León XIV en Líbano: Unidad, reconciliación y paz
Un encuentro donde líderes cristianos y musulmanes claman por estabilidad y justicia en Oriente Medio
En un emotivo encuentro ecuménico e interreligioso en la Plaza de los Mártires de Beirut, el Papa León XIV ha reafirmado que «la unidad, la reconciliación y la paz son posibles» en el Líbano, una nación que se erige como testimonio vivo de convivencia entre religiones. Ante una carpa de vidrio que acogió a líderes cristianos, musulmanes, drusos y representantes de otras confesiones, el Pontífice invocó el legado de sus predecesores y el espíritu del Concilio Vaticano II para exhortar a superar el miedo, la desconfianza y los prejuicios que azotan Oriente Medio.
El escenario, cargado de simbolismo, se desplegó en la Plaza de los Mártires, epicentro de la resistencia libanesa durante la Primera Guerra Mundial y de las protestas antigubernamentales de 2019. Bajo la sombra de minaretes y campanarios que se yerguen juntos hacia el cielo, el Patriarca siro-católico Ignacio Youssif III Younan dio la bienvenida al Papa, destacando cómo su visita coincide con el 1.700 aniversario del Concilio de Nicea y el 60 aniversario de la declaración Nostra Aetate, hitos que impulsan el diálogo interreligioso. «Nuestros pueblos anhelan estabilidad política, una paz constructiva y una fraternidad auténtica», proclamó Younan, convencido de que la presencia de León XIV fortalecerá el compromiso de «vivir juntos en espíritu de diálogo sincero».
El evento comenzó con cánticos del Evangelio y el Corán, seguidos de un video titulado «Bienaventurados los pacificadores», que narró testimonios de convivencia en Líbano: familias cristianas y musulmanas compartiendo la vida cotidiana, iniciativas educativas para la ciudadanía inclusiva y la «purificación de la memoria» tras décadas de conflictos. «La coexistencia de religiones es una experiencia enriquecedora para la humanidad», subrayó el reportaje, evocando la esperanza de un futuro estable.

Ocho líderes religiosos tomaron la palabra, tejiendo un tapiz de voces unidas por la urgencia de la paz. El jeque Abdullatif Darian, muftí sunita de la República, invocó el Corán y el Pacto de Medina para recordar que judíos, cristianos y musulmanes forman «una sola nación». Citando el Documento sobre la Fraternidad Humana firmado en 2019 por Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, instó a llevar «la antorcha de este mensaje» para que «la seguridad y la paz prevalezcan en el mundo».
El Patriarca griego ortodoxo de Antioquía, Yohanna X Yazigi, describió al Líbano como una nación que «respira con sus dos pulmones, islámico y cristiano», donde las comunidades se complementan en una «tierra de coexistencia». Por su parte, el jeque Ali El-Khatib, vicepresidente del Consejo Superior Islámico Chiita, condenó las «guerras artificiales en nombre de las religiones» y enfatizó que el Islam enseña que la diversidad es parte de la creación humana, regulada por «diálogo, comprensión mutua y cooperación en la bondad». «Pongamos la cuestión del Líbano en sus manos», apeló al Papa, pidiendo ayuda internacional para liberarse de las «crisis acumuladas» agravadas por la agresión israelí.
El Patriarca sirio ortodoxo Mar Ignacio Efraín II habló de un «ecumenismo de sangre» forjado en el terror y las migraciones forzadas, demandando «una paz fundada en la justicia» que salvaguarde la dignidad y la libertad en un Estado de derecho. «Cristianos y musulmanes han convivido siglos, compartiendo dolores y esperanzas; desean seguir viviendo juntos», afirmó, subrayando que el diálogo de vida, más que el académico, construye sociedades cohesionadas contra el fanatismo.
El jeque Al-Aql de la comunidad drusa, Sami Abi Al-Muna, presentó al Líbano como «modelo de diversidad en la unidad», urgiendo a «abrir las puertas del amor cristiano y la misericordia islámica» para silenciar la voz de la guerra. El Catholicós Aram I, de la Iglesia Armenia Ortodoxa, celebró la «unidad en la diversidad» como puente entre Oriente y Occidente, mientras Joseph Kassab, presidente del Consejo Supremo Evangélico, abogó por una «sinodalidad nacional» que escuche las sufrimientos del pueblo. Finalmente, el jeque Ali Kaddour, líder alauita, defendió la dignidad humana como valor supremo, priorizando el «interés nacional» sobre divisiones.
En su discurso central, pronunciado en inglés y traducido simultáneamente, León XIV describió al Líbano como «tierra bendita, exaltada por los profetas del Antiguo Testamento», donde el eco del Logos sigue llamando a abrir los corazones a Dios. Recordando la exhortación Ecclesia in Medio Oriente de Benedicto XVI, firmada en Beirut en 2012, insistió en que el diálogo no obedece a «consideraciones pragmáticas, políticas o sociales», sino a «profundas verdades teológicas arraigadas en la fe». «Que cada repique de campana, cada adhān, se armonice en un único himno para glorificar al Creador y orar por la paz», imploró.
Ante los «conflictos complejos y prolongados» en Oriente Medio, la «cuna de las religiones abrahámicas», el Papa halló esperanza en lo que une: «nuestra humanidad común y la creencia en un Dios de amor y misericordia». El pueblo libanés, «aun abrazando diferentes religiones», demuestra que «el miedo, la desconfianza y los prejuicios no tienen la última palabra». Citando Nostra Aetate, llamó a un diálogo «inspirado por el amor divino» que rechace discriminación y afirme la «igual dignidad de todo ser humano».
Evocando episodios evangélicos en las cercanías de Tiro y Sidón, León XIV vio en el Líbano un lugar donde «humildad, confianza y perseverancia superan barreras» para encontrar el amor de Dios. Usó la simbología del cedro –emblema de la «alma justa»– y el olivo, «piedra angular del patrimonio libanés», venerado en textos sagrados como símbolo de reconciliación. «Su longevidad y capacidad de sobrevivir en entornos hostiles muestran resistencia y esperanza; su aceite sana heridas y proporciona luz», explicó, recordando la llamada a iluminar corazones con fe, caridad y humildad.
Dirigiéndose a la diáspora libanesa, el Pontífice les encomendó ser «constructores de paz: enfrentar la intolerancia, superar la violencia, desterrar la exclusión; iluminar el camino hacia la justicia y la concordia». El acto culminó con la plantación y riego de un olivo por parte del Papa, junto al jeque Al-Aql y el Patriarca Yazigi, gesto simbólico de perseverancia. Niños entonaron cánticos dulces, y León XIV invocó el «abrazo amoroso de Nuestra Señora del Líbano», venerada en Harissa, para que la reconciliación brote «como manantial de agua viva que fluye desde el Líbano», trayendo esperanza y unidad al mundo.
Este encuentro, en el segundo día del viaje apostólico de León XIV, no solo consolida el rol del Líbano como «mensaje» para la humanidad –como lo llamó Juan Pablo II–, sino que amplifica un clamor unívoco: estabilidad, justicia y paz. En un Oriente Medio fracturado, Beirut reafirma que el diálogo interreligioso no es utopía, sino imperativo teológico y humano.
Texto completo:
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A TÜRKIYE Y AL LÍBANO
CON PEREGRINACIÓN A IZNIK (TÜRKIYE)
EN EL 1700 ANIVERSARIO DEL PRIMER CONCILIO ECUMÉNICO DE NICEA
(27 de noviembre – 2 de diciembre de 2025)
ENCUENTRO ECUMÉNICO E INTERRELIGIOSO
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Plaza de los Mártires (Beirut)
Lunes 1 de diciembre de 2025
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Queridos hermanos y hermanas:
Me siento profundamente conmovido y enormemente agradecido de encontrarme hoy entre vosotros, en esta tierra bendita —tierra ensalzada por los profetas del Antiguo Testamento, que vieron en sus altivos cedros la imagen del alma justa que florece bajo la mirada vigilante del cielo—; tierra donde el eco del Logos nunca ha enmudecido, sino que sigue llamando, siglo tras siglo, a quienes desean abrir su corazón al Dios vivo.
En su Exhortación apostólica postsinodal *Ecclesia in Medio Oriente*, firmada aquí en Beirut en 2012, el Papa Benedicto XVI subrayaba que «la naturaleza y la vocación universal de la Iglesia exigen que dialogue con los miembros de las demás religiones. En Oriente Medio, este diálogo se basa en los vínculos espirituales e históricos que unen a los cristianos con los judíos y los musulmanes. No es un diálogo dictado principalmente por consideraciones pragmáticas, políticas o sociales, sino por preocupaciones teológicas profundas relacionadas con la fe» (n. 19). Queridos amigos, vuestra presencia hoy aquí, en este lugar extraordinario donde los alminares y los campanarios se alzan uno junto al otro, pero ambos apuntan hacia el cielo, da testimonio de la fe perdurable de esta Tierra y de la devoción inquebrantable de su pueblo al único Dios. Que en esta tierra amada toda campana, todo adhān, toda llamada a la oración se fundan en un solo himno que se eleve —no solo para glorificar al Creador misericordioso del cielo y de la tierra, sino también para elevar una súplica ardiente por el don divino de la paz.
Durante muchos años, y especialmente en los últimos tiempos, los ojos del mundo han estado fijos en Oriente Medio, cuna de las religiones abrahámicas, observando el arduo camino y la búsqueda incesante del precioso don de la paz. A veces la humanidad contempla Oriente Medio con temor y desánimo ante conflictos tan complejos y antiguos. Sin embargo, en medio de estas luchas, surge un sentimiento de esperanza y aliento cuando nos fijamos en lo que nos une: nuestra común humanidad y nuestra fe en un Dios de amor y de misericordia. En una época en que la convivencia puede parecer un sueño lejano, el pueblo del Líbano, abrazando distintas religiones, se presenta como un poderoso recordatorio de que el miedo, la desconfianza y el prejuicio no tienen la última palabra, y de que la unidad, la reconciliación y la paz son posibles. Es una misión que permanece inalterada a lo largo de la historia de esta tierra amada: dar testimonio de la verdad perdurable de que cristianos, musulmanes, drusos y tantos otros pueden vivir juntos y construir un país unido por el respeto y el diálogo.
Hace sesenta años, el Concilio Vaticano II, con la promulgación de la Declaración *Nostra Aetate*, abrió un nuevo horizonte para el encuentro y el respeto mutuo entre los católicos y las personas de otras religiones, subrayando que el verdadero diálogo y la colaboración tienen su raíz en el amor —único fundamento de la paz, la justicia y la reconciliación—. Este diálogo, inspirado en el amor divino, debe abarcar a todas las personas de buena voluntad, rechazar el prejuicio, la discriminación y la persecución, y afirmar la igual dignidad de todo ser humano.
Aunque el ministerio público de Jesús se desarrolló principalmente en Galilea y Judea, los Evangelios también narran episodios en los que visitó la región de la Decápolis —sobre todo en los alrededores de Tiro y Sidón—, donde se encontró con la mujer sirofenicia cuya fe inquebrantable lo movió a curar a su hija (cf. Mc 7,24-30). Aquí la tierra misma se convierte en algo más que un simple lugar de encuentro entre Jesús y una madre suplicante; se transforma en un espacio donde la humildad, la confianza y la perseverancia superan todas las barreras y se encuentran con el amor sin límites de Dios que abraza todo corazón humano. En efecto, este es «el núcleo mismo del diálogo interreligioso: el descubrimiento de la presencia de Dios más allá de toda frontera y la invitación a buscarlo juntos con reverencia y humildad» [1].
Si el Líbano es célebre por sus majestuosos cedros, también el olivo constituye un pilar de su patrimonio. El olivo no solo adorna este espacio en el que hoy nos reunimos, sino que es venerado en los textos sagrados del cristianismo, del judaísmo y del islam como símbolo perenne de reconciliación y de paz. Su larga vida y su asombrosa capacidad de florecer incluso en los entornos más hostiles simbolizan la resistencia y la esperanza, reflejando el compromiso firme que se requiere para cultivar la convivencia pacífica. De este árbol brota el aceite que sana —bálsamo para las heridas físicas y espirituales—, manifestando la compasión ilimitada de Dios por todos los que sufren. Su aceite también da luz, recordándonos la llamada a iluminar nuestros corazones mediante la fe, la caridad y la humildad.
Como las raíces de los cedros y de los olivos se hunden profundamente y se extienden ampliamente por la tierra, así el pueblo libanés está esparcido por el mundo, pero unido por la fuerza perdurable y el patrimonio milenario de su patria. Vuestra presencia aquí y en todo el planeta enriquece al mundo con ese legado multimilenario, pero representa también una vocación. En un mundo cada vez más interconectado, estáis llamados a ser constructores de paz: a enfrentar la intolerancia, superar la violencia y desterrar la exclusión, iluminando el camino hacia la justicia y la concordia para todos mediante el testimonio de vuestra fe.
Queridos hermanos y hermanas, cada 25 de marzo, celebrado como fiesta nacional en vuestro país, os reunís para venerar a María, Nuestra Señora del Líbano, honrada en su santuario de Harissa, que luce una imponente estatua de la Virgen con los brazos abiertos, abrazando a todo el pueblo libanés. Que este abrazo amoroso y materno de la Virgen María, Madre de Jesús y Reina de la Paz, os guíe a cada uno, para que en vuestra patria, en todo Oriente Medio y en el mundo entero brote el don de la reconciliación y de la convivencia pacífica «como los arroyos que fluyen del Líbano» (cf. Ct 4,15). Que traigan esperanza y unidad a todos. Shukran.
[1] Audiencia general, Catequesis con motivo del sexagésimo aniversario de la Declaración conciliar Nostra Aetate, 29 de octubre de 2025.
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