta esa exigencia:
¿Quieres como un avaro quiere su oro? ¿Como una madre quiere a su hijo? ¿Como un ambicioso los honores o un sensual el placer? No. Entonces no quieres. Querer es esto.
Para querer así, claro está, hace falta entender qué es ser santo. Y aquí es donde muchas veces fallamos: porque tenemos una imagen confusa o distorsionada de la fe.
El teólogo Franz Jalics distingue tres etapas en el camino de la fe:
1. La fe infantil, mágica, la del niño que reza para que le vaya bien en un examen aunque no haya estudiado. O la del adulto que sólo se acuerda de Dios cuando tiene un problema grave. Es una fe útil, interesada, paralela a la vida, no integrada en ella.
2. La fe adulta, entendida como un cumplimiento riguroso de prácticas religiosas. Se mide por la cantidad de rosarios, misas o lecturas espirituales. Son cosas buenas, sin duda, pero pueden convertirse en fines en sí mismas, perdiendo el sentido profundo.
3. La fe madura, que es la única plenamente cristiana. Es una relación personal con Cristo vivo. Una amistad real, donde uno le habla, le escucha, comparte alegrías y fracasos, miserias y anhelos. No se guía solo por ideas o normas, sino por el diálogo interior con Jesús. Una fe que no busca usar a Dios, ni cumplir con Él, sino vivir con Él.
Este tipo de fe es la que da sentido a la vida. Como en una buena comida entre amigos, el menú es lo de menos: lo importante es compartir el tiempo juntos. Así también la vida entera —sus alegrías, dolores, rutinas y sorpresas— puede ser una excusa para estar con Cristo.
Eso es ser santo. Eso es la santidad. Y eso es justo lo que más necesita hoy el mundo.
En el Evangelio, Jesús reprocha a Corozaín, Betsaida y Cafarnaún —ciudades que más milagros vieron— su incredulidad. Serán juzgadas con más rigor que Tiro, Sidón o incluso Sodoma. ¿Por qué? Porque recibieron más y no respondieron.
Recordamos aquí la escena de Abraham intercediendo por Sodoma. “¿Y si hubiese 50 justos? ¿Y 45? ¿30? ¿20? ¿10?” Yahvé le concede cada petición, pero Sodoma fue destruida. No había ni 10 santos.
¿Y hoy? ¿Hay 10 santos que puedan sostener este mundo? Dios los busca. Nosotros estamos llamados a ser uno de ellos. No se trata de transformar el mundo, ni de juzgarlo, ni de arreglarlo. Se trata de ser santos, personalmente santos. Eso es lo que depende de nosotros.
Y esto interpela especialmente a quienes forman parte del Opus Dei. Porque la Obra no es una asociación ni una estructura organizativa. No busca producir actividades, sino encender almas. Despertar en cada persona una relación personal con Cristo. Que cada uno escuche al Señor y haga lo que Él le pida. Sin etiquetas ni proyectos humanos.
A unos, el Señor les propondrá grandes iniciativas apostólicas. A otros, cargar con una enfermedad, una soledad, una cruz. Pero a todos les dará algo que vivir con Él, y por tanto, una vida con sentido.
¿Quieres de verdad ser santo? Esta es la pregunta. Responderla —con el corazón entero— es lo que puede cambiar tu vida… y sostener al mundo.
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