Hace un mes fallecía el histórico ayudante de cámara de tres Papas
La homilía del card. Pietro Parolin durante los funerales de Angelo Gugel
El sábado 17 de enero, en la iglesia de Santa María alle Fornaci, a dos pasos del Vaticano, se celebró una Misa fúnebre. La presencia de cinco cardenales: Pietro Parolin, Secretario de Estado; Stanislaw Dziwisz, arzobispo emérito de Cracovia; Konrad Krajewski, limosnero del Papa; James Michael Harvey, arcipreste de la Basílica Papal de San Pablo Extramuros; Beniamino Stella, prefecto emérito de la Congregación para el Clero; los arzobispos Edgar Peña Parra, sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado, y Richard Gallagher, secretario para las Relaciones con los Estados, junto a decenas de monseñores y sacerdotes, dejaba claro que se trataba de los funerales de una persona especial. En efecto, se daba el último adiós a Angelo Gugel, fallecido el 15 de enero, histórico ayudante de cámara de tres pontífices: Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Anteriormente había prestado servicio en la Gendarmería Vaticana y en el Gobernadorado del Estado de la Ciudad del Vaticano.
El Ayudante de Cámara es una de las figuras de la Casa Pontificia, encargado de colaborar directamente con el Papa en la vida cotidiana. Angelo desempeñaba diversas tareas en el apartamento papal, estando disponible cada vez que se necesitaba algo. A veces servía a la mesa. Durante los viajes se ocupaba del equipaje del Papa. Lo acompañaba en las audiencias: por ejemplo, sostenía una bandeja con rosarios que el Papa distribuía a sus invitados y se encargaba de los regalos que la gente llevaba al Papa. Durante las vacaciones de Juan Pablo II en la montaña, Angelo pasaba la mayor parte del tiempo a su lado. Siempre estaba con el Papa, junto al secretario pontificio y a los gendarmes que garantizaban su seguridad. Su trabajo se volvió indispensable cuando el Papa ya no podía moverse de forma autónoma. En las numerosísimas fotografías de Juan Pablo II se le ve a su lado: el ayudante de cámara se convirtió en “una sombra del Papa”.
No es de extrañar que a los funerales de Angelo Gugel asistieran, junto a los familiares, numerosas personas del Vaticano, entre ellas muchos sacerdotes, gendarmes, colegas y amigos que, durante su largo trabajo a la sombra de la cúpula, lo conocieron y apreciaron.
León XIV consideró oportuno enviar un telegrama con ocasión del rito fúnebre. En él se repasaba el camino profesional de Gugel dentro de las instituciones vaticanas, pero sobre todo su servicio en el apartamento pontificio, «donde desempeñó una delicada y apreciada labor, dedicándose diariamente» a los Pontífices, una presencia silenciosa pero fundamental en la vida ordinaria del Papa.

Por su parte, el card. Pietro Parolin pronunció la homilía de la Misa exequial. Al inicio, el Secretario de Estado ofreció un conmovedor retrato de Gugel: «En los días que marcan nuestra vida, el tiempo no se mide en minutos u horas, sino en los encuentros y en los rostros de las personas. Hoy nos despedimos de un hombre cuyo rostro siempre vimos junto al de san Juan Pablo II. Si estamos aquí hoy es porque queremos rezar junto a Angelo, un hombre bueno, un padre ejemplar, un esposo muy querido, un trabajador serio y estimado, querido por sus amigos, manso y justo. Quien se acercaba a él no podía olvidar la claridad de sus ojos y la luminosidad de su sonrisa, porque de esos ojos y de esa sonrisa transparentaba la íntima alegría de su alma: la alegría de estar en amistad con su Dios, la alegría de su total y cordial pertenencia a la santa Iglesia Católica, la alegría de estar al servicio de Pontífices santos, la alegría de estar rodeado de sus hijos, de su esposa y de sus queridas nietas».
«Me gusta imaginar —añadió el Purpurado— y en la fe estoy seguro de que, al acogerlo en el Paraíso, estaba precisamente san Juan Pablo II, quien le habrá repetido aquellas tan conocidas y profundas palabras: “Querido hermano Angelo, no tengas miedo de ser acogido por Cristo y de aceptar su potestad”».
«Con su servicio fiel y discreto a los Papas —Juan Pablo I y Benedicto XVI por un breve período, y Juan Pablo II durante mucho tiempo—, Angelo nos enseñó un aspecto fundamental de nuestro ser cristianos: el de confiarse y ponerse en las manos de Dios para cumplir su obra en la cotidianidad. Una cotidianidad, la de Angelo, totalmente marcada por la dedicación: la dedicación hacia su familia, hacia quienes lo necesitaban y, en particular, hacia el Papa Juan Pablo II, siempre en la discreción y en el silencio. De hecho, es precisamente en el rasgo de la dedicación, en cuánto cada uno de nosotros se entrega a los demás, donde nace la fe y se fortalece nuestra creencia, también a través de pequeños gestos, de un encuentro, una caricia, un saludo», proseguía el Cardenal.
Recordando las palabras de Juan Pablo II que nos enseñaba: «diciendo ‘sí’ a Cristo, el hombre dice ‘sí’ a todo su más noble ideal (…) No tengáis miedo de confiaros a Él. Él os guiará, os dará la fuerza de seguirlo cada día y en toda situación», el card. Parolin continuaba: «Nuestro Angelo, diciendo sí a Cristo, hizo posible que Él lo guiara y le diera la fuerza de seguirlo cada día y en toda situación. Nuestra fe nos enseña que precisamente así puede suceder también a cada uno de nosotros cada día, si tenemos el valor de creer. Si tenemos el valor de abrir nuestro corazón a Dios, podemos hacer el milagro de dedicar tiempo y energías a quien está en necesidad, a quien está solo, a quien sufre, a quien ya no tiene esperanza, a quien ya no encuentra sentido en su vida. Jesús expresa este milagro de la vida de fe con una expresión del Evangelio de Mateo: “quien acoge aunque sea a uno solo de estos pequeños en mi nombre, me acoge a mí”».

Posteriormente, el Purpurado reflexionó sobre el último período de la vida de Angelo: «Cuando alguien nos deja, se crea un vacío, pequeño o grande, y es humano pensar en las cosas que podríamos haber hecho, en las palabras que queríamos que escuchara por última vez… pero creo que la fuerza de ánimo y la serenidad demostrada por Angelo en los últimos meses dicen a todos que los problemas, las fatigas, la enfermedad, si se viven con el Señor, pueden superarse, pueden ser lugar de fe y convertirse en ocasión de testimonio (…) La vida del hombre que cree, la vida de todo hombre que vive con alegría su fe, se convierte en la posibilidad de experimentar la presencia de Dios, de que Dios se acerca a cada uno de nosotros y continúa conversando con nosotros como hizo con los discípulos de Emaús (…). Precisamente por eso, celebrar el funeral de una persona querida, de un testigo de la fe, no significa celebrar el fin de algo, sino que es la ocasión para renovar nuestra fe, para mirar hacia adelante con la certeza de no estar solos, para aprender a ver con ojos nuevos y a escuchar la Voz de Dios que ilumina también la muerte. El Salmo 27 expresa esta experiencia con palabras admirables: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿de quién tendré miedo? Una cosa he pedido al Señor, solo eso busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida».
Al final de la homilía, el card. Parolin habló nuevamente de Angelo y de “su” Papa: «Estoy seguro de que apenas se hayan encontrado, Juan Pablo II le habrá dicho a Angelo las mismas palabras que dijo a los jóvenes al final de la Vigilia de Tor Vergata en agosto del 2000: “he esperado tanto poder encontrarte y verte…” y ahora juntos estarán rezando a María tal como la rezaron en Lourdes en agosto de 2004»; concluyó pronunciando las palabras de aquella oración mariana.
También el cardenal arzobispo emérito de Cracovia Stanislaw Dziwisz, ya secretario de san Juan Pablo II, dirigió un breve saludo a la familia de Angelo Gugel. “Me uno a la familia y a todos nosotros presentes en oración por el alma del querido Angelo, que los brazos misericordiosos del Padre Celestial lo acojan en la Jerusalén del cielo, reconociéndole el premio de los justos y con gratitud por su fiel servicio durante todo el pontificado de Juan Pablo II, realizado con sentido del deber y fidelidad a la Iglesia y a sus Pontífices”, dijo el card. Dziwisz.
Tras la Misa fúnebre, el féretro con los restos mortales de Angelo Gugel fue trasladado a Véneto, a su pueblo natal Miane, donde el 19 de enero se celebró el rito de sepultura en el cementerio local.
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