Poned los ojos en el Crucificado y todo se os hará poco
El valor de la Pasión de Cristo frente a nuestras propias heridas
Un día, hace ya cuarenta años, en el noviciado, llegó a mis manos una estampita con una frase de Santa Teresa de Jesús que no solo me hizo el día, sino que me marcó la vida:
«Poned los ojos en el crucificado y todo se os hará poco.»
Esta sentencia me ha acompañado siempre. Cuando alguien se me acerca y me dice: “Es que usted no sabe lo que me hicieron”, mi primera reflexión es preguntarle: ¿Te han hecho peores cosas que a Cristo?
Históricamente, ha existido debate sobre si la Pasión de Cristo fue la peor de todas. Su martirio físico duró desde la noche del Jueves Santo hasta las tres de la tarde del Viernes Santo. Fue golpeado, escupido, humillado, flagelado, coronado de espinas y obligado a cargar la cruz hasta el Calvario. Quizá otros han sufrido tormentos físicos más prolongados o sofisticados —trece años de cárcel, torturas, mutilaciones— pero en la Pasión de Cristo hay algo único:
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Era completamente inocente.
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No debía nada a nadie.
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Cargó sobre sí todos los pecados de la humanidad, de todos los tiempos.
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Experimentó incluso el abandono de Dios Padre.
En Getsemaní, antes de recibir un golpe, sudó sangre por el peso moral y espiritual que asumía: la soberbia, la violencia, la lujuria, los abusos de poder, los matrimonios rotos, el abandono, la enfermedad… todo entró en su cáliz.
A nivel físico, la descripción es estremecedora: el juicio más injusto de la historia, decenas contra uno, golpes, insultos, humillaciones, una flagelación brutal, la corona de espinas, la subida dolorosa al Calvario y, finalmente, la crucifixión, tres horas colgado, herido y agredido hasta su último aliento.
¿Alguien podría sufrir más que eso? Tal vez algún santo, pero todos ellos tuvieron la gracia de aferrarse a Cristo. Jesús, en cambio, llevó su cruz en soledad, incluso abandonado por los suyos.
Por eso, cuando me cuentan ofensas, traiciones o heridas que parecen imperdonables, recuerdo estas palabras:
Poned los ojos en el crucificado y todo se os hará poco.
La pasión de Jesús no fue solo física: en ella cargó los pecados de toda la humanidad. Él es la fuente de la fuerza para perdonar, para seguir adelante, para ayudar y comprender. Como dijo San Pablo, se trata de vencer el mal con el bien, haciendo todo el bien que podamos.

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