La Palabra
Del Logos creador a la casa del ser: una genealogía del sentido
A tenor de la conversación de Albert Cortina con Ángel Barahona en el episodio “EL LOGOS DE LA VIOLENCIA Y EL LOGOS DEL AMOR” de la temporada “ La guerra perpetua” para el programa de HMTV “El Mundo que se avecina”, reproducimos esta interesante reflexión de José Félix Merladet (09.05.26):
«En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» —así comienza el prólogo del Evangelio según San Juan, uno de los textos más densos y decisivos de toda la tradición occidental. La palabra no aparece allí como simple instrumento humano, sino como principio creador, inteligencia viva y puente entre lo invisible y lo visible. El Logos griego que recoge San Juan es al mismo tiempo razón, sentido y palabra pronunciada. Dios crea hablando —«hágase la luz»— y el cristianismo llevará esa intuición a su culminación: la Palabra no sólo crea el mundo, sino que entra en él, se hace carne.
Por eso, para tantos pensadores cristianos, hablar nunca ha sido un acto inocente. San Agustín veía en el lenguaje humano una sombra imperfecta del Verbo eterno, mientras Santo Tomás de Aquino afirmaba que toda inteligencia busca, de algún modo, participar de esa Palabra primera que da orden al caos.
La tradición clásica y moderna prolongó esa veneración casi sagrada por el lenguaje hasta nuestros días .
Wittgenstein llega al lenguaje desde la lógica y la filosofía analítica. En el Tractatus Logico-Philosophicus (1921) escribe la célebre frase: «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo». Es decir, que aquello que no puede decirse con claridad termina desdibujándose en el pensamiento y que la forma en que hablamos modela nuestro pensamiento y hasta nuestra manera de habitar la realidad.
Heidegger, desde otra perspectiva ontológica, escribió que «el lenguaje es la casa del ser», sugiriendo que no habitamos sólo ciudades o países, sino palabras.
Esta frase de su etapa madura, está en la Carta sobre el humanismo ( 1947 ). Allí el lenguaje no es sólo un instrumento lógico, sino el lugar donde el Ser se revela al hombre. Es una visión metafísica y poética.
Incluso en la poesía moderna, desde T. S. Eliot hasta Octavio Paz, aparece la intuición de que la palabra auténtica no sólo describe el mundo: lo revela. Juan Ramón Jiménez, en Eternidades, pedía a la inteligencia «el nombre exacto de las cosas», como si nombrar correctamente fuese todavía una forma de salvación.
Poner nombre.
Quizá por eso todas las grandes culturas han sospechado que existe algo casi sagrado en el acto de nombrar. Nombrar es distinguir, rescatar del caos, conceder existencia.
En la Biblia, Adán recibe precisamente esa misión: poner nombre a las criaturas.
La palabra puede herir o curar.
La historia humana parece debatirse entre palabras que construyen y palabras que destruyen.
Ya Confucio había advertido que cuando las palabras pierden su sentido, también se corrompe el orden político y moral. Y George Steiner, profundamente marcado por las tragedias del siglo XX, insistió en que la civilización depende de mantener una relación honesta con el lenguaje, porque allí donde la palabra se degrada en propaganda o mentira, la barbarie encuentra camino libre.
Hannah Arendt observó que los totalitarismos empiezan corrompiendo el lenguaje; Paul Valéry desconfiaba de las palabras gastadas porque terminan pensando por nosotros; y Jacques Maritain defendía que la dignidad humana depende también de la capacidad de decir verdad.
Frente al ruido contemporáneo, la antigua frase de San Juan sigue resonando con una fuerza extraña y casi metafísica: si el Verbo estaba en el principio, quizá toda decadencia comienza precisamente cuando las palabras se manipulan, se degradan y dejan de significar verdad, obstaculizan nuestro camino y nos arruinan la vida.
El asesinato público de la verdad es el primero —y quizá el más peligroso— de los asesinatos.
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