¿Qué vas a hacer con tu vida?
Una reflexión para los jóvenes que se gradúan… y para quienes los acompañamos
Cuando se graduó la promoción de segundo de bachillerato del colegio Campolara, en Burgos. Había estado con ellos y, al despedirme, me vinieron a la cabeza muchas ideas, emociones, e incluso la imagen de una pata que vi esa mañana con sus ocho polluelos recién nacidos pegados a ella. Me sentí un poco así: como esa madre que quiere cuidar, orientar, pero que sabe que los hijos tienen que volar.
¿Qué decirles ahora que se van? ¿Cómo hablarles al corazón sin imponer, sin asustar, pero sin banalizar? Tal vez la mejor manera sea formular la gran pregunta que ahora se les presenta por primera vez con seriedad: ¿Qué vas a hacer con tu vida?
Hasta ahora, padres, maestros y adultos les han dicho qué hacer. Pero ahora les toca a ellos. Y esta pregunta es tan hermosa como vertiginosa: abre horizontes, habla de libertad, pero también impone una responsabilidad enorme. ¿Cómo responder si apenas conocen el mundo?
Tal vez la clave no esté en inventar algo nuevo, sino en reconocer, descubrir. No tanto en “hacer por fuera” (eficacia), sino en dar fruto desde dentro, desde lo que uno es, desde lo que a uno le habita.
Y para eso, es esencial reformular la pregunta: no “¿qué tengo que hacer?”, sino “¿qué deseo de verdad?”. Esta es la raíz de la ética: no empieza con la obligación, sino con el deseo profundo. No se trata del placer inmediato o del éxito superficial, sino de lo que quiero de verdad, para siempre.
Todos deseamos placer y éxito. Son legítimos, naturales. Pero cuando los absolutizamos, nos traicionan: el placer se vuelve adicción; el éxito, ansiedad. Ambos necesitan un contexto, una dirección, un sentido. La cerveza con amigos no sabe igual que la bebida solitaria. El logro profesional no llena si no apunta a algo mayor. Como en el dibujo, necesitamos un punto de fuga que dé perspectiva y proporción.
Por eso, la gran pregunta de la vida no es solo qué vas a hacer, sino quién quieres llegar a ser. Y ese “quién” solo se descubre en relación con los demás, con el mundo, y —para quien cree— con Dios.
A mis queridos alumnos de Campolara: que encontréis ese deseo profundo, que voléis con libertad y que deis fruto. No se trata de hacer mucho, sino de hacer bien, de hacer el bien. Y eso, solo lo logra quien vive desde dentro, desde lo esencial, desde el amor.

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