19 abril, 2026

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Invertir el tesoro de la vida: misericordia y presencia

En el Ángelus del 10 de agosto, el Papa León XIV invita a transformar nuestros dones en gestos concretos de amor y servicio

Invertir el tesoro de la vida: misericordia y presencia

En su mensaje dominical desde la Plaza de San Pedro, el Papa León XIV reflexionó sobre el Evangelio de Lucas (12, 32–48), donde Jesús anima a sus discípulos a no acumular tesoros para sí mismos, sino a compartirlos generosamente. El Pontífice subrayó que no se trata únicamente de bienes materiales, sino también de talentos, tiempo, afecto y atención, que pueden convertirse en instrumentos de misericordia.

“El capital de nuestra vida es un bien vivo y palpitante”, afirmó. “Si no se cultiva, se seca o se convierte en objeto de consumo. Dios nos lo dio para que florezca en libertad, relación y amor, haciéndonos más semejantes a Él”.

León XIV destacó que las obras de misericordia constituyen la inversión más segura y fructífera que una persona puede realizar. Recordó que incluso la viuda del Evangelio, con solo dos monedas, se convirtió en la más rica al ofrecer lo poco que tenía. Citando a San Agustín, señaló que lo que se da con amor “se transforma, porque te transformas tú”, y que esa riqueza verdadera se mide en vida eterna.

El Papa ilustró su mensaje con ejemplos cotidianos: una madre que abraza a sus hijos o dos personas que se aman sinceramente se sienten los más afortunados del mundo. Estas realidades, dijo, muestran que la verdadera riqueza no se encuentra en lo que se posee, sino en lo que se comparte.

Finalmente, animó a los fieles a vivir en “vigilancia interior”, atentos y disponibles para los demás, igual que Cristo está siempre presente con nosotros. Concluyó confiando a la Virgen María el deseo de que todos seamos “centinelas de misericordia y de paz” en medio de un mundo dividido.

Texto completo:

PAPA LEÓN XIV

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo, 10 de agosto de 2025

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Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo.

En el Evangelio de hoy, Jesús nos invita a reflexionar sobre cómo invertir el tesoro de nuestra vida (cf. Lc 12,32-48). Dice: «Vendan sus bienes y denlos como limosna» (v. 33).

Nos exhorta, por tanto, a no guardar para nosotros los dones que Dios nos ha dado, sino a emplearlos con generosidad para el bien de los demás, especialmente de quienes están más necesitados de nuestra ayuda. Se trata no sólo de compartir las cosas materiales de las que disponemos, sino de poner en juego nuestras capacidades, nuestro tiempo, nuestro afecto, nuestra presencia, nuestra empatía. En resumen, todo aquello que hace de cada uno de nosotros, en los designios de Dios, un bien único, inapreciable, un capital vivo, palpitante, que para crecer requiere ser cultivado y empleado, porque si no se seca y se devalúa. O bien termina perdido, a merced de quienes, como ladrones, se apropian de él para convertirlo simplemente en un objeto de consumo.

El don de la vida, recibido de Dios, no se nos entregó para terminar así, sino que necesita espacio, libertad, relación, para realizarse y expresarse; necesita amor, que es lo único que trasforma y ennoblece cada aspecto de nuestra existencia, haciéndonos cada vez más semejantes a Dios. No es casualidad que Jesús pronuncia estas palabras mientras está de camino hacia Jerusalén, donde se ofrecerá a sí mismo en la cruz para nuestra salvación.

Las obras de misericordia son el banco más seguro y rentable al que confiar el tesoro de nuestra existencia, porque en él, como nos enseña el Evangelio, con “dos monedas” incluso una pobre viuda puede convertirse en la persona más rica del mundo (cf. Mc 12,41-44).

San Agustín, a este propósito, dice: «Si dieses una libra de bronce y la recibieses de plata, o la dieses de plata y la recibieras de oro, te considerarías feliz. Lo que das se transforma realmente; se convertirá para ti no en oro ni en plata, sino en vida eterna» (Sermón 390, 2). Y explica por qué: «se transformará, porque te transformarás tú» (ibíd.).

Y para entender lo que quiere decir, podemos pensar en una mamá que abraza a sus hijos, ¿no es la persona más hermosa y rica del mundo? O también dos novios, cuando están juntos, ¿no se sienten un rey y una reina? Y podríamos poner tantos otros ejemplos.

Por eso, en la familia, en la parroquia, en la escuela y en los lugares de trabajo, en cualquier lugar donde nos encontremos, intentemos no perder ninguna ocasión para amar. Esta es la vigilancia que nos pide Jesús, habituarnos a estar atentos, dispuestos, sensibles los unos con los otros, como Él lo está con nosotros en cada instante.

Hermanas y hermanos, confiemos a María este deseo y este compromiso. Que ella, la Estrella de la mañana, nos ayude a ser, en un mundo marcado por tantas divisiones, “centinelas” de la misericordia y de la paz, como nos ha enseñado san Juan Pablo II (cf. Vigilia de oración para la XV Jornada Mundial de la Juventud, 19 agosto 2000) y como nos han mostrado de una manera tan hermosa los jóvenes que han venido a Roma para el Jubileo.

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Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Sigamos rezando por el fin de las guerras. El 80º aniversario de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki ha reavivado en todo el mundo el necesario rechazo a la guerra como medio para resolver conflictos. Que quienes toman las decisiones tengan siempre presente su responsabilidad frente a las consecuencias de las mismas sobre las poblaciones; que no ignoren las necesidades de los más vulnerables ni el anhelo universal de paz.

En este sentido, felicito a Armenia y Azerbaiyán, que han firmado la Declaración conjunta de paz. Espero que este evento contribuya a una paz estable y duradera en el Cáucaso meridional.

Mientras tanto, la situación del pueblo haitiano es cada vez más desesperada. Son continuas las noticias de asesinatos, violencia de todo tipo, trata de personas, exilios forzados y secuestros. Hago un llamamiento apremiante a todos los responsables para que liberen inmediatamente a los rehenes y solicito el apoyo concreto de la comunidad internacional para crear las condiciones sociales e institucionales que permitan a los haitianos vivir en paz.

Saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos de diversos países, especialmente a los de Woodstock, Georgia, Estados Unidos, y a los de la diócesis de Down y Connor, en Irlanda.

Saludo a los miembros de la Operación Mato Grosso, de diferentes ciudades italianas, y a los grupos parroquiales de Stezzano, Medole y Villastellone.

Gracias por su presencia y sus oraciones. ¡Feliz domingo a todos!

Exaudi Redacción

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