15 octubre, 2026

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«La verdadera alegría del amor es un lento fundirse juntos»: el Papa analiza la vigencia de Amoris laetitia a diez años de su publicación

En una emotiva homilía en la Plaza de San Pedro, leída por el Cardenal Tagle, León XIV reivindicó la vigencia de la Exhortación de Francisco, llamando a sostener a la familia frente a las dificultades actuales y destacando la comunión con la Iglesia Caldea

«La verdadera alegría del amor es un lento fundirse juntos»: el Papa analiza la vigencia de Amoris laetitia a diez años de su publicación

Una multitud congregada en la Plaza de San Pedro acompañó la celebración de la Santa Misa con motivo del décimo aniversario de Amoris laetitia, la célebre Exhortación Apostólica sobre el amor en la familia promulgada por el Papa Francisco en 2016. La homilía redactada por el Papa León XIV, y leída por el Cardenal Luis Antonio Tagle, Decano del Colegio Cardenalicio, trazó un balance pastoral sobre los frutos del documento vaticano y la urgente necesidad de acompañar los desafíos del hogar en la sociedad contemporánea.

El texto pontificio situó la caridad y el «himno a la caridad» de san Pablo en el centro de la meditación sobre las virtudes del matrimonio cristiano, definido como un icono del amor de Dios. «La verdadera alegría del amor es un lento fundirse juntos, en el que la unicidad del uno florece, en el don, a través de la presencia del otro», destacó la homilía, recordando que el aprendizaje de los afectos y el compromiso matrimonial no se improvisan ni se resuelven únicamente con un curso previo, sino que demandan un acompañamiento que comience desde la infancia y en el seno del propio hogar.

Un escudo frente a los prejuicios y la soledad

Durante la lectura de la homilía, se remarcó el papel de la familia como la primera y más insustituible escuela de los afectos, donde aun entre la fatiga y los errores se vive una «fidelidad heroica». El Santo Padre exhortó a la comunidad eclesial a consolidar una «familia de familias» que proteja a todos sus miembros: desde los jóvenes esposos y los padres que lidian con la crianza, hasta los ancianos como reservorios de sabiduría y las personas que atraviesan momentos de fragilidad o crisis.

«Por más herida que esté una familia, siempre puede crecer a partir del amor», subrayó la homilía citando las conclusiones sinodales, reafirmando al mismo tiempo la defensa irrenunciable del respeto a la vida y el valor infranqueable de la oración cotidiana en el hogar.

Abrazo y comunión eclesial con el Patriarca de Bagdad

La celebración tuvo además un fuerte cariz ecuménico e histórico. Durante el rito, se manifestó públicamente la comunión eclesiástica concedida por el Papa León XIV a Su Beatitud Polis III Nona, Patriarca de Bagdad de los Caldeos, presente en la Eucaristía.

La presencia del jerarca oriental fue calificada como una viva expresión de la unidad en la fe entre las Iglesias de distintos ritos y la Sede de Roma. Tagle dedicó unas palabras de afecto a los fieles iraquíes y de Medio Oriente, reconociendo su testimonio «firme y a menudo heroico» en medio de las duras adversidades que afrontan en la región.

El acto concluyó con la invocación a la Sagrada Familia de Nazaret, pidiendo que cada hogar se transforme en una «pequeña Iglesia doméstica» protegida de la violencia, la división y la cerrazón.

Texto completo de la homilía:

SANTA MISA EN EL X ANIVERSARIO DE LA EXHORTACIÓN APOSTÓLICA AMORIS LÆTITIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

(leída por el Card. Luis Antonio Tagle, Decano del Colegio Cardenalicio)

Plaza de San Pedro

Miércoles, 14 de octubre de 2026

 

Ahora leeré la homilía preparada por el Santo Padre, el Papa León XIV.

«La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia» (Francisco, Exhort. ap. Amoris laetitia, 19 de marzo de 2016, 1). Así, el Santo Padre Francisco, hace diez años, comenzaba la Exhortación apostólica Amoris laetitia (AL).

Hoy celebramos la Eucaristía presentando al Señor los frutos del trabajo realizado sobre el Documento en este período, buscando asimilar su riqueza y aplicar sus indicaciones pastorales.

La Liturgia de hoy nos ofrece al respecto algunas pautas de reflexión. Hemos escuchado, en la primera Lectura, el «himno a la caridad» de san Pablo (cf. 1Co 12,31-13,13), que la Exhortación, en el capítulo cuarto, pone en la base de una rica meditación sobre las virtudes del Matrimonio cristiano, unión «afectiva, espiritual y oblativa» (AL, 120) e icono del amor de Dios (cf. AL, 121). Es precisamente a través de estos valores como los esposos, a imagen de la Trinidad y con la ayuda de la gracia, crecen juntos, día a día, madurando cada uno en su propia peculiaridad y, al mismo tiempo, realizando esa mutua semejanza que crece a través del «proyecto estable de compartir y construir juntos toda la existencia» (AL, 123). Así, la verdadera alegría del amor es un lento fundirse juntos, en el que la unicidad del uno florece, en el don, a través de la presencia del otro.

El Apóstol, por lo demás, dirigía sus palabras a una comunidad rica en dones y carismas (cf. 1Co 12,4-11), pero necesitada de madurar en la caridad. Recordaba a los Corintios que sin ella, aun con todos los talentos recibidos, el hombre es «como bronce que resuena o platillo que estridula» (1Co 13,1): una voz carente de amor, un oído incapaz de llevar mensajes al corazón, una individualidad distante, fría, impenetrable.

Nosotros no estamos hechos para esto. Nos lo ha recordado también el Salmo responsorial, definiéndonos como «pueblo» y «rebaño» de un Dios cuyo «amor es para siempre» y cuya fidelidad se extiende «de generación en generación» (Sal 99,5), de un Señor que ama sin echarse nunca atrás, sin dejar jamás de buscarnos, de darnos confianza y de renovarnos su amistad.

Esta es la caridad que Amoris laetitia nos invita a poner como fundamento de nuestras familias. Es el amor verdadero al que nos exhorta, de modo particular, a educar a los jóvenes que se preparan para el Matrimonio, enseñándoles «la importancia de las virtudes», entre las cuales asigna un lugar especial a la castidad, «condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal» (AL, 206). Son loables, con este fin, los itinerarios que con empeño se realizan a nivel parroquial o de zonas pastorales. Recordemos, sin embargo, que estos recorridos por sí solos no bastan, si no están precedidos y sostenidos por una educación en el amor que acompañe todo el crecimiento, desde la infancia. El Papa Francisco, a este propósito, observaba que «aprender a amar a alguien no es algo que se improvisa, ni puede ser el objetivo de un […] curso previo a la celebración del matrimonio» (AL, 208). Y explicaba: «En realidad cada persona se prepara para el matrimonio desde su nacimiento» (ibid.), y todo lo que un joven vive en familia debe contribuir a «hacerlo capaz de un compromiso pleno y definitivo» (ibid.).

Así, la caridad doméstica, concreta, no exenta de momentos de fatiga, de errores y de caídas, y al mismo tiempo maravillosa en su impredecible cotidianidad, es la primera escuela de los afectos, el primer valioso e insustituible aprendizaje de la «alegría del amor». Por esto merecen ser valorados y sostenidos los esfuerzos de tantas familias que, en nuestras ciudades y en nuestros pueblos, viven su vocación y misión día a día, sin estrépito, pero con una fidelidad a veces heroica. Ellas son una respuesta generosa y comprensible para todos a las palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16). A través del testimonio de estos padres, hijos, abuelos, jóvenes y ancianos, pequeños y grandes, el mensaje de verdad y de plenitud de vida del Evangelio se difunde eficazmente en el mundo.

El Evangelista Juan nos ha transmitido el mandato simple y claro que nos dejó Jesús al final de su vida terrena: «Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12). Pongámoslo en práctica, para crecer como Iglesia que es «familia de familias» (AL, 87), en un clima de cuidado recíproco del que todos nos beneficiaremos: los jóvenes esposos, que se sentirán alentados al iniciar su camino conyugal; los padres, que recibirán ayuda para afrontar los exigentes desafíos vinculados al crecimiento de los hijos y a la gestión de la vida familiar; los ancianos, que verán reconocido y valorado su papel de testigos de sabiduría y de virtud, mientras las fuerzas físicas disminuyen. Aquí encontrará apoyo y motivación también quien es más frágil, o vive situaciones difíciles y momentos de crisis, rodeado de afecto y protegido de juicios y prejuicios. Recordemos que, «por más herida que esté una familia, siempre puede crecer a partir del amor» (XIV As. Gen. Ord. del Sínodo de los Obispos, Relatio finalis, 10).

En esta caridad, fundamental para nuestro propio existir y estar juntos como seres humanos, hunden sus raíces también los valores de la apertura y el respeto hacia la vida, desde la concepción hasta el término natural. De tales valores la familia es depositaria por excelencia, como faro para el bien de la humanidad. El Papa Francisco, al respecto, subrayaba que «ninguna unión precaria o cerrada a la transmisión de la vida […] asegura el futuro de la sociedad» (AL, 52). Sin familias sólidas, abiertas al don de los hijos, atentas a su educación y a su crecimiento, el mundo no tiene porvenir.

En los textos que hemos escuchado, hay todavía una invitación importante de Jesús que quisiera recordar: la de «pedir al Padre en su nombre» (cf. Jn 15,16). Estas palabras nos recuerdan que la familia es un lugar privilegiado de oración. Es necesario reconocer, desgraciadamente, que hoy, en muchas partes del mundo, la costumbre de rezar juntos entre las paredes del hogar —antes de las comidas, al comienzo y al término de la jornada, o en ocasiones particulares— se ha debilitado considerablemente. Amoris laetitia nos recuerda que hacerlo es fundamental: «Cabe destacar —afirma— la importancia de la espiritualidad familiar, de la oración y de la participación en la Eucaristía dominical» (AL, 223), y recomienda que también entre familias se reúnan «regularmente para promover el crecimiento de la vida espiritual y la solidaridad en las exigencias concretas de la vida» (ibid.). La oración común y los Sacramentos tienen un papel muy relevante en la vida familiar, porque, al abrir los corazones a la acción de Dios, permiten llegar juntos incluso allí donde solos no se llegaría jamás. Son un alimento sólido y una medicina saludable; por eso exhorto calurosamente a todos a redescubrir y promover esta práctica.

Queridos hermanos y hermanas, tengo también el honor de presidir esta celebración con un mandato especial del Santo Padre León XIV, con el fin de manifestar públicamente la comunión eclesiástica concedida por Él a Su Beatitud Polis III Nona, Patriarca de Bagdad de los Caldeos, que participa en esta Eucaristía.

La comunión de un Patriarca con el Sucesor de Pedro recuerda una práctica antigua, que sancionaba la unidad en la fe y en la caridad de una Iglesia patriarcal con la Sede de Roma y, en aquel tiempo, de las mismas Iglesias entre sí: no representa, pues, una mera formalidad, sino una realidad viva, que extrae su propia razón de ser en la Comunión eucarística, fuente y cumbre de la unidad de la Iglesia en Cristo.

Beatitud, su presencia nos ayuda a comprender mejor nuestro ser Iglesia, comunión en Cristo Señor de Iglesias de diversos ritos y tradiciones en la unidad visiblemente manifestada con el Sucesor de Pedro. Le aseguramos el afecto de toda la Iglesia católica y la oración por los fieles encomendados a su cuidado pastoral, desde hace tiempo probados, pero firmes y a menudo heroicos al dar testimonio, entre muchas adversidades, de la fe en Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, encomendemos a todas las familias y a la Iglesia entera a la Sagrada Familia de Nazaret, retomando la oración puesta por el Papa Francisco al final de Amoris laetitia.

«Sagrada Familia de Nazaret,

haz de nuestras familias

lugares de comunión y cenáculos de oración,

auténticas escuelas del Evangelio

y pequeñas Iglesias domésticas. […]

Nunca más haya en las familias

episodios de violencia, de cerrazón y de división;

[…] cualquiera que haya sido herido o escandalizado

sea prontamente consolado y curado.

[…] Haz que todos nos hagamos conscientes

del carácter sagrado e inviolable de la familia,

de su belleza en el proyecto de Dios.

Jesús, María y José,

escuchadnos y acoged nuestra súplica. Amén» (AL, 325).

Exaudi Redacción

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