15 octubre, 2026

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El Papa, el (su) cáncer y las preguntas que todos preferimos aplazar

Un diagnóstico que expone la "fragilidad" de un líder espiritual y nos invita a reflexionar sobre el tiempo, el trabajo y las prioridades que solemos aplazar

El Papa, el (su) cáncer y las preguntas que todos preferimos aplazar

¿Qué nos pasa por dentro cuando escuchamos la palabra cáncer? ¿Cambia nuestra forma de entender la vida, nuestras prioridades y la manera de relacionarnos con los demás?

No puedo hablar por experiencia propia, pero me pregunto (algunas veces y hoy especialmente) qué puede pasar por la cabeza de alguien cuando recibe un diagnóstico de esta naturaleza. Quizá aparecen el miedo, la incertidumbre y muchas preguntas. Quizá algunas cosas que parecían importantes pasan a un segundo plano, mientras otras recuperan su verdadero valor.

Cada persona reacciona de manera diferente. No todos afrontamos las dificultades con las mismas herramientas, ni estamos obligados a encontrar una enseñanza positiva en el sufrimiento. Sin embargo, una enfermedad grave puede llevarnos a revisar nuestras prioridades y preguntarnos si dedicamos nuestro tiempo a aquello que realmente importa.

Estos días, la situación del papa León XIV me ha llevado a reflexionar sobre ello.

Ayer 3 de octubre de 2026, el Vaticano confirmó que el análisis del tejido extraído durante su intervención quirúrgica había identificado un adenocarcinoma pulmonar, un tipo de cáncer de pulmón. Durante la operación se le extirpó el lóbulo inferior del pulmón derecho. La intervención transcurrió sin complicaciones, aunque todavía quedaban pruebas médicas y no se había comunicado un pronóstico definitivo.

Son los hechos conocidos al redactar estas líneas hoy miércoles 14. No sabemos cómo el Papa León está viviendo personalmente esta situación ni qué pensamientos le suscita. Atribuirle sentimientos o decisiones que no ha expresado sería especular.

Pero la noticia plantea una pregunta: ¿qué ocurre cuando la fragilidad humana alcanza a alguien a quien millones de personas consideramos un referente espiritual?

Para los católicos, el Papa es el sucesor de Pedro y el pastor de la Iglesia universal. Representa una referencia de fe, esperanza y orientación. Pero, por encima de su responsabilidad, hay un ser humano que, como cualquiera de nosotros, puede enfermar y necesita cuidados.

A veces parece que quienes tienen grandes responsabilidades deben estar siempre disponibles y mostrar fortaleza permanente. Lo vemos en los directivos, en quienes cuidan de otros y en quienes ejercen responsabilidades espirituales.

Sin embargo, quienes acompañan también necesitan ser acompañados.

Quienes cuidan necesitan cuidados.

Y quienes orientan a los demás también tienen sus propias incertidumbres.

¿Qué puede replantearse una persona cuando su salud le recuerda que no controla todo?

Quizá el valor del tiempo.

Vivimos ocupados con agendas, compromisos y objetivos, aplazando una llamada, una visita o una conversación como si siempre hubiera otra oportunidad.

Quizá también las relaciones personales. Las dificultades pueden ayudarnos a reconocer a quienes permanecen a nuestro lado sin pedir nada a cambio: quienes escuchan, acompañan y están presentes, aunque no tengan soluciones.

Y está el trabajo. Después de muchos años de actividad profesional, sigo creyendo en el valor de trabajar, emprender y alcanzar objetivos. Pero también conviene preguntarnos para qué trabajamos, qué aportamos a los demás y qué lugar ocupa nuestra actividad profesional en el conjunto de nuestra vida.

El éxito se puede medir en resultados y responsabilidades. Sin embargo, hay otras cuestiones que no aparecen en ningún informe de gestión: las personas a las que hemos ayudado, el tiempo dedicado a nuestra familia y los valores que hemos transmitido.

En el caso del Papa surge, además, otra reflexión: ¿cómo compatibilizar una responsabilidad de alcance mundial con la necesidad de atender la propia salud?

Adaptar la agenda, delegar y confiar en otros forma parte de cualquier responsabilidad bien ejercida. Aceptar ayuda no es necesariamente una señal de debilidad, sino una forma realista de reconocer nuestros límites.

Desde la perspectiva de la fe, la enfermedad también puede suscitar preguntas profundas. Para muchos creyentes, la oración constituye una forma de acompañamiento y esperanza. Eso no significa que la fe elimine el miedo o resuelva todas las incertidumbres, sino que puede ofrecer una manera de afrontarlas.

Como católico, me siento parte de ese rebaño al que se dirige (y dirige) el Papa. Su situación me invita a pensar en el hombre que hay detrás de la figura pública y en la importancia de expresar cercanía cuando alguien atraviesa una circunstancia difícil.

No se trata de idealizarlo, sino de reconocer su humanidad.

No necesitamos esperar a que una enfermedad nos afecte directamente para revisar nuestras prioridades.

Podemos preguntarnos si vivimos de acuerdo con nuestros valores, si cuidamos suficientemente nuestras relaciones y si dedicamos tiempo a las personas que queremos. No hace falta que ocurra algo extraordinario para agradecer, reconciliarnos o dejar de aplazar lo importante.

La situación del Papa nos recuerda que los cargos, las responsabilidades y el reconocimiento no eliminan nuestra fragilidad. Y que la fortaleza no siempre consiste en seguir adelante al mismo ritmo, sino también en saber cuándo detenerse y aceptar ayuda.

No sé qué reflexiones estará haciendo en estos momentos el Papá León XIV. Solo él puede responder a esa pregunta. Pero su situación me lleva a formularme otras:

¿Estoy dedicando suficiente tiempo a lo verdaderamente importante? 

¿Hay alguna conversación que llevo demasiado tiempo aplazando? 

¿Necesitamos que la vida nos dé un aviso para empezar a vivir de otra manera?

Quizá la cuestión no sea cuánto tiempo tenemos, sino qué hacemos con él, a quién se lo dedicamos y qué huella dejamos en los demás.

¿No sería mejor revisar nuestras prioridades por convicción, antes que vernos obligados a hacerlo por las circunstancias?

La noticia es que el Papa tiene cáncer

Carlos Solis

Marketing y Servicios

Ideas para mejorar el mundo . Director: José Miguel Ponce . Profesor universitario e investigador en Marketing y Gestión de Servicios, con experiencia en cinco universidades públicas y privadas. Sevillano de origen, ha vivido en varias ciudades de España y actualmente reside en Sevilla. Apasionado por la educación, la comunicación y las relaciones humanas, considera la amistad y la empatía clave en su vida y enseñanza. Ha publicado investigaciones sobre Marketing, Calidad de Servicio y organizaciones sin ánimo de lucro. Humanista y optimista, promueve el agradecimiento y la coherencia como valores fundamentales.