24 junio, 2026

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El poder invisible de los modales en los negocios

Etiqueta empresarial: carácter profesional y competencia cultural internacional

El poder invisible de los modales en los negocios

La etiqueta empresarial a menudo se interpreta como un conjunto de reglas convencionales que indican cómo vestirse, cómo saludar, qué cubiertos usar o cómo comportarse en una reunión formal. Entendida de este modo, puede parecer una forma secundaria de conocimiento, más relacionada con la apariencia que con la calidad profesional. Esta interpretación, sin embargo, pasa por alto su verdadero significado. La etiqueta importa no porque permita a una persona mostrar refinamiento, sino porque hace visible la manera en que esa persona ordena su conducta al compartir un espacio con otros. Los pequeños detalles revelan dominio propio, consideración por los demás y la capacidad de comprender las exigencias de una situación particular.

Por lo tanto, la etiqueta empresarial no debe reducirse a la corrección externa. Una persona puede conocer cada regla de una cena formal y, al mismo tiempo, tratar al personal de servicio con desprecio, monopolizar la conversación o usar su posición para hacer que otros se sientan inferiores. En tal caso, conoce el protocolo pero ha fallado en comprender su propósito. La verdadera cortesía no consiste en demostrar que se conocen las reglas, sino en asegurar que los demás puedan participar en la situación con comodidad y dignidad. Una regla externa adquiere valor cuando expresa una disposición interna: el reconocimiento de que la propia conducta afecta a quienes nos rodean.

Esta comprensión de los modales como la expresión de una disposición interna tiene raíces importantes en la tradición británica y angloamericana. Locke vincula la educación del caballero a la virtud, la sabiduría práctica y la buena educación (good breeding): una forma de seguridad en uno mismo que evita tanto la timidez como el trato negligente hacia los demás (Locke, 1693/1996). Adam Smith desarrolla más esta idea al argumentar que la conducta apropiada requiere verse a uno mismo desde la perspectiva de un espectador imparcial y ejercer el dominio propio, moderando los propios impulsos de acuerdo con la justicia y la benevolencia (Smith, 1759/1982; 1790/1982). Chesterfield añade que los modales y las atenciones no reemplazan a las virtudes morales, sino que les dan una forma visible capaz de fortalecer la vida social y la amistad (Chesterfield, 1749/2023). Burke, finalmente, enfatiza que los modales moldean continuamente la vida social en aquellas áreas donde las leyes y las reglas formales no pueden regular cada instancia del comportamiento cotidiano (Burke, 1796/1999). Considerados en su conjunto, estos autores demuestran que la cortesía no es una apariencia añadida al carácter, sino la forma habitual en la que el dominio propio, la consideración por los demás y el respeto adquieren una expresión concreta.

En este sentido, la etiqueta empresarial es una manifestación cotidiana de la cultura corporativa. La investigación contemporánea sobre la civilidad confirma que esta no es una preocupación meramente decorativa. Las personas percibidas como respetuosas y civiles tienen más probabilidades de que se les acerquen en busca de consejo, son consideradas líderes con mayor facilidad y pueden recibir mejores evaluaciones de desempeño; estos efectos pueden explicarse, en parte, por el hecho de que los demás las perciben como cálidas y competentes (Porath et al., 2015). Por el contrario, la incivilidad reduce el compromiso, daña la moral, distrae a los empleados, debilita las relaciones con los clientes y consume la energía de la organización (Porath & Pearson, 2013). Una revisión sistemática y metaanálisis muestra que la civilidad en el lugar de trabajo está particularmente asociada con el compromiso organizacional, la satisfacción laboral y la salud mental, y está inversamente relacionada con las intenciones de rotación y el agotamiento emocional (Peng, 2023).

Uno de los escenarios en los que esta actitud se hace más visible es la cena de negocios. Los modales en la mesa revelan más que si una persona sabe usar los cubiertos correctamente. Muestran si esa persona puede gobernar su apetito, esperar a los demás, sostener una conversación sin monopolizarla, beber con moderación, atender las necesidades de un invitado y tratar a quienes sirven la comida con la misma dignidad que a quienes ocupan posiciones de poder. Una comida coloca a las personas en una situación menos estructurada que la oficina. Por lo tanto, hace posible observar comportamientos que una presentación preparada puede ocultar.

Una persona que presta atención a los detalles de una cena comunica varias cosas a la vez. Muestra que comprende que no está comiendo sola, que es capaz de adaptar su comportamiento a un contexto compartido y que no necesita convertirse en el centro de atención. También demuestra compostura cuando se enfrenta a códigos que tal vez no utiliza todos los días. El conocimiento de las reglas le permite concentrarse en la conversación y en las personas presentes, en lugar de absorberse por la incertidumbre sobre qué hacer. Paradójicamente, el propósito de conocer la etiqueta es hacer que la etiqueta deje de ocupar el primer plano.

La cortesía en la mesa debe, no obstante, evitar dos distorsiones. La primera es la afectación: comportarse de una manera tan estudiada que la conducta pierde su naturalidad. La segunda es usar las reglas como un mecanismo de exclusión. Una persona genuinamente educada no llama la atención sobre los errores de los demás ni convierte su conocimiento en una forma de superioridad. La buena etiqueta es reconocible porque reduce la incomodidad en lugar de aumentarla. La persona que mejor conoce las reglas debería ser también la persona más capaz de incluir a alguien que no las conoce.

El otro gran escenario es la reunión profesional. Aquí, la etiqueta adopta formas menos ceremoniales pero no menos significativas. Llegar a tiempo, revisar la información de antemano, silenciar las notificaciones, escuchar sin interrumpir, hacer observaciones concisas, disentir sin menospreciar a los demás y cumplir con los compromisos acordados son todas expresiones de consideración. Cada una comunica que el tiempo de los demás tiene valor y que la reunión es una ocasión de trabajo, no un escenario para la exhibición personal.

La preparación previa es probablemente una de las formas más profundas de cortesía profesional. Una persona que llega sin haber leído los documentos obliga a los demás a repetir información, retrasa la discusión y utiliza el tiempo colectivo para completar un trabajo que debió haberse realizado de forma individual. Del mismo modo, una persona que habla extensamente sin agregar valor ocupa un espacio que pertenece al grupo. La etiqueta en las reuniones no debe, por lo tanto, entenderse como un silencio sumiso. Una reunión bien conducida requiere desacuerdos, preguntas difíciles y argumentos contrapuestos. El rigor intelectual, sin embargo, no requiere agresión. Se puede cuestionar una idea con firmeza mientras, al mismo tiempo, se trata con respeto a la persona que la presenta.

Los buenos modales en una reunión expresan madurez profesional. Indican que una persona puede distinguir entre lo que piensa y la forma en que debe ser comunicado, entre ejercer influencia y dominar la conversación, y entre defender una posición y convertir el desacuerdo en un conflicto personal. Esta capacidad es particularmente importante en organizaciones diversas, donde los participantes pueden provenir de diferentes culturas, profesiones, generaciones y niveles jerárquicos. La cortesía crea un terreno común sobre el cual las diferencias pueden volverse productivas.

Estas ideas son especialmente relevantes para los profesionales peruanos que buscan una educación cultural más internacional. La internacionalización profesional no consiste en abandonar la propia identidad o adoptar artificialmente las costumbres de otro país. Consiste en adquirir una gramática cultural adicional. Así como aprender un idioma extranjero amplía la capacidad de comunicarse sin eliminar la lengua materna, comprender los códigos de conducta internacionales permite a una persona operar en diferentes entornos sin renunciar a su personalidad.

La cultura profesional peruana puede aportar calidez personal, hospitalidad, flexibilidad y la capacidad de construir relaciones. Estas cualidades poseen un valor considerable en los negocios. En algunos entornos, sin embargo, la cercanía puede confundirse con una excesiva informalidad; la flexibilidad con la falta de puntualidad; la espontaneidad con una preparación insuficiente; y la conversación orientada a las relaciones con intervenciones que carecen de concisión. La educación internacional no requiere renunciar a la calidez, sino complementarla con precisión, disciplina y la capacidad de leer el contexto.

Para un profesional peruano, prestar atención al detalle significa aprender que la puntualidad no es una obsesión con el reloj, sino el respeto por el tiempo de la otra persona; que prepararse para una reunión no es un requisito burocrático, sino consideración por quienes participarán; que moderar la voz no indica inseguridad, sino dominio propio; y que conocer las reglas de una cena formal no es una pretensión aristocrática, sino una forma de evitar que la incertidumbre personal distraiga la atención de la relación que se busca construir. También significa tratar al conductor, al asistente, al mesero y al alto ejecutivo de la empresa con la misma dignidad fundamental, a pesar de que sus responsabilidades difieran.

Dicha formación se vuelve particularmente necesaria cuando un profesional representa a una empresa o a un país. En un contexto internacional, su comportamiento no se interpreta únicamente como una característica individual. Justa o injustamente, puede convertirse en una señal respecto a su organización y a la cultura de la que proviene. La moderación, la preparación, la escucha atenta y la consideración comunican que la persona comprende el alcance representativo de su rol.

Finalmente, la etiqueta empresarial debe presentarse como una dimensión de la formación humanística del profesional. No reemplaza la competencia técnica, la integridad ni el sólido juicio directivo. Tampoco garantiza, por sí misma, que una persona sea virtuosa. Sin embargo, permite que esas cualidades se expresen de una manera que los demás puedan reconocer y experimentar. Los detalles importan porque las personas no tienen acceso directo a nuestras intenciones; llegan a conocer nuestro carácter a través de nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestros gestos.

El profesional que presta atención a su conducta en una cena o durante una reunión está manifestando, sin necesidad de decirlo, que reconoce la presencia de los demás, que es capaz de gobernarse a sí mismo y que comprende que la forma en que actúa influye en la calidad del entorno compartido. Es por esto que los modales no son una capa superficial añadida al carácter. Cuando son auténticos, se encuentran entre sus expresiones más visibles. En última instancia, la verdadera cultura internacional no consiste en saber cómo parecer distinguido, sino en aprender cómo asegurar que la propia presencia contribuya a la dignidad, la confianza y la calidad de las relaciones profesionales.

Referencias

Burke, E. (1999). Select works of Edmund Burke: Letters on a regicide peace (Vol. 3). Liberty Fund. (Trabajo original publicado en 1796).

Chesterfield, P. D. S. (2023). Letters, sentences and maxims. Project Gutenberg. (Original letter dated July 20, 1749).

Locke, J. (1996). Some thoughts concerning education and Of the conduct of the understanding (R. W. Grant & N. Tarcov, Eds.). Hackett Publishing. (Trabajo original publicado en 1693).

Peng, X. (2023). Advancing workplace civility: A systematic review and meta-analysis of definitions, measurements, and associated factors. Frontiers in Psychology, 14, 1277188. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2023.1277188

Porath, C. L., Gerbasi, A., & Schorch, S. L. (2015). The effects of civility on advice, leadership, and performance. Journal of Applied Psychology, 100(5), 1527–1541. https://doi.org/10.1037/apl0000016

Porath, C., & Pearson, C. (2013). The price of incivility. Harvard Business Review, 91(1–2), 114–121.

Smith, A. (1982). The theory of moral sentiments (D. D. Raphael & A. L. Macfie, Eds.). Liberty Fund. (Original work published 1759; cited passage from the sixth edition, published 1790).

Alejandro Fontana

Profesor de Dirección General y Control Directivo. Consultor en Dirección General para empresas y organizaciones cívicas. Doctorado en Planificación y Desarrollo; Máster en Organizaciones y Comportamiento Humano; M.B.A. y M.E. en Ingeniería Civil. Miembro del grupo de investigación GESPLAN de la Universidad Politécnica de Madrid. Áreas de interés: cooperación horizontal; relación empresa-sociedad civil; negocios internacionales y análisis de estrategias empresariales.