Pasolini: la vida libre consiste en amar siempre y pasar el dolor sin dejarse vencer
El predicador de la Casa Pontificia, padre Roberto Pasolini, concluye las meditaciones cuaresmales reflexionando sobre la figura de San Francisco de Asís, su aceptación de la fragilidad y la verdadera alegría ante el rechazo y la muerte
El Evangelio capacita para un camino de purificación y conversión que conduce a la libertad de los hijos de Dios. Con esta idea concluyó el padre Roberto Pasolini, predicador de la Casa Pontificia, la cuarta y última meditación de Cuaresma este 27 de marzo en el Aula Pablo VI, en presencia del papa León XIV.
El capuchino tomó como guía la figura de San Francisco de Asís en el último tramo de su vida terrenal. Francisco aprendió a aceptar su propia fragilidad y pequeñez, descubriendo que nada —ni el rechazo, la enfermedad ni la muerte— puede separarnos del amor de Dios. Las meditaciones de este año, centradas en el tema “El que vive en Cristo es una nueva criatura”, se han inspirado en el Pobrecillo de Asís como camino de conversión al Evangelio, cuyo fruto maduro es precisamente la libertad de los hijos de Dios.
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Según el padre Pasolini, Francisco se convirtió en santo porque se dejó guiar por Dios en la concreción y pobreza de su existencia, acogiendo al Espíritu Santo con total disponibilidad. Hacia el final de sus días, se había transformado en “oración viviente”, como señala Tomás de Celano: toda su forma de vivir se había convertido en una oración continua.
Sin embargo, en sus últimos años Francisco atravesó una profunda crisis. La Orden de los Frailes Menores creció y se transformó, y él se sintió dejado de lado, casi inútil e incluso considerado un “idiota”. En ese contexto, compartió con el fraile León la famosa parábola de la “verdadera y perfecta alegría”. Le pidió que enumerara cosas hermosas que pudieran ser motivo de orgullo para él y para la Iglesia, pero al final le indicó que escribiera: “en todas estas cosas no hay alegría perfecta”. La alegría auténtica se manifiesta cuando el rechazo, la humillación y la incomprensión no logran quitarnos la paz.
“La felicidad no es protegerse de la realidad, sino aprender a acogerla incluso cuando duele, sin dejarnos abrumar por ella. Es ahí donde la vida cristiana se vuelve concreta y aprendemos a custodiar una alegría que no depende de cómo van las cosas, sino de cómo elegimos vivirlas”, explicó el predicador.
Así, la verdadera alegría no consiste en la ausencia de heridas, sino en la libertad de no dejarse definir por ellas. No borra el dolor, pero le impide tener la última palabra. Jesús lo muestra en el Evangelio, especialmente en las Bienaventuranzas, que no son una ley ni un programa de perfeccionamiento moral, sino una promesa: la revelación de una felicidad que ya está actuando en el corazón de la realidad.
Las Bienaventuranzas no invitan a huir de la realidad ni a posponer la felicidad. Piden vivir más profundamente lo que estamos viviendo, incluso cuando se muestra frágil e inconcluso. Anuncian que el camino hacia una vida plena pasa por nuestra experiencia concreta. La vida no debe posponerse ni idealizarse, sino acogerse en su trágica y sublime concreción. La alegría evangélica no elimina las heridas, sino que las atraviesa y las transforma, abriéndonos al amor más grande, el que perdona.
El padre Pasolini recordó también los estigmas que Francisco recibió en el monte de la Verna. Dios no añade dolor para glorificarse; transforma y transfigura lo que ya está presente en la historia de la persona, convirtiéndolo en signo de amor. Francisco subió a La Verna con el cuerpo agotado, los ojos afectados por una enfermedad que lo llevaba hacia la ceguera y el alma marcada por la tentación de sentirse marginado. Los sufrimientos —el fracaso de sus proyectos, la incomprensión de los hermanos, la soledad— dejaron de ser un peso interior y se convirtieron en lugar de relación con Cristo y reconciliación con los demás.
En los últimos meses de su vida, Francisco realizó el gesto más difícil: aprendió a mendigar, no solo pan, sino consuelo, cercanía y ternura. Aprendió a recibir. Aceptó ser atendido y reconoció la pobreza de quien necesita a los demás tanto para vivir como para morir. Llamó “hermana” a la Muerte no como una metáfora consoladora, sino como fruto de un largo camino de reconciliación. El miedo a la muerte, que según la carta a los Hebreos nos mantiene esclavos toda la vida, se desvanece cuando el amor de Cristo moldea en nosotros una vida nueva. La muerte se transforma entonces en la última ocasión de conversión: el momento de entregarse sin reservas a la mirada misericordiosa del Padre.
Francisco murió en la Porciúncula, en total fragilidad, desnudo sobre la tierra desnuda, completando su camino de despojo. Esa desnudez final representa la reconciliación plena: dejar de defenderse, abrir los brazos y aprender a recibir.
De esta forma, el camino de San Francisco no es algo excepcional, sino la realización plena del Evangelio para todo bautizado: una vida libre que consiste en amar siempre y atravesar el dolor sin dejarse vencer.
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