«¡Nosotros somos un deseo, no un algoritmo!»
El Papa León XIV revoluciona la Sapienza con un alegato contra la competitividad feroz, el rearme militar y la "mentira" de un sistema que reduce a los jóvenes a números
No fue una visita protocolaria más a la Universidad de la Sapienza. En el corazón del Ateneo más grande de Europa, el Papa León XIV ha lanzado un mensaje que ha resonado con la fuerza de un manifiesto existencial. Ante una comunidad universitaria expectante, el Pontífice ha roto lanzas contra la ansiedad moderna y el pesimismo geopolítico, regalando a los estudiantes una definición que ya corre por los pasillos de las facultades: «No somos una materia ensamblada casualmente… ¡Somos un deseo, no un algoritmo!».
El fin de la «dictadura del rendimiento»
Con una cercanía inusual, el Obispo de Roma comenzó su jornada en la Capilla Universitaria, definiendo su presencia como una «visita pastoral» para conectar con quienes buscan la verdad a través del estudio. Sin embargo, fue en el Aula Magna donde el discurso subió de tono, abordando directamente la crisis de salud mental que asola a la juventud actual.
León XIV denunció lo que llamó «el chantaje de las expectativas». En un mundo obsesionado con el éxito inmediato, el Papa alertó sobre un sistema distorsionado que exaspera la competitividad y abandona a los jóvenes a espirales de ansiedad. «La mentira omnipresente de reducir a las personas a números debe terminar», sentenció, instando a los alumnos a no permitir que nadie les robe el futuro.

Un grito contra el gasto militar
El Papa no eludió los temas más espinosos de la actualidad internacional. En un contexto marcado por los conflictos en Ucrania, Gaza y el Líbano, criticó con dureza el incremento del gasto militar en Europa.
«No se llame “defensa” a un rearme que aumenta tensiones e inseguridad y empobrece las inversiones en educación y salud», afirmó con rotundidad.
Para León XIV, el desarrollo de la Inteligencia Artificial en el ámbito bélico supone una «desresponsabilización» peligrosa de las decisiones humanas, una espiral de aniquilamiento que solo puede frenarse con un compromiso radical por la vida y la diplomacia.
La Universidad como «Alianza de Paz»
Dirigiéndose a los docentes, el Pontífice recordó que enseñar es una forma de caridad tan vital como socorrer a un migrante. Pidió a los profesores que no se limiten a transmitir conocimientos técnicos, sino que ayuden a los estudiantes a discernir quiénes son. «¿Qué sentido tiene formar a un profesional que no cultiva su conciencia?», se preguntó.
El encuentro concluyó con una invitación a la «profecía» frente a la crisis ecológica y social. El Papa animó a los jóvenes de la Sapienza —cuyo nombre, recordó, es de origen divino— a ser «artesanos de una paz desarmada», transformando su inquietud en acción política y social para custodiar la Tierra y la justicia.
Con esta visita, León XIV sella una «nueva alianza educativa» entre la Iglesia de Roma y la Universidad, dejando claro que, en la era de los datos masivos, lo que realmente importa es aquello que no se puede programar: la dignidad humana y el deseo de un mundo nuevo.
Texto completo del discurso:
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
A LA UNIVERSIDAD «SAPIENZA» DE ROMA
Aula Magna Jueves, 14 de mayo de 2026
Saludo improvisado en la Capilla Universitaria Palabras de saludo a los estudiantes presentes en la Plaza Central del Ateneo Discurso del Santo Padre
Saludo improvisado en la Capilla Universitaria
¡Buenos días! ¡Un saludo a todos, a la Rectora, a Su Eminencia, a los Obispos Auxiliares, a todos ustedes estudiantes, a los profesores!
He querido comenzar esta visita esta mañana aquí en la Capilla, en esta hermosa iglesia, punto de encuentro con el Señor. Porque, ante todo, esta visita mía de esta mañana es una visita pastoral: conocer un poco la Universidad, conocerlos a ustedes, poder saludar y compartir un breve momento en la fe. Quien investiga, quien estudia, quien busca la verdad, al final busca a Dios, encontrará a Dios, hallará a Dios precisamente en la belleza de la creación, en tantas formas en las que Dios ha querido poner su huella, en todo lo que somos nosotros, sobre todo como hijos e hijas de Dios, criaturas hechas a su imagen, pero también en su creación.
Así que es un momento hermoso hoy compartir un poco con la comunidad universitaria, en este centro de estudio… creo que es el más grande de toda Europa. Y entonces, realmente es una bendición, un don de Dios, encontrarnos aquí y vivir este momento, sabiendo que es Dios quien nos ha llamado, es Dios quien ha dado esta maravillosa creación para todos nosotros. Les deseo no solo un buen día, sino un buen estudio, y que este tiempo que viven ustedes en esta Universidad sea de verdad para todos ustedes un encuentro con Dios y con la belleza de la vida.
Ahora les doy la bendición, y luego continuamos un poco la visita en otros lugares de la Universidad.
[Bendición]
Bien, ¡buen día, gracias a ustedes! ¡Gracias por la acogida!
Dirigiéndose hacia el Rectorado de la Universidad, el Santo Padre dirige unas palabras de saludo a los estudiantes presentes en la Plaza Central del Ateneo:
¡Buenos días a todos! Bien, ¡gracias por la acogida! Estoy muy contento de estar aquí esta mañana con ustedes; podrán seguir todo el encuentro a través de las pantallas. Espero que sea un momento de gracia, un momento de alegría para toda la comunidad de la Sapienza. ¡Felicidades a ustedes y nos vemos después!
Discurso del Santo Padre
Magnífica Rectora, Autoridades políticas y civiles, Ilustres docentes, investigadores y personal técnico-administrativo y, sobre todo, ¡queridos estudiantes!
He aceptado con gran alegría la invitación a encontrarme con la comunidad universitaria de la Sapienza – Universidad de Roma. Su Universidad se caracteriza como un polo de excelencia en diversas disciplinas y, al mismo tiempo, por su compromiso en favor del derecho al estudio, incluso de quienes tienen menores recursos económicos, de las personas con discapacidad, de los detenidos y de quienes han huido de zonas de guerra. Por ejemplo, aprecio mucho que la Diócesis de Roma y la Sapienza hayan firmado un convenio para la apertura de un corredor humanitario universitario desde la Franja de Gaza. Es, por tanto, importante para mí, que soy Obispo de Roma desde hace poco más de un año, poder encontrarlos. Con corazón de pastor, quisiera dirigirme primero a los estudiantes y luego a los docentes.
Las avenidas de la ciudad universitaria, que he recorrido para llegar aquí, son transitadas diariamente por tantos jóvenes, habitadas por sentimientos contrastantes. Los imagino a veces despreocupados, alegres por su propia juventud que, incluso en un mundo atribulado y marcado por terribles injusticias, les permite sentir que el futuro está aún por escribirse y que nadie se lo puede robar. Entonces, los estudios que realizan, las amistades que surgen en estos años y el encuentro con diversos maestros del pensamiento son promesa de lo que puede cambiarnos a nosotros mismos para mejor, incluso antes que a la realidad que nos rodea. Cuando el deseo de verdad se convierte en búsqueda, nuestra audacia en el estudio testimonia la esperanza de un mundo nuevo.
Saben que estoy ligado espiritualmente a San Agustín, que fue un joven inquieto: cometió también graves errores, pero nada se perdió de su pasión por la belleza y la sabiduría. A este respecto, me ha complacido recibir de su parte un gran número de preguntas: ¡centenares! Obviamente no es posible responder a todas, pero las tengo presentes, deseando a cada uno que busque más ocasiones para dialogar. También para esto existen en la universidad las capellanías, donde la fe sale al encuentro de sus preguntas.
Sin embargo, la inquietud tiene también un rostro triste: no debemos ocultarnos que muchos jóvenes están mal. Para todos hay temporadas difíciles; pero alguien puede tener la impresión de que no terminan nunca. Hoy esto depende cada vez más del chantaje de las expectativas y de la presión del rendimiento. Es la mentira omnipresente de un sistema distorsionado, que reduce a las personas a números, exasperando la competitividad y abandonándonos a espirales de ansiedad. Precisamente este malestar espiritual de muchos jóvenes nos recuerda que no somos la suma de lo que tenemos, ni una materia ensamblada casualmente de un cosmos mudo. ¡Nosotros somos un deseo, no un algoritmo! Precisamente esta especial dignidad nuestra me lleva a compartir con ustedes dos preguntas.
A ustedes, jóvenes, este malestar les pregunta: “¿Quién eres?”. Ser nosotros mismos, de hecho, es el compromiso característico de la vida de todo hombre y de toda mujer. “¿Quién eres?” es la pregunta que nos hacemos unos a otros; la pregunta que silenciosamente planteamos a Dios; la pregunta a la que solo nosotros podemos responder, por nosotros mismos, pero a la cual nunca podemos responder solos. Somos nuestros vínculos, nuestro lenguaje, nuestra cultura: con mayor razón, es vital que los años de la universidad sean el tiempo de los grandes encuentros.
Por eso, a quienes son más adultos, el malestar juvenil les pregunta: “¿Qué mundo estamos dejando?”. Un mundo lamentablemente deformado por las guerras y por las palabras de guerra. Se trata de una contaminación de la razón que, desde el plano geopolítico, invade toda relación social. La simplificación que construye enemigos debe ser corregida, especialmente en la universidad, con el cuidado por la complejidad y el sabio ejercicio de la memoria. En particular, el drama del siglo XX no debe olvidarse. El grito de “¡nunca más la guerra!” de mis predecesores, tan en consonancia con el repudio a la guerra consagrado en la Constitución Italiana, nos impulsa a una alianza espiritual con el sentido de justicia que habita en el corazón de los jóvenes, con su vocación a no cerrarse entre ideologías y fronteras nacionales.
Por ejemplo, en el último año el crecimiento del gasto militar en el mundo, y en particular en Europa, ha sido enorme: no se llame “defensa” a un rearme que aumenta tensiones e inseguridad, empobrece las inversiones en educación y salud, desmiente la confianza en la diplomacia y enriquece a élites a las que nada les importa el bien común. Es necesario, además, vigilar el desarrollo y la aplicación de las inteligencias artificiales en el ámbito militar y civil, para que no desresponsabilicen las decisiones humanas y no empeoren la tragicidad de los conflictos. Lo que está ocurriendo en Ucrania, en Gaza y en los territorios palestinos, en el Líbano, en Irán, describe la inhumana evolución de la relación entre guerra y nuevas tecnologías en una espiral de aniquilamiento. Que el estudio, la investigación y las inversiones vayan en la dirección opuesta: ¡que sean un radical “sí” a la vida! ¡Sí a la vida inocente, sí a la vida joven, sí a la vida de los pueblos que invocan paz y justicia!
Un segundo frente de compromiso común se refiere a la ecología. Como nos dijo el Papa Francisco en la Encíclica Laudato si’, «existe un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático» (n. 23). Desde entonces ha pasado más de una década y, más allá de los buenos propósitos y de algunos esfuerzos orientados en tal dirección, la situación no parece haber mejorado.
En este escenario los animo sobre todo a ustedes, queridos jóvenes, a no ceder a la resignación, transformando en cambio la inquietud en profecía. Especialmente quien cree sabe que la historia no cae irremediablemente en manos de la muerte, sino que está siempre custodiada, pase lo que pase, por un Dios que crea vida de la nada, que da sin quitar, que comparte sin consumir. Hoy, precisamente la implosión de un paradigma posesivo y consumista deja libre el campo a lo nuevo que ya germina: ¡estudien, cultiven, custodien la justicia! Junto conmigo y con tantos hermanos y hermanas, sean artesanos de la paz verdadera: paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante, trabajando por la concordia entre los pueblos y por la custodia de la Tierra.
Se necesita toda su inteligencia y audacia. Ustedes, de hecho, pueden ayudar a quienes les precedieron a restablecer un auténtico horizonte de sentido, para no detenernos en la enésima y rápida fotografía de la situación en la que nos encontramos. Es necesario pasar de la hermenéutica a la acción: ustedes, tan poco considerados por una sociedad con cada vez menos hijos, testimonien que la humanidad es capaz de futuro cuando lo construye con sabiduría.
Su Universidad, que lleva un nombre divino, es lugar de estudio y sede de experimentación, que desde hace siglos forma en el pensamiento crítico. En particular, ustedes docentes pueden cultivar un fructífero contacto con las mentes y los corazones de los jóvenes: se trata de una responsabilidad exigente, por supuesto, pero entusiasmante. Es de suma importancia creer en sus estudiantes. Por tanto, pregúntense a menudo: ¿tengo confianza en ellos?
Enseñar es una forma de caridad, tanto como debe serlo socorrer a un migrante en el mar, a un pobre en la calle o a una conciencia desesperada. Se trata de amar siempre y en todo caso la vida humana, de estimar sus posibilidades, para hablar al corazón de los jóvenes sin apuntar solo a sus conocimientos. Enseñar se convierte entonces en testimoniar valores con la vida: es cuidado por la realidad, es sentido de acogida hacia lo que aún no se comprende, es decir la verdad. ¿Qué sentido tendría, por lo demás, formar a un investigador o profesional que, sin embargo, no cultiva su propia conciencia, el sentido de la justicia y del respeto por lo que no se puede ni se debe dominar? El saber, de hecho, no sirve solo para alcanzar fines laborales, sino para discernir quién se es. A través de las lecciones, las prácticas, la interacción con la ciudad, las tesis y los doctorados, cada estudiante puede encontrar siempre motivaciones nuevas, poniendo orden entre estudio y vida, entre instrumentos y fines.
Queridísimos, mientras los animo a este ejercicio cotidiano, mi visita quiere ser signo de una nueva alianza educativa entre la Iglesia que está en Roma y su prestigiosa Universidad, que precisamente en el seno de la Iglesia nació y creció. Les aseguro a todos ustedes mi recuerdo en la oración, y de corazón invoco sobre toda la comunidad de la Sapienza la bendición del Señor. ¡Gracias!
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