“En el Hijo hecho hombre, Dios no nos da algo, sino a sí mismo”
El pontífices destaca la dignidad de cada persona y llama a acoger al prójimo como reflejo de Dios, en un mensaje de esperanza al cierre del Jubileo 2025
En una Basílica de San Pedro abarrotada por miles de fieles y con miles más siguiendo la ceremonia desde la Plaza de San Pedro, el papa León XIV presidió esta noche su primera Misa de Nochebuena como Sumo Pontífice. La celebración, que recuperó el horario tradicional de las 22:00 horas tras décadas de cambios, marcó un momento emotivo en el pontificado del primer papa estadounidense, elegido en mayo de 2025 tras el fallecimiento de Francisco.
En su homilía, titulada Navidad del Señor – Santa Misa de Nochebuena, León XIV reflexionó sobre el nacimiento de Jesús como la «gran luz» que disipa las tinieblas de la humanidad, citando el profeta Isaías: «El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz». El pontífice enfatizó que Dios no se revela en las estrellas ni en oráculos lejanos, sino en la humildad de un niño envuelto en pañales, en un pesebre de Belén.
«En el Hijo hecho hombre, Dios no nos da algo, sino a sí mismo», afirmó el Papa, subrayando que la luz divina del Niño Jesús revela la dignidad infinita de cada persona. Invocó las palabras de Benedicto XVI para recordar que «en la tierra no hay espacio para Dios si no hay espacio para el hombre: no acoger a uno significa rechazar al otro». En un pasaje especialmente impactante, advirtió que mientras la «noche del error» oscurezca esta verdad, no habrá lugar para los niños, los pobres ni los extranjeros.
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El mensaje también conectó con la actualidad global, aludiendo a la necesidad de paz en un mundo marcado por conflictos. León XIV elogió la «sabiduría de la Navidad», que envía un indefenso niño como señal de esperanza ante el dolor y la violencia, citando a san Agustín: «Tanto te oprimió la soberbia humana, que sólo la humildad divina te podía levantar».
Al concluir, el pontífice llamó a la Iglesia a ser mensajera de fe, caridad y esperanza, en gratitud por el don recibido y en misión para el mundo. Recordó las palabras del papa Francisco del año anterior, que reavivan la tarea de llevar esperanza donde se ha perdido.
La ceremonia, transmitida en vivo por todo el mundo, culminó con la adoración al Niño Jesús y el canto del Gloria. Este evento histórico cierra el Jubileo de la Esperanza 2025 y anticipa las celebraciones del día de Navidad, con la recuperación de la Misa del 25 de diciembre en San Pedro —una tradición ausente desde 1994— y la bendición Urbi et Orbi.
León XIV, nacido Robert Francis Prevost en Chicago en 1955, ha marcado su pontificado con un estilo sobrio y centrado en la dignidad humana, continuando el legado de sus predecesores mientras introduce matices propios. Su homilía de esta noche ya se perfila como uno de los textos más esperados del año litúrgico.
Homilía completa:
SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
SANTA MISA DE NOCHEBUENA
CAPILLA PAPAL
HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Basílica de San Pedro
Miércoles, 24 de diciembre de 2025
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Queridos hermanos y hermanas:
Durante milenios, en todas partes del mundo, los pueblos han escrutado el cielo dando nombres y formas a estrellas mudas; en su imaginación, leían en ello los acontecimientos del futuro buscando en lo alto, entre los astros, la verdad que faltaba abajo, entre las casas. Sin embargo, como a tientas, en esa oscuridad seguían confundidos por sus propios oráculos. En esta noche, en cambio, «el pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz» (Is 9,1).
He aquí la estrella que sorprende al mundo, una chispa recién encendida y resplandeciente de vida: «Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,11). En el tiempo y en el espacio, allí donde estamos, viene Aquel sin el cual nunca habríamos existido. Vive entre nosotros quien da su vida por nosotros, iluminando nuestra noche con la salvación. No hay tiniebla que esta estrella no ilumine, porque en su luz toda la humanidad ve la aurora de una existencia nueva y eterna.
Es el nacimiento de Jesús, el Emmanuel. En el Hijo hecho hombre, Dios no nos da algo, sino a sí mismo, «a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido» (Tt 2,14). Nace en la noche Aquel que nos rescata de la noche: ya no hay que buscarla lejos, en los espacios siderales, la huella del día que alborea, sino inclinando la cabeza en el establo de al lado.
La clara señal dada al oscuro mundo es, de hecho, «un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). Para encontrar al Salvador no hay que mirar hacia arriba, sino contemplar hacia abajo: la omnipotencia de Dios resplandece en la impotencia de un recién nacido; la elocuencia del Verbo eterno resuena en el primer llanto de un infante; la santidad del Espíritu brilla en ese cuerpecito limpio y envuelto en pañales. Es divina la necesidad de cuidado y calor que el Hijo del Padre comparte con todos sus hermanos en la historia. La luz divina que irradia este Niño nos ayuda a ver al hombre en cada vida que nace.
Para iluminar nuestra ceguera, el Señor quiso revelarse al hombre como hombre, su verdadera imagen, según un proyecto de amor iniciado con la creación del mundo. Mientras la noche del error oscurezca esta verdad providencial, «tampoco queda espacio para los otros, para los niños, los pobres, los extranjeros» (Benedicto XVI, Homilía en la noche de Navidad, 24 diciembre 2012). Las palabras del Papa Benedicto XVI, tan actuales, nos recuerdan que en la tierra no hay espacio para Dios si no hay espacio para el hombre: no acoger a uno significa rechazar al otro. En cambio, donde hay lugar para el hombre, hay lugar para Dios; y entonces un establo puede llegar a ser más sagrado que un templo y el seno de la Virgen María, el arca de la nueva alianza.
Admiremos, queridos amigos, la sabiduría de la Navidad. En el niño Jesús, Dios da al mundo una nueva vida ―la suya―, para todos. No es una idea que resuelva todos los problemas, sino una historia de amor que nos involucra. Ante las expectativas de los pueblos, Él envía un niño, para que sea palabra de esperanza; ante el dolor de los miserables, Él envía un indefenso, para que sea fuerza para levantarse; ante la violencia y la opresión, Él enciende una suave luz que ilumina con la salvación a todos los hijos de este mundo. Como señalaba san Agustín, «tanto te oprimió la soberbia humana, que sólo la humildad divina te podía levantar» (Sermo in Natale Domini,188, III, 3). Sí, mientras una economía distorsionada induce a tratar a los hombres como mercancía, Dios se hace semejante a nosotros, revelando la dignidad infinita de cada persona. Mientras el hombre quiere convertirse en Dios para dominar al prójimo, Dios quiere convertirse en hombre para liberarnos de toda esclavitud. ¿Será suficiente este amor para cambiar nuestra historia?
La respuesta llega en cuanto nos despertamos, como los pastores, de una noche mortal, a la luz de la vida naciente, contemplando al niño Jesús. En el establo de Belén, donde María y José, llenos de asombro, velan al recién nacido, el cielo estrellado se convierte en «una multitud del ejército celestial» (Lc 2,13). Son huestes desarmadas y desarmantes, porque cantan la gloria de Dios, cuya manifestación en la tierra es la paz (cf. v. 14); en el corazón de Cristo, en efecto, palpita el vínculo que une en el amor el cielo y la tierra y el Creador con las criaturas.
Por eso, hace exactamente un año, el Papa Francisco afirmaba que el nacimiento de Jesús reaviva en nosotros «el don y la tarea de llevar esperanza allí donde se ha perdido», porque «con Él florece la alegría, con Él la vida cambia, con Él la esperanza no defrauda» (Homilía en la noche de Navidad, 24 diciembre 2024). Con estas palabras daba comienzo el Año Santo. Ahora que el Jubileo llega a su fin, la Navidad es para nosotros tiempo de gratitud y de misión. Gratitud por el don recibido, misión para dar testimonio de este don al mundo. Como aclama el salmista: «Canten al Señor, bendigan su Nombre, día tras día, proclamen su victoria. Anuncien su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre los pueblos» (Sal 96,2-3).
Hermanas y hermanos, la contemplación del Verbo hecho carne suscita en toda la Iglesia una palabra nueva y verdadera: proclamemos, pues, la alegría de la Navidad, que es fiesta de la fe, de la caridad y de la esperanza. Es fiesta de la fe, porque Dios se hace hombre, naciendo de la Virgen. Es fiesta de la caridad, porque el don del Hijo redentor se realiza en la entrega fraterna. Es fiesta de la esperanza, porque el niño Jesús la enciende en nosotros, haciéndonos mensajeros de paz. Con estas virtudes en el corazón, sin temer a la noche, podemos ir al encuentro del amanecer del nuevo día.
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