17 abril, 2026

Síguenos en

Nuestra vocación al amor

Descubrir, acoger y vivir la llamada de Dios que da sentido a nuestra vida

Nuestra vocación al amor

El 25 de marzo la Iglesia celebra la fiesta de la Anunciación del Señor. A María de Nazaret, hija de Joaquín y Ana, le fue comunicado que llegaría a ser la Madre de Dios. Con su Fiat acogió los designios de Dios, es decir, su vocación. Con ocasión de esta fiesta, deseo compartir algunas reflexiones sobre la vocación para que podamos meditar la nuestra, comprenderla mejor y vivirla con mayor plenitud.

La nominación divina

En las últimas semanas, los canales de televisión han dedicado muchas horas a los Juegos Olímpicos de Invierno. No solo se han retransmitido las competiciones, sino que también se ha entrevistado a los deportistas y se han comentado sus trayectorias de vida. Para casi todos ellos, la gran noticia era haber sido “nominados” para los Juegos Olímpicos: «¡Poder participar en los Juegos!»

Algo semejante sucede con una nominación al Óscar, con la aceptación de un trabajo prometedor o con la obtención de la vivienda soñada. Estas nominaciones, estas confirmaciones, siempre son motivo de alegría.

«La vocación es un don de Dios, un regalo inmenso de su amor.»

Todas estas alegrías terrenas enriquecen nuestra vida en este mundo. Pero, ¿qué sucedería si fuese Dios quien nos llamara? ¿Qué significaría esto, concretamente, para nuestra vida?

Vivimos porque Dios nos ha creado, y eso incluye un designio para cada uno de nosotros. No estamos aquí por casualidad; Dios vincula nuestra vida a una misión en la tierra. Él nos ha “nominado” para su gran plan. Esa nominación recibe, en el lenguaje cristiano, el nombre de vocación.

El beato Álvaro del Portillo escribió: «La vocación es un don de Dios, un regalo inmenso de su amor, que hemos recibido sin merecerlo.»

La nominación de Dios, la vocación, es distinta de la selección para los Juegos Olímpicos. Allí es preciso demostrar un rendimiento extraordinario. Con Dios sucede casi lo contrario. San Pablo dijo (1 Cor 1,27–29): «Lo necio del mundo lo escogió Dios para confundir a los sabios, y lo débil del mundo lo escogió Dios para confundir a lo fuerte.»

A este propósito, viene muy bien esta cita de Brian Kolodiejchuk (2007):
«Yo misma (Madre Teresa) no soy más que un pequeño instrumento en Sus manos, y precisamente porque no soy nada, Él quiere servirse de mí.»

Conclusión: Todos están llamados, y no por méritos propios.

Dios nos prepara para nuestra misión

Desde hace años disfruto leyendo biografías de grandes personalidades. Como persona dedicada profesionalmente al análisis de perfiles de personalidad, me resulta especialmente inspirador observar cómo se ha desarrollado en ellas el proceso de maduración.

Cuando, entre esas personalidades, surgen santos, aparece además otra cuestión: ¿cómo fueron las intervenciones de Dios? Me fascina contemplar cómo Dios, a partir de un trozo de madera —que somos nosotros—, modela una escultura de primer orden. Dios, como Creador, es un artista, y nosotros aportamos la materia. Él transforma nuestro material pobre y obstinado en una obra de arte, si le permitimos obrar.

«Dios obra en cada uno de nosotros para convertirnos en una obra de arte.»

Cómo se desarrolla este proceso lo aprendemos en las biografías de los santos, pero, en realidad, cada uno de nosotros podría narrar el suyo. Sí, Dios obra en cada uno de nosotros para convertirnos en una obra de arte.

En los últimos meses he visto muchos vídeos en los que personas cuentan precisamente sobre estas intervenciones de Dios. Algunas son muy impactantes. Sin embargo, por lo general no es así. Dios actúa silenciosamente, lejos de la mirada pública. Solo las almas vigilantes y reflexivas perciben estas intervenciones y saben reconocerlas como venidas de Dios.

Conclusión: Dios forma a cada persona según su vocación particular.

¿Cómo reconocer mi vocación?

¿Cómo reconocemos nuestra vocación? Del mismo modo que reconocemos al cónyuge o elegimos una profesión: nos sentimos conducidos hacia ella y nos dejamos conquistar por ella. Ese sería el camino intuitivo.

Pero también existe un camino reflexivo para descubrir la vocación: mirar la propia vida y reconocer en ella un hilo conductor que nos lleva hasta nuestro presente.

«La vocación es un compromiso con Dios, pleno y duradero.»

En este artículo, quisiera entender el término «vocación» exclusivamente en relación con Dios. La vocación implica que Dios nos transmite, de una forma u otra, aquellas palabras de Isaías (43,1): «No temas. Yo te he redimido y te he llamado por tu nombre.»

En algunas personas, como Pablo o los apóstoles, esta llamada fue clara e inequívoca. En el caso de María, la Madre de Dios, fue enviado incluso un arcángel para comunicarle su elección. Dios conoce muchas formas de comunicación. La mayoría son silenciosas; solo nuestra alma y nuestro corazón perciben sus llamadas, sus palabras.

Cuando llega el momento oportuno de la llamada, Dios ha trabajado ya durante años. Más aún: había planeado este proceso con precisión amorosa incluso antes de la creación del mundo. Escogió a los padres adecuados, a los amigos y al entorno que habrían de prepararnos para esa llamada.

Describamos una vez más lo que significa la vocación: es un compromiso con Dios, pleno y duradero. Significa gustar en plenitud, durante toda la vida, del amor inmenso de Dios.

«Las almas de los justos están en las manos de Dios. Han sido probadas un poco, pero reciben grandes bienes.»

Como sucede tantas veces en la vida, algunos desoyen o ignoran la llamada de Dios. Otros son infieles y abandonan el camino de vocación previsto para ellos. Dios respeta plenamente nuestra libertad, incluso cuando ignoramos su llamada.

La vocación incluye un plan para nuestra vida y ese plan es mejor que el nuestro. Depende de nosotros decirle sí a Dios o ignorarlo. Quien dice sí y permanece fiel recibe de Dios una alegría que el mundo no puede dar, y ello en medio del sufrimiento, de las contrariedades, de los malentendidos e incluso de las persecuciones.

En el libro de la Sabiduría se dice: «Las almas de los justos están en las manos de Dios. Han sido probadas un poco, pero recibirán grandes bienes.»

San Josemaría Escrivá contaba cuán generoso es Dios al recompensar nuestros pequeños servicios: según su parecer, la proporción entre nuestro esfuerzo y los dones recibidos es de uno a cien. La fidelidad a la vocación significa alegría tanto en la tierra como en el cielo.

Esta alegría brota de la intimidad con Dios, una intimidad mucho más fuerte que la unión entre los esposos. Esta intimidad trae consigo paz, fortaleza, sosiego y alegría. Todo ello forma parte de la recompensa de Dios.

Conclusión: Dios nos habla en silencio; solo el alma percibe sus palabras. La fidelidad a la vocación es abundantemente recompensada.

Sugerencias para vivir fielmente la vocación

Dios nos conoce mejor que nosotros mismos; así lo afirman muchos místicos, y eso también coincide con mi propia experiencia. Y porque nos conoce a nosotros y a nuestro entorno, no nos pide milagros. Solo espera que hagamos de nuestra vida lo mejor posible; es decir, que la moldeemos con su ayuda, su fuerza y su amor. Entonces nuestra vida será agradable a Dios.

Todo esto puede resumirse en una fórmula sencilla:

«Todos nosotros, sin excepción, estamos llamados al amor: a amar a Dios y al prójimo.»

Los esposos se dicen el día de su boda: «Fidelidad en la prosperidad y en la adversidad Con Dios no es distinto. La vocación no significa solo alegría, sino también sufrimiento. Sí, sufrimiento, porque tenemos una vocación al amor: quien ama, sufre.

Hace poco leí esta frase: «Cuando contemplo la vida de María, veo que solo después de su sí a la vocación comenzaron las “complicaciones” divinas, que llevó por amor a su Hijo y a nosotros. Madre querida, si me permites la comparación, también en mi vida comenzaron las “complicaciones” divinas cuando di mi sí a Jesús». Enséñame, María, a llevarlas según la voluntad de Dios y a amarlas como tú las amaste. Gracias por ello.»

La mayoría de las biografías de los santos relatan cuánto dolor y sufrimiento experimentaron a lo largo de sus vidas. Jesús mismo nos mostró cuánto sufrimiento conllevó su vocación aquí en la tierra. Los autores espirituales repiten una y otra vez que el camino hacia el cielo es estrecho y arduo.

La buena noticia es esta: ese camino conduce al cielo

Nuestra vocación significa creer en Dios, amarlo, confiar en Él, obedecerlo y servirlo. Es un programa completo. ¿Es posible? Con nuestras propias fuerzas, absolutamente imposible; pero con su gracia, con la ayuda de la Madre de Dios, con la asistencia del Espíritu Santo y con el servicio del ángel custodio, sí es posible.

Y ese es precisamente el plan de Dios. Él ha puesto en nosotros lo que podría llamarse una “necesidad de Dios”, para que reconozcamos que no podemos vivir la vocación por nosotros solos, sino con su ayuda. Esta es la enseñanza de la Iglesia y también la experiencia de muchas personas que han tomado en serio su vocación.

De Johann von Löwenstein procede esta hermosa oración:

«Querido Jesús, enciende en nosotros un entusiasmo por nuestra vocación, unido a un acto permanente de gratitud.»

La vocación es un proyecto de vida que abarca todos los aspectos de nuestra existencia. Define nuestro propósito, es decir, la razón concreta de nuestra vida. La vocación es una declaración de amor de Dios para con nosotros:

«Quiero tenerte conmigo: primero aquí, en la tierra, y después en el cielo.»

La vocación implica poner nuestros talentos y capacidades a su servicio para que no queden estériles. Después, Él querrá preguntarnos: ¿me has amado durante toda tu vida y has puesto tus talentos a mi servicio? Son preguntas que, con gran probabilidad, nos hará cuando nos encontremos con Él después de nuestra muerte.

Una característica importante de nuestra vocación es esta:

«Haz el bien y no hables de ello.»

Quisiera dejar a Jesús las últimas palabras de este artículo:

«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8,12).

Conclusión: La vocación solo puede vivirse plenamente con la ayuda de Dios. Ella nos conduce al cielo.

Más artículos en el blog

https://medium.com/@karlmariademolina

El autor

El Dr. Ing. Karl-Maria de Molina ha estudiado ingeniería, filosofía y teología, y se doctoró en tecnología del automóvil. Ha escrito y editado libros sobre técnica automotriz y metodología del trabajo, así como sobre cultura laboral y desarrollo de competencias. Ha impartido diversos cursos en universidades alemanas, dirige seminarios sobre formación de directivos, ha fundado varias empresas y ha desarrollado y comercializado productos innovadores.

El conocimiento necesario para esta serie de artículos lo ha adquirido mediante el estudio de la filosofía y la teología, la lectura diaria del Evangelio y de libros espirituales, así como la participación cotidiana en la Eucaristía.

Enlace al artículo original en alemán:
https://medium.com/@karlmariademolina/unsere-berufung-zur-liebe-0e35fa1952a8

Karl-María de Molina

Dr.-Ing. Karl-Maria de Molina estudió ingeniería, filosofía y teología y obtuvo su doctorado en tecnología automotriz. Ha escrito libros sobre tecnología automovilística y metodología de trabajo, y ha editado obras sobre cultura laboral y desarrollo de competencias. Ha ocupado varios puestos docentes en universidades alemanas; imparte seminarios sobre el desarrollo de líderes; ha fundado varias empresas y ha desarrollado y comercializado productos innovadores. El conocimiento necesario para esta serie de artículos sobre la fe lo adquirió el autor mediante el estudio de la filosofía y la teología, la lectura diaria del Evangelio y de libros espirituales, así como la asistencia diaria a la Eucaristía.