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Exaudi Redacción

18 febrero, 2026

10 min

El Papa León XIV: “No quedarnos entre las cenizas, sino levantarnos y reconstruir”

En su primera celebración del Miércoles de Ceniza como pontífice, el Santo Padre llamó a una conversión comunitaria que reconozca los pecados propios y los de las “estructuras de pecado” del mundo actual, evocando un “mundo que arde” y señalando a los mártires como guías hacia la Pascua

El Papa León XIV: “No quedarnos entre las cenizas, sino levantarnos y reconstruir”

El Papa León XIV inauguró hoy el tiempo de Cuaresma con la tradicional celebración del Miércoles de Ceniza en la Basílica de Santa Sabina, en Roma. El pontífice, que cumple su primer año de pontificado tras ser elegido en mayo de 2025, presidió la santa misa con bendición e imposición de las cenizas, precedida por la procesión penitencial desde la iglesia de San Anselmo en el Aventino.

Un llamado a la conversión comunitaria y al reconocimiento del pecado

En su homilía, el Santo Padre León XIV enfatizó la dimensión comunitaria de la Cuaresma, inspirándose en el profeta Joel (Jl 2,16-17), quien convoca a toda la asamblea —ancianos, niños, esposos y sacerdotes— a un acto de conversión colectiva y urgente. «La Cuaresma, también hoy, es un tiempo fuerte de comunidad», afirmó, destacando la dificultad actual para reunirse como pueblo en comunión, no de forma nacionalista, sino reconociendo los pecados propios en lugar de atribuir el mal a enemigos externos.

El Papa subrayó que el pecado, aunque personal, se manifiesta en «estructuras de pecado» de orden económico, cultural, político e incluso religioso. Invitó a un éxodo interior hacia la libertad, movilizándonos para cambiar en lugar de permanecer rígidos. «Qué raro es encontrar adultos que se arrepienten, personas, empresas e instituciones que admiten haber cometido un error», señaló, destacando que esta actitud contracorriente resulta atractiva y honesta en un mundo que a menudo se declara impotente.

Dirigiéndose especialmente a los jóvenes, el pontífice observó que muchos perciben con mayor claridad la llamada a una vida más justa y asumen responsabilidades por lo que no funciona en la Iglesia y el mundo. «Hay que empezar por donde se pueda y con quien esté dispuesto a hacerlo», dijo, citando a san Pablo: «Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación» (2 Co 6,2).

Las cenizas como signo de un mundo herido y profecía de resurrección

León XIV retomó las palabras de san Pablo VI, quien hace sesenta años describió el rito de las cenizas como una «pedagogía penitencial» realista que confronta la ilusión moderna y el pesimismo reinante. Hoy, agregó el Papa, las cenizas evocan «el peso de un mundo que arde en llamas»: ciudades destruidas por la guerra, el derecho internacional en ruinas, ecosistemas devastados, la pérdida de concordia, del pensamiento crítico y del sentido de lo sagrado.

Ante la pregunta profética «¿Dónde está su Dios?» (Jl 2,17), el Santo Padre exhortó a conversiones que hagan creíble el anuncio cristiano. Reconocer los pecados y llevar las marcas de la muerte en la ceniza es ya un testimonio de resurrección: «Significa no quedarnos entre las cenizas, sino levantarnos y reconstruir».

Invitación a seguir las huellas de los mártires

El Papa recordó la tradición romana de las stationes cuaresmales, que invitan al movimiento peregrino y a detenerse ante las memorias de los mártires. Invocó a los mártires antiguos y contemporáneos como «pioneros» del camino pascual, y llamó a liberar el deseo de ser vistos (cf. Mt 6,2.5.16) para servir lo que nace y crece en el secreto de la oración, el ayuno y el amor.

La celebración, transmitida en directo y seguida por miles de fieles en la basílica y a través de los medios, marca el inicio oficial de la Cuaresma 2026 bajo el lema de conversión, escucha y ayuno propuesto por el propio León XIV en su mensaje cuaresmal publicado días atrás. El rito culminó con la imposición de las cenizas a los presentes, recordando: «Polvo eres y en polvo te convertirás», pero abriendo el horizonte a la esperanza pascual.

Texto completo de la homilía:

SANTA MISA, BENDICIÓN E IMPOSICIÓN DE LAS CENIZAS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE LEÓN XIV

Basílica de Santa Sabina
Miércoles, 18 de febrero de 2026

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Queridos hermanos y hermanas:

Al inicio de cada tiempo litúrgico, redescubrimos con una alegría siempre nueva la gracia de ser Iglesia, comunidad convocada para escuchar la Palabra de Dios. El profeta Joel nos alcanza con su voz, que saca a cada uno de su aislamiento y hace de la conversión una urgencia personal y pública al mismo tiempo: «Convoquen a la asamblea, congreguen a los ancianos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho» (Jl 2,16). Menciona a las personas cuya ausencia no sería difícil de justificar: las más frágiles y menos aptas para las grandes muchedumbres. Luego, el profeta nombra al esposo y a la esposa; parece sacarlos de su intimidad para que se sientan parte de una comunidad más grande. Después, toca el turno a los sacerdotes, que ya se encuentran —casi por obligación— «entre el vestíbulo y el altar» (v. 17); se les invita a llorar y a encontrar las palabras adecuadas para todos: «¡Perdona, Señor, a tu pueblo!» (v. 17).

La Cuaresma, también hoy, es un tiempo fuerte de comunidad: «Reúnan al pueblo, convoquen a la asamblea» (Jl 2,16). Sabemos cuán difícil resulta hoy en día reunir a las personas y sentirse pueblo, no de manera nacionalista y agresiva, sino en la comunión en la que cada uno encuentra su lugar. Es más, aquí toma forma un pueblo que reconoce sus propios pecados, es decir, que el mal no proviene de supuestos enemigos, sino que ha entrado en los corazones, está en el interior de la propia vida y debe asumirse con valiente responsabilidad. Tenemos que admitir que se trata de una actitud contracorriente, pero que, cuando es tan natural declararse impotente delante de un mundo que arde, constituye una alternativa auténtica, honesta y atractiva. Sí, la Iglesia existe también como profecía de comunidades que reconocen sus propios pecados.

Ciertamente, el pecado es personal, pero toma forma en los entornos reales y virtuales que frecuentamos, en las actitudes con las que nos condicionamos mutuamente, no pocas veces dentro de verdaderas “estructuras de pecado” de orden económico, cultural, político e incluso religioso. Oponer el Dios vivo a la idolatría —nos enseña la Escritura— significa osar la libertad y reencontrarla a través de un éxodo, de un camino. Ya no paralizados, rígidos, seguros en nuestras posiciones, sino reunidos para ponerse en movimiento y cambiar. Qué raro es encontrar adultos que se arrepienten, personas, empresas e instituciones que admiten haber cometido un error.

Hoy, entre nosotros, es precisamente esta posibilidad la que está en juego. Y no es casualidad que muchos jóvenes, incluso en contextos secularizados, sientan más que en el pasado, el llamamiento de este día, Miércoles de ceniza. Son los jóvenes, de hecho, los que perciben claramente que es posible una forma de vida más justa y que existen responsabilidades por aquello que no funciona en la Iglesia y en el mundo. Por lo tanto, hay que empezar por donde se pueda y con quien esté dispuesto a hacerlo. «Este es el tiempo favorable, este es el día de la salvación» (2 Co 6,2). Percibamos, entonces, el alcance misionero de la Cuaresma, no para distraernos del trabajo que corresponde hacer sobre nosotros mismos, sino para abrirlo a tantas personas inquietas y de buena voluntad, que buscan caminos para una auténtica renovación de la vida, en el horizonte del Reino de Dios y de su justicia.

«¿Por qué se ha de decir entre los pueblos: “¿Dónde está su Dios?”» (Jl 2,17). La pregunta del profeta es como un aguijón. Nos recuerda también aquellos pensamientos que nos conciernen y que surgen entre quienes observan al Pueblo de Dios desde afuera. La Cuaresma nos exhorta, de hecho, a esos cambios de rumbo —conversiones— que hacen nuestro anuncio más creíble.

Hace sesenta años, pocas semanas después de la conclusión del Concilio Vaticano IIsan Pablo VI quiso celebrar públicamente el Rito de las Cenizas, haciendo visible para todos, durante una Audiencia general en la Basílica de San Pedro, el gesto que hoy estamos a punto de realizar. Habló de él como de una «ceremonia penitencial tan severa e impresionante» (Audiencia general, 23 febrero 1966), que impacta al sentido común y, al mismo tiempo, intercepta las preguntas de la cultura. Decía: «Nosotros, los modernos, podemos preguntarnos si esta pedagogía sigue siendo comprensible. Respondemos afirmativamente. Porque es una pedagogía realista. Es una severa llamada a la verdad. Nos devuelve a la visión correcta de nuestra existencia y nuestro destino» (Idem).

Esta “pedagogía penitencial” —decía san Pablo VI— «sorprende al hombre moderno bajo dos aspectos»: el primero es «el de su inmensa capacidad de ilusión, de autosugestión, de engaño sistemático a sí mismo sobre la realidad de la vida y sus valores». El segundo aspecto es “el pesimismo fundamental” que el Papa Montini encontraba en todas partes: «La mayor parte de la documentación humana que nos ofrecen hoy la filosofía, la literatura y el espectáculo —decía— concluye proclamando la ineludible vanidad de todas las cosas, la inmensa tristeza de la vida, la metafísica de lo absurdo y de la nada. Esta documentación es una apología de las cenizas».

Hoy podemos reconocer la profecía que contenían estas palabras y sentir, en las cenizas que se nos imponen, el peso de un mundo que arde en llamas, de ciudades desintegradas completamente por la guerra; las cenizas del derecho internacional y de la justicia entre los pueblos, las cenizas de ecosistemas enteros y de la concordia entre las personas, las cenizas del pensamiento crítico y de la sabiduría local ancestral, las cenizas de ese sentido de lo sagrado que habita en toda criatura.

“¿Dónde está su Dios?”, se preguntan los pueblos. Sí, queridos hermanos, la historia nos lo pregunta, y antes aún nuestra conciencia: llamar a la muerte por su nombre, llevar sus marcas en nosotros y, sin embargo, dar testimonio de la resurrección. Reconocer nuestros pecados para convertirnos es ya un presagio y un testimonio de resurrección. Significa, en efecto, no quedarnos entre las cenizas, sino levantarnos y reconstruir. Entonces, el Triduo Pascual, que celebraremos como culminación del camino cuaresmal, desplegará toda su belleza y su significado. Lo hará habiéndonos involucrado, a través de la penitencia, en el paso de la muerte a la vida, de la impotencia a las posibilidades de Dios.

Por eso, los mártires antiguos y contemporáneos brillan como pioneros de nuestro camino hacia la Pascua. La antigua tradición romana de las stationes cuaresmales —de las cuales la de hoy es la primera— es educativa: remite tanto al movimiento como peregrinos, cuanto a la parada —statio— ante las “memorias” de los mártires, sobre las que se levantan las basílicas de Roma. ¿No es acaso una invitación a seguir las huellas de los admirables testimonios que ahora se encuentran diseminados por todo el mundo? Reconocer los lugares, las historias y los nombres de quienes eligieron el camino de las Bienaventuranzas y llevaron sus consecuencias hasta el final. Una miríada de semillas que, incluso cuando parecían perdidas, enterradas, prepararon la abundante cosecha que nos toca recoger. La Cuaresma, como nos sugiere el Evangelio, liberándonos del deseo de ser vistos a toda costa (cf. Mt 6,2.5.16), nos enseña a ver más bien lo que nace, lo que crece; y nos impulsa a servirlo. Es la profunda sintonía que se establece con el Dios de la vida, nuestro Padre y el de todos, en el secreto de quien ayuna, ora y ama. A Él reorientamos, con sobriedad y con gozo, todo nuestro ser, todo nuestro corazón.

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