Nostalgia de Dios
Dios en la música pop y el Nobel: Rosalía, La Oreja de Van Gogh y Jon Fosse hablan de fe
Comentaba Benedicto XVI que la imagen y semejanza de Dios impresa en el alma del ser humano lleva consigo el deseo ardiente de Dios, en modo análogo al deseo ardiente, expresado por Cristo, de tener la Cena con sus apóstoles. Un deseo humano manifestado como nostalgia o añoranza de una querencia más grande que cualquiera de los bienes temporales de nuestro entorno. Es el alma con hambre de trascendencia, es el corazón inquieto en busca del Bien que lo aquiete. Dios puede estar oculto a nuestros ojos, pero no está ausente. Dios es un amante pudoroso, esperando a la vera del camino que transitamos.
Alrededor de estas inquietudes de trascendencia, me ha llamado la atención el álbum de Rosalía, Lux, en cuyo CD está impreso este texto de Simone Weil: “El amor no es consuelo, es luz”, tomado de su libro La levedad y la gracia. Las canciones interpretadas por Rosalía muestran su búsqueda (¿encuentro, incluso?) de Dios. Sobre el particular se ha escrito y se sigue escribiendo mucho. En esta misma línea de gratas sorpresas escuché, hace unas pocas semanas, el último lanzamiento del grupo La Oreja de Van Gogh, Todos estamos bailando la misma canción (Yo creo en Dios a mi manera), con la vuelta de Amaia como solista. A este grupo musical lo he escuchado desde comienzos de siglo. Todas éstas son propuestas de Dios como protagonista y dan que pensar.
En simultáneo leía un reciente libro/entrevista del premio Nobel noruego de literatura Jon Fosse: Misterio y fe. Una conversación con el teólogo Eskil Skjeldal (Penguin Random House, 2025). Fosse es un prolífico escritor. Tiene novelas, teatro, poesía, ensayos. En este libro narra su encuentro con Dios, empezando por su infancia hasta su conversión al catolicismo. No rehúye a ninguna pregunta, sencilla o espinosa sobre temas sensibles de actualidad en la Iglesia católica. La música de fondo de sus respuestas es su forma de concebir el arte y la fe en Dios. Dice: “Escribir se ha convertido en mi modo de vida. Si no escribiera, el vacío me resultaría demasiado grande. Para mí, escribir es lo que ahuyenta el dolor de la oscuridad. Escribir y, ahora, también la fe” (p. 32). Escritura y arte en una actitud de escucha y obediencia a algo que viene de fuera, por eso señala que “escribir literatura, poesía, es avanzar escuchando, y no inventar. Se trata, por decirlo así, de sacar a la luz algo que ya existe, y será por eso por lo que, en el encuentro con la gran literatura, a veces se tiene la sensación de ver algo que ya se sabía, sin ser consciente de ello. La poesía es lo contrario de las «ocurrencias», y de la «creatividad», que por cierto es una palabra que detesto. Y al escuchar, callas. Cuando escuchas, permites que se te diga algo. Y eso es lo que escribes (p. 123)”.
Desde esta perspectiva el buen escritor -enuncia Fosse- escucha, renuncia al protagonismo, de tal manera que mengua el artista y crece la realidad dejándola aflorar. Es lo mismo que escribía Juan Ramón Jiménez: “¡No le toques ya más, que así es la rosa!”. Esta actitud de reverencia y respeto es la clave para comprender, en gran parte, la visión de Fosse sobre la fe, Dios y la Iglesia; dado que, junto a brillantes intuiciones y tomas de posición, el lector también se encuentra con opiniones sobre la conciencia, el pecado, las relaciones entre personas del mismo sexo, el bautismo y la comunión sacramental, que se apartan del depósito de la fe profesado por el catolicismo. Precisamente, esta actitud basal del premio Nobel; es decir, la actitud de escucha y reverencia a lo recibido, se echa en falta en estos temas.
Fosse busca la coherencia entre la fe y la vida de fe. Su visión como creyente es rica y amplia. No pretende lucirse, reconoce sus límites y, con modestia, anota: “Sí, todo lo que digo está dicho por un novicio, por alguien que intenta entrar en la fe cristiana católica, y asumirla, a partir de los presupuestos que al fin y al cabo tengo. Así que por aquí y por allá, en todo lo que digo o escribo, habrá que añadir y quitar cosas. Por aquí y por allá se notará también cierta ignorancia (p. 132)”. El lector acucioso sabrá limar, amablemente, las asperezas que encuentre.
En cualquier caso, estos y tantos otros testimonios son una muestra de la nostalgia de Dios, de la búsqueda del rostro del Dios encarnado, del Dios siempre fiel a la espera de la correspondencia al amor impreso en el alma del ser humano. Las palabas finales de Fosse confirman este aserto: “La grandeza, aquello que me hace católico, está en el misterio que hay en la fe. Es cierto, lo digo con la mano en el corazón. Y en este misterio se puede participar todos los días de un modo concreto. La grandeza de la Iglesia católica reside en que, a pesar de todo, ha sabido preservar y transmitir este misterio. También a mí (p. 133)”.

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