“En mi casa, no”
Defendiendo la convivencia con coherencia y prudencia
Cuando vives rodeada de vecinos muy distintos a ti, descubres que la convivencia no se consigue sola. No basta con desear la paz: hay que cuidarla. Exige esfuerzo, cariño, pasar por alto, conceder.
Eso es precisamente lo que siempre ha preocupado a la Universidad de Navarra —la “Universidad del Opus”, como algunos la llaman—, situada en un punto estratégico de España, en una ciudad maravillosa como Pamplona, y muy cerca de heridas que tanto dolor causaron a este país y que pusieron a prueba su democracia: los conflictos con el entorno abertzale.
Por eso, cuando Vito Quiles pidió permiso para dar una charla en la universidad, creo que la institución actuó movida por esa misma preocupación: mantener la cordialidad, el diálogo y el acercamiento con quienes no comparten su ideario. Lo pensaron y dijeron que no. No por miedo, sino por coherencia. Porque la Universidad de Navarra quiere seguir encarnando lo que decía san Josemaría: “tenemos que ir del brazo de los que no piensan como nosotros».
Y gracias a esa actitud, muchas personas de Pamplona, sin compartir necesariamente ese ideario, han llegado a sentirse parte de la universidad.
Es legítimo, entonces, que quien ha dedicado años y esfuerzo a construir ese clima cordial, defienda lo logrado y diga que no a quien, puede agitar lo que tanto ha costado consolidar.
Ahora bien, no podemos equiparar realidades distintas. Sería injusto comparar a Vito Quiles con las manadas de encapuchados que arrasaron la Universidad de Navarra y parte de Pamplona el pasado jueves. No es lo mismo quien va a cara descubierta, defendiendo lo que cree, que quien se oculta para quemar contenedores o agredir —como hicieron con un periodista y un alumno de la UNAV—.
No. No todos son iguales.
Y aquí surge una palabra que se lanza con demasiada ligereza: fascista. Según la definición, se aplica a quien defiende o practica formas de poder autoritarias, intolerantes o represivas. Pero, ¿quién ha actuado con intolerancia y violencia estos días?
Mientras tanto, sobre un puente que da acceso al campus, alguien colgó una pancarta que decía: “Dejadnos estudiar.”
Cada casa, cada institución, tiene derecho a decidir cómo quiere resolver sus conflictos. Como madre, cuando uno de mis hijos eleva el tono o insulta a su hermano, le digo: “En mi casa, no”. En mi casa no se usa la violencia. En mi casa no se insulta. Y tengo derecho a mantener esa norma.
Eso mismo ha querido hacer la Universidad de Navarra: elegir las formas con las que se resuelven las cosas en su casa. Lleva muchos años aplicando la receta que san Josemaría propuso: oración, mortificación y, solo en último lugar, acción.
La universidad creció en Pamplona gracias a muchas personas que rezaron, que se sacrificaron y que actuaron con prudencia para buscar la conciliación. Lo que ha ocurrido estos días —silenciado casi por completo en los medios de comunicación— es fruto de los extremos, de los que nos quieren llevar adonde no queremos ir.
Esa frase se la escuché a Emilio Aragón en una entrevista y la subrayé: “Nos quieren llevar adonde no queremos ir.” Me parece que describe bien este tiempo de crispación, de políticos y voces que buscan enervar, dividir, enfrentar.
A la Universidad de Navarra la han querido llevar adonde no quería ir. Ojalá aprendamos a mirar más a los medios —a quienes saben templar gaitas, tender la mano— y no a los extremos.
Con una sola receta infalible: oración, mortificación… y, solo al final, acción.

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