19 abril, 2026

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La vida es una barca: la Iglesia como lugar de salvación

De la barca de Noé a la barca de Pedro, pasando por el lago de Genesaret: una invitación a tomar conciencia, permanecer y rescatar a otros

La vida es una barca: la Iglesia como lugar de salvación

Cada vez que voy a Jerusalén —intento ir al menos una vez al año—, suelo viajar con peregrinos. Es una belleza incomparable. Si estás interesado en venir, escribe en los comentarios del canal y te compartimos información para organizar el viaje.

Una de las cosas que más me encanta es celebrar la Misa en Magdala, precisamente en un altar que tiene forma de barca. Es precioso, enorme. ¿Por qué una barca? Porque Jesús le pidió la barca a Pedro: «Boga mar adentro», le dijo. Desde allí predicó a la multitud y después llamó a Pedro y a los demás. En una barca realizó la pesca milagrosa, se trasladaba de un lugar a otro por el lago. Dejó a propósito a los apóstoles solos en la barca a mitad de la noche para aparecerse caminando sobre las aguas. Y desde una barca calmó la tempestad.

Si no me equivoco, entre el 75% y 80% de la vida pública de Cristo transcurrió en torno al lago de Genesaret, también llamado lago de Galilea. Todo giraba entre la casa de Pedro, la barca, Magdala, Tabga y esos lugares cercanos. Iba en barca, regresaba en barca, «tiren las redes», «echen las redes al otro lado»… Siempre la barca.

Pero, ¿cuál es la primera barca de la que hemos oído hablar en la Biblia? El Arca de Noé.

A veces nos imaginamos el arca como algo gigantesco, más grande que el Titanic, para que cupieran dos elefantes, dos tigres, dos jirafas, dos gorilas, dos osos panda… No, no. ¿Cuáles eran los animales que Noé conocía? Perros, gatos, cabras, vacas, borregos, quizá un camello… y párale de contar. No metió víboras, boas, cobras ni pitones en frasquitos de Gerber; tampoco chinchillas, mayates, moscas ni mosquitos. Eran los animales que él conocía y que cabían en esa barca donde entraron ocho personas: Noé, su esposa, sus tres hijos y sus nueras.

En esa barca se salvó la humanidad, la promesa, la alianza que Dios hizo con el hombre. Después vendría la barca de Pedro, las barcas que usó Jesús… y todo como un símbolo de la verdadera barca: la Iglesia.

Así como llegó el diluvio y perecieron todos los que no estaban en el arca (no necesariamente en el infierno, sino que murieron en este mundo; cada uno recibió su juicio personal), Dios mandó ese castigo porque eran malos. Pero Jesús mismo nos llama malos a todos: «Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre celestial!». Todos nos equivocamos; hasta los santos han tenido imperfecciones. Los que estaban en la barca se salvaron y siguieron viviendo.

Esta barca es figura de la Iglesia. Dios nos pide que entremos, pero que entremos de verdad. Yo entré a la Iglesia a los ocho días de nacido (o quizá a los cuatro, tengo las dos fechas: nacimiento y bautizo). A los ocho años ya estaba en la barca, pero inconscientemente, en brazos de mi madre. Después tuve que tomar conciencia: para eso fue el catecismo, la confirmación, la Eucaristía, el Evangelio y la maduración de la fe.

Yo era un niño como todos. No crean que a los 13 años estaba en cursos de Biblia o misiones; nada. Hasta los 18 años, en un retiro, decidí probar en serio. Lo demás fue normalito.

Nos vamos dando cuenta de que estamos en la barca. Pero algunos que están dentro se salen, se tiran al agua. Conozco gente que fue a misa 25 años y después dejó de ir; rezaba y dejó de rezar; era misionero y ya no. A los 15 años decidí desobedecer a mis padres y no volví a poner un pie en la iglesia… Lo más probable es que nunca tomaste conciencia real de que estabas en la barca. Te bautizaron, naciste en familia católica, fuiste a colegio católico, en un país católico… estabas dentro, pero te asomaste por la borda, te gustó más lo de afuera y dijiste: «¿Qué hago aquí?». Te tiraste al agua, como el hijo pródigo.

El hijo pródigo estaba en la barca, en la casa del padre: había servidores, calor, protección, alimentos, vino, pan… Pero voces externas lo sedujeron: «Detrás de la montaña hay un país divertidísimo, un pueblito donde te la pasas genial. Aquí no te falta nada, pero tampoco tienes todo». Se fue, y pocos días después ya se estaba ahogando.

Queridos amigos: no te salgas de la barca. Toma conciencia de que estás dentro. Estar en la barca lleva responsabilidades: alguien cocina, lava, sube las velas, está al timón, limpia la proa, la popa… Todos tenemos un lugar. Muchos rescatamos a los que se cayeron: los sacamos con cuerdas, pesan, es complicado.

No creas que vamos en un transatlántico all-inclusive, con piscina, meseros y camarones. No: es una barca de salvación. Aquí se reza, se trabaja, se hacen misiones, te preocupas por los demás y estás seguro dentro, jalando a todos los que puedas. Hay muchos afuera agarrados a una tablita, a una cuerda, a un flotador… Los peligros están allí afuera.

Primero, toma conciencia de que estás dentro. Vive la belleza de estar en la barca. Por ningún motivo te salgas. Y qué belleza: mete a todos los que puedas. Algunos parecen felices afuera: «Estamos más ricos en el agua». Espera a que llegue la tormenta, la tempestad, los depredadores… No hay nada como estar dentro de la barca.

Pasa la palabra a todos los que quieras. Hagamos todo el bien que podamos. Quedémonos en la barca, metamos a los que estén fuera.

Que Dios los bendiga siempre.

P Angel Espinosa de los Monteros

El Padre Ángel Espinosa de los Monteros ha impartido más de 4,000 conferencias sobre matrimonio, valores familiares y espiritualidad en diferentes ciudades de México, Estados Unidos, Francia, Italia, España y Sudamérica. Ha atendido a cientos de matrimonios ofreciendo consejos y programas de crecimiento conyugal y familiar. Es autor del libro «El anillo es para siempre», traducido a diferentes lenguas y a partir de las cuales ha dictado más de 20 títulos de conferencias. Actualmente se dedica de tiempo completo a impartir conferencias y renovaciones matrimoniales en 20 países del mundo.