El Papa León XIV Exalta el Cine como Laboratorio de Esperanza
Discurso del Santo Padre en la Sala Clementina, en el marco del Año Jubilar
En una audiencia cargada de simbolismo cultural y espiritual, el Papa León XIV recibió este sábado a unos 50 actores, actrices, cineastas, directores y guionistas de todo el mundo en la Sala Clementina del Palacio Apostólico del Vaticano. Figuras destacadas como la actriz estadounidense Cate Blanchett, el cineasta Spike Lee junto a su esposa Tonya Lewis Lee, y el actor Viggo Mortensen, entre otros artistas de diversas nacionalidades, fueron recibidos como «peregrinos de la esperanza» en el contexto del Año Jubilar. Con motivo del 130 aniversario de la primera proyección pública de los hermanos Lumière, el Pontífice reflexionó sobre el cine como un arte joven y soñadora que ilumina la aventura humana y fomenta la esperanza en tiempos de incertidumbre digital y erosión de las salas tradicionales.
En su discurso, pronunciado este sábado 15 de noviembre de 2025, León XIV invocó el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, saludando con calidez a los presentes y destacando el cine como una expresión popular que une entretenimiento y profundidad espiritual. «El cine es más que una pantalla: pone en movimiento la esperanza», afirmó, recordando cómo las imágenes en movimiento han evolucionado de mero espectáculo a herramienta para contemplar la grandeza y fragilidad de la vida. El evento concluyó con saludos personales, donde Cate Blanchett obsequió al Papa un brazalete y Spike Lee un jersey personalizado de los New York Knicks.
El Santo Padre describió la experiencia cinematográfica como un umbral sagrado: en la oscuridad de la sala, el espectador redescubre su interioridad, educa su mirada y encuentra sentido incluso en el dolor. Ante la proliferación de pantallas digitales y algoritmos que priorizan lo predecible, defendió la lentitud, el silencio y la diferencia como valores artísticos. «La belleza no es solo evasión, sino invocación», enfatizó, urgiendo a las instituciones a proteger las salas de cine como «corazones pulsantes» de las ciudades.
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En el contexto del Año Jubilar, que invita a caminar hacia la esperanza, León XIV vio en los cineastas «peregrinos de la imaginación» y «narradores de humanidad». Citando a San Pablo VI –»Si sois amigos de la verdadera arte, sois nuestros amigos»– y al pionero David W. Griffith, comparó el viento en los árboles con el Espíritu Santo, exhortando a hacer del cine «un arte del Espíritu».
Abordando las heridas del mundo –violencia, pobreza, guerras–, el Papa alentó a no explotar el dolor, sino acompañarlo con autenticidad. «El buen cine no explota el dolor: lo reconoce y lo explora», subrayó, invitando a los artistas a ser testigos de esperanza, belleza y verdad. Finalmente, resaltó el carácter comunitario de la realización fílmica, donde directores, actores y cientos de profesionales colaboran en un acto de fraternidad. «Que vuestro cinema sea un lugar de encuentro, una casa para quien busca sentido, un lenguaje de paz», concluyó, impartiendo su bendición.
Este encuentro subraya el compromiso de la Iglesia con las artes, posicionando al cine como aliado en la promoción de la dignidad humana y la esperanza colectiva.
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Traducción al español del discurso original:
ENCUENTRO CON EL MUNDO DEL CINE DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV Sala Clementina Sábado, 15 de noviembre de 2025 [Multimedia]
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡La paz sea con vosotros! Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
El cine es un arte joven, soñador y un poco inquieto, aunque ya centenario. Precisamente en estos días cumple ciento treinta años, contando desde aquella primera proyección pública, realizada por los hermanos Lumière el 28 de diciembre de 1895 en París. Inicialmente, el cine aparecía como un juego de luces y sombras, para divertir e impresionar. Pero muy pronto, aquellos efectos visuales supieron manifestar realidades mucho más profundas, hasta convertirse en expresión de la voluntad de contemplar y comprender la vida, de narrar su grandeza y su fragilidad, de interpretar su nostalgia de infinito.
Con alegría os saludo, queridos amigos y amigas, y saludo con gratitud lo que el cine representa: un arte popular en el sentido más noble, que nace para todos y habla a todos. Es bello reconocer que, cuando la linterna mágica del cine se enciende en la oscuridad, se inflama al mismo tiempo la mirada del alma, porque el cine sabe asociar lo que parece ser solo entretenimiento con la narración de la aventura espiritual del ser humano. Uno de los aportes más preciosos del cine es precisamente el de ayudar al espectador a volver en sí mismo, a mirar con ojos nuevos la complejidad de su propia experiencia, a volver a ver el mundo como si fuera la primera vez y a redescubrir, en este ejercicio, una porción de esa esperanza sin la cual nuestra existencia no es plena. Me conforta pensar que el cine no es solo moving pictures: ¡es poner en movimiento la esperanza!
Entrar en una sala cinematográfica es como cruzar un umbral. En la oscuridad y en el silencio, el ojo vuelve a estar atento, el corazón se deja alcanzar, la mente se abre a lo que aún no había imaginado. En realidad, vosotros sabéis que vuestro arte requiere concentración. Con vuestras obras, dialogáis con quien busca ligereza, pero también con quien lleva en el corazón una inquietud, una pregunta de sentido, de justicia, de belleza. Hoy, vivimos con las pantallas digitales siempre encendidas. El flujo de informaciones es constante. Pero el cine es mucho más que una simple pantalla: es un cruce de deseos, memorias e interrogantes. Es una búsqueda sensible donde la luz perfora la oscuridad y la palabra encuentra el silencio. En la trama que se despliega, la mirada se educa, la imaginación se dilata e incluso el dolor puede encontrar un sentido.
Estructuras culturales como los cines y los teatros son corazones pulsantes de nuestros territorios, porque contribuyen a su humanización. Si una ciudad está viva es también gracias a sus espacios culturales: debemos habitarlos, construir en ellos relaciones, día tras día. Pero las salas cinematográficas viven una preocupante erosión que las está sustrayendo a ciudades y barrios. Y no son pocos los que dicen que el arte del cine y la experiencia cinematográfica están en peligro. Invito a las instituciones a no resignarse y a cooperar para afirmar el valor social y cultural de esta actividad.
La lógica del algoritmo tiende a repetir lo que “funciona”, pero el arte abre a lo que es posible. No todo debe ser inmediato o predecible: defended la lentitud cuando sirve, el silencio cuando habla, la diferencia cuando provoca. La belleza no es solo evasión, sino sobre todo invocación. El cine, cuando es auténtico, no solo consuela: interpela. Llama por nombre a las preguntas que habitan en nosotros y, a veces, también a las lágrimas que no sabíamos que debíamos expresar.
En el año del Jubileo, en el que la Iglesia invita a caminar hacia la esperanza, vuestra presencia de tantas naciones y, sobre todo, vuestro trabajo artístico cotidiano, son signos luminosos. Porque también vosotros, como tantos otros que llegan a Roma desde todas partes del mundo, estáis en camino como peregrinos de la imaginación, buscadores de sentido, narradores de esperanza, mensajeros de humanidad. El camino que recorréis no se mide en kilómetros sino en imágenes, palabras, emociones, recuerdos compartidos y deseos colectivos. Es un peregrinaje en el misterio de la experiencia humana que atravesáis con la mirada penetrante, capaz de reconocer la belleza incluso en los pliegues del dolor, la esperanza dentro de las tragedias de las violencias y de las guerras.
La Iglesia os mira con estima a vosotros que trabajáis con la luz y con el tiempo, con el rostro y con el paisaje, con la palabra y con el silencio. El Papa San Pablo VI os dijo: «Si sois amigos del verdadero arte, sois nuestros amigos», recordando que «este mundo en el que vivimos necesita de belleza para no hundirse en la desesperación» (Mensaje a los artistas al final del Concilio Vaticano II, 8 de diciembre de 1965). Yo deseo renovar esa amistad, porque el cine es un laboratorio de la esperanza, un lugar donde el hombre puede volver a mirar a sí mismo y a su propio destino.
Quizá debemos escuchar de nuevo las palabras de un pionero del séptimo arte, el gran David W. Griffith. Él decía: «What the modern movie lacks is beauty, the beauty of the moving wind in the trees». ¿Cómo no pensar, escuchando a Griffith hablar del viento entre los árboles, en aquel pasaje del Evangelio de Juan: «El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va: así es todo el que ha nacido del Espíritu» (3,8). Queridos antiguos y nuevos maestros, haced del cine un arte del Espíritu.
Nuestra época necesita testigos de esperanza, de belleza, de verdad: vosotros con vuestro trabajo artístico podéis serlo. Recuperar la autenticidad de la imagen para salvaguardar y promover la dignidad humana está en el poder del buen cine y de quien es su autor y protagonista. No tengáis miedo del confronto con las heridas del mundo. La violencia, la pobreza, el exilio, la soledad, las dependencias, las guerras olvidadas son heridas que piden ser vistas y narradas. El gran cine no explota el dolor: lo acompaña, lo indaga. Esto han hecho todos los grandes directores. Dar voz a los sentimientos complejos, contradictorios, a veces oscuros que habitan el corazón del ser humano es un acto de amor. El arte no debe huir del misterio de la fragilidad: debe escucharlo, debe saber detenerse ante él. El cine, sin ser didáctico, tiene en sí, en sus formas auténticamente artísticas, la posibilidad de educar la mirada.
Para concluir, la realización de una película es un acto comunitario, una obra coral en la que nadie basta por sí mismo. Todos conocen y aprecian la maestría del director y la genialidad de los actores, pero una obra sería imposible sin la dedicación silenciosa de cientos de otros profesionales: asistentes, runners, encargados de attrezzo, electricistas, técnicos de sonido, maquinistas, maquilladores, peluqueros, vestuaristas, location managers, directores de casting, directores de fotografía y de música, guionistas, montadores, encargados de efectos, productores… ¡Espero no dejar fuera a nadie, pero son muchos! Cada voz, cada gesto, cada competencia contribuye a una obra que solo puede existir en el conjunto.
En una época de personalismos exacerbados y contrapuestos, nos mostráis cómo para hacer una buena película es necesario comprometer los propios talentos. Pero cada uno puede hacer brillar su particular carisma gracias a los dones y cualidades de quien trabaja a su lado, en un clima colaborativo y fraterno. Que vuestro cine siga siendo siempre un lugar de encuentro, una casa para quien busca sentido, un lenguaje de paz. Que no pierda nunca la capacidad de sorprender, continuando mostrándonos incluso un solo fragmento del misterio de Dios.
El Señor os bendiga a vosotros, a vuestro trabajo y a vuestros seres queridos. Y os acompañe siempre en el peregrinaje creativo, para que podáis ser artesanos de la esperanza. Gracias.
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