03 septiembre, 2026

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Más allá del Pesimismo Histórico

Mirar la polarización contemporánea con la esperanza activa y constructora de puentes de la Iglesia

Más allá del Pesimismo Histórico

Vivimos tiempos marcados por la perplejidad. En las sociedades occidentales contemporáneas, profundamente polarizadas y atravesadas por asimetrías lacerantes, es habitual ceder a la tentación del desaliento. Los diagnósticos agoreros se multiplican en los corrillos mediáticos y políticos, decretando una especie de decadencia irreversible de nuestra civilización.

Sin embargo, la respuesta cristiana ante este panorama no puede ni debe ser la del pesimismo histórico, ni mucho menos la ceguera interesada que prefiere ignorar los conflictos. Lejos de cerrar los ojos ante las dificultades o la polarización, la Iglesia está llamada a ejercer con radicalidad su naturaleza pastoral: discernir y compartir de manera solidaria «las gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos» (GS 1).

El peligro del pesimismo y la trampa del falso realismo

Ya lo advertía San Juan XXIII en su histórico discurso Gaudet Mater Ecclesia al inaugurar el Concilio Vaticano II: es necesario desconfiar de aquellos «profetas de la fatalidad» que predican que los tiempos actuales son intrínsecamente peores que los pasados y actúan como si la historia ya no tuviese nada que enseñarles. Ceder a este pesimismo supone, en el fondo, dudar de la acción misteriosa de la Divina Providencia en los asuntos humanos.

Reconocer que nos encontramos en un mundo polarizado, tecnológicamente avanzado pero éticamente desorientado, no significa claudicar ante el fatalismo. Los problemas a los que nos enfrentamos —desde las desigualdades socioeconómicas flagrantes hasta las crisis ecológicas y los conflictos bélicos— no son lineales ni simplistas; son profundamente poliédricos. Requerir soluciones simplistas a realidades complejas es el síntoma más evidente de una mentalidad polarizada que busca culpables antes que caminos de salida.

De la queja estéril a la acción fecunda: oración y sacrificio

De nada sirve pasar el día entero quejándose de cómo están las cosas o lamentando el rumbo de la sociedad en una actitud pasiva y estéril. Es necesario dar el salto hacia una actitud verdaderamente activa. Ciertamente, son escasas las ocasiones en las que los ciudadanos de a pie podremos realizar actuaciones directas e inmediatas para resolver las grandes polarizaciones y los conflictos geopolíticos o sociales globales. No obstante, nunca debemos dudar de la inmensa eficacia y el poder real de la oración y del sacrificio.

Ante estos problemas y errores doctrinales o morales debemos mantener lo que cabría denominar una sana intransigencia: no comulgar jamás con el error ni transigir con lo incorrecto, manteniéndose firmes en la verdad, pero mostrando siempre un respeto profundo e inquebrantable hacia las personas que los cometen.

La mirada de Cristo: un poliedro sin cultura del descarte

Frente a esta complejidad, la comunidad eclesial ha de armarse con la mirada de Cristo. En esa mirada no cabe el descarte ni la indiferencia. Como nos recuerda el magisterio actual con su categoría teológica de la opción por los pobres, los rostros sufrientes de nuestro tiempo no son meras estadísticas sociológicas, sino lugares teologales donde se nos revela el mismo Señor.

La Iglesia señala permanentemente a Jesucristo como «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10), despojándose de toda ambición terrenal para entregarse al servicio del mundo. Esta perspectiva nos exige cultivar una paciencia activa. No se trata de una paciencia pasiva que se limita a dejar pasar el tiempo esperando que escampe, sino de una firme constancia nacida de la certeza de que Cristo ya ha vencido a la muerte y al pecado. Nuestra visión ha de ser radicalmente optimista, fundamentada no en un ingenuo optimismo terrenal, sino en la victoria pascual que sostiene la historia.

Constructores de puentes en un mundo fragmentado

En este contexto de fracturas ideológicas y sociales, se nos insiste de manera constante en una vocación ineludible: debemos ser constructores de puentes. La polarización se alimenta de trincheras, de descalificaciones mutuas y de la incapacidad de escuchar al que piensa diferente. La tarea de la Iglesia, y por extensión de todos los creyentes y hombres de buena voluntad, es demoler esas murallas mentales y afectivas.

Ser constructores de puentes significa transitar el difícil camino del diálogo social y político con la convicción de que ninguna aspiración legítima del ser humano es ajena al corazón de la Iglesia. Es asumir que la paz no se construye mediante la confrontación estéril o la ilusión de la guerra, sino mediante el compromiso cotidiano de la escucha, la compasión y la ternura.

Conclusión: Una esperanza que no defrauda

Superar el pesimismo histórico no es ignorar el dolor del mundo, sino mirarlo de frente con los ojos de la fe. Sostenidos por la alegría y la esperanza (Gaudium et Spes), estamos llamados a caminar como fermento en medio de nuestras sociedades polarizadas. Con la mirada puesta en Cristo —centro de la historia— y con las manos dispuestas al servicio y al diálogo, cada cristiano tiene hoy la hermosa oportunidad de ser artífice de concordia y testigo de una esperanza que jamás defrauda.

Eloy Asenjo Carpintero

(Madrid, 1965) es Licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Madrid (1988) y docente de Enseñanzas Medias en las áreas de Matemáticas, Física e Informática. Con experiencia como consultor en e-learning e implantación de tecnologías educativas, actualmente imparte clases en el Colegio María Teresa de Alcobendas y desarrolla recursos didácticos interactivos para la enseñanza de las ciencias en Secundaria y Bachillerato.