«La ciencia no contradice a Dios»
José Carlos González-Hurtado, el "rebelde" de la alta dirección y presidente de EWTN España, expone en el canal Se Buscan Rebeldes por qué la ciencia de vanguardia ha dejado de ser el refugio del escéptico para convertirse en la prueba de cargo del Creador
¿Y si el fondo del vaso no está vacío? La encerrona matemática que desarma al ateísmo moderno.
El 82% de los jóvenes que abandonan la fe en la actualidad lo hacen bajo una premisa que daban por inamovible: que la ciencia ha enterrado a Dios. Sin embargo, la realidad que revelan los laboratorios hoy en día es diametralmente opuesta. Lejos de alejar del Creador, los últimos descubrimientos en física, cosmología y biología están acorralando al escepticismo radical, demostrando que la ciencia no solo no contradice la fe, sino que exige la existencia de una inteligencia superior.
Si la Iglesia posee la tradición intelectual más brillante de la historia, ¿por qué las nuevas generaciones sienten que nadie responde a sus preguntas? La respuesta no es la falta de pruebas, sino la falta de información.
El «ateísmo de las trincheras»
Durante décadas se ha instalado el falso mito de que la ciencia se mueve en el terreno de lo demostrable y Dios en el de la superstición abstracta. Quienes defienden esto olvidan que la ciencia asume a diario realidades cuyos mecanismos últimos no comprende del todo. El propio Richard Feynman, premio Nobel de Física, reconocía que no sabemos realmente qué es la energía, y aun así la ciencia aporta evidencias incontestables de su existencia a través de sus causas y efectos. Lo mismo ocurre con la conciencia humana. ¿Por qué, entonces, se veta el mismo método al hablar del Creador?
Max Planck, el padre de la física cuántica, fue tajante al afirmar que «la ciencia impone la idea de Dios». Y los datos respaldan esta visión: el 97% de los premios Nobel de Física y el 95% de los de Química de los últimos cien años se han manifestado abiertamente como teístas o religiosos. El verdadero motor de la ciencia moderna nació en entornos profundamente cristianos, precisamente porque se buscaba el orden de un Dios que no se contradice.
Quien rechaza de raíz la idea de un creador no lo hace por un exceso de rigor intelectual, sino por lo que González-Hurtado define como el «ateísmo de las trincheras». Da igual el volumen de evidencias que se presenten; el escéptico radical simplemente se mueve de una trinchera teórica a otra para aferrarse a su incredulidad por pura resistencia de la voluntad, no del entendimiento.
Nos tocó la lotería cósmica: el ajuste fino contra el azar
Cuando la ciencia analiza el origen del universo, solo quedan dos opciones racionales sobre la mesa: o somos fruto de una creación deliberada o somos el resultado de un azar ciego. Pero las matemáticas del azar destruyen los argumentos ateos.
Para que la vida exista tal y como la conocemos, las leyes físicas del universo tuvieron que calibrarse en un «ajuste fino» de una precisión inimaginable. La probabilidad de que este diseño exacto surgiera por pura casualidad es equivalente a que nos regalen un billete de lotería y nos toque el premio mayor todos los días de nuestra vida, compitiendo contra un número de combinaciones de $10^{10^{123}}$ —la célebre constante calculada por Roger Penrose—. Un número tan astronómico que escapa a cualquier capacidad de cálculo humano.
Ante esta realidad estadística, sostener que todo surgió de la nada y por accidente requiere muchísima más fe ciega que reconocer la huella de un Diseñador inteligente. Como recordaba Werner Heisenberg: «El primer trago del vaso de las ciencias naturales te convertirá en ateo… pero en el fondo del vaso está Dios esperándote».
La paradoja de la voluntad: ¿Por qué Dios no es evidente?
Una de las preguntas más comunes entre los buscadores honestos es: «Si hay tantas evidencias, ¿por qué Dios no se muestra de forma innegable a todo el mundo?» La filosofía tradicional, capitaneada por pensadores como Santo Tomás de Aquino, resuelve esta aparente paradoja distinguiendo dos formas de acceder a la verdad: la visio (visión) y la cognicio (conocimiento).
- La visio es automática y no requiere de la voluntad. Si hay una luz encendida frente a ti, tus ojos la captan y no necesitas elegir si creer en ella o no.
- La cognicio, en cambio, requiere una adhesión libre apoyada en indicios razonables y testimonios fiables. Es el tipo de certeza que tienes cuando sabes quién es tu padre: no necesitas una prueba diaria de ADN; te adhieres a esa verdad a través del amor, los hechos y la confianza.
Dios se maneja en el ámbito de la cognicio. Existen evidencias apabullantes en la naturaleza, pero Dios no se impone de manera geométrica o tiránica para salvaguardar el regalo más sagrado que le dio al hombre: la libertad. Si creer en Dios fuera una consecuencia automática, el acto de fe y de amor carecería por completo de mérito. Como bien explicaba el premio Nobel de Medicina Alexis Carrel, Dios se hace cercano a los que buscan amarle, pero se oculta a quienes solo pretenden diseccionarlo con fría soberbia intelectual.
Una invitación a la coherencia
El ser humano moderno arrastra la angustia de creerse huérfano en un cosmos hostil. Sin embargo, disciplinas como la cosmología y la genética aplicada al genoma humano nos recuerdan que fuimos pensados antes de que las estrellas comenzaran a brillar.
La fe no es un salto al vacío de la irracionalidad; es un paso firme donde la razón y las evidencias construyen el puente, y la voluntad libre decide cruzarlo. Al final, la diferencia entre el creyente y el ateo es que ambos cruzan la cuerda floja de la existencia, pero el primero camina sabiendo con absoluta certeza que abajo hay una red que lo sostiene.
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