Latidos desde la frontera: El clamor del Papa León XIV en Gran Canaria contra el «asistencialismo» y las guerras
Ante 50.000 fieles en Las Palmas, el Pontífice sitúa el drama migratorio y la dignidad humana en el centro de la víspera del Sagrado Corazón, exigiendo superar la mera filantropía y rezando por los muertos en el mar
El eco del Estadio de Gran Canaria no se debió esta vez al fútbol, sino a una de las homilías más profundas y de mayor carga geopolítica y pastoral en lo que va del pontificado de León XIV. En la tarde de este jueves 11 de junio, durante la tercera etapa de su viaje apostólico a España, el Santo Padre presidió la sagrada eucaristía en la víspera de la Solemnidad del Sacratísimo Corazón ante cerca de 50.000 personas. Un marco multitudinario que el Pontífice aprovechó para lanzar un mensaje directo a Europa y al mundo: la dignidad humana no entiende de aduanas y la caridad auténtica debe ir mucho más allá del simple auxilio material.
La jornada había comenzado por la mañana con una agenda de marcado carácter social, donde el Papa mantuvo encuentros significativos con migrantes, representantes de obras de acogida, obispos y responsables eclesiales. Tras palpar la realidad del archipiélago, el inicio de la misa estuvo marcado por un sobrecogedor minuto de oración. León XIV invitó explícitamente a los miles de fieles «a rezar juntos por los hermanos y las hermanas que han perdido la vida en el mar», convirtiendo el recinto deportivo en un santuario del recuerdo y el duelo por las tragedias que marcan las rutas del Atlántico.
La raíz del amor frente al cálculo
Tomando como base la liturgia de la jornada, el Papa reflexionó largamente sobre el concepto de la gratuidad divina, recordando que el amor de Dios no se fundamenta en méritos ni privilegios, sino en un don incondicional. En este sentido, advirtió del riesgo de desvirtuar los valores evangélicos. «Nuestra vocación al amor no está fundada en el cálculo, ni en el mero sentimiento, ni es reducible a simple filantropía, sino que invade todo nuestro ser», desgranó el Pontífice, definiendo esa fuerza como «fuego para el alma y luz para la mente».
El eje vertebrador de su discurso fue la conceptualización de la ayuda al prójimo. Citando el magisterio de sus predecesores, Francisco y Benedicto XVI, León XIV fue tajante al exigir un cambio de paradigma en la acción social y en la gestión de las crisis humanitarias.
«Nuestra caridad no debe ser mero asistencialismo, sino integrar a las personas, para su plena realización —espiritual, intelectual y física— y su inserción digna y constructiva en la comunidad».
Para el Pontífice, solo cuando se busca el desarrollo integral del individuo y se le ayuda a recuperar plenamente su dignidad, los acontecimientos dolorosos y difíciles del presente «se convertirán en ocasión para esparcir semillas de esperanza en el camino de la humanidad hacia un futuro mejor».
Una bofetada a la arrogancia y la autosuficiencia
El Papa puso a las Islas Canarias como un claro ejemplo de «acogida, compartir y don desinteresado», agradeciendo la inmensa labor que allí se realiza a diario. Sin embargo, aprovechó la metáfora del Corazón humilde de Jesús para lanzar una dura crítica a las dinámicas del individualismo contemporáneo.
Aseguró que los latidos de ese Corazón no los sienten los «doctos» ni los «sapientes», refiriéndose a quienes tienen la presunción de bastarse a sí mismos. «No pocas veces, la riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad sólo puede realizarse si logramos prescindir de los demás», lamentó. Como contraposición, e invocando la célebre máxima de san Agustín («donde está la caridad está la paz, y donde está la humildad, allí está la caridad»), invitó a «bajar de los pedestales de la arrogancia que divide, para encontrarnos en la la humildad que nos hermana».
La solemne celebración concluyó con un llamamiento que resonó con fuerza más allá de las fronteras insulares, conectando la devoción espiritual con los grandes dolores del mapa internacional: «Que en el mundo cesen las guerras y crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad, reconciliada en el amor». Con este alegato por la paz y la justicia social, León XIV cerró una jornada histórica en el archipiélago, dejando una hoja de ruta nítida para los desafíos humanitarios de nuestro tiempo.
Homilía completa:
VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A ESPAÑA
(6-12 DE JUNIO DE 2026)
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Estadio de Gran Canaria
Jueves, 11 de junio de 2026
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Queridos hermanos y hermanas, después de una jornada rica de encuentros y de compartir, ahora celebrando con ustedes esta Eucaristía, quiero antes que nada dar gracias al Señor por tanto bien que se hace aquí cada día, confiándole el compromiso de todos y al mismo tiempo los sufrimientos de los que esta tierra es testigo. Les invito también a rezar juntos, en esta Santa Misa, por los hermanos y las hermanas que han perdido la vida en el mar.
Todo lo llevamos al Altar junto con el pan y el vino, mientras nos introducimos, con la Celebración vespertina de la Vigilia, en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, a quien toda España está consagrada. Pidamos al Señor que en este momento estén vivos en nosotros los mismos sentimientos de humanidad, misericordia y compasión del Corazón del Salvador.
Nos dejamos ayudar, en nuestra meditación, por las Lecturas que hemos escuchado.
En la primera, Dios recuerda a los israelitas la gratuidad con la que los amó. Los eligió no porque tuvieran privilegios, dotes o méritos particulares, sino por puro amor (cf. Dt 7,7-9), y seguirá amándolos siempre, aun cuando, por su corazón endurecido, no correspondan a sus sentimientos.
Esta es la caridad de Dios, en la que hunde sus raíces nuestra vocación al amor, que no está fundada en el cálculo, ni en el mero sentimiento, ni es reducible a simple filantropía, sino que invade todo nuestro ser: fuego para el alma, luz para la mente, impulso irresistible para la libertad, paz y al mismo tiempo tormento para el corazón, que late en sintonía con otros corazones, involucrando a toda la persona. Porque amar es connatural al hombre, más aún, es condición de plenitud de su misma existencia.
Así se nos muestra el amor en la humanidad del Salvador y en los movimientos de su Sacratísimo Corazón: inmutable y fiel aun frente a la incomprensión y al rechazo, al miedo, a la tristeza y a la resistencia humana (cf. Lc 22,39-46).
Y es en este rostro de Dios siempre “enamorado”, que anhela total y constantemente nuestro bien y nuestra felicidad plena, que nosotros reconocemos el camino de la vida, aprendiendo un nuevo modo de existir y de relacionarnos, un criterio diferente para evaluar las decisiones, un estilo renovado y estimulante de hacer comunión. A este respecto, el Papa Francisco, hablando de la caridad de Cristo, decía que «la mejor respuesta al amor de su Corazón es el amor a los hermanos» (Dilexit nos, 167) y agregaba: «no hay mayor gesto que podamos ofrecerle para devolver amor por amor» (ibíd.). “Devolver amor por amor”: este es el intercambio maravilloso, el «admirabile commercium» (cf. Primeras Vísperas de la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, primera antífona), del que el Evangelio nos invita a dejarnos atraer, traduciendo la medida infinita del amor de Dios en la generosidad con la que lo servimos, cada día, en los hermanos y en las hermanas que Él mismo pone en nuestro camino. Especialmente en aquellos más necesitados, indefensos, incapaces de devolver algo a cambio (cf. Lc 6,32-36). Precisamente como ocurre en esta isla, en la acogida, en el compartir, en el don desinteresado.
La gratuidad del Corazón de Cristo, sin embargo, no se detiene en esto. Va más allá, comprometiéndose en ayudar a cada uno no sólo a sobrevivir, sino también a recuperar la confianza y retomar el camino, para crecer y florecer plenamente en su unicidad, por el bien de todos. A este propósito, el Papa Benedicto XVI escribía que la caridad «de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal […] es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad» (Caritas in veritate, 1).
En la segunda Lectura, san Juan nos ha recordado que «Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él» (1 Jn 4,9). Sus palabras evocan las de Jesús, que dijo que había venido para que tuviéramos vida y vida en abundancia (cf. Jn 10,10), y que ordenó al paralítico sanado: «Levántate, coge la camilla y echa a andar» (Mc 2,9). En estas expresiones reconocemos la invitación a abrazar maternalmente al que sufre, pero al mismo tiempo a preparar y alentar al que está herido para que se levante y vuelva a ponerse en marcha, para una vida libre y digna.
Efectivamente, nuestra caridad no debe ser mero asistencialismo, sino integrar a las personas, para su plena realización —espiritual, intelectual y física— y su inserción digna y constructiva en la comunidad (cf. Fratelli tutti, 129). Sólo así nuestros encuentros, aun frente a acontecimientos difíciles y dolorosos, se convertirán en ocasión para esparcir semillas de esperanza en el camino de la humanidad hacia un futuro mejor.
Pero quisiera detenerme, a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, en una última característica del Corazón de Cristo: la humildad (cf. Mt 11,29). El Corazón de Jesús es humilde, y por eso no sienten sus latidos los “doctos”, los “sapientes”, es decir, aquellos que tienen la presunción de bastarse a sí mismos, de saberlo todo, de no necesitar ni a Dios ni a los demás. A estos, en efecto, aturdidos por los estruendos de un “yo” ampuloso, omnipresente y agitado, les falta el silencio necesario para escuchar en sí y en los hermanos el palpitar escondido del amor.
«No pocas veces, la riqueza nos vuelve ciegos, hasta el punto de pensar que nuestra felicidad sólo puede realizarse si logramos prescindir de los demás» (Dilexi te, 108). Jesús, en cambio, nos enseña lo contrario: para gustar la verdadera alegría de la vida, que reside en el amor, es necesario bajar de los pedestales de la arrogancia que divide, para encontrarnos en la humildad que nos hermana.
San Agustín decía: «donde está la caridad está la paz, y donde está la humildad, allí está la caridad» (Sobre la Primera Carta de San Juan a los Partos, Prólogo). Es así. Donde hay auténtica humildad hay amor, y donde hay amor hay paz, porque sólo en la humildad conocemos realmente quiénes somos y, por tanto, podemos amarnos, encontrarnos, entregarnos y perdonarnos en la verdad.
Queridos hermanos, hermanas, hoy adoramos el Sagrado Corazón de Jesús, un corazón que a menudo representamos coronado de espinas y encendido con una llama, según las visiones que tuvo santa Margarita María Alacoque. Recordemos que nosotros somos la presencia viva del Señor en el mundo (cf. Lumen gentium, 8). Por eso, mirémonos unos a otros, no sólo en esta jornada, sino siempre, con respeto y confianza, y renovemos, en esta conciencia, el compromiso de realizar en nosotros, en la caridad, lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por el bien de la Iglesia (cf. Col 1,24). Encendidos por la caridad de su Corazón, seamos portadores de su misericordia y de su paz, para que en el mundo cesen las guerras y crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad, reconciliada en el amor.
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