La libertad de conciencia y los límites de la autoridad
En “Los domingos”
La película “Los domingos”, dirigida por Alauda Ruiz de Azúa, plantea un dilema ético universal: ¿qué significa seguir la propia conciencia cuando el precio es desobedecer las expectativas familiares y sociales? La cineasta propone esta reflexión, a propósito de la vocación religiosa de Ainara, una adolescente que quiere ingresar en un convento y debe enfrentarse a la incomprensión y a las presiones de su entorno más cercano. El film retrata con respeto y sutileza cómo, en ocasiones, se confunde el amor con el control y el cuidado con la negación del otro.
Cuando la familia de Ainara (Blanca Soroa) espera conocer qué carrera universitaria va a comenzar el próximo año, la adolescente desafía las expectativas creadas en torno a su futuro al comunicar que desea ser monja de clausura. A sus 17 años, esta joven brillante y responsable, que cuida de sus dos hermanas menores desde la muerte de su madre, explica que su decisión surge de un proceso íntimo de discernimiento vocacional en el que la ha acompañado un joven sacerdote del colegio católico en el que estudia desde pequeña. Ainara pide permiso a su padre (Miguel Garcés) para convivir, durante varias semanas, con las hermanas del convento en el que quiere ingresar, con el propósito de afirmarse en su decisión. Pero, la noticia de que se siente cada vez más cerca de Dios y de que la voz de su conciencia la anima a seguir su vocación religiosa provoca la división familiar y el desconcierto de su círculo de amigos más próximo, con las consiguientes presiones externas. En estas, el afecto del entorno se entremezcla con el temor de perder los vínculos y la visión de que el camino elegido por la joven supone desaprovechar sus talentos, sus oportunidades, e incluso la vida misma. Las distintas percepciones externas sobre lo bueno y lo valioso —sustentadas en valores contemporáneos más superficiales y utilitaristas— entran en conflicto con la voz interior de la protagonista que responde a un llamado profundo, ético y espiritual, más allá de los criterios sociales o familiares sobre el éxito y la realización personal.
La cineasta vizcaína se adentra en las motivaciones que pueden llevar a la joven a plantearse ser monja y cómo este anuncio descoloca al entorno, dejando que los actos y las palabras de cada personaje hablen por sí mismos. La cámara de Alauda Ruiz de Azúa muestra sin juzgar las tensiones éticas entre la fe, la vocación religiosa, el amor familiar y los propios marcos de valores. En este sentido, el film abre un espacio respetuoso de reflexión ética y diálogo entre las distintas voces. Las comidas familiares de cada domingo funcionan, de hecho, como un microcosmos del conflicto moral que expone las grietas, los recelos y las sospechas.

La voz de la conciencia y las formas de amor
La voz de la conciencia de Ainara evoca el dilema clásico de Antígona: la tensión entre acatar las expectativas externas —las “leyes” de su entorno familiar y social— o seguir la ley interior no escrita que lleva a la protagonista de la tragedia griega a enterrar a su hermano, desobedeciendo el mandato del rey Creonte. Del mismo modo, Ainara enfrenta el dilema entre la propia conciencia, que dicta lo correcto, más allá del miedo o la conveniencia, por encima de las normas y las presiones externas. La joven actúa desde el compromiso consigo misma, guiada por una ética profunda y la fidelidad a una verdad íntima. Su voz interior también remite a la idea de conciencia formulada por John H. Newman, quien afirmaba que, incluso dentro de la fe, debe brindarse “primero por la conciencia y después por el Papa”. Con ello, Newman no cuestionaba la autoridad eclesial, sino que afirmaba que la conciencia es la voz de Dios inscrita en el alma humana, la instancia más alta de discernimiento moral. Por tanto, esta no se opone a la fe, sino que la autentifica.
El padre de Ainara, tras los primeros momentos de duda, despeja sus miedos infundados sobre la disgregación familiar o la supuesta manipulación psicológica de su hija, al conocer al sacerdote que ha acompañado a la adolescente en el proceso de discernimiento vocacional, y hablar tanto con la directora del colegio en el que estudia como con la superiora del convento. Todos ellos le confirman que su hija no ingresa en ninguna secta y que nadie le impedirá abandonar los hábitos si cambia de opinión. El amor incondicional que respeta la libertad y la conciencia de la hija le conducen a acatar el llamado religioso de Ainara, ofreciendo un ejemplo de ética del cuidado sin imposición. Si bien, esta postura desagrada al resto de la familia y, en particular, a la tía Maite (Patricia López Arnaiz) y a la abuela (Mabel Rivera) que se contagia por los temores y los prejuicios de su hija hacia la religión.
“—¿Por qué no las llevas al psicólogo o la envías a estudiar fuera? ¿No ves que la están manipulando? ¡Has de motivarla en otra dirección! Y, ese cura, es un señor adulto que se reúne con una menor…”. Maite, de convicciones ateas, se enfrenta a su hermano y padre de la adolescente, sembrando todo tipo de acusaciones infundadas, e incluso acusándolo de abandonar a su hija para rehacer su vida con otra mujer. Sin embargo, el padre de Ainara se limita a responder: “—Yo solo quiero que ella esté bien y que sea feliz”.
La tía trata de convencer a su sobrina de que reconsidere su decisión, mediante el argumento de que si su vocación y el amor a Dios que siente son verdaderos pueden esperar a que se realice en otras dimensiones vitales. Pero, la firmeza de Ainara en sus convicciones, la lleva a perder la paciencia y a gritarle: “—Tú no hablas con nadie. ¡Dios no existe!, ¡Ese amor no existe!”. En su desesperación, busca la alianza con la amiga más íntima de la joven para que la tiente con placeres más espurios. Incluso, miente a la priora del convento (Nagore Aramburo) —antes de dejar a Ainara en las semanas de prueba en régimen de clausura—, asegurando ha mantenido relaciones sexuales con un compañero del colegio y que está en su mano disuadir a la adolescente de su vocación religiosa. Otro de sus argumentos disuasorios es que la joven confunde el dolor por la pérdida de la madre con la búsqueda consuelo. “—La fe es un regalo de Dios, se tiene o no se tiene. Lo que me pides no está en mi mano”, responde la madre superiora, ante las presiones de Maite. Esta, en sus formas de proceder, confunde el amor con el control y el cuidado con la negación del otro. De hecho, sin ser consciente de ello, también despliega esta conducta con su esposo (Juan Minujín) y el hijo pequeño de ambos.
Valoración bioética
Desde la bioética personalista, la conciencia no es mera autonomía psicológica ni libertad de elección sin límites: es el lugar donde la persona se abre a la verdad y discierne el bien. En este sentido, la libertad de conciencia significa responder responsablemente a lo que uno mismo reconoce como verdadero y justo. La dignidad de la persona implica respetar esa libertad interior porque en ella se realiza su vocación moral más profunda. Toda forma de autoridad —sea institucional, familiar o afectiva— tiene como fin promover el bien integral de la persona, no sustituir su conciencia. En consecuencia, cuando la autoridad traspasa ese límite y pretende imponer decisiones, deja de ser legítima.
El dilema surge cuando la persona, guiada por su conciencia, entra en conflicto con una autoridad que busca orientarla desde fuera. En el plano bioético personalista, la voz interior tiene
primacía porque es el espacio donde la persona se constituye como sujeto moral. Negar esa libertad sería negar la dignidad misma de la persona. La fidelidad a la conciencia, sin embargo, debe ir unida a una actitud de diálogo y apertura, reconociendo que toda voz interior puede crecer en verdad y madurez. El personalismo evita los dos extremos: la autonomía individualista que rompe todo vínculo y la obediencia ciega que niega la libertad. Esta es verdadera cuando se vive en relación y cuando la conciencia se forma en diálogo. Si bien, la decisión última pertenece a la persona, y la autoridad, por su parte, debe acompañar y respetar ese proceso sin sustituirlo.
En la película, la conciencia de Ainara encarna este principio: su decisión de seguir su vocación religiosa responde a un llamado interior que percibe como verdadero. La tía Maite, al intentar imponerle su visión —marcada por el miedo y su postura atea—, sobrepasa los límites éticos del cuidado porque transforma el amor en control. El padre, en cambio, sin ser perfecto, respeta la conciencia de su hija, la acompaña y la sostiene sin imponerle su propia voluntad. El verdadero amor, como la verdadera autoridad moral, no anulan la conciencia del otro, sino que la iluminan.
El conflicto de Ainara resuena con el desafío contemporáneo: aprender a discernir en medio del ruido. Vivimos en una cultura saturada de estímulos, opiniones y urgencias donde la interioridad se ve amenazada por la dispersión y la inmediatez. La voz interior exige silencio, escucha y discernimiento. Esto, hoy, es un acto contracultural que reivindica el juicio propio frente a la manipulación de las consignas colectivas[1].
La película ha sido reconocida con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián de 2025 y se ha alzado con el máximo galardón del Festival del Cine Mediterráneo de Montpellier. En Los domingos, Alauda Ruiz de Azúa muestra su destreza para explorar con respeto y profundidad las dinámicas familiares y retratar los conflictos íntimos sin recurrir a juicios, prejuicios o simplificaciones. La cineasta ha logrado ganarse el reconocimiento de los espectadores por sus anteriores trabajos: la película Cinco lobitos (2022) y la miniserie televisiva Querer (2024). El film Los domingos es un retorno a Dios, contra todo pronóstico.
Amparo Aygües . Master Universitario en Bioética por la Universidad Católica de Valencia . Miembro del Observatorio de Bioética . Universidad Católica de Valencia

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Ficha técnica:
Título original: Los domingos
Año: 2025
Directora: Alauda Ruiz de Azúa
País: España
Duración: 110 min.
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[1] Bibliografía:
Han, B-Ch. (2025). Sobre Dios. Pensar con Simone Weil. Paidós.
Murdoch, I. (2023). La soberanía del bien. Taurus.
Newman, J. H. (1875). Carta al duque de Norfolk. El primado de la conciencia. Fundación Pablo VI.
Pérez de Laborda. (2015). Dios a la vista. Rialp.
Ratzinger, J. (2010). El elogio de la conciencia. La Verdad interroga al corazón. Palabra.
Spaemann, R. (1987). Ética y cuestiones fundamentales. Eunsa.
Spaemann, R. (2010). Personas. Acerca de la distinción entre “algo” y “alguien”. Eunsa.
Weil, S. (2024). A la espera de Dios. Trotta
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