«Pide y exagera, que Dios tiene presupuesto»: Cuando el mundo se rompe y lo único que vuelve es la paz
¿Y si la respuesta a tus mayores crisis no es lo que esperas, sino algo infinitamente más fuerte? El padre Ángel Espinosa de los Monteros desmenuza el verdadero significado de la fe ante los golpes más duros de la vida, esos que parecen no tener salida
Hay momentos en los que la vida se desploma sin previo aviso. Un negocio de toda la vida que se quiebra, un diagnóstico médico implacable, una demanda de divorcio injusta o la partida de quien creías que era el amor de tu existencia. En esos callejones sin salida, las soluciones humanas desaparecen y la pregunta inevitable resuelta en silencio es siempre la misma: ¿dónde está Dios cuando más se le necesita?
Para el sacerdote y conferencista Ángel Espinosa de los Monteros, la respuesta no se encuentra en la magia de cambiar mágicamente la realidad adversa, sino en una transformación interior radical. Partiendo de la premisa evangélica «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, tocad y se os abrirá», el sacerdote lanza una invitación tan desafiante como reconfortante: «Tú pide y exagera, que Dios tiene presupuesto».
El verdadero milagro cuando el mundo se desmorona
Frente al dolor cotidiano, es completamente normal buscar consuelo en la familia, en los amigos o en un ser querido. Sin embargo, cuando la crisis alcanza dimensiones irreversibles —como un hijo en prisión, la amputación de una pierna o la ruptura definitiva de un matrimonio—, las expectativas terrenales suelen chocar con una pared de frustración.
En este punto, el padre Ángel aclara una verdad incómoda pero profundamente liberadora: Dios no siempre devuelve lo que perdimos. El dinero robado puede no regresar a tus arcas, el negocio no siempre resucita, y el cónyuge que se marchó puede no volver a casa.
Entonces, ¿qué significa que Dios escucha nuestras súplicas? La respuesta, según el reflexivo mensaje, radica en lo que verdaderamente vuelve tras la oración:
- Un aumento descomunal de fe, esperanza y amor para sobrellevar la carga.
- Fortaleza interior para sostener problemas físicos o emocionales agudos.
- Paz y capacidad de resiliencia, permitiendo incluso ofrecer el sufrimiento con sentido.
Santos, batallas y una certeza inquebrantable
Para ilustrar este recorrido, el sacerdote evoca figuras cimeras de la espiritualidad que conocieron de cerca el sufrimiento extremo. Desde San Pablo, cuya vida estuvo marcada por naufragios, persecuciones y cárceles sin un solo respiro humano de comodidad, hasta la Madre Teresa de Calcuta, lidiando a diario con la angustia de no saber de dónde sacar recursos para alimentar a miles de moribundos y niños necesitados. Ninguno de ellos estuvo exento del dolor, pero a ninguno le faltó jamás la paz para sostener el peso de su misión.
A veces, la justicia llega y el milagro material se obra porque es para nuestro bien. Otras veces, el camino es la prueba. Pero hay una constante inquebrantable: a nadie que pida con el corazón se le niega la capacidad de cargar su cruz con dignidad y amor.

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